lunes, 22 de noviembre de 2010

9 de septiembre (Parte 2)

 Mientras pensaba y descartaba posibilidades, daba vueltas y vueltas alrededor del ambulatorio. La distancia para dar un giro completo y volver a pasar frente a la instalación, es relativamente corta y como había poco tráfico en la zona, la hacía rápido.
  El auto parecía gobernarse sólo. Yo estaba en otra dimensión. En los parajes de la oscura incertidumbre.
  Tantos pensamientos lacerantes estaban a punto de acabar con mi cordura. Pensaba en tantas, pero en tantas posibles situaciones, que sentía que el corazón se me desangraba por dentro. Los veía, como si los tuviese frente a mí, cuando entrecruzaban un brindis. Luego, cuando se prodigaban furtivos besos y delicadas caricias. Eso me mortificaba, pero más aún no poder ver el rostro del supuesto amante. No le veía nada. Siquiera mi imaginación me lo permitía. Su cara estaba tapada con una fina capucha de hule blanco, similar a la piel, que se le adhería perfectamente al rostro pero no dejaba ver sus facciones. No le distinguía nada. Ni pelo, ni ojos, nariz o si tenía o no bigotes. Poseía una forma ambigua pero humana. En mi imaginación sólo intuía su elegancia y donjuanería. A veces, borrosamente veía sus manos mientras se deslizaban sobre la falda de Carolina, a la altura de las piernas. Ella, satisfecha, lo permitía. Eso me ponía a punto de un ataque de pánico. Al rato comenzaba a vislumbrar las voluptuosas miradas que se prodigaban, las del preámbulo y, después, ya fuera del restaurante, a ambos desnudos en una cama, dedicados al placer, al sexo apasionado como sólo saben derrochar los amantes que no conocen límites, tal como lo hacíamos los dos, y cuya única frontera es la piel, el deseo ardiente y fundirse en un solo cuerpo en el placer más infinito… Todo, todo eso estaba en mi mente mientras como borrico daba vueltas y más vueltas en los alrededores del ambulatorio.
  Al terminar una de ella, distinguí un lugar para estacionarme. Me orillé a la acera y paré al lado de un camión. Era el sitio perfecto. De allí podía ver todo. Al frente, la entrada del ambulatorio y por el espejo retrovisor los autos que daban vuelta en la esquina para acceder a esa vía. Todos los ángulos estaban cubiertos. Y, si mis sospechas eran correctas, si Carolina iba para allá debería, obligatoriamente, cruzar por la esquina que veía por el retrovisor. Era el único camino para llegar al ambulatorio y si iba a recoger a su supuesto amante, yo la tendría en la mira.
  Al volante del auto y con el motor encendido, fumaba más que penado a punto de patíbulo. Esperaba y pensaba. Eran las 11:35 a.m. Muy temprano. No era hora para salir a almorzar. Me prepuse esperar y quedar al acecho hasta las 12:13 minutos. Decidí hasta esa hora específica, porque el 13 es mi número de buena suerte.
  Estaba tan decidido de terminar de una vez por todas con la angustia que me oprimía, que estuve tentado de entrar al ambulatorio. Mi cerebro ya había concebido un plan: mostraría mis credenciales de periodista y utilizaría cualquier pretexto. Que el diario La mañana me había enviado para hacer un reportaje sobre la efectividad y funcionamiento de esos centros y, grabador en mano, entrevistaría a todo el personal médico en cada una de sus especialidades. De esa forma conocería los nombres de toda la plantilla masculina y fotografiaría sus rostros en mi memoria. Sabía que me las ingeniaría, que haría lo que fuese necesario, con tal de estar en su interior y averiguar lo que pudiese. Ver cómo eran los médicos. Si había entre ellos uno joven y apuesto. Y, si lo había, seguramente ese era el fulano que se estaba follando a mi mujer. Porqué todavía es mi mujer. No nos hemos divorciado. Apenas está comenzando todo.
  Al principio la idea me pareció excelente, pero no me atreví. Estaba muy ansioso y me hubiesen tildado de desvariado. Aunque fenomenal, de primera, descarté la idea. No era el momento y mis condiciones anímicas tampoco las más adecuadas para que mi ‘camuflaje’ fuese creíble. Sólo esperaría a que Carolina cruzase por la esquina con su camioneta.
  Pasaron varias del mismo color y modelo. Mi corazón saltaba cada vez que avistaba una, aunque no fuese la de ella. Chequeaba. Cuando la matrícula no correspondía, como tampoco los conductores, dejaba escapar un suspiro de alivio. Además, ninguna se detuvo frente al ambulatorio. Mientras esperaba, fumaba y fumaba y por momentos ya no pensaba. Sólo estaba al acecho, como fiera herida, y con todos los sentidos puestos en la dichosa camioneta. Estaba paranoico. Fue un día de total y enfermiza paranoia. Apenas estuve por esos lados cerca de media hora y con cada segundo que pasaba me enfermaba más y envejecía un par de meses.
 Pronto, el espiral diabólico de la mente repetía la dosis letal y pensamiento tras pensamiento invadían con fuerza destructora mi ser. Un cigarrillo tras otro y chequeos epilépticos del retrovisor para poder ver “la aparición” que le diera sentido a aquella locura.
  El parlante de un auto de la Policía de Chacao me sacó del infernal tormento.
 –A todos los conductores que están parados en la línea amarilla, circulen o serán inmediatamente multados y remolcados –conminaba amenazante uno de los funcionarios por el altavoz.
  Yo era uno de ellos, y como tenía el motor encendido, fui el primero en moverme. Pensaba irme y dejar todo de esa manera, no obstante di otra vuelta. La del ‘por si acaso’ y por la ‘infalible’ ley de casualidad. Por supuesto, nada.
  Decepcionado y prometiéndome que no me daría por vencido, que volvería, decidí abandonar el acecho y regresar a la montaña. No pude quedarme cerca del ambulatorio hasta las 12:13 p.m. como me había prometido por culpa de los policías de tránsito. Abortadas mis esperanzas, me dije: “Iré a la cabaña y me prepararé un buen plato de pasta y, en la tarde, veré qué hago”. Pero mis intenciones se torcieron en el camino cuando la alarma del celular comenzó a sonar alertándome que eran las 12:30 p.m. Y, como aún era temprano y estaba en una vía cercana, decidí dar una vuelta frente a la casa de los padres de Carolina con la esperanza de ver su camioneta aparcada en el garaje. Aunque no tuve ningún presentimiento, me cobijó la idea de que, probablemente, podría haber ido allá, a almorzar con sus progenitores.
  Nada. Sólo vi al gendarme que cuida la casa. Creo que él también me vio pese a que puse el tapasol de la izquierda ocultando gran parte de mi rostro. En la parte de afuera de la casa estaba aparcado un auto viejo con varias personas dentro, aparentemente trabajadores.

MAÑANA:                                                                               
  Pronto la vi regresar con un paraguas plástico color lila y comenzó, a través de la ventanilla que tenía abierta, a golpearme levemente ya que no tenía espacio para tomar impulso y hacerlo más fuerte.
  – ¡Esto es lo qué me provoca!... Darte duro, desgraciado –decía iracunda mientras me golpeaba.

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