jueves, 14 de octubre de 2010

22 de agosto.

  Jamás me habría despertado si no hubiese sido por el sonar de palas, picos y mandarrias de los guariqueños. Algunos golpeaban con reciedumbre pedazos de cavillas en el rocoso suelo para que sirviesen de soporte de las nuevas cascaritas que están construyendo.
  Son las 9:45 a.m. Es la primera vez que me levanto a esta hora desde que estoy en la montaña. Aquí normalmente madrugo, cosa inusual en mí, y mucho más por las altas dosis de tranquilizantes y alcohol que estoy ingiriendo.
  De ésta, si pierdo el norte y la medida, me convertiré muy pronto en un auténtico adicto y alcohólico, para complacencia de Carolina. Me imagino su rostro desvariado balbuceando: “No se los dije. Vieron que tenía razón… ¡Es un alcohólico!”.
  Mientras me desperezo oigo voces requiriendo a Beto, el más joven de los guariqueños. Debe tener unos doce o trece años. Lo utilizan casi abusivamente, como un utility. Lo que les fastidia hacer a los demás, le pegan un grito a Beto y el problema está resuelto o, al menos, olvidado.
  Al incorporarme de la cama recogí del suelo terroso las últimas cuatro colillas de los cigarros que fumé antes de quedarme dormido. Cuando dirigí la mirada hacia el cenicero, vi un platón de terracota repleto de cabos. Me sorprendí. Recordé que en la noche, tarde, boté muchos por la ventana. Definitivamente, estoy fumando demasiado. De ahí la tocesita que me sofoca todas las mañanas.
  Monté la cafetera. Cuando oí el borboteo que indica que la efusión ha llegado al punto más elevado de ebullición, giré la perilla para desconectar el gas de la cocina. Esperé unos instantes. Luego arrimé mi tacita hasta la boca de la cafetera, la cual incliné suavemente para verter la infusión en la taza. Sólo bastó una pequeña inclinación y el ardiente café se desbordó, en todo su aroma.
  Estoy confuso. No entrelazo una cosa con la otra, un día con el ahora. Ni el ayer presente con este instante, pero seguiré escribiendo, aunque en ello deje la vida… ¡Coño, alguien tiene que enterarse de que existo y de lo que estoy pasando!
  Mientras absorbo mi café veo hacia afuera. Los guariqueños más que trabajadores de la construcción, parecen marabuntas. Son unos verdaderos magos, prodigios naturales de la construcción. En un abrir y cerrar de ojos desmontan y levantan cascaritas en apenas un par de días. Su rapidez es asombrosa, y eso que carecen de casi todo el instrumental adecuado. Ellos se las inventan.
  Salí hacia la montaña y después de una breve charla con los guariqueños regresé a la cabaña y me dispuse a preparar el almuerzo.
  Hoy comeré una suculenta sopa montañera, tipo “Juliana”, que inventé yo mismo. Es rápida, fácil de hacer y apetitosa.
  La receta es simple. Consiste en lo siguiente: A media olla de agua se le agrega un cubito, de carne o de pollo, indistintamente. Se ralla una cebolla y una zanahoria, las cuales se vierten en el recipiente con el agua aún fría. Luego se pone a hervir por veinte minutos. Al finalizar ese tiempo se le agrega medio plato de tubbettini (pasta italiana a los que algunos la llaman guergueritos). Otros diez minutos de cocción y listo. Suculenta, se lo aseguro. Por supuesto que la receta que acabo de anotar es para una sola persona. Para dos se doblan los ingredientes y así sucesivamente.
  Aunque es muy temprano todavía y pese al buen plato de sopa que comí en el almuerzo, me está dando hambre otra vez. Anoche apenas cené con un paquete de galletas, una botella de gin y dos cajas de cigarrillos.
  Ayer, cuando fui al bufete de Alfredo Díaz, no había siquiera desayunado. Lo único que tenía en el estómago era un plato de pasta condimentada con diablitos, que no recuerdo si me los comí el día anterior o plus anteayer.
  Hoy estoy un poco tembloroso. Trataré de tranquilizarme. Me tomaré un pequeño descanso y después seguiré escribiendo.
  ¡Listo!... Aunque no lo crean, ya estoy aquí, de vuelta, aunque un poco amnésico. Ya es de noche y no sé qué pasó, qué hice durante las horas de la tarde. No lo recuerdo, pero eso no tiene la menor importancia. Lo importante es seguir escribiendo sin parar.
  Mi viejo grabador-reproductor no me abandona. Es mi inseparable compañero. Lo único “ser” fiel que permanece a mí lado. Bueno, también tengo a Dios, aunque por ahora parece hacerse el pendejo, sordo y mudo y eso que se dice Todopoderoso.
  No me importa si todos me abandonan, ya estoy en el fondo… ¡Que carajo!... Si esto es el infierno, no es tan malo como dicen. Pero si apenas es el vestíbulo, ¡coño!, no quiero ir más adelante. Esto es mierda, no es para humanos, menos para desesperados.
  PAUSA DE RECUERDO: ¡Uf, me estaba preocupando! “Una vaina más”, me dije hacia mis adentros. Ahora, además de pendejo, soy también amnésico. Pero no. Fue una falsa alarma. Recordé lo que hice en la tarde. Estuve escuchando un viejo cassette de meditación con mensajes muy hermosos y positivos, que, en condiciones normales, me hubiesen servido de algo, pero a estas alturas tanta belleza parece ciencia-ficción o digno de un cuento de hadas. No pude terminar de oírlo porque Danger se asomó por la ventana reclamando sus galletitas. Le di sólo cuatro a fin de no mal acostumbrarlo.
  A las 7:30 p.m. recalenté la sopa que había quedado del mediodía. Pese a la receta, me excedí tanto en la cantidad de pasta y zanahorias, que todavía hay sopa para rato.
  Una mariposilla que nadie había invitado a degustar mi sopa penetró en la olla y, lamentablemente, se ahogó. La removí con el cucharón antes de encender el fuego y comí el manjar con deleite. Quedé satisfecho, al menos ese es el mensaje que transmite mi estómago, pero, y no es psicosomático, siento unos fuertes puyazos en la barriga.
  PAUSA GOLOSA: Prepararé café y me serviré una tacita repletaron bastante azúcar para ver si la poción atenúa el dolor.
  Nada que ver. Sigo sintiendo esos fuertes puyazos.
  Se están acabando las páginas. La tarjeta de bautizo de Dorian y una pequeña hoja con la estampa y la historia de la Virgen de La Milagrosa que tenía dentro de la agenda, en la página correspondiente al 8 de agosto, y que traslado constantemente tres o cuatro páginas más adelante mientras escribo, están ante mi vista. Son y seguirán siendo mis guías, fieles protectores y silenciosos compañeros durante este viaje donde la palabra toma cuerpo y forma de desespero en el Diario.
  Hablando de compañeros silenciosos, uno que anda por ahí, que no es nada discreto, es un enorme grillo que arrulla mi sueño.
  También me acompañan unas tres docenas de variadas mariposillas. Una gigantesca cucaracha, que por su forma y tamaño, creo que es una sobreviviente del pleistoceno, un escarabajo y otra gran cantidad de pequeños insectos, amén de las diminutas y trabajadoras hormiguitas que a veces se me meten hasta en la cama.
  Son dignas de asombrosa admiración... ¡Cómo trabajan! De día y de noche. No sé si hacen turno de ocho o diez horas cada batallón, como los estibadores neoyorquinos. No sé cuál es su organización, menos si pertenecen a una mafia o sindicato. Lo real, lo verdaderamente real, es que son admirables, únicas en el mundo. ¡Cómo me encantaría ser una de ellas y pertenecer a su familias!... ¿Las hormigas se traicionan entre sí?... Lo dificulto… ¿Las hormigas son infieles?… Menos lo creo, ya que son cuerpo y pensamiento compacto y perfecto. Su ideal es la conquista del trabajo y siempre lo logran… ¡Cómo me gustaría ser hormiga!
  Estoy en otro momento de mí vida. Por favor entiéndanme. No contaminen mi delirio, déjenme divagar libremente.
  Es más, estoy tan arrecho, que si te me apareces, diablo maldito, te arrancaré una oreja de un sólo mordisco… ¡Ahí sabrás, al igual que yo, el tormento que se vive en la tierras y no en el infierno!
  ¡Sí!... Lo sé. Estoy otra vez borracho y loco. Pero qué más puedo hacer en esta montaña... ¿Morirme?... ¿Esperar la cigüeña o un ángel que me traiga a mi Dorian para besarlo, mimarlo y regresarme la felicidad perdida?... ¡Qué cagada!... ¡Eso!... Eso es lo que, precisamente, me provoca en estos instantes… Aunque cago poco, mi pupú es perfecta, casi celestial. Tan rubio como yo, o catire, como se dice en criollo. Lo importante es que estoy en perfectas condiciones: Si cago, estoy vivo. Si no cago, estoy muerto.
  En eso, últimamente reside mi vida… ¡Qué belleza!


MAÑANA:                                                                
¡CÓMO QUEMAN LOS RECUERDOS!


©Diego Fortunato
  
La amante del gobernador (1987)
Pintor Diego Fortunato
Acrílico sobre tela 90 x 80 cm.
Colección privada