miércoles, 11 de mayo de 2011

EL PAPIRO (SEGUNDA ENTREGA)

Caps.6 al 10.


  A fin de hacerla más lenta, provechosa y de fácil lectura, iré publicando semanalmente cinco capítulos de la novela, la cual forma parte de la trilogía El Papiro. En total son 287 páginas, divididas en veintisiete capítulos, por lo que la semana final dividiré en dos partes los últimos siete. Al terminar, se editará bajo el mismo procedimiento La estrella perdida y, al finalizar esta, La ventana de agua, las dos novelas siguientes de esta interesantísima saga de suspenso, aventura y acción.


SINOPSIS

  Ante el temor de estar en presencia de un Anticristo, monjes de una antigua Misión Capuchina inician la despiadada persecución de un joven predicador. La Santa Sede aprueba la acción porque cree que descubrirá el misterio de un fragmento de Los Papiros del Mar Muerto donde se revelan oscuros secretos. Desde el Vaticano envían a un Justiciero de Dios, una especie de sicario de la Iglesia perteneciente a una antigua secta Templaria con el propósito de asesinar al predicador. Enigmas, romances y muertes. Cardenales, obispos y grandes jerarcas de la Iglesia ligados a sectores de la Mafia, se ven involucrados en un macabro plan donde hasta las sombras tiemblan.



6
   Dos grandes cirios colocados a ambos lados del altar y cuatro candelabros de bronce iluminaban la pequeña capilla de la Misión, una especie de réplica renacentista, adornada por un conjunto de retablos antiguos, entre ellos una reproducción exacta de Los Padres de la Iglesia, una famosa obra de Michel Pacher, cuyo original está a buen resguardo en la Pinacoteca Antigua de Munich, así como un cuadro, en mediano formato, de San Luis adorando a la Virgen y al Niño, del pintor barroco español Claudio Coello, un magnífico óleo que hoy en día reposa en el Museo de El Prado.
   Los monjes estaban arrodillados con las manos entrecruzadas y sumergidos en profunda oración.
  Apartado de los demás y en estado de aparente abstracción, Serafino se veía impertérrito, sentado en la primera fila de la pequeña bancada. De cuando en cuando, receloso, miraba de reojo a sus acólitos.
  Tres votos lo separaban de la victoria. De hacerse lo que él, muy personalmente, ya había decidido hacer con Santiago. El futuro de El Iluminado había sido fraguado mucho antes de que convocase al cónclave y nadie podría alterarlo si en sus manos estaba poder evitarlo.
   Una ráfaga de viento fresco entró por el ventanal que daba al jardín posterior de la Misión. La lumbre de los cirios bamboleó de un lado a otro, pero se negaron a apagar, no así la de los candelabros, ocasión que aprovechó Serafino para hacer resonar la pequeña campanilla que había colocado a su lado.
   –Volvamos a la sala para hacer una segunda votación –ordenó–, pero antes Lucindo irá a preparar café. Acompáñenlos ustedes –dijo dirigiéndose al anciano Agustín y al padre Oreste.
   Obedientes, los monjes señalados por el prior se retiraron para cumplir con el deber exigido.
   Sin prisa, los otros clérigos volvieron a formarse y emprendieron el regreso a la sala.
  Llegado al recinto se acomodaron ordenadamente en sus puestos a la espera del regreso de Lucindo y los otros dos frailes, tiempo que aprovecharon para hacer un voto de silencio.
   Pasados algunos minutos, Lucindo, sosteniendo entre sus manos una inmensa bandeja repleta de tazones de café, volvió al sitio de reunión acompañado únicamente por el padre Agustín, quien venía cabeceando y arrastrando sus sandalias.
   – ¿Y el padre Oreste? –preguntó Serafino.
   –Se quedó sentado en la cocina aquejado de un dolor en el hombro, pero dijo que pronto nos alcanzaría –comunicó el jorobado monje.
   Se sirvió el café, que todos degustaron mojándole el trozo de pan que tenían delante de si en la mesa. No hubo charla ni comunicación, pero si algunos bostezos, por lo que Serafino le pidió a otro de los sacerdotes que fuese a buscar al padre Oreste a fin de iniciar la segunda votación.
   La espera no se hizo larga, pero sí dramática.
   – ¡Abad, Abad, el padre Oreste está tirado en el suelo y ya no respira! –regresó gritando el monje que había ido en su busca.
   Un desusado alboroto invadió la sala ante el sorpresivo anuncio. Exclamaciones e interrogantes perturbadoras se escucharon en agitación.
   – ¡Tranquilícense!... ¡Tranquilícense, por favor!... –reprendió frenético Serafino– y vayamos a ver qué ocurrió.
    Como si fuesen un solo cuerpo, los monjes dejaron atropelladamente sus asientos y siguieron al superior.
   Al llegar a la cocina Serafino se arrodilló y puso la oreja sobre el pecho de Oreste para cerciorarse si su corazón aún latía. Escuchó un momento. Se separó y volvió a escuchar, esta vez con el pabellón de la oreja bien apretada contra el cuerpo del desventurado monje. Todos permanecieron callados y a la expectativa.
   El superior no estaba seguro, por ello con el pulgar le levantó uno de los párpados y agitó lentamente su otra mano a la altura del ojo buscando una respuesta, pero la pupila no respondió.
   – ¡Definitivamente, está muerto! –comunicó el prior a su congregación mientras se incorporaba–. Llevémoslo a su celda. Allí lo examinaré mejor –ordenó.
   Mientras Lucindo y otros frailes levantaban del suelo el cuerpo inerte de Oreste para trasladarlo al dormitorio, los demás se hicieron la señal de la cruz y comenzaron a orar entre labios.
   El cuerpo del monje fue tendido sobre la pequeña litera de su celda. Serafino entró e hizo señas a los demás que callasen y esperaran.
   Los cuartos de la Misión eran tan diminutos que, a lo sumo, sólo cuatro personas podían estar juntas y sin tropezarse en uno de ellos.
   Instantes después se escuchó el chirrido característico de un roce de hierro con madera rancia. Serafino estaba a punto de cerrar herméticamente la puerta.
   –Lucindo, por favor ven acá –exigió el prior asomando apenas la cara por un resquicio.
   El jorobado se abrió paso entre sus hermanos de orden y al traspasar el umbral la cerró de un golpe.
   Los minutos pasaron lentamente y sin respuesta. Afuera la inquietud comenzó a asaltar a los otros monjes, quienes se paseaban nerviosos de un lado a otro de la pequeña galería que da acceso a las celdas. Pronto la angustia se disipó.
   – ¡En un instante estaremos con ustedes! –exclamó nítida y claramente Serafino desde adentro a fin de aplacar la excitación exterior.
   El primero en salir al abrirse la puerta fue Lucindo.
   –No hay duda, está muerto –notificó lacónico.
   Alisándose el cabello con las manos y sacudiendo algo de su sotana, Serafino apareció detrás de Lucindo.
  –No hay nada que podamos hacer, hermanos –dijo–. Mañana le daremos cristiana sepultura… Será enterrado bajo la trinitaria rosa de nuestro cementerio y con la cabeza en dirección al este… Sí, hacia el este –repitió como si estuviese recordando algo–: Esa era su voluntad… –precisó acariciándose la barba–. Así me lo pidió en varias ocasiones… La buena y santa alma de Oreste será dignificada por esta congregación –finalizó.
   Minutos después y con el pesar reflejado en sus rostros, los frailes volvieron a la sala por indicación del superior.
   Uno tras otro tomaron asiento en la más absoluta compostura. Estaban descorazonados por la súbita desaparición de su compañero. Sólo una silla permanecía vacía.
   –Mi pesar y mi dolor son indescriptibles. Lamento profundamente la muerte de Oreste, de la misma forma que me afligen todas las demás muertes que parecen no tener sentido ni propósito –refirió Serafino dirigiéndose al cofrade–. No obstante, esa fue la voluntad de Dios y nosotros no somos nada ni nadie para oponernos a ella. Elevemos una sagrada oración por el eterno descanso de su alma y, al concluir, proseguiremos con la votación que nos tiene aquí reunidos.
   – ¡Así se hará! –aseveró Lucindo con su tosca voz que parecía emerger de lo profundo de una tumba.

7

   Figueroa estaba colérico. Había fallado en su intento de llevar ante los monjes a Santiago. Para colmo de males, durante el apresurado descenso del barrio rasgó la sotana que le había prestado el sacerdote al rozar con un trozo de madera repleto de clavos.
   Amante del lujo, pero sobre todo de las apariencias, a su arribo a la capital, gracias al respaldo financiero suministrado por los monjes de la Misión, se hospedó en el Hotel Melía Caracas, una majestuosa edificación que se levanta al cielo en pleno corazón de la avenida Casanova, una céntrica y concurrida vía del este de la ciudad abarrotada de tiendas exclusivas, avisos de neón y deslumbrantes centros comerciales.
   Aunque era provinciano a todas luces, siempre, al regresar de cualquiera de sus viajes, por cortos que fuesen, gustaba presumir ante sus amigos de San Felipe lo bien que la había pasado y los imponentes sitios que había visitado. Sin escatimar en gastos, tomó la suite 305, estancia elegantemente decorada al estilo veneciano del settecento y una de las más costosas.
   Echado sobre la amplia cama de la alcoba pensaba en su fracaso y en los movimientos que debería dar antes de regresar y enfrentar la furia del padre Serafino. En su mente urdía una mentira que le sirviese de excusa. No obstante, por más que le daba vueltas a la cabeza no encontraba un argumento lo suficientemente consistente para respaldar la disculpa.
   Por instantes pensó en decir la verdad. Contarlo todo y punto. Que se había disfrazado de sacerdote para cumplir con el encargo, pero que falló debido a lo peligroso del lugar donde se encontraba Santiago.
   Cada vez que pensaba en decir la verdad se le erizaban los pelos. Había puesto todo su empeño en conseguir el éxito, pero el asunto no salió como lo había ideado. El plan hubiese podido funcionar, sin embargo ese día no lo acompañó la buena fortuna.
   “No tuve suerte”, se reprochaba en sus adentros una y otra vez. “¡Qué mala leche!… ¡Qué vaina!”. Luego reflexionaba y entre alarmado y temeroso se contestaba a sí mismo: “¡No!... Fue algo más allá de la suerte lo que me hizo fallar… ¡Esa mirada!... Esos ojos”, se repetía tratando de esclarecer algo que él mismo no entendía.
   La imagen de Santiago, aquellos ojos que por instantes se clavaron en los suyos en lo alto del cerro La Bombilla, lo torturaban, pero no podía descifrar porqué. “Esos ojos, esos ojos…”, se remachaba mentalmente sin comprender absolutamente nada.
   Pensó y pensó, pero en su mente no encontró la respuesta. Después de tanto reflexionar y ya bien entrada la noche, volvió a la realidad. A ser el hombre objetivo y práctico que siempre había sido y desechó totalmente la idea de contar la verdad a los monjes. “Si lo hago Serafino me tachará de torpe e inútil, de un bueno para nada, tal como es su costumbre”, concluyó.
   Para que su excusa fuese creíble, debería inventar algo espectacular, relevante, aunque en lo profundo de su ser lo que más deseaba era secuestrar al tal Santiago y llevarlo a San Felipe para estrujárselo en la cara a Serafino. “De esa forma me liberaré de él y de todos sus sarcasmos”, discurría.
   Esa posibilidad, la del secuestro, que al principio apenas había pasado como un chispazo por su cabeza, comenzó a seducirlo. Tanto, que no le dejaba conciliar el sueño. Su cerebro era un remolino de pensamientos que se traicionaban uno tras otro con la misma rapidez con que iban fluyendo.
   Casi al despuntar el alba, exhausto y machacando la idea de seguir a Santiago para descubrir dónde vivía, lo venció el sueño. “Esta vez -se había repetido mil veces antes de quedar profundo- lo esperaré cerro abajo, en la única salida hacia la gran ciudad”.
   Al despertar tomó una ducha rápida, hizo varias llamadas telefónicas y comenzó con los preparativos del plan que había ideado.
   Pasadas las nueve de la noche, intranquilo y calado de frío, el médico permanecía a bordo del lujoso auto que esa misma tarde había alquilado en Dertz. Lo había aparcado cerca de una maloliente callejuela, próxima a la salida del barrio, pero apartado de cualquier tentación de atracadores o truhanes.
  Con las puertas bien cerradas, los vidrios ahumados subidos hasta el tope y el aire acondicionado a todo pulmón, no despegaba sus ojos de una oscura pendiente, única vía de escape de La Bombilla. Tenía firmes esperanzas que Santiago pasaría de un momento a otro por ese lugar.
   Los minutos transcurrían lentamente. Figueroa comenzaba a mostrar signos de desespero. Manipulaba nervioso los comandos de la radio buscando algo “bueno” que escuchar, pero sólo conseguía unos deprimentes boleros y rancheras pasadas de moda que con su lamento lo exasperaban aún más. Hastiado, de un golpe apagó el receptor y empezó a tamborilear con los dedos sobre el volante.
   Entre bostezos se reprochaba su treta. Consideraba que no era la mejor forma de dar con El Iluminado. Creía que estaba perdiendo el tiempo y que si Santiago era tan escurridizo como le habían dicho, no aparecería ni esa noche ni ninguna otra por allí. Por ello, descorazonado y otra vez con ese amargo sabor del fracaso en su paladar, decidió retirarse. Puso en marcha el motor y distraído comenzó a rodar calle abajo.
   El sonido del escape de una motocicleta que se acercaba a toda velocidad por su lado izquierdo, hizo que voltease la cara. Su asombro no pudo ser mayor al ver que el conductor era el mismismo Iluminado. “¿Qué hace el predicador en esa moto?”, se preguntó al tiempo que pisó con fuerza el pedal del acelerador para seguirlo.
  Una descarga de adrenalina inundó el cerebro del médico electrificando cada milímetro de su cuerpo. Pensó que difícilmente podría escabullírsele entre el tráfico nocturno porque, a esa hora, debido a la inseguridad reinante en la ciudad, y mucho más en las bocas de entrada de los barrios, pocos autos se aventuraban a circular en la inmediaciones.
   A discreta velocidad, Santiago recorrió un pequeño tramo de la avenida Francisco de Miranda. Al llegar a un semáforo dobló a la izquierda y entró en una urbanización repleta de edificios residenciales. Debido a la hora, la mayoría de los apartamentos tenían las luces apagadas. Siguió por esa calle y al llegar a una pequeña redoma, cruzo a la derecha y pasó por un rosario de quintas que se erguían a ambos lados de la vía. Al terminar se encontró con una oscura y desolada carretera que de tanto en tanto daba muestras de vida debido a las luces de algunos restaurantes, tugurios o clubes ubicados en las adyacencias. Figueroa lo seguía sin problemas a relativa distancia. En su rostro se tapizaba una socarrona sonrisa, mezcla de triunfo y satisfacción.
   De pronto, después de pasar un empalme, otra vez el esplendor y las luces propias de una gran ciudad. En las inmediaciones del Centro Comercial Plaza Las Américas, en el boulevard de El Cafetal, Santiago enfiló la moto hacia la escarpada cuesta que conduce al complejo residencial Los Naranjos. Después de sobrepasarlo, desvió la máquina hacia una de las pequeñas lomas que fajan la ciudad y siguió ascendiendo, ahora acelerando un poco más. Lo mismo hizo su perseguidor.
   El muchacho vestía pantalón negro y franela cuello en “V” del mismo color. Conducía una moto color roja que se hacía visible a gran distancia. Más en esos días de abril que el cielo siempre estaba inmaculado y lleno de estrellas.
   Al final de la pendiente Santiago giró hacia la carretera vieja del Alto Hatillo. De día ese lugar se abre a los ojos de los conductores como un oasis en plena ciudad gracias a la consagración de un grupo de labriegos portugueses que cultivan hermosas y verdes legumbres, las cuales entremezclan en un bosque de radiantes y multicolores flores.
   Figueroa no sabía dónde estaba, mucho menos conocía aquel camino, pero siguió adelante. Su adrenalina estaba en plena efervescencia y ya nada podría detenerlo.
   Su determinación era superior a las dudas que lo asaltaban. Aunque el verdadero impulso que lo hacía seguir era el temor a las heridas del ego, a las burlas de los monjes y, más que nada, a Serafino, a quien despreciaba enormemente, aunque frente a el era totalmente servil y obediente. “Pueblo chico, infierno grande”, se repetía mentalmente en forma masoquista intuyendo lo que le esperaba si regresaba con las manos vacías.
   Luego de sortear varias curvas, Santiago dejó el camino de asfalto, aminoró la marcha y dirigió la moto por una estrecha y polvorienta vereda que apenas se notaba a la distancia.
  “¡Gracias a la luna y a los dioses del alba!”, exclamó entre labios citando un refrán pueblerino, cuando vio a Santiago meterse por aquel camino.
   Desactivó el encendido de las luces y dejó rodar el auto tierra adentro a poca velocidad. Siguió avanzando a oscuras otros cuarenta o cincuenta metros. No más. Aunque no distinguía nada, presentía que estaba cerca de algo. Al llegar a un cruce en forma de codo apagó el motor y detuvo totalmente el vehículo.
   Alerta y con todos los sentidos puestos en Santiago, esperó. Su tensión era tal, que manos y cuerpo le tiritaban.
   Pasados algunos segundos, a corta distancia oyó el sofoco moribundo de un motor. No cabía la menor duda, Santiago había llegado a su destino.
   El médico permaneció quieto. Siquiera un movimiento. Sólo el sonido de su respiración y el croar de algunas ranas se escuchaban en el lugar. Sus manos asían con tanta fuerza el volante, que parecía estar a punto de desprenderlo. No sabía si bajarse del auto y seguir a pie o esperar a que algo ocurriese. O, en todo caso, regresar al día siguiente, con la mente despejada y a la luz del día ver el panorama en todos sus detalles.
   Sólo bastaron fracciones de segundos para sacarlo de su indecisión. De un tirón abrió la portezuela y puso uno de sus pies en tierra. Miró a su alrededor para cerciorarse de que, realmente, estaba solo. Que no había nadie más en las cercanías. Convencido, descendió y cauteloso comenzó a caminar por el declive.
   A los pocos pasos se detuvo. Sus piernas casi no le respondían. Repentinamente giró nervioso para ver si alguien lo seguía. Nada, ni una sombra estaba al acecho. Como sus ojos todavía no se habían adaptado a la oscuridad, sintió miedo, un miedo que se remontaba a su niñez. Cerró los párpados y los apretó con fuerza. Espero unos segundos y los volvió a abrir. Comenzó a ver mejor. Aliviado, exhaló una bocanada de aire y siguió adelante pero un destello de luz lo inquietó.
   Trastabillando se resguardó tras un paredón y desde allí escudriñó con reptil mirada.
   En una edificación cercana que se confundía entre las sombras, vio la luz que lo había puesto en estado de alerta. Procedía de un ventanal sin cortinas, por lo que podía ver su interior con total claridad aún desde la distancia que se encontraba.
   En aquel desolado paraje una cortina hubiese sido innecesaria para protegerse de atisbos, ya que la zona estaba suficiente alejada como para atraer miradas curiosas.
   Figueroa clavó los ojos en aquella ventana. No sabía qué esperaba o buscaba ver, pero no dejaba de verla. Con sigilo caminó hasta llegarle a muy corta distancia.
   Lo que a lo lejos parecía un edificio ordinario era, en realidad, el esqueleto inconcluso, todavía en obras, de una mansión victoriana de tres pisos, la cual, quién sabe porqué motivos, fue abandonada a medio construir.
   El médico fue acercándose cada vez más. Quería escuchar voces o algo que le indicase, sin lugar a dudas, que dentro estaba Santiago. Que esa era su casa. Sólo necesitaba una confirmación. Algo que le señalase que estaba en lo cierto. No podía quedarse con la duda después de haber llegado tan lejos.
   Mientras avanzaba, vio la moto roja de Santiago recostada de una pared a medio frisar.
   La luz que tanto lo alertó provenía de una pequeña buhardilla en forma de cono invertido situada en la parte superior de la edificación. A sus lados, cuatro pequeños tragaluces en forma de arco completaban aquella derruida torreta. Toda la construcción estaba rodeada por un alto follaje que amenazaba con devorarla de un momento a otro.
   Figueroa examinó minuciosamente el lugar fotografiando con sus ojos cada rincón, cada detalle.
   A la distancia, en el pórtico de una casita de agricultores, un pálido bombillo que se balanceaba de un lado a otro, atrajo su atención. Observó para ver si había alguien cerca. Nada. Ningún rastro de actividad humana. A los flancos, sólo sembradíos y terrenos ásperos. El único signo de vida era un roñoso perro que aullaba apuntando su hocico a la luna llena.
   El médico volvió a mirar en dirección a la ventana. Su luz había sido atenuada, pero no fue obstáculo para distinguir entre las sombras a Santiago arrodillado frente a una cruz bastante extraña.
   Lo contempló por instantes. No había más signos de vida. Estaba sólo. Sin la menor duda vivía allí. Dio marcha atrás y fue en busca del auto para salir del lugar. Ahora tenía un punto a su favor: conocía el refugio de El Iluminado.

8


   Después de sepultar a Oreste en el viejo cementerio aledaño al monasterio, la calma volvió a la Misión.

Pese a la turbulenta noche anterior, los monjes mansamente regresaron a sus quehaceres diarios. Los más viejos recogían naranjas de las ramas bajas, otros cultivaban legumbres en el huerto principal del monasterio. Sobre rústicas escaleras de madera construidas con ramas de árboles, los más jóvenes podaban los cipreses que vestían el patio interior. Era tanto su esmero, que parecían estar esculpiendo preciosas obras maestras.

No obstante, aquella aparente quietud no los embargaba a todos.

Tenso y arrellanado en el confortable sillón de su despacho, Serafino platicaba con Lucindo, quien también estaba intranquilo. El jorobado monje permanecía de pie, al otro lado del escritorio.

–Me preocupa el asunto del tal Iluminado. Debemos proceder con cautela. Recuerda que prácticamente estamos tú y yo solos en esto. Nadie debe enterarse de nuestros planes –expresó discreto el prior, casi susurrando las últimas palabras. Su ansiedad era evidente.

–Si Figueroa nos hubiese traído al monstruo que gestó María Coromoto, tendríamos más elementos de juicio –opinó con enojo Lucindo–. ¡Pruebas tangibles!... Pruebas que evidenciarían ante nuestros ojos lo que apenas sabemos por referencia.

–Si no conseguimos la confirmación de la marca, la muerte de Oreste habrá sido en vano –sentenció Serafino.

– ¡Bah!, ese viejo me tenía harto… Creo que fue lo mejor que pudo suceder, de otra forma jamás habríamos logrado consenso –escupió con desprecio Lucindo.

–La idea era anularlo por unos días, pero no de matarlo… Creo que se te fue la mano con la droga –censuró Serafino pero sin mostrar remordimiento.

– ¡Lo hecho hecho está!... Tenemos que seguir adelante... Ya no podemos regresarlo a la vida.

–Es cierto –afirmó abstraído Serafino y cambiando totalmente el tono de la voz, manifestó–: Estoy furioso, tuvimos la oportunidad de ser los primeros en todo el mundo… En toda la bendita Tierra, de tener la prueba en nuestras manos y el idiota de Figueroa la destruyó –dijo retomando el verdadero motivo de aquella reunión–. Hubiésemos podido corroborar las características de la marca con los papiros. Comprobar su tamaño y ubicación y, lo más importante, tener la evidencia viva de que las profecías de los papiros son verdaderas… Tantos años de trabajo, de investigación –suspiró– y perderlo todo por la ineptitud de un médico –concluyó rabioso dando un manotón sobre el escritorio.

Los dos monjes se referían a los llamados Papiros o Rollos del Mar Muerto, documentos fechados en el año 30 a.C., donde se revelan muchos misterios de la Biblia, entre ellos la supuesta ilegitimidad de algunos Evangelios.

Pero, lo sorprendente, era que tanto Serafino como Lucindo conocían otra verdad, una verdad que sólo pocas, pero muy pocas personas en el mundo sabían: la existencia secreta de un fragmento de papiro marcado con las siglas 5Q9 y de otro, con turbadores anuncios, del cual desconocían su numeración y descripción.

Del primero, el 5Q9, cuya esencia y contenido parcial se filtró misteriosamente desde las secretas paredes del Vaticano pese al hermetismo existente y al extremo celo con el que era custodiado, los dos monjes conocían sólo una parte de su texto total. Del otro nada.

Serafino y Lucindo estaban desconcertados con la interpretación y significado real del papiro 5Q9, en cuyo contenido se anuncia: “Cuando las naciones del mundo se encuentren unidas en un globo y todas las lenguas serán conocidas, nacerán nuevos y falsos profetas, del cielo y el averno, y entre ellos el nuevo Mesías”.

Los peor, es que presumían que en Venezuela estaban naciendo seres vivos con la marca del fragmento del papiro clasificado y numerado con las siglas 5Q9.

Por pertenecer Serafino a una congregación hermética, donde la existencia de Dios no podía ser objeto de la menor duda razonable posible, la cita del averno (infierno) y la enunciación de falsos profetas en el manuscrito 5Q9, lo había puesto en estado de máxima alerta. No dudaba de la autenticidad del texto, pero lo confundía la exégesis del mensaje. Deducía que debía estar vigilante, ya que sospechaba que se avecinaban tiempos oscuros para la Iglesia.

En ese trozo de papiro, escrito en arameo, también se afirmaba, claramente, que los nuevos guías celestiales de la humanidad aparecerían en diferentes países de todos los continentes, y que, al momento de nacer, tendrían una marca en su cuerpo que los identificaría entre ellos y que de las palabras escritas en su interior, además de otros símbolos, se sabría quienes eran falsos profetas y quienes no.

La marca, la misma que ansiosamente pensaba encontrar Serafino en el neonato de San Felipe, consistía en un tatuaje de nacimiento ubicado en el costado superior, a un lado de la tetilla izquierda, de los nuevos o falsos profetas. O sea, en el mismo lugar donde el centurión romano le clavó la lanza a Jesucristo mientras estaba crucificado en el Gólgota.

El otro misterioso fragmento, del cual nada conocían Serafino y Lucindo, según aseveraciones de algunos de los pocos clérigos que tuvieron el pequeño trozo de cuero de cabra en sus manos, tenía dibujado en su centro la figura de un pez, semejante al que pintaban, en las primeras décadas del siglo II, los antiguos cristianos que se sublevaron contra Roma y se refugiaron en las catacumbas de San Calixto, en la Capella Greca y en las cuevas donde se congregaban para invocar a Dios.

Los sacerdotes sabían que pez viene de la palabra griega Ichthys, que corresponden a las iniciales de Iesous Crhistos Theou Yios Soter, cuyo significado es: Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Salvador y que el símbolo del pez y el críptico fueron adoptados por los cristianos de la Iglesia Primitiva para representar a Jesucristo y manifestar su adhesión a la fe.

En aquel entonces, los cristianos, siendo minoría en un mundo pagano, tenían su propio símbolo para identificarse y avivar su fe. En el pez (Ichthys), encontraban la profesión de la fe, la razón por la que adoraban a Jesús y por quien estaban dispuestos a morir.

Los creyentes son “pequeños peces”, según un conocido pasaje de Tertuliano: Nosotros, pequeños peces, tras la imagen de nuestros Ichthys, Jesucristo, nacemos en el agua. Era una evidente alusión al bautismo.

De acuerdo a la documentación existente, Serafino conocía que los primeros rollos o papiros del Mar Muerto, un conjunto de pergaminos cuya existencia había sido desconocida, fueron hallados por casualidad a comienzos de 1947 por un joven pastor beduino llamado Mohammed ed-Dhib, de la tribu de los Ta’amire, ocultos en el interior de una cueva en el desierto de Jordania.

Como uno de los primeros pergaminos encontrados fue adquirido a buen precio en un mercado del lugar, entre 1951 y 1956 se inició una auténtica cacería de “rollos” entre los pobladores de la región, la cual culminó con la recopilación de unos 15.000 fragmentos, de los cuales más de diez mil, pertenecientes a 850 manuscritos de diversos contenidos, aún no han sido descifrados.

Todos los rollos estaban en desigual estado de conservación, escritos en distintos materiales y en varias lenguas, pero, principalmente, en hebreo, griego y arameo y contenían parte del Viejo Testamento.

A su estudio se abocaron muchos estudiosos en todo el mundo, entre ellos los monjes de la Misión de San Felipe, quienes concluyeron que esos pergaminos fueron ocultados en las cuevas por una comunidad de habitantes asentados en las márgenes del Mar Muerto, la cual, por la austeridad de sus reglas y costumbres, fue identificada como una secta judía conocida con el nombre de los esenios. Las escondieron para evitar que fuesen confiscadas y destruidas por las legiones de Vespasiano.

Tiempo después esos papiros, en su mayoría descompuestos por el tiempo y reducidos a fragmentos, fueron denominados Los Papiros de Qumrán, debido a que el pastor los descubrió en una cueva situada aproximadamente a un kilómetro de un sitio conocido como Kibert Qumrán (Ruinas de la Luna), cerca de la ribera noroccidental del Mar Muerto.

Este fascinante y misteriosamente inhóspito escenario, que luego fue llamado El Paraje en Ruinas, se encuentra a pocos kilómetros de la mítica ciudad de Jericó.

En esa desértica región vivieron los esenios, una comunidad de judíos que se bautizaban y creían en la resurrección y quienes voluntariamente decidieron apartarse del resto con el fin de llevar una vida dedicada a la ascesis.

Se estableció que las cuevas del Qumrán (Gomorra, en hebreo) fueron abandonadas y selladas en el año 68 a 69 de nuestra era, poco antes de la destrucción de Jerusalén por los romanos.

Los manuscritos arrojaron luz sobre la secta Qumrán, sus vidas, sus pasiones, su forma de ver las cosas y todos los aspectos relacionados a la vida y muerte de los miembros de esa hermandad, de la que se dice habría pertenecido Jesucristo y Juan el Bautista.

Serafino afirmaba ante su congregación que estaba totalmente comprobado que la secta de Qumrán constituía un grupo entregado al estudio obsesionado por la purificación y que se presumía que la mayoría eran hijos de Cohanim y que rechazaban el lujo en el que vivían los sacerdotes de la Jerusalén de entonces, por ello se alejaban de las grandes ciudades de aquella época y se confinaban en las laderas o montañas.

El prior les repetía constantemente a los monjes de la Misión que el primero que tuvo algunos pedazos de los papiros en sus manos fue su amigo, el arzobispo Jeschue Moisés, de la Iglesia Siria Ortodoxa de Jerusalén, quien en abril de 1947 fue visitado por un misterioso marchante que le propuso la venta de unos extraños rollos con raras inscripciones. Eran algunos de los primeros siete papiros descubiertos, los cuales provenían del primer siglo, o sea de los tiempos del mismo Jesús.

Las hipótesis que sugieren los fragmentos, en su mayoría hechos de piel de cabra, son revolucionarias, tal como acontece con el marcado con las siglas 5Q9, que tenía de cabeza al padre Serafino.

Otro sacerdote del Instituto Bíblico de Treviso, llegó a afirmar que en los Rollos del Mar Muerto se encuentran textos del “Primer Evangelio”, lo que supondría que fueron escritos poco después de la muerte de Jesús y muchos otros datan de mil años antes del nacimiento de Jesucristo, cuando nadie hablaba de cristianismo o sabía de su significado.

La importancia de todos estos documentos históricos es extraordinaria. “Los rollos –explicaba Serafino– nos dan a entender cuál era el mundo de Jesús y de la gente de esa época, qué leían, qué y cómo pensaban, qué soñaban y qué mundo añoraban. Son documentos auténticos, los cuales fueron tocados por las mismas manos de Jesús”.

Pocos conocen los secretos de los pergaminos, sin embargo Hebel Dynhad, profesor de la universidad hebrea de Elizer L. Sukenik, pudo obtener unos rollos y parte de su contenido lo reveló al mundo.

Uno de ellos había sido escrito por Isaías. Otros contenían cánticos desconocidos de acción de gracias y un misterioso escrito inconexo sobre la guerra escatológica entre los seguidores de Dios y sus enemigos. Los títulos eran de por sí augurios de cosas extrañas y tenebrosas. El manual de Las Normas de Guerra hablaba sobre la lucha de “Los hijos de la luz” y “Los hijos de las tinieblas” a ocurrir en los últimos tiempos.

No obstante, el secreto de los papiros es aún mayor y desconocido, de ahí el desconcierto de Serafino. Mucho más cuando a través de ellos se ponía en duda la autenticidad de la primera epístola de San Pablo a Timoteo, que hizo nacer la hipótesis de que no fue escrita por él, ya que al compararse el estilo usado por éste con el de dicha epístola, así como en la epístola a Tito, se infiere que el estilo de estas es notablemente diferente al usado habitualmente por Pablo en sus demás epístolas.

Los misterios contenidos en los rollos han aumentado y causado el recelo de los estudiosos cuando, a principios de los años noventa, Michael Weiss, distinguido hebraísta de la Universidad de Chicago, se atrevió a acusar al Vaticano de haber tenido un especial y “oscuro” interés de tomar bajo sus manos el “control” de la investigación histórica relativa al siglo I, impidiendo a través de la prestigiosa École Biblique de Jerusalén, fundada por F. Marie Joseph Lagrange O.P., a quien el Rey Hussein de Jordania cedió los manuscritos, la publicación y difusión de los escritos, por considerar que las conclusiones contenidas en ellos podrían llevar a cambiar la tesis y las ideas fundamentales sobre las que secularmente se han basado las enseñanzas sobre el valor y el alcance del Nuevo Testamento.

Investigadores aún más atrevidos se arriesgaron, so pena de excomunión, a afirmar que los rollos no sólo revelan la verdadera procedencia de Jesucristo, quien era un judío esenio, sino que éste, mucho antes de salir a predicar, se había internado con sabios maestros ascéticos en un poblado de la márgenes del Mar Muerto y que allí había estudiado todos los textos y creencias de los esenios, conocimientos los cuales, tiempo después, se daría a la tarea de transmitir por toda Judea. Por ello se habla de Evangelios antes de los Evangelios, tal cual como el mundo los conoce.

Desde todas partes del globo se alzan voces contra la Iglesia por su afán de destruir, desestabilizar y extirpar cualquier testimonio que haga tambalear las verdades fundamentales sobre las que, equivocadamente o no, se ha sustentado la Iglesia Católica desde su nacimiento.

Los rollos son su espada de Damocles, ya que sus revelaciones echarían por la borda de un solo plumazo al Nuevo Testamento, el cual podría ser un plagio de los escritos sagrados de los esenios.

Por ello, algunos estudiosos de los Pergaminos del Mar Muerto, entre quienes no estaban los monjes de la Misión de San Felipe, sustentaban fervorosamente y creían, precisamente por haber sido los rollos escritos antes del Nuevo Testamento, que es a partir de ellos y no del Nuevo Testamento de donde hay que obtener las bases históricas reales y las evidencias de lo que efectivamente ocurrió durante el siglo I a.C. y el siglo I d.C.

Definitivamente, según los testimonios de los papiros, el cristianismo predicado por Jesucristo no fue un movimiento nuevo, ni enseñó un mensaje nuevo, como tampoco el cristianismo tuvo por origen las comunidades primitivas asentadas en Roma durante la época de San Pedro y San Pablo, sino en la época del Qumrán, donde vivían los judíos que, mucho antes de Jesucristo y de San Juan Bautista, se bautizaban y creían, al igual que Cristo, en la resurrección.

No obstante, hasta ahora todo estaba en el plano de la especulación y las conjeturas, porque el Vaticano había “secuestrado” y guardado bajo cien llaves las revelaciones esenciales de los papiros. Sólo pocos y muy especiales personeros de la Iglesia tienen acceso a esa información que conduce a la verdad total, la cual, al parecer, no favorece en nada a la Iglesia y a los fundamentos de la religión católica.

Aunque Serafino desechaba esa teoría con profunda rabia, no así Vinicio, el teólogo más experimentado de la Misión, quien estaba convencido de la pureza de las revelaciones de los rollos pero, por temor, callaba.

Sabía que Serafino tenía sus propias y particulares ideas sobre su interpretación y que, de contradecirlo, se convertiría en un desafío muy peligroso para él. Por ello callaba y asentía. En la Misión nadie podía oponerse a los dictámenes de Serafino sin salir lastimado.

En una cueva -y esto lo sabía Serafino- se descubrieron tres rollos de cuero, dañados y muy corroídos, de unos 30 centímetros de ancho.

Después de grandes esfuerzos se consiguió descifrar uno de ellos. Contenía una paráfrasis sobre los primeros diecisiete capítulos del Génesis.

En uno de ellos se describe detalladamente los encantos de la hermosa Sara, la primera esposa de Abraham, que aunque ya tenía 80 años, todavía era cortejada por Abimelech.

Era curioso que, precisamente los ascéticos esenios, supiesen describir tan sugestivamente los encantos femeninos.

En otra cueva, que había sido construida artificialmente en la antigüedad, aparecieron descubrimientos sorprendentes: los textos de todos los libros del Antiguo Testamento, a excepción del libro de Esther. Entre ellos también se encontraban fragmentos del Manual de las Virtudes de los esenios y de los comentarios de los profetas, similares al de Habakuk y fragmentos de otros manuscritos pertenecientes al Manual de la Vida Espiritual y del Documento de Damasco.

En uno de los rollos se cita que entre los esenios existió el profeta Habakuk, quien era llamado “Maestro de la virtud”, y hombres, que por su pureza y misticismo, eran conocidos como Los Elegidos de Dios.

¿Fueron las palabras de Habakuk verdaderas profecías o sólo la descripción de los acontecimientos de su tiempo? ¿Fue El Elegido de Dios y el redentor del mundo un predecesor de Cristo?, ya que él también predicó, como el Hijo de Dios -y 100 años antes que él-, la humildad, la caridad y el amor al prójimo. ¿Fue también condenado y ajusticiado a causa de la hostilidad de los sacerdotes y de la casta judía dominante, tal como le ocurrió a Cristo?

Eran las grandes interrogantes que se planteaba el padre Vinicio, las cuales concatenaba con otras: “¿Por qué el Vaticano y la Iglesia Católica tratan de ocultar y de destruir las verdades reveladas en los rollos?... ¿Los Evangelios son originales o copias de los escritos de los esenios?... ¿Fue Jesucristo un plagiario?”.

Serafino y Lucindo sabían mucho sobre los pergaminos del Mar Muerto, pero no todo. Además, su obsesión, su guerra escatológica interior entre el bien y el mal, no los dejaba pensar con lúcida claridad, por lo que su confusión era evidente.

No obstante, siguiendo órdenes muy precisas y contundentes impartidas por el Vaticano, desde Ravenna, Italia, clérigos investigadores de los pergaminos los mantenían al día, máxime cuando sabían que los monjes de la Misión capuchina de San Felipe estaban por descubrir un gran misterio: el nacimiento y la presencia en Venezuela de seres vivos con, presumiblemente, la marca del fragmento del rollo clasificado y numerado con las siglas 5Q9.

Sin embargo Serafino, ni los otros monjes de la Misión, entre ellos Vinicio, el más sabio de toda la congregación, nada sabían del caro e inviolable secreto que envolvía a otro de los fragmentos, que estaba guardado con sumo celo en las bóvedas del Banco Vaticano y al cual sólo se podía tener acceso con dos llaves. Una estaba en poder del Papa y la otra la tenía una persona que misteriosamente y a fin de resguardar el secreto, se mantenía anónima. En los círculos de la Santa Sede se especulaba que no pertenecía a la curia ni al Tribunal Cardenalicio y que su identidad siquiera era conocida por el Sumo Pontífice.

Para conservar su anonimato se había hecho una especie de sorteo, en el cual concurrieron siete cardenales. Cada uno de ellos sacó de un envase una papeleta blanca que tenía impresa dos letras, las cuales reunidas en su conjunto formaban el nombre y apellido del escogido, El Guardián de los Pergaminos. Esa persona podría ser cualquiera, y su identidad revelada, si fuese necesario, sólo por otros siete cardenales asentados en diferentes partes del mundo en cuyo poder se hallaba sólo uno de los trozos de dos letras y que al armarlas tal si fuese un rompecabezas revelaba la identidad de dicho Guardián. Todo un enredo propio del Vaticano.

Con la autoridad que le concedía la Santa Sede, el prior de la Misión Capuchina de San Felipe orientó de buena fe, aunque con depravada malicia una cacería de brujas sobre cualquier persona que le pudiese parecer sospechosa de ser un falso profeta, a quienes satanizaba ante los monjes de su congregación para justificar su conducta.

No contento con eso, amparado en la impunidad que le proporcionaba su hábito y el poder de la Iglesia, sometía a los supuestos “diabólicos sospechosos”, a los Anticristos, a un cruel y despiadado interrogatorio en los calabozos de la Misión.

Por eso Serafino tenía en la mira a Santiago, el llamado Iluminado. Quería corroborar qué de cierto había en los supuestos milagros que se le atribuían, pero, más que todo, saber si en su cuerpo tenía alguna marca, algún tatuaje que hiciese presumir que era un falso profeta, un discípulo de Satán.

Nada de eso había salido a la luz pública. Y si algo se coló alguna vez, todos hacían caso omiso o era rápidamente callado por el poder, gloria y riqueza de la Iglesia.

Antes cualquier infame o real denuncia, tanto la prensa como las autoridades le restaban crédito y decían que eran habladurías. Era una forma de aplacar y contener cualquier investigación seria y ridiculizar a sus acusadores. El poder del dinero todo lo calla y tergiversa. Y el Vaticano y la Iglesia Católica son los más poderosos empresarios e imperialistas que la humanidad jamás haya podido conocer a través de todos los siglos. Su estructura sigue incólume y blindada contra poder alguno sobre la tierra. “¡El Imperio es la Iglesia! El que lo dude, irremediablemente fenecerá, sea país, nación u hombre, por más poderoso que se crea y sea”, sentenció en una oportunidad Lucindo cuando uno de los monjes de la congregación le recriminó la forma cruel y despreciable a que se refería a una protesta a favor del aborto.

9

En el último piso de un mohoso hotel de vía Bocaccio, en un lugar llamado El Sepulcro de Dante, en pleno corazón de Ravenna, un hombre permanecía en penumbra sentado en la cama de su habitación.

Las agujas del reloj parecían inmóviles sobre las dos de la madrugada. El hombre tenía la vista fija en un viejo aparato telefónico que estaba a su lado, sobre una mesita de noche de caoba desteñida por el tiempo y el uso.

Alto, bien fornido, de cabello rubio y facciones finas y delicadas, tenía el aspecto mundano de un ejecutivo de Wall Street, aunque el traje sacerdotal que vestía hablaba de otra cosa.

Su tez blanca, tostada por el sol, se iluminó al escuchar los repiques del teléfono.

Impasible, lo dejó resonar seis veces. No demostró impaciencia. Antes del séptimo toque alzó la bocina sin pronunciar palabra. Con el aparato adherido al oído escuchó con atención a la persona que le hablaba del otro lado del receptor.

– ¡Sí, entiendo!... Partiré lo más pronto posible –refirió conciso, con voz grave, y colgó.

Dicha la última palabra, se dejó caer con su metro noventa sobre la pequeña cama. Parecía aliviado.

Encendió un cigarrillo, colocó una de sus manos debajo de la cabeza, al ras de la almohada, aspiró y exhaló con fuerza, como si además del humo también librara un gran peso. Aunque el hombre alojado en aquel oscuro hotel de Ravenna, estaba muy lejos de temores. Lo único que le incomodaban eran las fastidiosas esperas.

Su nombre era John Dark, y aunque ahora vestía traje sacerdotal, poco tiempo atrás llevaba uniforme militar.

Curtido en los campos de batalla desde muy joven, fue protagonista de sangrientos combates y luchas desiguales donde murieron familias enteras, niños, mujeres y ancianos. Fue testigo de horribles matanzas ante la mirada indiferente del mundo y de sus compañeros de lucha, pero un buen día decidió dejar todo atrás. Renunciar a la desventura humana que le tocó vivir para unirse a la Iglesia y abrazar el sacerdocio. Ahora se sentía feliz.

Cuando sirvió en Afganistán, era capitán de asalto de un grupo aerotransportado del Ejército Norteamericano. La milicia era toda su vida y se sentía cómodo sirviendo a su patria. Pero la gran desilusión llegó al enterarse que el verdadero propósito de esa guerra no era librar de la opresión a un pueblo inerme, o aniquilar a terroristas. No, nada de eso era verdad o apenas era una verdad a medias. La verdad oculta tras tantas masacres era otra: buscar una salida al mar después que satélites espías norteamericanos descubrieran en la vecina Uzbekistán el mayor yacimiento de petróleo y gas natural que el mundo jamás haya conocido. Había un propósito económico y de pillaje. Eso lo hirió. Lo asqueó de tal manera que aceleró su retiro del ejército. “¡Tantas vidas truncadas y sólo por ambición, dinero y poder”, se recriminaba en lo profundo de su alma.

Tardíamente Dark conocía las oscuras telarañas que se tejían alrededor de las guerras. Pero lo que no soportaba, lo que más le perturbaba, eran las inútiles muertes de tantos muchachos inocentes que ofrendaban sus vidas por una vil piratería. Con profundo pesar comprendió que la lucha no era contra el terrorismo. Que esa fue la excusa esgrimida por su país para quedar bien en el concierto de las naciones y obtener el visto bueno del Consejo de Seguridad de la ONU para iniciar la masacre. Se dio cuenta de que una de las movilizaciones armadas más importantes de la historia, tenía un cariz económico y altos intereses políticos, donde el Dios Dólar, dueño absoluto de la verdad verdadera, imponía con su poder las condiciones de la confrontación.

Entendió que su país, para poder sacar el petróleo de tan apartada región a un menor costo, necesitaba una salida al mar y la única forma era construyendo un oleoducto que, partiendo desde Uzbekistán atravesara Afganistán para concluir en Pakistán, de donde sería embarcado hacia los Estados Unidos. Pero su nación, la que tanto amaba y por la que estaba dispuesto a dar la vida, tenía un problema: ¡los talibanes!, casta hasta ese entonces olvidada por el mundo. Seres desconocidos y de los que nadie hablaba ni en sueños. El planeta Tierra se enteró de su existencia cuando los Estados Unidos comenzó la primera guerra contra ellos: la informática. La preparatoria, ante de la invasión. Había que inundar al mundo con noticias e informaciones crueles, denigrantes sobre su salvajismo criminal, para luego, camuflados como corderitos y guardianes del mundo, asaltar a la nación asiática y aniquilar a sus líderes y combatientes. Todo había sido dirigido y coordinado por los Estados Unidos y sus naciones cómplices en el negocio y posterior reparto del botín.

Dark recordó con indignación que antes del descubrimiento del gran yacimiento de Uzbekistán a nadie le interesaba la cultura, religión o creencias supuestamente prehistóricas de los talibanes, que en persa significa estudiosos del Corán. Menos de las atrocidades que cometían en nombre de sus supuestas creencias religiosas. ¡Todo era una trampa!… Una puesta en escena para vender más armas y adueñarse del petróleo, que era el verdadero negocio de la guerra.

“El gobierno no iba a dejar el control del oleoducto en manos de los talibanes. Había que hacer algo y rápido. Algo que no despertara sospechas internacionales. Una guerra era lo más efectivo”, reflexionaba para si mismo Dark.

El ataque del 11 de septiembre a Las Torres Gemelas le puso en bandeja de plata el motivo. Fue la coartada perfecta.

Antes de salir al frente de batalla, al veterano capitán sabía sobre las verdaderas motivaciones de la guerra de Afganistán. Un familiar cercano que trabajaba en el Departamento de Estado, en Washington, capital mundial del espionaje, se lo había referido, pero John se negaba a creerlo. Pensó que algo tan sucio era imposible, mucho menos propiciado por el país que tanto amaba y por el que estaba dispuesto a dar la vida y, si tuviese otra, también se la daría.

Discutió tan acaloradamente con su pariente, que poco faltó para que se fuesen a las manos. Estuvo a punto de tildarlo de traidor, pero se abstuvo porque sabía que era una persona honesta y funcionario de confianza en el Pentágono.

Sólo se convenció cuando recibió de su pariente y tuvo en sus manos un informe del Pentágono considerado clasificado. El documento, archivado en el Departamento de Estado bajo el nombre de “La Carpeta Maresca”, titulado así por el apellido de su artífice, el petrolero John J. Maresca, revelaba con crudeza los verdaderos motivos que indujo a los Estados Unidos a invadir a Afganistán.

En el informe, las cifras, en billones de barriles de petróleo, eran más importantes que las vidas humanas, las cuales ni se tomaban en consideración.

“La carpeta”, que aún está en poder de Dark, fue fechada en Washington el 12 de febrero de 1998, más de tres años antes del ataque a las Torres Gemelas y de la invasión a Afganistán. Tres años antes ya se había comenzado a planificar el genocidio.

John J. Maresca, vicepresidente de Relaciones Internacionales de “Unocal Corporation” (Unión Oil Company of California), una de las productoras de gas y petróleo más grande del planeta, en su declaración a puerta cerrada ante el subcomité de Relaciones Internacionales de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, entre otras cosas, afirmó:

“Me gustaría centrarme en tres asuntos. Primero, la necesidad de multiplicar las rutas para el transporte del petróleo y el gas del Asia Central. Segundo, la urgencia que tiene EEUU de apoyar los esfuerzos internacionales y regionales con el fin de conseguir acuerdos políticos duraderos para los conflictos regionales, incluyendo el de Afganistán. Tercero, la obligación de una asistencia integral para impulsar las reformas económicas necesarias con el propósito de crear un clima adecuado para la inversión en la zona.

La región del Caspio posee enormes e inexploradas reservas de hidrocarburos. Sólo para dar una idea de su dimensión, las reservas probadas de gas natural ascienden a más de 236 billones de metros cúbicos, y las reservas totales de petróleo podrían ser de más de 60 mil millones de barriles. Algunos estimativos llegan a la cifra de 200 mil millones.

No obstante, un inmenso problema ha de ser resuelto: ¿cómo llevar los vastos recursos energéticos de la región a los mercados donde se necesitan? Además, un obstáculo técnico mayúsculo que enfrenta la industria para transportar el petróleo es la actual infraestructura de los oleoductos de la región.

Un proyecto auspiciado por la compañía “Caspian Pipeline Consortium" planea construir un oleoducto occidental desde el norte del Caspio hasta el puerto ruso de Novorossisk, en el mar Negro. El otro proyecto es patrocinado por la empresa “Azerbaiján International Operating Company" un consorcio internacional en el que incluye a cuatro compañías estadounidenses, Unocal, Amoco, Exxon y Pennzoil. Este consorcio considera dos posibles rutas. Una atravesando el norte del Cáucaso hasta Novorossisk; la otra a través de Georgia hasta un terminal de embarque en el Mar Negro. Esta segunda ruta podría ser extendida al occidente y al sur a través de Turquía hasta el puerto de Ceyhan, en el Mediterráneo.

En “Unocal" creemos que la opción es trazar un oleoducto hacia el sur, desde Asia Central al Océano Indico. Una ruta obvia hacia el sur atravesaría Irán, pero esto está excluido para las compañías de los EEUU, a causa de la legislación sancionatoria existente al respecto. Queda una única ruta posible, que es a través de Afganistán, la cual tiene, desde luego, sus propios desafíos singulares. Desde el comienzo hemos tenido claro que la construcción del oleoducto que hemos propuesto a través de Afganistán no podría empezarse hasta tanto no haya un gobierno reconocido que tenga la confianza de los demás gobiernos, de los prestamistas y de nuestra compañía.

El Asia Central y la región del Caspio han sido favorecidas con petróleo y gas en abundancia, que pueden mejorar la vida de sus habitantes y suministrar energía para el crecimiento de Europa y Asia. El impacto de estos recursos sobre los intereses comerciales y la política exterior de los EEUU es también significativo. Sin soluciones pacíficas a los conflictos de la región, no será posible construir las redes de construcción transfronterizas para transportar petróleo y gas. Urgimos a la administración y al Congreso a dar decidido apoyo a los procesos de pacificación liderados por las Naciones Unidas en Afganistán. El gobierno de los Estados Unidos debería usar su influencia para ayudar a hallar soluciones a todos los conflictos de la región.

La asistencia de EEUU en el desarrollo de estas nuevas economías será crucial para el éxito de los negocios. Igualmente estamos a favor de grandes programas de asistencia técnica en toda la región. Específicamente urgimos la eliminación de la sección 907 del Acta de Apoyo a la Libertad. Esta sección restringe injustamente la asistencia del gobierno de EEUU al gobierno de Azerbaiján y limita su influencia en la zona.

Desarrollar rutas rentables de explotación para los recursos del Asia Central es una tarea formidable, pero no imposible. “Unocal" y otras compañías estadounidenses están totalmente preparadas para acometer este trabajo y para hacer de nuevo del Asia Central la encrucijada que fuera en el pasado”, concluía Maresca ante la Cámara de Representantes.

En realidad Unocal –según informes publicados en los diarios norteamericanos– ya había constituido un consorcio llamado “CentGas" en la que “Delta Oil Company Ltd" de Arabia Saudita disponía de un 15% y el gobierno de Turkmenistán un 7%. El acuerdo lo firmó, en octubre de 1997 en Asgabat (Turkmenistán), el propio presidente de la Unocal, John Imle Jr. Se proponía construir un gasoducto de 1.271 kilómetros desde los yacimientos de gas de Dauletabad, siguiendo la carretera de Herat a Kandahar (Afganistán), hasta Multan (Pakistán) y el mar de Arabia y el océano Índico, pero la guerra se lo impidió.

Por su parte, la ruta rusa desde los campos petroleros de Kazajstán hasta el puerto de Novorossisk fue inaugurada en presencia del secretario de comercio norteamericano D. Evans. No en vano la empresa Chevron es la que lidera el consorcio internacional, en donde Rusia participa con un 24%, Kazajstán con el 19% y Omán con el 7%. El gasoducto tiene una longitud de 1.580 kilómetros.

La ruta afgana hacia el mar de Arabia del gas natural de Turkmenistán (no solamente de los yacimientos de Dauletabad sino de Kuruk, Naip, Acak, Kirpihli, Kandyum, Malai, Satliyk y otras localidades) es también la ruta para los inmensos yacimientos de Uzbekistán.

Islam Karímov, presidente de Uzbekistán y antiguo jefe del partido comunista uzbeko en época soviética, es el primer aliado de los Estados Unidos en Asia Central. Las instalaciones aéreas de Tuzel, las de Kukaida y la base de Termez, en la frontera de Afganistán, han estado prontas a disposición de las fuerzas militares norteamericanas.

Uzbekistán es el sexto comercializador de gas natural del mundo a través de la empresa Ubekneftegaz. Sus recursos mineros son muy importantes: gas natural, petróleo, carbón, lignito, uranio, cobre, zinc, plomo, bauxita, tungsteno y molibdeno.

El último informe sobre derechos humanos criticaba la brutalidad del régimen de Karímov, la desaparición de los adversarios políticos, la tortura y la represión. No cabe duda que ante este enjambre de intereses de las grandes compañías energéticas en la zona del Asia Central, Afganistán ocupa un lugar destacado. El modelo de desarrollo occidental depende del petróleo y del gas natural. A toda costa, a cualquier precio.

Por eso John Dark, después de integrar el grupo elite de asalto de las fuerzas norteamericanas en Afganistán y palpar en carne viva el genocidio que se estaba cometiendo contra asentamientos tribales, pastores y labradores de ese país, que de guerrilleros o terroristas no tenían nada, decidió abandonar el ejército.

Salido de una familia norteamericana de arraigadas convicciones religiosas protestantes -su padre era pastor presbiteriano, aunque él, en su fuero interno era católico- asqueado de sus crímenes, de matar a gente indefensa en nombre de la libertad y de su nación en Afganistán, pidió la baja y se ordenó como sacerdote en Italia.

Fuerte, cimbrado en el dolor más absoluto, es precisamente en Italia donde conoce a un grupo de monjes estudiosos de Los rollos del Mar Muerto, papiros sagrados que contienen muchos secretos que el Vaticano oculta para evitar un cisma dentro de la Iglesia Católica.

El hombre que le concedió un nuevo renacer fue el cardenal Vittorio Nocerino, alto prelado y parte del grupo de los poderosos de la Santa Sede. Sutil, a fin de no abrir aún más sus heridas, pero muy convincente en los argumentos, le hizo abandonar los sentimientos de culpa que arrastraba. Entender que no había cometido asesinatos, porque cumplía órdenes, los mandatos de los gobernantes de su país, quienes reclamaban “justicia” por el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York. Trató de persuadirlo de que no había matado a sangre fría o con alevosía, sino honrado a su pueblo.

Dark, a fin de congraciarse con las buenas intenciones del cardenal, le hacía ver que su alma había comenzado a curarse, pero no era así. No estaba satisfecho. Nunca lo estuvo, pero se dejó llevar por la expiación que le concedía el cardenal Nocerino. No tenía alternativa. Era el último refugio que le quedaba para conciliar su alma atormentada.

El veterano soldado estaba defraudado de su país. No entendía cómo una nación que proclamaba libertad y justicia en casa, propiciaba, al mismo tiempo, un terrorismo de Estado, sólo por afán de poder y beneficios económicos.

Advertía que la historia, con débiles variantes, seguía repitiéndose siglo tras siglos “Ayer fue Irak, Afganistán nunca termina, mañana quién sabe”, se decía. “La codicia mancha de horror y deshonor a mi país”, se reprochaba con furia. Y luego, en ahogos que sólo se escuchaban en su profundos interior, gritaba: “¡Hasta cuándo tanta sangre!... ¡Dios castíganos!”.

Sabía que la política emprendida por su país en los lugares donde era descubierto un recurso natural, siempre era la misma: por medio de una gran cortina de coartadas atizaba el conflicto entre los pobladores, ya que en un mundo de fronteras políticas creadas por las grandes potencias, era fácil que el conflicto tomase un cariz étnico, tribal o religioso. El desenlace también siempre era el mismo: miles de muertos, desolación, destrucción y éxodo.

Después, sobre la tierra calcinada y ensangrentada y con los sobrevivientes sin medios de subsistencia, venían las grandes compañías a imponer el “orden y la paz”.

En lo más profundo de su corazón Dark albergaba un sentimiento de culpa atroz, aunque a veces trataba de disimularlo a fin de hacer menos agudo su dolor.

Sabía, porque era un soldado, que había servido a un país genocida, cruel y sin sentimientos y, por más que quería apartar esa idea de su cerebro, esta la perseguía como una sombra.

Durante la “Operación Anaconda”, el veterano guerrero, hoy converso en sacerdote, estuvo ‘cazando’, conjuntamente con infantes canadienses y combatientes afganos aliados, a miembros de la red terrorista de Al Qaeda y el Talibán que se habían apertrechado en más de treinta cuevas ubicadas en los alrededores del Valle de Bagram.

En aquel entonces Dark pertenecía a la Décima División de Montaña del ejército norteamericano y, por su valentía en combate, recibió la medalla al valor “Estrella de Bronce” de manos del general Tommy Franks, líder del Comando Central del Ejército de los Estados Unidos y jefe de las fuerzas aliadas en Afganistán.

En su cerebro aún retumban las palabras que el general Franks pronunció cuando le impuso, junto a otros cuatro militares, la condecoración: “Esto es para ustedes, porque lo hicieron a tiempo, lo hicieron con un buen plan y con violenta ejecución”, señaló el general, orgulloso por la matanza, antes de prenderles las insignias en el pecho.

Al dejar el frente y regresar a los Estados Unidos, Dark hablaba muy poco acerca de la guerra en la que luchó.

En las raras ocasiones que lo hacía, nunca señalaba a cuántas personas había matado. Se irritaba si alguien le preguntaba eso.

“Es irrelevante”, expresaba mal encarado a fin de no hablar del asunto.

De su mutismo se desprendía que fueron muchas y en forma brutal, tal como es la guerra.

Durante las primeras semanas posteriores a su regreso de Afganistán, en esas noches que era dominado por el alcohol, su integridad se resquebrajaba.

Transportado por los recuerdos, le refería a sus amigos de copas los horrores que sufrió junto a sus soldados en una incursión que hicieron en el nevado macizo montañoso Shah I Kot, a 30 kilómetros al este de Surmad, al oeste de la cordillera Jarwar, en la provincia de Logar, donde se creía que estaba refugiado Osama Bin Laden, el líder de la red terrorista Al Qaeda, abatido luego en una mansión de Islamabad, Pakistán.

Recordaba cada detalle, cada lugar con tal exactitud geográfica, que parecía que un mapa, con vías, coordenadas y colores, hubiese quedado tatuado en su cerebro.

Hablaba sobre los impresionantes bombardeos que estremecieron la tierra en Surmad, donde él y sus compañeros de la Unidad Aerotransportada 101, vivieron momentos de verdadero terror.

“Los B-52 habían estado lanzando bombas pesadas toda la noche, por lo que creímos que todo iba a ser muy fácil –contaba sin soltar una botella de whisky que atenazaba con fuerza en su mano–, pero no fue así… No fue como los anteriores ataques, donde los renegados morían como gallinas. Fue diferente… Nosotros éramos más de mil quinientos hombres bien armados… Ellos se defendían valientemente con cohetes, morteros, metrallas y fuego de artillería... Comenzamos a caer como venados en plena cacería… –narraba con pesar–. Muchos murieron…Muchos…–un profundo suspiro lo interrumpió. Luego empinó la botella, tomó un gran sorbo y continuó–: No sé cuántos… Nunca se sabrá… ¡El gobierno no dice la verdad sobre nuestras bajas!… ¡Nunca la dice!... Si no hubiese sido por tres helicópteros Chinook que nos lanzaron municiones y suministros, la masacre hubiese sido total… –Los sorbos de whisky se convertían en pausas obligadas, casi necesarias para no estallar en llanto, y proseguía–: Para nuestra buena suerte, durante la noche llegaron los F-16… Dejaron caer sus BLUS-118S (bombas termobáricas de destrucción total) dentro de los túneles y cuevas de los talibanes…”.

Siempre que estaba saturado de alcohol y rabia, Dark contaba una y otra vez la misma historia sin más variantes que las pausas, que se debían a los largos sorbos de licor, más que a otra cosa.

Sus amigos se sabían esa historia de memoria, aunque, a veces, según el número de tragos o estado de excitación, los recuerdos lo transportaban a un espejismo aún más alucinante, con el que casi siempre concluía el relato: “Al día siguiente pensábamos que los tendríamos en nuestras manos, porque la onda explosiva de esas bombas es mortífera… ¡Succiona el oxígeno de las cavernas y sofoca potencialmente todo lo que está dentro!…–Miraba a su alrededor para cerciorase que todos sus compañeros le estaban prestando la atención que el creía merecerse, volvía a llevar la botella a su boca con desesperación y sin que el trago le terminase de pasar por la garganta, continuaba–:¡Cada una tiene 907 kilogramos de explosivos y son guiadas por láser!, por lo que debían matar hasta los piojos de esos desgraciados… ¡Pero no!... Al amanecer ahí estaban, batallando… Nos tuvieron que desplazar a una zona más segura”, contaba con el rostro descompuesto por el dolor que le causaban esos recuerdos.

“Muchos quedaron tendidos sobre la nieve… Sólo tres días después pudimos rescatar los cadáveres… ¡Qué carnicería!... Nos hicieron lo mismo que nosotros hicimos con sus poblados… Esos políticos de mierda asquean… ¡No tienen dignidad ni honor!… ¡Son unos criminales!”, finalizaba lanzando un escupitajo de rabia al suelo.

Ese mismo hombre, el aguerrido ex capitán del ejército más poderoso del mundo, ahora estaba sólo, sin tropa, ni aviones, ni soldados y tendido sobre la cama de un oscuro hotel de Ravenna, ciudad conocida mundialmente por su arte, artistas y los personajes que la han visitado, vivido o muerto entre sus muros.

Pero no estaba allí por su voluntad, sino porque había sido escogido entre un grupo muy especial de clérigos para cumplir con una misión secreta, una misión en la cual el color de las banderas no tenían sentido y mucho menos las fronteras o el nombre de los países.

Ahora combatía para otro ejército, quizás tan poderoso o más que el de su país, pero que a diferencia de este realizaba sus guerras en la sombra, cobijado en el anonimato o, cuando le convenía, en el esplendor que representada la Iglesia Católica con su ejército compuesto por centenares de millones de soldados en todo el mundo que luchaban con un arma más poderosa que mil bombas atómicas: la fe.

Quizás Dark lo ignoraba, pero esa misma Iglesia, cuando así se lo proponía, podía ser más sanguinaria y mortal que cualquier ejército del mundo. No hay nación sobre la tierra ni en el universo que no le tema o que no haya sufrido los rigores de su despiadada crueldad.


10

Rodeado por un grupo de alegres muchachos, Santiago escuchaba complacido sus impetuosos requerimientos. Vestido de blue jean y franela blanca, estaba sentado en el borde de una de las escalinatas que conducen a lo alto del cerro La Bombilla. Había acabado de llegar al barrio, pero antes de proseguir para cumplir con lo que ese día lo había llevado hasta el lugar, se detuvo para atenderlos. Atropellándose, los curiosos jovencitos le pedían casi a gritos que les aclarase muchas de sus dudas sobre la religión.

El día estaba tan inmaculado y claro, que el cielo, teñido de un brillante azul blanquecino, parecía haber sido proyectado por un reflector que provenía desde el centro del mismo universo.

–Pastor, ¿por qué nos piden tener fe cuando estamos llenos de sufrimiento y miseria? –preguntó con firmeza uno de los jovencitos mientras se frotaba nerviosamente las manos sobre sus muslos.

–Porque sólo a través del sufrimiento se obtiene la paz y la gloria, joven amigo –precisó Santiago con dulzura mientras le acariciaba el cabello–. El hombre sin fe se condena a la desesperación, por eso sufre y siente dolor… La fe, muchachos –afirmó dirigiéndose a todos–, es más poderosa que cualquier poder que pudiese existir en el universo… Más que mil bombas atómicas… La fe es el Dios que tenemos dentro de nosotros –expresó con transparente convencimiento–. Es la fuerza invisible, pero vigorosa, que nos permite creer aun sin comprender… Vive dentro de nosotros y a nosotros, a cada uno individualmente, nos toca descubrirla para que llene de gozo nuestras almas… El que tiene fe nunca perece y es más fuerte que cien hombres –resumió para ilustrar su idea.

–A veces me cuesta creer lo que dices Iluminado… Sé que eres bueno y que por aquí todos te quieren… Que curas enfermos… Pero a veces creo que te burlas de nosotros –recriminó uno de los más mocitos.

– ¿Qué te inquieta?... ¿Qué es lo que te parece anormal? –preguntó paternalmente Santiago.

–Eso de la fuerza invisible… De creer sin comprender… Todo me parece una comiquita de televisión… Así como Mazinger Z, que dice: ¡La fuerza está en mí!

Al escuchar la espontánea ocurrencia del pequeño, la mayoría de los chicos no pudieron contener las carcajadas. Los más tímidos se aguantaron por respeto al predicador. Otros torpemente se taparon la boca, pero era tan enérgica e incontenible su inocente risa, que las manos les temblaban entre los labios.

–Entiendo… –respondió después que los muchachos se calmaron–-. Entiendo tú angustia, pequeño, pero la verdad sólo se conquista a través de la fe… El que no tiene fe nada es… Si no tienes fe, nada eres… El guerrero que no tiene armas ni coraza y carece de defensa, pronto morirá a manos de sus enemigos… La fe es tú armadura, la fuerza que te hará conquistar al mundo… Sin la fe nada eres, porque estás de espalda a Dios… Si tienes fe ella te hará comprender y te dará valor… A través de la fe conocemos a Dios en su infinita bondad…

– ¿Entonces la fe es como la gasolina que mueve los carros? –preguntó con socarronería otro de los jovencitos que buscaba causar juerga entre sus compañeros.

Santiago lo observó y sonrió, pero no le respondió.

–Si la fe nos guía –continuó–, entenderemos que el sufrimiento no es tal como lo percibimos, sino una forma de estar más cerca de la verdad y de Dios… Sin la fe la existencia sería un vil peregrinar por el mundo, donde nada, ni la riqueza terrenal más opulenta, tendría sentido o razón… El que no tiene fe está atrapado en la nada –precisó arreglándose un mechón de cabello que la brisa le posó sobre los ojos.

–Iluminado, ¿qué es la fe?... ¿Dónde está? –se escuchó de pronto una voz ronca y seca.

La interrogante procedía de un hombre que subía las escalinatas con una mugrienta mochila terciada en la espalda. Su pálido rostro hablaba de dolor y hambre. Los ojos, de sufrimiento y dolor. Sus manos, fuertes y callosas, sostenían una abollada vianda de aluminio que estaba a punto de deshacerse.

–La fe, querido amigo, y lo dije hace rato, es creer sin comprender… Creer en Dios sobre todas las cosas… Es entender y cumplir sus mandamientos… El que no tiene fe deambula como sonámbulo en un mundo donde hasta el placer sería una atormentante alucinación… Es el estar muerto aún estando vivo…

El fornido mulato que lo había interrumpido se conmovió por segundos. Lo miró vacilante. De pronto su rostro cambió. Le sonrió y siguió subiendo cerro arriba, hacia su rancho de cartón, pero ahora con decisión y fuerza, como si en lo alto lo esperase la misma providencia divina.

Santiago dejó de hablar y comenzó a observar mansamente los rostros de los jovencitos.

–El que no tiene fe está atrapado en la nada…–explicó con convicción–. Sin fe el hombre está atrapado dentro de una máscara de inexistencia.

El joven predicador parecía ausente, extasiado. Una tenue paz se palpaba en el ambiente.

Los muchachos escuchaban deslumbrados aquellas palabras que se les hacían difíciles de entender, pero que, sin embargo, les producía sosiego y esperanza. Nunca nadie les había hablado así. Comenzaron a comprender que no todo era pobreza o riqueza, maldad o bondad, sino que había otro mundo, un mundo paralelo y que si ellos lo deseaban, podrían alcanzarlo y tenerlo entre sus manos.

La voz de Santiago, dulce y suave, despedía olor a esperanza, a vida y amor. Los muchachos presagiaban un nuevo horizonte sin tantos sufrimientos. No obstante, a otros lo absorbían terrenas inquietudes.

– ¡Palabras!... Sólo palabras bonitas, Iluminado, pero con eso no comemos –se atrevió a interrumpirlo con ironía Juan, El Remedón, un jovenzuelo de unos veinte años, cuyo martirio en esta vida comenzó antes de cumplir los tres de edad al recibir de su madre una olla de agua hirviente en el cuerpo. El pecado cometido: llorar porque tenía hambre. Aun hoy las llagas de las quemaduras siguen soldadas a su cuerpo como fiel testimonio de dolor, terror, maldad y sufrimiento.

Santiago entrecerró los ojos con devota humildad.

–Es cierto, tienes toda la razón, chico –respondió–. Pero no hay que desesperarse, porque Dios proveerá al necesitado… Dios es amor… Dios es perdón… La vida y la gloria…

– ¿Pero cuándo?… ¿Cuándo será eso? –insistió receloso Juan, quien en los últimos meses se había convertido en su más inseparable seguidor.

–A veces, no sé porqué designios del destino, la ayuda divina parece abandonarnos –contestó dubitativo Santiago.

– ¿Qué debemos hacer cuando eso ocurre? –pregunto un negrito que estaba recostado de una derruida una plancha de zinc.

–Cuando eso sucede, hay que entregarse a la oración más interna… Entregarnos al Padre Nuestro –afirmó Santiago con devoción mientras se hacía la señal de la cruz– porque Él nos dará el pan de cada día. A veces si sustituimos el alimento de nuestros estómagos por el alimento del alma, veremos que pronto esa sensación de hambre tenderá a desaparecer.

Tan jóvenes y con tantos pesares sobre sus vidas, con tantos ayunos obligados y tantas torturas contra sus estómagos, las aseveraciones de Santiago parecían una burla al destino, aunque no protestaron. Sólo se miraron entre ellos y después de algunas muecas y uno que otro encoger de hombros, sonrieron irónicos.

Santiago advirtió el desconcierto, pero nada podía hacer para confortarlos en ese momento. Su única herramienta era el poder de sus palabras y la esperanza de que algún día, todos, todos ellos, fueran recompensados.

–Iluminado, explícanos… ¿Cómo se puede ser puro sin comer?

–Es una forma de purificarnos, tal como lo hacen los monjes del Tíbet… Aunque no son cristianos, son místicos entregados a la oración más profunda, tal como deberíamos hacerlo todos nosotros, los que nos decimos devotos de Cristo.

– ¿Cómo es eso? … ¡Yo no entiendo Iluminado! –indagó un morenito de ojos tristes y tan desnutrido que su piel se adhería a los huesos como si fuese una cubierta de hule.

–Si despiertan la fuerza de sus almas verán que podrán hacer maravillas. No quiero tapar el sol con un dedo, ni justificar injusticias… Sé que una de las mayores crueldades del mundo es el hambre, joven amigo –expresó afligido–. No hay mayor violencia que el hambre…

– ¡Yo lo se! – afirmó el morenito abriendo descomunalmente sus ojos negros con tan dramática expresión que parecía revivir su última pasantía en el infierno.

– ¡Es la peste del siglo!... Tan diabólica y letal, que cada vez que parpadeamos muere de hambre un ser humano en el mundo. Niños inocentes, madres parturientas, viejos, hombres y mujeres de todas las edades y razas, son sometidos a diario a la tortura del hambre en todo el mundo, tal como la gran mayoría de ustedes… Es tanta la agresión que padecen y tan irracional esa tortura, que muchos no tienen siquiera la oportunidad de quejarse antes del último suspiro… Yo, muchachos, como soplo de viento, estoy aquí para corregir esa plaga… Pero antes debo, por mandato divino, apagar la soledad de los espíritus y encender nuevamente la llama de la esperanza en el corazón del hombre.

Las palabras de Santiago penetraban sus jóvenes almas. Todos estaban hechizados. Era tanta la fuerza que irradiaba sus ojos, que parecía absorber con ellos el néctar de sus pensamientos más profundos. No obstante el joven predicador sufría en silencio. Sufría por su impotencia. Por no poder resolver, de una vez por todas, y prodigiosamente, el drama de los humildes desposeídos de los cerros. Sentía que el peso del mundo reposaba sobre sus hombros, pero también sabía que debía esperar. Que el nuevo renacer estaba por llegar. Que, al fin, después de siglos de espera, el mundo volvería a reconquistar la espiritualidad perdida. Que pronto los corceles divinos retumbarían por los cielos para anunciar con mil trompetas celestiales la victoria del espíritu sobre el diabólico materialismo que empaña y destruye la bondad en el corazón de los hombres. Que la semilla del amor y el perdón volverían a renacer. Que nadie, entonces, podría arrebatarle su alegría, porque le pertenecía como el rojo rubí.

–El milagro de la vida, no es la vida en sí misma como se cree, sino la muerte, porque sólo a través de ella conoceremos a Dios, momento en el cual nos será develado el Misterio de la Santísima Trinidad –expresó con exaltación.

–Eso es demasiado enredado para nosotros, Iluminado –inquirió Raquel, una bella adolescente que poco antes se había incorporado al grupo.

Era la misma jovencita a la que Santiago le sonrió durante su último sermón en La Bombilla.

–Si tú crees que Dios es uno, haces bien. También los demonios lo creen, y tiemblan… Pero sólo a través de la fe encontrarás una explicación a mis palabras. Sólo la fe te dará el don de comprenderlas… No soy yo el indicado para esclarecer lo que está destinado a tu corazón…

–Pero, pastor –interrumpió burlonamente un flacuchento mozalbete–, dime entonces porqué nacemos, si la alegría de la vida está en la muerte.

–Nosotros, los humanos, los moradores de la tierra, vivimos en el Vestíbulo del Purgatorio –explicó mirando a Raquel, quien se había sentado justo frente a él–, donde aún persiste la maldad y únicamente después de la muerte conoceremos la verdad absoluta… El mundo –dijo luego de un enérgico suspiro– nuestro mundo, no es tal como lo percibimos en el espacio-tiempo a través de los sentidos, ya que encima y debajo de nosotros hay otros mundos, a los que no vemos, pero sí intuimos a través de la imaginación que nos fue legada desde el principio de los principios, y a la que llamamos otra dimensión, la cual no será de sufrimiento sino del goce celestial más puro… La muerte no es el fin, sino el comienzo –sentenció agitando las manos para ayudarse a comprender.

Pese a su esfuerzo, a la afanosa explicación, lo muchachos movieron la cabeza de un lado al otro indicando no entender.

Un bello araguaney enclavado en lo alto del cerro, mostraba orgulloso sus espléndidas flores amarillas. Su brillo era tan intensamente hermoso, que le daba gracia y apariencia de pesebre incultivado a los destartalados ranchos que con sus techos de zinc y paredes de cartón se erguían en el cerro como un monumento a la miseria. ¡Bucólica imagen donde la sublime hermosura se viste de luto y dolor!

Santiago era parte de esa escenografía y con sus palabras conjugaba miseria con amor y sentimientos puros. Extraña mezcla. Sin embargo, brindaba un efecto reconfortante entre los humildes pobladores del barrio.

–“Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”, le dijo Jesús a Simón, el llamado Pedro, y a su hermano Andrés mientras caminaba junto al Mar de Galilea… Estos dejaron todo y lo siguieron. Y yo les digo lo mismo a ustedes… ¡Síganme en su bondad y en sus acciones, porque pronto se revelará la Verdad Suprema!

Santiago había comenzado a relatar un versículo del Evangelio de San Mateo, pero súbitamente cambió el rumbo de su discurso.

–Recuerden muchachos, y grábenlo muy bien en sus memorias: el cristiano vive en las aguas del bautismo, es decir en la gracia del Espíritu Santo. El cristiano que se aparte de esa agua muere interiormente y poco a poco… Se deshace como ser y como persona…

–Yo no creo en eso –interrumpió Raquel respingando su pequeña y bien delineada nariz–. Los ateos y los comunistas andan por ahí y nada les pasa… Siguen viviendo, pecando y muchos de ellos robando y hasta matando, sin que nada les suceda.

–Igual como el pez muere al salir del agua, el cristiano muere si se deja seducir por la mente del mundo –le contestó obviando su argumento y, dirigiéndose a todos, agregó–: No busquen entender, sólo tengan fe y cuídense mucho, porque no quiero perderlos de mí rebaño –sugirió presintiendo que no todos los que estaban esa allí tarde, con él, lo acompañarían el día de la exaltación.

–Palabras, sólo palabras, Iluminado, pero todo sigue igual –atajó Raquel arrogante e incómoda–. El tiempo pasa y las injusticias siguen. Entonces, ¿por qué creer y a quién creer?... ¿A quién?... A mi me parece que todo esto es un espejismo, una farsa… Hasta nosotros mismos somos un espejismo…

–Así como uno no se da cuenta que la tierra gira debajo de nuestros pies en todo momento, de la misma forma el ser humano no se percata de la oscuridad y confusión en la que vive… Sólo hay que buscar la luz que hay dentro de nosotros y al encontrarla hallaremos a Dios. No hay otra forma… Sin fe no somos nada, porque…

–Creo en Dios, pero eso no me sirve de mucho –interrumpió otra vez, pero en tono retador, la hermosa joven. Pese a las privaciones y su pobreza, Raquel poseía una distinción poco común entre la gente del barrio–. Mi fe nunca ha sido corrompida, pero si mi esperanza… Basta con mirar a nuestro alrededor… ¡Mira!... ¿Qué ves?... ¿No te das cuenta?... ¡Esta es la realidad!... ¡Mira!... ¡Mira a tu alrededor Iluminado!... ¿Es qué acaso no ves la miseria?... ¿No la ves? –soltó con disgusto e impotencia al percibir que sus observaciones no eran tomadas muy en serio por aquel piadoso y apuesto predicador que desde hace meses se había transformado en el guía espiritual del barrio.

–No creas que estoy ciego, pero hay que esperar… –contestó sosegado–. Recobra tú esperanza y únela a la fe y serás invencible ante los ojos de Dios.

–No es tan fácil… Son palabras… Sólo palabras que al final no sirven para nada cuando no se tiene siquiera un pedazo de arepa para comer ni agua limpia para beber.

–La fe proveerá, bella e inquieta jovencita –respondió Santiago sonriéndole a fin de contener sus arremetidas, las cuales podrían causar más confusión de la que existía entre los otros jóvenes presentes.

–Lo sé, pero a veces me desespero… ¡Estoy al borde!... Disculpa, no era mi intención molestar –reconoció bajando la guardia y devolviéndole la sonrisa.

–No creas que no sé por lo que están pasando… No sólo tú, sino todos… Aquí y en otras partes… Por eso he venido. Para aplacar sus penas y brindarles una esperanza… Lo mismo hago en otros barrios… Todo es tan difícil y complicado… Por ahora son sólo palabras… ¡Lo sé!... Pero pronto vendrán los hechos, la revelación que nos liberará…

–Iluminado, ¿vendrá Jesucristo?… ¿Volverá a la Tierra?... Mi tía dice que sí… Que si vendrá. ¿Es verdad o mentira?…–interrogó el más chico del grupo, un muchachito que no conocía otro mundo más allá de aquel lugar poblado de miseria, ranchos de cartón y hojalata y que en vez de calles o avenidas tenían largas escalinatas que como serpientes sin cabeza surcaban los cerros.

– ¡Sí!… Ya está con nosotros en La Eucaristía, en la oración… Es cierto pequeño amigo, vendrá pronto… No desesperes y escucha a tú tía… Muy pronto se materializará… ¡Vendrá lleno de gloria y poder para clausurar la historia y juzgar a vivos y muertos!…

–No entiendo… Eso es muy complicado… –replicó el pequeño.

– Lo sé… Yo sólo soy un mensajero –sentenció Santiago como si frente a sus ojos tuviese la visión de una imagen divina–. Pero cuando venga el Consolador, él dará testimonio acerca de mí –concluyó con regocijo.

PRÓXIMO MIÉRCOLES Caps. 11 al 15                    

Adelanto...

 
  Pero las dudas de Dark rasgaban una realidad aún más profunda y ciertamente aterradora. Sospechaba que el asesinato de Abdul Rahman, Ministro de Aviación y Turismo del nuevo gobierno afgano en el interior de un avión a manos de cinco miembro de las fuerzas militares de la Alianza Norteña, había sido planificada por la CIA debido a que habían fundados indicios de que Rahman no era lo que aparentaba ser, sino un agente infiltrado de Al Qaeda y la persona que espiaba a favor del ahora fallecido Bin Laden y de su lugarteniente, el Molá Mohammad Omar. Este último considerado el gran estratega de la resistencia Talibán y conocido por los servicios secretos de occidente como El hombre sin rostro, ya que se desconocen sus facciones, edad precisa y de qué país islámico es nativo. Sólo se sabe, o creen, que era el segundo Bin Laden, que su barba es cana y usa lentes oscuros.
  Hasta los momentos la inteligencia norteamericana únicamente ha podido obtener una foto, bastante desenfocada, que presumen corresponda al Molá Omar.
  Hace mucho tiempo Dark sabía que su país no jugaba limpio en los juegos de la guerra, que muy poco les interesaba las vidas humanas o la aniquilación de pueblos enteros si de ello dependía su poderío económico y de imperio sobre toda la humanidad, aunque la respuesta, a través de la guerra, fuese un acto criminal.