POESIAS

LÁGRIMAS DEL CIELO



Poemario
–Introducción poética a la dialéctica del pensamiento humano injusto, cruel, perverso y sin sentido y del anuncio de la nueva esperanza y la fuerza del amor y la fe–.


Diego Fortunato
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EL HUERTO FIEL

Paraíso de esperanza
es la mente que siempre
te mantiene latente.
Con ideas a flor,
como retoños que germinan
sin saber su destino.


Es la mente huerto fiel
de dichas y locuras
donde la única cordura
es sembrar flores
que nunca marchitarán.


De todos los colores,
pero teñida de ilusión,
es el huerto de la mente
donde cada día,
sin esperar el suspiro
de los sueños idos,
siembro flores
llenas de pasión, letras,
palabras idas, cuentos
postreros y poesías
que plenan el alma mía.






OLOR SILVESTRE

Con el rocío
de la mañana
o cuando una lluvia
tierna acaricia
la pradera
el húmedo olor
de la vida silvestre
inunda el alma mía.

Es perfume
de ángeles
que mana del paraíso
para ungir al mundo
con su savia divina.

Árboles y arbustos,
flores y hierbas
y hasta las más pequeñas
de las azucenas
elevan su mirada
al altísimo bendiciendo
el regalo del cielo.

Sólo se transpira paz,
tan silenciosa,
que los acordes
de su armonía
con sutil delirio
te atrapa en canto
eterno y suave
en regocijo bendito.





PENSAR

¡Qué aturdimiento!
¡Qué malas jugadas
nos hace la mente
al pensar, aunque
estemos sin pensar!

Pero hay que pensar.
Eso es inevitable.
El secreto está
en qué pensar y cómo.

Noble interrogante
que ni sabios
ni locos jamás
responderán.

Con esto nada resuelvo,
pero estoy pensando
en cómo descifrar
tan desesperante acertijo.

Se me ocurre decir,
de un tirón, que lo mejor
es dejar a la mente
libre de ataduras,
sacarla de la cárcel
donde la hemos encerrado
y dejar que nos indique
el camino a seguir.

¡No!… No es fácil,
porque en ella emerge
un carrusel de ideas,
a veces buenas y otras malas.
No es la solución.

Quizás, y lo pienso ahora,
la salida sería,
en que mientras pensamos
creer que no
lo estamos haciendo
y si no lo estamos haciendo
no pensamos…
Pero, si no pensamos, ¿qué somos?


ESCUCHA EL DOLOR DEL MUNDO

Estuve en el principio del dolor,
donde la humanidad se desangra.
Donde la fe es negocio y burla,
imperio de conjuras
y capital sin cordura.
Estuve en el este y en el oeste,
en el norte y en el sur…
Con negros y blancos
y con hombres de ojos de alelí,
rasgados o rojos como el rubí.
En el Asia y en el África,
en Europa y América
y en las tierras lejanas,
y sólo encontré una religión…
¡La verdadera!... ¡La de los hombres!
¡La de los materialistas!
La de los seres que no creen en Dios,
mucho menos en Alá o Mahoma,
Buda, la Biblia o el Corán.
Que se burlan de la Tora de Moisés
y de las vírgenes y los santos,
así como de mí Espíritu Santo,
al igual que hacen con
Krishna y los devotos que lo siguen.
Tampoco en el Cristo que llevan
en sus cuellos como escapulario
cuando están en Wall Street
o en el burdel donde negocian
con maldad la vida de la humanidad.
Es la de los hombres
la religión que domina al mundo…
La más perniciosa y dañina,
la que con soberbia conduce
a guerras, muertes y al terror
por avaricia, prepotencia y ambición.

Y rezo:
Vivo, pero la violencia del hambre me tortura.
Vivo, pero el terrorismo aniquila mi alma.
Vivo, pero sollozo cuando crucifican a la compasión.
Vivo, pero la opresión y la maldad ofuscan mi ser.
Vivo, pero agonizo si no hay libertad ni expresión.
Vivo, pero, ¿dónde voy, si no puedo ser quien soy?
Vivo, pero me rebelo si no me dejan escribir.
Vivo, pero, ¿cómo puedo vivir sobre el dolor del mundo?
Vivo, porque soy un loco imposible.
Vivo, porque nací en este planeta chiflado.
Vivo, porque estoy enfermo de cordura.
Vivo, pero no puedo vivir si el hambre destruye a los míos.
Vivo, porque amo al amor y el amor todo lo puede.
Vivo, porque sin vida no podría escribir.
Vivo, para ser la conciencia de la humanidad.
Vivo, porque Dios es mi guía y yo su rebaño.







LADRÓN DE RECUERDOS

Busco sobre
las estepas del gris,
en las redondeces
de la memoria,
sobre las sombras
de las horas idas
y encuentro
el vacío de la nada
que me sonríe
como niña sorprendida.


Giro los ojos del pasado
hacia las profundidades
y un oscuro camino
que por instantes se ilumina,
indica el paso,
corto y escarpado,
hacia el ayer.


No hay rosas ni violetas
menos cosas benditas.
Ramas de terciopelo
o faroles de agua dulce.
Tampoco polvo,
lluvia o tormentas…
Pero es la vía.


Llego al final del sendero
agotado, pero sereno.
En el rincón más oscuro
encuentro un cofre,
que en una época fue reluciente,
con su boca abierta,
como pidiendo clemencia.
A pasos lentos me acerco.
No hizo falta más,
sólo dos pisadas.
Todo olía a estiércol.
Un caballero andante,
quizás un gitano,
un pirata o un fantasma
montado en un corcel
vestido de rabia
se había robado mis recuerdos,
mi historia,
la que creía no valía nada.
Ahora sólo soy el presente.
No hay pasado,
sólo un futuro incierto
que algún día
pertenecerá a los recuerdos.






UNA VEZ

Una vez tiré una piedra al río.
Salpicó el agua y la piedra
se me ha perdido. Volví a tirar
otra, pero no tenía sentido.
Me metí en el río a buscarla
pero habían muchas iguales a la mía.
Retrocedí y miré al río,
siempre corría sin detenerse,
sin mirar a la piedra mía.
Entonces comprendí
que el río es como la vida,
nunca se detiene aunque
se lleve al alma mía.







SAN VIRTUOSO Y EL ESCAPULARIO DEL TÍO BENITO


No recuerdo muy bien como fue…
Pero de qué sucedió ¡sucedió!
Aunque ya esté muy viejo
para contar historias largas
mi memoria testifica
que en el pueblo de Santa Esperanza
existía un curita, muy joven él,
que de la Biblia hacía un escapulario.
Unos les decían bobo santurrón.
Eso era lo de menos, lo más suave,
porque cuando pasaba
frente al botiquín de Benito, el leguleyo,
porque decían que había estudiado leyes,
los mozos que estaban repletos de ron
le gritaban cada cuestión,
que el pobre cura se ponía tan marrón
como su sotana y de un sólo tirón
corría a esconderse tras el púlpito de la iglesia,
que quedaba en la esquina Del Porrón.


La historia no podría ser tal,
si al bendito cura, que se llamaba Virtuoso,
Virtuoso Cañas, para ser más preciso,
algunas viejitas lo habían bautizado,
a fin de que les reivindicase
sus pecados juveniles, como San Virtuoso.
El pobre cura, que de provinciano tenía
hasta los lamentos y de santo ni la coronilla,
comenzó a aprovecharse de su pregonada santidad.
Fue así como Cándida, bella mujer y casta
hembra deseada por todos los pobladores,
llegó a las manos y la codicia del sacerdote,
quien no era puro ni menos virtuoso.
Seducido por los encantos de aquella morena
de espectacular figura, caderas anchas,
pechos de gallo en flor y nalgas de rumbera,
Virtuoso, cada vez que ella se presentaba
ante el confesionario, le ponía a la bella
joven una sola penitencia,
aunque ella nada malo había hecho.
Y el cura le decía: “Si quieres el perdón
divino, con un hombre divino debes
estar”, confundiendo a la párvula mujer,
quien en su ignorancia nada entendía.
Fueron pasando los días, las semanas
y los meses y el curita insistía,
pero nada sucedía con la guapa doncella.


Todos, en la población, seguían
haciendo mofa del curita feo y desgarbado,
hasta que un día Benito enfermó.
Sería de tanta rumba y alcohol,
nadie lo sabe, pero lo que si es cierto
es que era tío y padrino de bautizo
de la hermosa Cándida,
a la que siempre protegía
del contacto de rufianes pueblerinos.
Su malestar fue tan grave,
que temiéndose lo peor, llamaron
al cura Virtuoso
para que le diese la extremaunción.
Éste corrió presuroso, no sólo
con la intención de darle los santo
óleos, sino para estar cerca de Cándida,
a quien en secreto amaba y ansiaba.
Al llegar, todos estaban presentes.
Sólo faltó el Jefe Civil quien,
dijeron, estaba tras unos cuatreros.
Sin embargo otros aseguraron
que estaba pasando la mona
tendido en una destejida hamaca
detrás del negocio del moribundo Benito.
Todos reían, porque, decían,
que zancudos y otras chiripas
morían al instante después de picarlo
ya que el regordete hombre de la policía
estaba tan repleto de alcohol
que las pobres alimañas
no resistían tal intoxicación.


Volviendo al caso, les voy a contar,
y es palabra de viejo
y eso tiene respeto y dignidad,
porque yo no cuento estupideces
y menos cosas con maldad.
Pasó la noche en que Benito
agonizaba cuando el cura Virtuoso,
después de ungirlo para el último adiós,
le puso un escapulario al cuello
y entre labios le rezó una oración.
Yo lo vi. Con estos ojitos, que ustedes ven.
Me pareció que era de la Virgen María,
otros dicen que tenía prendida una foto
de Cándida aparentando a la santa mía.
La historia es que el consagrado
escapulario desapareció el mismo día
que el tío Benito al fin murió,
al parecer de cirrosis aguda
y no por estar seis horas con una puta.


La cosa en el pueblo siguió igual.
Trabajo de día y borrachera en la noche.
Y las viejas en sus casas rezando el rosario
y los viejos maridos roncando la caña.
Sólo una cosa había cambiado:
Cándida acariciaba con tal devoción
el escapulario que Virtuoso había prendado
de su tío Benito antes de la fatal defunción
que hizo sospechar a niños, ancianos
y a casi todos los parroquianos,
que la mujer se había desequilibrado.
La llevaron ante el matasanos,
quien le recetó una poción de valeriana.
Pero nada pasó. Luego la llevaron
con el brujo Juliano, quien le leyó la mano
y como remedio le mandó unos baños
de canela y hierbas con olor a gusanos.
Pero nada sucedió y por tal motivo
como último recurso la llevaron
ante el llamado San Virtuoso
para que le curase ese mal tortuoso.
El cura la miró tan fijamente
que muchos creyeron que estaba demente.
Ella se hizo la desentendida.
El escapulario contenía
y ella lo sabía, una foto escondida
tras la figura de la Virgen María.
Era la del curita, que de bobalicón,
no tenía un ápice, ya que en la misma
aparecía tan desnudo como el día
en que nació en la hacienda de Don Simón.
Estaba tan bien dotado
que tenía atontada a la casta jovencita
hasta el punto que ya poco dormía
y había perdido hasta el apetito.
En un gesto ella hizo girar entre sus dedos,
y en forma circular, la imagen sagrada
que estaba cosida a una cadenita
de fino oro de dieciocho quilates,
he invitó al cura para que la amase.
Todo fue bendito, dicen algunos.
Otros furia de dioses, ya que durante tres días
nadie más supo del curita ni de la Cándida
mujercita. La iglesia permaneció cerrada
y las campanas sin decir nada.
En verdad no sé si eso fue felicidad,
lo cierto es que antes de los nueve meses
nació un niño robusto y fuerte,
a quien mucho llamaron sin pecado concebido
porque gracias a la religión nació
aquel varón que alegró la vida del santurrón.




EL ALBA

Soñar despierto
es ver el alba mía.
Los crisoles
que dan la bienvenida
al nuevo día.
Las luces y destellos,
las palabras divinas
que brotan del cielo
y ese corazón
que llaman Sol,
que enciende al día
a la nueva vida.

Lo observo encantado,
como muchacho chiflado,
porque en su orgullo
presiento el murmullo
de cosas benditas.

Me enloquece
y me mima,
porque son las cosas
que me invitan a estar
más cerca del Creador.

No sé si es su resplandor,
pero nunca dejaré
de absorber sus rayos
que me producen
un sabor que sólo
el amor puede otorgar.



DE LA RAZÓN Y EL PENSAMIENTO

Dos principios,
un sólo dogma
y un único
proyecto de vida.
Aunque uno trate
de destruir a la otra
y viceversa,
¿quién será la legítima
poseedora de la verdad?


Yo no lo sé.
A veces me inclino
por la razón y otras
por el pensamiento,
pero la que me concede
paz no es ni una ni la otra
sino el alma y el corazón.


Entonces, ¿qué papel
juegan en el hombre
esos dos rufianes
de los sentimientos?


¿Podríamos vivir
sin ellas y asirnos
sólo de la fe y el Dios
del firmamento?
Creo que si.
De esa forma seríamos
verdaderamente libres
de esa cárcel interior
y podríamos gritar
al mundo rebelde
que la luz ha vuelto
y las cadenas rotas.
¡Ya no más opresión!


¡La razón y el pensamiento
se fugaron en noche oscura
y la conciencia ha recobrado
la libertad y la cordura!


¿Será posible tal paradoja?
En el papel suena bien,
pero lo interpretará
igual el hombre cruel
o querrá también dominarlo
todo para edificar otro burdel.




NOTA: Todos los cuadros son también obra del pintor, novelista y poeta Diego Fortunato.