sábado, 26 de mayo de 2012

LA ESTRELLA PERDIDA - Primera entrega




   A fin de hacerla más lenta, provechosa y de fácil lectura, iré publicando semanalmente cinco capítulos de esta novela que forma parte de la trilogía de El Papiro, cuyo primer libro terminé de editar el pasado miércoles 8 de junio, pero si no lo ha leído y desea hacerlo, lo encontrará en su totalidad en el archivo del blog. La estrella perdida consta de 267 página word divididas en treinta y tres capítulos, por lo que la semana final publicaré los tres últimos. Al terminar La estrella perdida y a fin de concluir con la trilogía, editaré bajo el mismo procedimiento La ventana de agua, la tercera novela de esta interesantísima saga de suspenso, aventura y acción.

 
Sinopsis
   Un grupo de arqueólogos pertenecientes a la Cofradía del Omne Verum, reconocidos estudioso de los papiros de Getsemaní y de Jerusalén, descubren el misterio de la Vera Cruz, la cruz de la crucifixión de Cristo, que se hallaba perdida desde su muerte. Los escritos revelan que los esenios, hermandad de la cual formaba parte Jesucristo, la habían escondido en la cima del Kukenán, el llamado Tepuy de los Muertos, en La Gran Sabana, al sur de Venezuela. La Santa Sede, apoyada por los Dei Pax, un grupo gangsteril al servicio de la Iglesia, busca apoderase de ella, pero se topa con otro gran secreto: la aparición en la Tierra de los Nion, una especie de niños ángeles, quienes nacen asexuados. El doctor Aristócrates Filardo, un psiconeurólogo español de fama mundial, advierte que los Nion o Elegidos de Dios, tienen un par cromosómico muy diferente al de los humanos y que en una de sus células se observa una microscópica cruz brillante. Entre tanto, en una cueva subacuática de Las Cascadas del Ouzoud, en Marruecos, otro arqueólogo de la Cofradía del Omne Verum halla el enigmático Cuarzo de María Magdalena. En sus aristas la piedra tiene grabada una extraña inscripción con los códigos de la alineación del Triángulo Divino, el de la Santísima Trinidad, donde se revelarán nuevas e impresionantes profecías para la humanidad.
   Intrigas, muertes y confabulaciones se apoderan del Vaticano y sus más altos prelados, hasta que el día señalado acontece la alineación del Triángulo Divino.



Caps. 1 al 5.

1


   Los vientos del norte soplaban con furia sobre la montaña. Silbaban tan demoníacamente que parecían emular el susurro del diablo. Silenciosos, tres hombres avanzaban por la selva hacia la cumbre del Kukenán, el más escarpado e inhóspito de los tepuyes, extrañas elevaciones precámbricas de cimas achatadas que se yerguen a las alturas en una única región del mundo. Los indígenas dicen que Dios hace su siesta allí todas las tardes, aunque también es morada de los tenebrosos Brihna y Rezak, espíritus ancestrales de la peste y la muerte.

Un manto de árboles gigantescos se extendía sobre sus cabezas impidiéndoles ver el cielo. El crujir de los esqueletos de aquellas moles de madera y la sinfonía dramática de sus hojas amortiguaban cualquier otro ruido. Sólo el tenue reflejo de algunos rayos de sol que lograba colarse a través del follaje les indicaba que todavía era de día.

Apartando con sus filosos machetes los bejucos y enramadas que le cerraban el paso, se abrieron camino hasta El sendero de los Fantasmas, un sombrío túnel formado por descomunales helechos que colgaban sus apergaminadas hojas de un frondoso y tupido bosque de moriches. El rasgar de los machetes o el chasquido de una que otra rama seca que se destrozaba bajo sus pies rompían la monotonía del avance.

El arqueólogo Divor Klaus, líder del grupo, seguía los pasos de sus guías, dos indígenas de la etnia pemón que el día anterior había contratado en San Francisco de Yuruaní, un pintoresco asentamiento pemón emplazado en plena Gran Sabana, a orillas de la carretera que conduce a la frontera de Venezuela con Brasil. El más joven también servía de porteador y cocinero. Al salir del sendero, ante sus ojos se proyectó majestuosa la falda del tepuy. Un pasto musgoso, muy fino y enano, cubría como alfombra inquieta aquella parte del cerro ancestral. A su lado, ribeteándolo, una tierra negra que al principio de la creación alguna vez fue polvo, surcaba como serpiente en celo, perdida y confundida, sus contornos.

–Esta es la ruta. En media hora llegaremos al Paso de la Muerte. Esa procesión de troncos que parecen piedras nos llevarán hasta allá –precisó Juan Diego, el curtido pemón que fungía de guía principal de la pequeña expedición, señalando unos enormes troncos de árboles petrificados, evidencia impenitente de la existencia de un bosque que volvió del pasado para servir de centinelas a los aventureros.

–Parecen fantasmas olvidados en el tiempo… No me imagino que aspecto tendrán de noche, a la luz de la luna y envueltos en la densa neblina –señaló Divor después de aplastar con fuerza contra su rostro a un fastidioso puri-puri, diminuto mosquito hematófago que andan por millones en toda La Gran Sabana.

No es tanto la cantidad de sangre que logran chupar esos insectos, sino el irritante escozor que dejan después de la picada, quemazón que a veces se reaviva con desesperante intensidad durante un par de días o más.

–No los mate señor, ¡espántelos!... –expresó con una socarrona sonrisa en los labios y a manera de chanza Luis Rafael, el joven porteador–. Esos mosquitos son parte de nuestro patrimonio… Si todos los visitantes los matan con los años se extinguirán y ya nadie podría llevarse ese recuerdito de estos lares –agregó sacudiéndose algunos que revoloteaban en su cara.

Los ojos de Divor brillaban de impaciencia. Comenzó a remontar la cuesta con decisión. Quería llegar a la cumbre mucho antes de que los rayos del atardecer pincelaran de negro la boca de aquella abertura que simulaba un volcán olvidado en el tiempo.

No había problemas de oxígeno, ya que apenas estaban a algo menos de dos mil trescientos metros sobre el nivel del mar. A lo que les temían era a los traicioneros e indómitos vientos que en más de una ocasión estuvieron a punto de hacerlos rodar cuesta abajo cuando escasamente habían subido trescientos metros, y al temido Paso de la Muerte, una saliente rocosa de unos cincuenta centímetros de ancho y techo muy bajo, que debía sortearse a gatas y con sumo cuidado a fin de no caer al profundo vacío.

Los dos pemones endosaban unas largas mantas hechas con finas fibras de cocuiza coloreadas y tejidas con alegres adornos que semejaban un enjambre romboidal que se unía en su centro en forma de arco iris. Sus cabezas estaban cubiertas con una especie de capucha de lona ajustada debajo de sus quijadas con un sólido cordón. Parecían exhaustos, aunque en el rictus de sus ojos destilaban más que cansancio, un temor que no era propio, sino atávico.

En su afán por conquistar aquel antiguo macizo, Divor no se percató de ello. En su mente sólo un pensamiento lo seducía: llegar a la cumbre. Debía corroborar con sus propios ojos si en su aplanada cima existía en verdad el inmenso cuarzo color violeta, tan grande como un estadio de fútbol, que revelaban los papiros que descubrió tres días antes envueltos en La Lanza de Longino en el Monte Tabor, en Israel. Había viajado desde tan lejos con ese único propósito, porque si el cuarzo estaba allí, y lo escrito sobre su existencia no era una mera leyenda, sabía que también hallaría sobre la gran roca de deslumbrante color violeta, La Vera Cruz, la Cruz de la Crucifixión de Jesucristo, la cual se hallaba perdida desde hace siglos.

Después de sortear el Paso de la Muerte, donde algunos eruditos dicen que allí comenzó a gestarse la separación de los continentes hace más de dos mil millones años, y otras dos largas y penosas horas de recorrido, en el límite de una inusitada oscuridad que comenzaba a invadir la región, los expedicionarios al fin alcanzaron el punto más elevado del tepuy.

Divor suspiró. Estaba feliz. Sabía que lo había logrado. Que su sueño, después de tantos años de estudio y búsqueda por el mundo de los papiros, escritos antiguos, documentos y excavaciones, estaba a punto de materializarse.

Como un himno a la gloria, por haber alcanzado lo que muy pocos en la vida conseguirían, contemplativo y agradecido, dirigió la vista hacia la hermosa e infinita sabana pintada de verde azulado que se extendía a sus pies.

Sus ojos se tiñeron de ilusiones al vaivén de aquellos árboles gigantescos, tristes, pero salvajes, que ahora observaba desde las alturas del Tepuy de los Muertos, como llamaban algunos indígenas al Kukenán, al que creían maldito. Los veía con infantil embeleso. Imaginaba que le ofrecían respeto por su hazaña y que con cada uno de sus solitarios movimientos les gritaban en silencio: “¡Bravo Divor, lo has logrado!”.

Las flores apenas se divisaban en la distancia. Eran como luciérnagas de colores extraviadas en el letargo de la selva. El verde, aquel verde que semejaba un azul inexistente pero tangible, orlaba con látigos de ébano el horizonte que parecía perdido en la inmensidad que lo había parido.

Tuvieron que caminar otras tres horas por los largos túneles y laberintos de la cima que sólo conocían sus guías. Si no hubiese sido por los expertos ojos de los indígenas se habrían precipitado al vacío en más de una oportunidad. Traicioneros acantilados se desplegaban a su paso como fauces de serpientes hambrientas.

De pronto, como si se tratase de una aparición, ante ellos se desnudó un descomunal y oscuro agujero.

– ¡Aquí es!... Hemos llegado –comunicó Juan Diego liberándose del morral y posando en tierra el cayado que había llevado durante todo el ascenso.

El semblante de Divor se iluminó. Siquiera dio un paso hacia delante para inspeccionar la abertura. Se descolgó la mochila y comenzó a buscar en su interior.

– ¡Bajaré ahora!–exclamó eufórico, como un niño que se extasía ante una gran tarta de chocolote.

–No lo haga señor. Es muy peligroso –advirtió Luis Rafael moviendo su cabeza en forma negativa.

–Vine aquí para eso y no me lo voy a perder por nada en el mundo –contestó inclinándose para sacar del fondo de la mochila una fina y larga cuerda que no parecía ser tan fuerte y mucho menos segura.

–Es cierto señor… Es arriesgado. Mejor baje mañana. Hoy los espíritus están disgustados –manifestó Juan Diego.

– ¿Qué dices?... No, no es como ustedes creen... –respondió sin siquiera levantar la cabeza mientras seguía hurgando en el morral–. Por favor, tranquilícense –pidió luego de incorporarse y tomarlos a ambos por los hombros–. Los espíritus están en el cielo y ellos nos protegerán por la gracia de Dios… Además, este abismo no es tan profundo como parece –concluyó y soltándolos se dirigió hacia el borde del precipicio.

–Señor, no es el momento adecuado –insistió con sincera humildad el más joven de los pemones−. Mire hacia arriba. El cielo está negro y se avecina una gran tormenta.

Divor estaba tan excitado que no reparó en la advertencia de Luis Rafael y caminó hacia la boca del despeñadero. Luego de dar algunos pasos se detuvo y volteó hacia sus guías. Los contempló paternalmente por instantes. Al percibir que lo observaban intranquilos, dio marcha atrás. Al llegar junto a ellos, entornó sus expresivos ojos color café a manera de disculpa por no escuchar sus consejos, extendió los brazos y los estrechó a ambos contra su cuerpo.

–Debo hacerlo, amigos míos. Es ahora o nunca –les susurró–. Ustedes no saben la importancia que esto tiene para mí… Desde que salí de Israel estuve planificando en mi mente cada detalle de esta expedición y no podría perdonármelo si no la acometo ahora, porque…

Una ráfaga de filosos vientos del norte que casi les rasga las vestiduras lo interrumpió. Los tres se abrazaron con fuerza y esperaron a que el vendaval cesara.

–Tú guía es mí Dios y si debes hacerlo, que Él te bendiga y proteja –asintió Juan Diego, a quien en su etnia llamaban El místico porque le atribuían poderes predictivos.

–Eso espero, amigo… Pero para bajar necesito de ayuda.

–Lo haremos, pero no será ahora… La tormenta llegará pronto y debemos acampar en aquella cueva al borde de la roca –precisó Juan Diego señalando con la mano el lugar–. Mañana lo…

– ¡No, Juan Diego! –atajó ansioso Divor– Hoy es Domingo de Resurrección, mañana no tendría sentido… ¡Tiene que ser ahora!

– ¡Lo sé, pero es peligroso! –consintió El místico a fin de tranquilizarlo, aunque en realidad no entendía cuál era el apuro del aquel extranjero.

–Entonces no perdamos tiempo… ¡Ayúdenme a bajar!

–No lo haga… Déjelo para mañana. Recuerde que por estos días los demonios andan desatados…–recalcó Juan Diego mientras se hacía la señal de la cruz.

– ¡Lo sé, amigo!... Precisamente por eso debo hacerlo hoy y no otro día –apuntó inmutable el arqueólogo.

Después de extensos y contradictorios estudios de centenares de manuscritos antiguos, Divor Klaus creyó haber encontrado la clave, la que con tanto ahínco buscó por años, en los papiros que descubrió días antes en el Monte Tabor envueltos en la Lanza de Longino, el centurión que hirió en un costado a Jesús mientras se encontraba crucificado en el Gólgota, el también llamado Monte de la Transfiguración, porque se cree que allí se trasfiguró Cristo.

Aunque muchos estaban convertidos en pequeños fragmentos, mientras revisaba los viejos pergaminos hechos de piel de cabra y escritos en arameo, la lengua que hablaba Jesucristo, notó que varios de ellos, aunque aparentemente de la misma procedencia, tenían en uno de sus extremos una pequeña marca y varios números. Provisto de guantes y pinzas, tomó los pedazos con cuidado y comenzó a revisarlos minuciosamente. Luego de someterlos al escrutinio de un potente microscopio, determinó que la letra con la que habían sido marcados correspondía a nuestra “T”. Bajo ese riguroso orden comenzó a desclasificarlos y unir sus piezas como si fuese un rompecabezas. Después de leer varios de ellos y por las citas y pistas dadas en los mismos, concluyó que algunos provenían de unas catacumbas secretas descubiertas en 1166 a unos ochenta kilómetros al este de Jerusalén, cuevas de las cuales muy pocas personas sabían de su existencia, porque fueron selladas y recubiertas alrededor del año 1250 durante la Séptima Cruzada, organizada por Inocencio IV y dirigida por San Luis, rey de Francia. Sus citas aparecían en el Códice Vaticano y el Códice Sinaítico. Según una antigua creencia, ciertas revelaciones asentadas en el Códice Sinaítico a través de símbolos secretos, fueron transcritas, igualmente en forma secreta, en la Crucifixión pintada por Giovanni Cimabue, artista italiano nacido en Florencia.

A los manuscritos estudiados por Divor Klaus muchos los confundían con Los Papiros de Sión porque varios estudiosos atribuían el sitio exacto del hallazgo en la colina sudoriental de Jerusalén, la misma colina en la que tiempo después se construyó la ciudad del rey David y en la que Salomón edificó su templo. Desde el año 1347 los franciscanos habían custodiado el lugar conocido como el Santo Sepulcro de Jesucristo o Iglesia de la Resurrección en Jerusalén.

Ya en el año 44 d.C. la Iglesia Madre de Jerusalén tenía su sede en Sión, sus sacerdotes visitaban el Jardín del Gólgota y allí celebraban el "recuerdo" de los grandes eventos de la Crucifixión, Muerte y Resurrección del Señor.

Pero de todos los testimonios que extrajo Divor Klaus de Los papiros del Tabor, como él mismo los había bautizado por no tenerse hasta ese momento ninguna otra referencia sobre su procedencia real, el que realmente le impactó y tuvo en vela durante varias noches fue el del fragmento que codificó como el 3T5. En el mismo se revelaba que La Vera Cruz, la auténtica cruz en la que fue crucificado Jesucristo en el Monte del Calvario, la cual estaba perdida desde el año 33 d.C., fue llevada al Kukenán, en La Gran Sabana, al sur de Venezuela, donde él se encontraba ahora, y depositada para su seguro resguardo sobre un gigantesco cuarzo color violeta que se hallaba en el fondo de un precipicio.

Varios mitos cristianos antiguos describen que el prodigio que permite identificar a La Vera Cruz, fueron basadas en que la cruz producía curaciones milagrosas y revelaba con total exactitud la próxima venida de Jesucristo a la Tierra. Esa era la misión de Divor Klaus. Encontrar la cruz y descifrar sus misterios, pero debía ser ese día y no otro. Los papiros eran contundentes en ese aspecto. La presencia de la cruz sólo se materializaba en Semana Santa, a las tres de la tarde del Domingo de Resurrección y no en otra fecha u hora.

Los tres hombres rompieron con fuerza la barrera del iracundo viento que como torbellino impedía su avance. Lentos, asidos uno del otro y abrazados en un solo cuerpo, se abrieron paso unos treinta metros a fin de alcanzar la agreste boca del abismo.

Rastrojos, diminutos pedazos de paja venidas de la inmensidad de la sabana, golpeaban sus rostros. Divor apenas percibía la furia de los elementos. Avanzaba, sólo avanzaba. Una oportunidad como esa la esperó toda la vida. Sabía que ese era el momento. El de la gran conquista, de su logro total, y que nadie ni nada en el mundo le impediría seguir adelante y alcanzar la meta propuesta.

Al estar cerca del despeñadero se separó de los indígenas y ensanchó su pecho hacia delante, hacía el horizonte, mientras observaba como el brillante sol comenzaba a ser arropado por tenebrosas nubes que anunciaban tempestad. Llenó sus pulmones hasta el tope y después exhaló. Divor estaba inmensamente feliz. En aquella posición y al borde del risco, semejaba un personaje mitológico, un ser venido de la nada, en aquel inexplorado paraje de la selva tropical.

Una leve sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios. Había llegado a tiempo al Kukenán para poder cumplir con las indicaciones descritas en los papiros del Tabor.

Absorto, comenzó a ver hacia lo profundo de la gran abertura. Ciertamente sus guías pemones tenían razón. Era arriesgado bajar en aquel lugar lleno de sombras. No obstante estaba decidido. No había vacilación en su mente. “Después de este largo viaje no voy a dejarme amedrentar por un poco de oscuridad”, pensó a fin de darse ánimo.

El viento estaba a punto de desprenderle de la cabeza el raído sombrero de fieltro marrón que tenía afianzado bajo sus mandíbulas con un entorchado lazo de cuero. Su semblante de pronto cambió. Olía peligro. Oscuros pensamientos cruzaron por su mente mientras espinosas ráfagas seguían fustigado con inclemencia su rostro, pero la decisión había sido tomada. Nada le importaba. Sería ahora o nunca.

Unos relucientes rayos de sol que se escabulleron entre las tupidas nubes le permitieron ver parte del fondo. Sus pupilas se dilataron de tal modo que parecían exclamar en grito ahogado ¡Oh, Dios mío! Pasado el instante, todo volvió a ser cubierto por las sombras. Creyó que había sido una ilusión, la cual desvaneció tan rápido como lo hicieron aquellos prodigiosos rayos. Pero, no. Él lo vio. Ahí estaba. No tenía la menor duda. Era el cuarzo. El cuarzo del que hablaban los papiros. No fue un espejismo, sus ojos lo vieron. Los manuscritos del Tabor no mentían, estaban en lo cierto. El inmenso cuarzo color violeta yacía manso en el fondo de aquel cráter abierto en el tiempo y sus filosas puntas de reflejos ambarinos incandescentes parecían prodigar un beso al cielo.

Descendería aunque fuese lo último que haría en la vida. No le importaba ningún peligro. Debía bajar.

Retrocedió y presuroso fue en busca de sus aparejos de alpinista. No había acabado de dar el primero paso, cuando un fuerte golpe de viento y una endeble arenisca que se destrozó bajo sus pies, le hizo perder el equilibrio. La firme y fuerte mano de Juan Diego lo atajó a tiempo para que no cayese al vacío.

–Gracias, amigo –expresó agradecido–, pero voy a bajar… Debo analizar esas puntas… Debo tocarlas… Encontrar la cruz… –afirmó decidido, casi alucinando el arqueólogo.

–Es imposible… Todo esta muy oscuro y la tormenta se desatará de un momento a otro –advirtió Luis Rafael moviendo inquieto la cabeza–. En estos parajes los chubascos son espantosos y la noche profunda… Tanto, que da más miedo que la muerte.

–Si usted baja ahora no podrá volver a subir. Siquiera las linternas que trajimos podrán alumbrar su regreso −manifestó Juan Diego mostrándole sus viejas lámparas de kerosén.

Mientras hablaba con los dos pemones, Divor Klaus no se percató que el celular que guardó en la mochila repicaba insistentemente. Los vientos silbaban tan endemoniadamente que era casi imposible escuchar aquel tenue sonido.

El temerario arqueólogo no quería perder más tiempo. Aunque todavía faltaba mucho para que el día acabase, sospechaba, al igual que sus compañeros, que pronto podría desatarse un chubasco. Si sucedía, sería un suicidio bajar hacia aquellas oscuras profundidades.

Sin siquiera volverlo a pensar se remangó hasta más arriba de los codos la gruesa camisa caqui. Hurgó en los pantalones para cerciorase que todo lo necesario estaba en sus bolsillos. Luego chequeó el cinto. Un pequeño pico de escalador y una diminuta pala colgaban de uno de sus extremos. Del otro el cuchillo de sobrevivencia y la compacta brújula que pendía de su cuello, le hicieron presumir que estaba listo. No más demoras. Le entregó a Juan Diego su viejo sombrero y se dispuso a bajar.

Los dos pemones lo observaban en silencio. Imaginaban que aquel terco hombre de ciencias de un momento a otro desistiría de su imprudente intento. Divor Klaus los observó. Les regaló una de sus simpáticas sonrisas, ató un extremo de la cuerda que sostenía a una saliente rocosa del tepuy y con sus ojos fijos en el fondo se ajustó el arnés y lanzó el otro cabo al vacío.

–Éste es el momento... No hay otro... Debo estar abajo mucho antes de la hora prevista –gritó en dirección del viento para que sus amigos pudiesen oírlo.

Con serena inquietud pincelada en sus rostros, Juan Diego y Luis Rafael vieron como el testarudo citadino comenzaba a descender por el oscuro cráter.

– ¡Estén pendientes de la cuerda!... No lo olviden –pidió mientras se aventuraba hacia lo desconocido.

Los dos pemones no contestaron. Sólo miraban asombrados como el simpático hombre de risa suave y palabras amables que los contrató el día anterior, bajaba hacia una suerte insegura por aquella inmensa boca abierta en el tiempo.

– ¡Tengan listas las linternas para mi regreso! –advirtió con un eco que retumbó en la profundidad abismal.

Fueron las últimas palabras que Juan Diego y Luis Rafael escucharon de los labios de Divor Klaus.

El tiempo se detuvo por instantes. Con sus oídos bien alertas los dos pemones inclinaban a ratos sus cabezas hacia el precipicio a fin de escuchar cualquier ruido o llamado de auxilio. Pero nada. El viento azotaba con tal furia que casi desprendía de sus cuerpos las ruanas de cocuiza que vestían. Pasaron minutos interminables. La angustia los asaltó al no tener señales de aquel hombre que se había aventurado a bajar en las cavernas ancestrales del Tepuy de los Muertos. De pronto, como la exhalación impredecible de un fantasma, se escuchó el crujir de una roca que se desprendía del cuerpo de su madre. Juan Diego y Luis Rafael voltearon instintivamente y vieron destellos azulados y un trozo de piedra que caía hacia el agujero. Después, un golpe seco y sordo resonó en el fondo. Con temor dirigieron sus miradas hacia donde Divor había atado la cuerda. No existía ni lo uno ni lo otro. El montículo se había desprendido y de la cuerda ni vestigios.

Presumiendo lo peor, se hicieron la señal de la cruz. Juan Diego hincó sus rodillas sobre las filosas rocas volcánicas, juntó las manos, elevó su rostro al neblinoso cielo y se puso a orar.



2

   
   Ese mismo día, a ciento cincuenta kilómetros al noreste de Marruecos, muy en el corazón del Gran Atlas, un peregrino bajaba hacia Las Cascadas de Ouzoud, una de las más hermosas del norte de África.

Rodeado de idílicos paisajes y protegido del sol por tupidos olivares, José Pedro caminaba lentamente por una vereda de los desfiladeros de El Abid. Sólo el chillido de un grupo de monos macacos que jugueteaban en las copas de los árboles acompañaban sus pasos.

Había llegado al lugar dos días antes. Discreto, buscando no llamar la atención de los bulliciosos moradores, se hospedó en el hotel Assounfou, en un paraje llamado Azilal. Si bien se lo habían recomendado como lo único decente de la zona, el albergue y toda su estructura eran deplorables. Aunque para José Pedro lo importante era que disponía de teléfono y baño, pese a que el agua caliente brillaba por su ausencia y durante las noches tenía que alumbrarse con una vela. Lo único que le molestó fue pagar trescientos dirhams por el apestoso lugar.

Delgado, de tez blanca y ojos azules, José Pedro Aritema provenía de una muy acaudalada familia cristiana española. Los encargados de la genealogía familiar decían que descendía, por rama directa, de Isabel La Católica. Otros lo remontaban aún más lejos y lo asociaban a los bíblicos Estéfanas y Tíquico, mensajeros de San Pablo a los habitantes de Corinto y Efeso. Y los que buscaban aprovecharse de la dilapidosa esplendidez y fortuna de su rico padre, lo emparentaban a José de Arimatea, el devoto discípulo de Cristo que temiendo que lo judíos fuesen a desaparecer los despojos mortales del Mesías del Monte de la Calavera, le suplicó a Pilatos que le permitiese llevarse el cuerpo para darle sepultura.

Reconocido arqueólogo, con varios master en papirología, y estudioso desde muy joven de siete ramas desconocidas de los papiros, entre ellos los manuscritos coptos hallados en Nag Hammadi en 1945, documentos estos que hablaban del ministerio de Cristo en términos muy humanos, José Pedro fue considerado desde su más tierna edad como un niño de inteligencia excepcional por un eminente psiconeurólogo amigo de sus padres.

Éste calificó al muchacho como un Niño Luz debido a su rapidez en el aprendizaje. En la absorción de conocimientos difíciles de comprender en niños de igual o más edad que la suya. “José Pedro tiene una luz especial”, les decía el psiconeurólogo a sus padres. Nada o muy poco, en aquel entonces se hablaba de Niños Índigo o de Cristal, esa especie de infantes genios o seres perceptivos que según algunos psicólogos clínicos comenzaron a nacer a partir de 1996 en muchos países del mundo. En aquellos días, tal como se reafirma ahora, se decía que la misión de esos niños, que una vez fueron incomprendidos y hasta excluidos de algunos colegios, era la de conducir a la humanidad hacía un mundo nuevo y espiritual.

Sólo el psiconeurólogo amigo de sus padres conocía la compleja estructura cerebral de José Pedro, aunque no sabía dónde, por qué y cómo se habían producido esos cambios neuronales que lo hacían un niño de excepcional y muy inteligente.

José Pedro estudió en instituciones educativas especiales, para personas con percepciones y poderes de comprensión superiores a otros de su misma edad. Desde pequeño devoraba libros, cuyas enseñanzas asimilaba con aparente facilidad. Su grado en arqueología y antropología lo obtuvo con honores en la Universidad de Harvard recién cumplidos los dieciséis años, acontecimiento que fue reseñado por periódicos y televisoras locales. La noticia inmediatamente rebotó a través de los satélites informáticos por lo que pronto fue bautizado por noticieros y diarios del mundo como “el joven genio de Harvard”.

De aquel entonces había pasado mucho tiempo y aunque sus facultades para el aprendizaje rápido habían mermado, gracias a su continua preparación académica, logró un sitial de honor dentro de la arqueología.

Ahora tenía veintiocho años de edad y una importante misión que cumplir en Las Cascadas del Ouzoud, hacia donde caminaba en esos momentos.

–Al parecer escogimos la misma ruta –escuchó de pronto a sus espaldas, tan cerca de sus oídos que la voz pareció recordarle a alguien.

Pausado, sin sobresaltos, José Pedro volteó hacia quien le hablaba. Era un fortachón alto, tan espigado como él, de pelo castaño ligeramente ondulado y largo. Su musculatura estaba tan perfectamente delineada a su cuerpo que parecía sacado de una revista de fisicoculturismo. Iba junto a una hermosa rubia delgada, de mediana estatura y ojos color de miel. Tenían terciadas unas desvencijadas mochilas y lo observaban con benévola sonrisa, como si lo conociesen desde hacía mucho tiempo.

–Sí. Es un camino tranquilo, retirado de los fastidiosos mercaderes de la otra vía… Hacia Tanaghmeilt –asintió sin demostrar molestia por su presencia.

–Totalmente de acuerdo. Por eso también lo escogimos… Me llamo Simón y ella es Débora –se presentó el desconocido extendiéndole la mano– ¿Hacía dónde vas? –indagó sin dejarlo recuperar de la sorpresa de tenerlos allí y haciendo preguntas, lo cual no esperaba.

– ¡Hacía la Ouzoud! –respondió el arqueólogo– ¿Adónde más puede conducir este camino?

–También nosotros… Dicen que es un lugar mágico, muy espiritual…–afirmó Simón mientras ayudaba a Débora a superar una pequeña zanja.

–Creo que es mucho más que eso… Creo que encierra un misterio, un gran y único misterio −observó José Pedro.

– ¿Cómo el de Getsemaní? –preguntó de improviso la bella acompañante del fortachón sin quitarle de encima sus expresivos ojos color miel.

– ¿Qué sabes de eso? – preguntó con desconfianza el arqueólogo.

–Mucho más de lo que te imaginas –respondió con dulzura la joven–. Estamos aquí por eso, al igual que tú –precisó.

–Ustedes, ¿quiénes son ustedes? –inquirió esta vez temeroso y con voz apagada mientras seguía bajando hacia las cascadas.

– ¡Tus guardianes!... Tus ángeles custodios. Estamos aquí para protegerte… Son tiempos difíciles y en estos días santos los demonios andan como almas en pena –refirió la joven muy segura de lo que estaba diciendo.

–No estoy para bromas… El calor me tiene de pésimo humor... Les ruego que mejor sigan su camino –respondió educado mientras con la mano eliminaba algunas gotas de sudor que le corrían sobre el rostro.

–Lo repetiré. Somos tus ángeles guardianes, guardaespaldas o como prefieras llamarnos –ratificó Simón dándole una palmadita en el hombro a fin de convalidar la aseveración de Débora.

– ¡Están locos o confundidos! –exclamó José Pedro examinándolos con desconcierto.

−No jugamos. Esto es serio. Estamos aquí para evitar que te suceda algo −insistió Simón.

– ¡Por favor! … Basta de bromas. Se ven muy humanos para ser ángeles. Si buscan dinero, les diré que estoy quebrado. En mis bolsillos apenas tengo unos cuantos dirham y algunas monedas… Eso es todo. Si los quieren se los daré –manifestó tranquilo, aunque sospechaba algo sublime en el inesperado encuentro.

José Pedro era una persona muy espiritual y creyente. Un acontecimiento similar lo ansiaba desde que comenzó a hurgar entre los polvorientos y desmenuzados papiros que constantemente estudiaba. En lo más profundo de su ser intuía algo divino en la mirada de aquellos dos recién llegados. Por eso ya no sentía temor, sino un gozo impalpable.

–Estamos aquí para ayudarte… Nunca conseguirás lo que vienes a buscar sin nuestra ayuda –dijo Débora a fin de sacarlo de su asombro.

– ¿Cómo saben qué vengo a buscar si siquiera me conocen?... ¡No soy el que creen que soy!... Se equivocaron –sentenció a fin de sacudir los extraños pensamientos que atolondraban su mente.

– ¿No eres tú al que llaman José Pedro y que algunos te dicen El Arimatea, aunque tú apellido sea Aritema? –preguntó con angelical sonrisa Débora, quien había permanecido todo el tiempo al lado de Simón.

–Sí, así es, pero no creo que eso signifique mucho.

– ¿No eres tú un ávido estudioso de los manuscritos de Getsemaní? –indagó Simón sin buscar arrinconarlo.

A la distancia, no muy lejos de donde charlaban, parte de las hermosas cascadas comenzaban a verse entre una verde enramada, pero estaban tan distraídos que no se dieron cuenta.

– ¿Y?... ¿Qué te importa?... Estoy aquí por otra cosa… Vengo a buscar una verdad que el mundo desconoce y de la cual no estoy muy seguro que exista, ni encuentre –manifestó de malas ganas ante aquel insólito interrogatorio.

– ¡La fe lo es todo, amigo mío! –afirmó Símón brindándole una ligera sonrisa– Nada está negado a la fe. Hay mundos después del mundo y otros mundos detrás de ellos, pero nunca podrás verlos si no tienes fe.

–Hablas con sabiduría, amigo –asintió José Pedro–. No sé porqué estás aquí, a mí lado, pero presiento que alguien te ha enviado… Fue mi tío, ¿cierto?... ¡Ojalá no haya sido el demonio! –profirió haciendo énfasis en la última palabra.

Lo estaba probando. Trataba de conseguir una respuesta que le pudiese revelar sus verdaderas intenciones.

–No hay demonios donde hay paz y donde las almas son nobles –intercedió con dulzura Débora.

– ¡Escucha el lenguaje de las aguas! –indicó Simón señalando hacia las cascadas que estaban casi frente a sus ojos–. Todas vierten letras de agua y sabiduría en el océano del infinito.

–Hablas con ilustración… ¿Cómo una persona como tú sabe tanto de eso? –interrogó el arqueólogo en clara alusión a su pronunciada musculatura.

–Todo paraíso está en tú mente… Las cascadas delante de tus ojos… Si no ves la trilogía tampoco verás tú fin y mucho menos el fluir del seco ruido del mundo… ¡Todo está allí, José Pedro!... Si no lo ves, tu mundo, el mundo, no existe…

–Realmente estoy confundido. No sé quiénes sean ustedes. Parecen buenas personas. Creo que sus intenciones no son las que creí al principio, pero…

–Espera y escucha esto –lo interrumpió Simón sin dejarlo concluir la frase–. Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est –pronunció con voz ronca.

José Pedro se detuvo en seco. Casi se le salen los ojos de las órbitas cuando escuchó la cita en latín, la cual conocía muy bien. Quería decir Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo y él y un grupo de amigos la utilizaban como contraseña sólo en caso de inminente peligro y para pedir ayuda durante una emergencia.

– ¿Cómo sabes eso?… ¿Quién te la enseñó? −preguntó desconcertado.

−Toda verdad viene del espíritu santo, no lo olvides −sentenció a fin de sacarlo de su pasmo, aunque lo confundió más.

− ¡Bah!… Eso está en muchos libros… Seguramente a alguien se le fue la boca… −señaló suspicaz el arqueólogo.

–Es cierto. Está en muchos libros… Pero también sé para qué lo utilizas −aseveró mientras observaba a un grupo de macacos que saltaban de un olivar a otro lanzando ensordecedores chillidos.

−No caeré en tú trampa… No soy ningún tonto, sabes…

−El Omne verum es una contraseña… Una forma de SOS para comunicar peligro… Un grave peligro… Entiendo tú asombro, pero no pierdas la fe –señaló al verlo confuso.

−Tú explicación aclara que quién te haya enviado merece toda mi confianza… Disculpa, pero cualquiera hubiese actuado de la misma forma que yo –expresó convencido pero con cierta vergüenza.

El arqueólogo suspiró. Escuchar de boca de Simón para qué utilizaba la cita, cosa que sólo él y otras cinco personas sabían, fue un gran alivio. Y, más que nada, le hizo recobrar la confianza.

–El camino a la verdad es harto peligroso y lleno de demonios… Yo tengo la espada del Espíritu para protegerte –sentenció mientras levantaba una mano en alto como si estuviese empuñando una imaginaria espada.

Simón había hecho una clara referencia a la espada del Espíritu Santo, la misma que en su epístola a los efesios San Pablo recomendó usar a los santos y fieles que estaban estacionados en Efeso para combatir y vencer las asechanzas de Satán.

−Está bien. No voy a discutir con ustedes, pero, por favor, podemos seguir bajando −solicitó resignado, pero sin incertidumbre.

− ¡Claro!… Si miras a tú derecha veras las cascadas… Ya se están asomando −indicó dando por terminado el tema que los mantenía ocupados.

–Mis anotaciones están en lo correcto… Este es el camino… El papiro habla de las tres cruces que forman sus aguas mientras caen al vació.

−Las tienes frente a ti −señaló Débora mientras le pasaba por un lado y seguía avanzando por la vereda.

− Si, las veo, pero hay otro mensaje que no logro distinguir −dijo observándolas a través de un enjambre de ramas de olivares.

José Pedro se refería a la cita asentada en unos pequeños trozos de papiros marcados con las siglas 3G3. Muy poca gente conocía de su existencia. Los eruditos creían que procedían de unos manuscritos encontrados dentro de unas vasijas durante unas excavaciones secretas realizadas en 1833 en Getsemaní. La mayoría, aparentemente, eran del siglo I y II a.C. y su autoría, sin importar si estaban escritos en arameo, griego u otras lenguas, se atribuía a los esenios, una casta de hombres de fe asentados en las márgenes del Mar Muerto, con quienes se dice que estuvo Jesucristo desde los doce a los treinta años, los cuales son llamados los “años perdidos” de Cristo por no existir evidencia sobre su paradero durante esos dieciocho años. Algunos escritos afirman que Jesús fue el mejor discípulo de esa santa fraternidad de hombres y mujeres, a quienes se señala como precursores del cristianismo, en ser los primeros en sembrar la semilla de la cristiandad en el mundo.

Aunque todos los papiros de Getsemaní fueron descifrados e interpretados, no así el clasificado como el 3G3. José Pedro creyó haberlo hecho, al menos en su esencia real. Por eso estaba allí, en el Ouzoud, ese día. Debía corroborar sobre el terreno si sus apuntes eran correctos.

−Las cascadas ha estado aquí desde el principio de los tiempos. Sólo los ojos que destilan fe sincera podrán ver lo que a otros le es negado −explicó Simón señalando hacia un claro en la vegetación−. Falta poco para llegar al sitio desde donde todo se ve y estoy seguro que tú, José Pedro, verás…

– ¿Pero qué tengo que ver?... No te entiendo, angelito −preguntó pincelando con intencional sarcasmo la palabra “angelito”.

Simón no le respondió. Pareció no agradarle la infantil ironía, aunque la quietud de su semblante no lo demostraba.

–No seas impaciente y espera… Son tus ojos y no los nuestros los que deben ver… –lo tranquilizó Débora.

–Bien –respondió alerta y mirando hacia las cascadas que aparecían y desaparecían tras los arbustos.

Los tres viajeros habían tomado un camino poco transitado, diferente al que bajaban la mayoría de los turistas, plagados de comercios de artesanía, restaurantes y cuchitriles que le robaban todo encanto a aquel paraíso natural, aunque lo peor de esa ruta eran los impertinentes vendedores de baratijas, que no daban paz a los que se aventurasen por ese lugar.

De pronto un paisaje de sublimes formaciones rocosas rojizas se abrió ante los ojos de José Pedro. Abajo, numerosos arroyos migrados en el tiempo y traviesos molinillos jugueteaban con las aguas que caían de las cascadas, las cuales todavía no se apreciaban en toda su magnificencia. Sólo se escuchaba el ensordecedor ruido de las tres columnas de agua que se precipitaban desde ciento diez metros de altura para después seguir su curso hacia los desfiladeros del Oued el Abid.

– ¡Allí están! –rompió el silencio Simón al develarse ante ellos las deslumbrantes Cascadas del Ouzoud, cuyo caudal ese día era impresionante.

– ¡Qué hermosas!... Las aguas parecen santificadas –señaló emocionado José Pedro.

–Es mucho más que eso –agregó Débora sin sorprenderse por la ocurrencia del arqueólogo.

– ¿Qué quieres decir? –interrogó sin dejar de ver las aguas que caían mansas, pero con voraz estruendo.

– ¿No lo ves? –los interrumpió Simón−. ¿Aparte de las aguas que caen no ves otra cosa? –preguntó con devota esperanza.

− ¡No!... Sólo esas hermosas cascadas que parecen formar tres cruces…

– ¿Y nada más?... Porque…

– ¡Sí, espera!... ¡Ya veo! –afirmó el arqueólogo mientras se ponía de rodillas en el áspero suelo− ¡Gracias, Dios mío!… Gracias por dejarme ver –exclamó elevando su rostro al cielo.

Embelesado se quedó admirando las cascadas por unos segundos más. Después juntó las manos frente al pecho, inclinó ligeramente la cabeza hacia delante y se puso a orar.

Desde aquel lugar se podía ver, como si se tratase de una hermosa pintura al óleo, el enorme cáliz de agua que formaba el rocío blanco azulado de las tres cascadas mientras se precipitaban al vacío para luego ir mansamente a descansar en la gran poza donde formaban algo semejante a un pedestal de agua.

– ¿Qué viste, cuéntanos? –indagó Débora abriendo de par en par sus expresivos ojos.

– ¡El Cáliz!... ¡El Cáliz Sagrado! –exclamó en fervoroso suspiro José Pedro mientras se ponía de pie.

– ¿Estás seguro? –indagó a su vez el corpulento joven a quien el sudor barnizaba de dorado brillo su musculatura.

– ¡Sí!... Totalmente seguro… Veo sus líneas… Sus contornos relumbran mientras las aguas caen… Veo el pedestal, la redondez de su base… ¡Es tan perfecto!... No entiendo porqué no pude verlo antes –expresó abismado.

Una complaciente sonrisa se dibujó en los rostros de Débora y Simón. Ellos también la veían de igual forma. La Copa Sagrada, el Cáliz de la Última Cena, estaba simbolizada en forma majestuosa en aquellas aguas vivas.

–Puedes verla porque abriste el corazón y apartaste las dudas que oscurecían tú alma… La fe todo lo puede, amigo –afirmó satisfecho Simón.

–Su color azulado es tan puro que no parece de este mundo… ¡Qué maravilla, Dios mío!... ¡Gracias por concederme el privilegio!… Gracias por apuntalar mí fe – exteriorizó sin salir de su asombro el arqueólogo que desde muy joven se había dedicado al estudio de los más arcanos secretos.

–Creo que de ahora en adelante confiarás plenamente en nosotros –inquirió Débora mientras recogía su cabello en forma de cola de caballo y lo afianzaba con un hermoso lazo elástico color rosa.

– ¡Por supuesto!... Aunque, a decir verdad, todavía tengo una pequeña duda –manifestó con disimulada vergüenza.

– ¿Todavía dudas de nosotros? –interrogó serena, como si esperase de antemano aquellas palabras.

–No, no es que dude, pero me encantaría saber una última cosa. No es mucho pedir. ¿Quién les habló del Omne verum? –indagó.

–Recuerda José Pedro que la frase completa significa Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo. Creo que eso contesta cualquier duda… Tú inteligencia es superior a la de muchos y demás estarían otras explicaciones.

– ¡Claro!... Ninguna… ¡Qué estúpido soy!... Disculpen por haber sido tan desconfiado. Es que en estos tiempos hay que cuidarse de todo –sentenció abochornado a fin de justificar su conducta.

– No te preocupes… Te conocemos muy bien aunque tú a nosotros no. Pero nos conocerás… Ten paciencia y fe –solicitó Simón mientras le daba una palmada de aliento en la espalda.

–Bien, terminemos de llegar –propuso Débora al tiempo que se volteó con dirección a las cascadas–. ¿Escucharon eso? –preguntó sobresaltada antes de comenzar nuevamente el descenso.

– ¿Qué cosa? –indagó Simón.

–Un ruido parecido a pisadas sobre ramas secas.

– ¡No!... No escuché nada. ¿Y tú José Pedro?

–Absolutamente nada…Además, con el ruido de las cascadas cualquier otro ruido podría colarse y confundirse –expresó–. No perdamos más tiempo y sigamos –apuró haciendo señas con la mano de continuar.

– Sí, vamos. No me gustaría que nos atrape aquí la noche –argumentó Simón, quien a largas zancadas se les adelantaba.

Al llegar al pie de la cascada el forzudo melenudo miró en diferentes direcciones. Parecía estar haciendo mediciones y cálculos con la mente.

–No es como me lo esperaba… Creí que iba a ser fácil –manifestó con desengaño José Pedro al ver la poza y sus turbulentas aguas correr camino al desfiladero–. Sobre el papel todo es diferente y nada complicado, pero en el terreno las cosas cambian radicalmente –concluyó.

–En tus mapas tampoco estaban este sofocante calor y la humedad –remató Débora a manera de chanza.

– ¡Bah!... Nada de eso... Menos estos fastidiosos mosquitos –afirmó sacudiéndose uno del rostro.

–Creo que tendremos que nadar hacia aquel lado –indicó Simón señalando a un sitio por donde las aguas caían con estrépito.

– ¿Estás seguro? –preguntó José Pedro dejando escapar un sonoro bufido.

– Totalmente... ¿Sabes qué vamos a buscar? –investigó perspicaz Simón.

–El cuarzo… ¡El Cuarzo de María Magdalena! –contestó revelando sin tapujos el verdadero motivo que lo había llevado hasta el Ouzoud.

–Así es… El Cuarzo Sagrado que dejó aquí oculto la discípula favorita de Jesús –aprobó Simón descolgándose la mochila de los hombros.

–Todos, hasta hace poco, la injuriaban… La llamaban callejera sin serlo y todo por culpa de algunos malos intérpretes de las Escrituras –intervino la joven defendiendo a María Magdalena en su condición de mujer.

Débora se apartó de los dos hombres y caminó hacia la orilla de la poza. Con la vista fija en las cascadas se soltó el cabello con la intención de airearlo.

–Era una pescadora de almas y no una pecadora… –aclaró Simón–. Lo que pasa es que era diferente a las mujeres de su época, las cuales estaban todo el día cocinando y en tareas del hogar.

Se deshizo de la empapada camisa y fue a reunirse con Débora.

–Para protegerla de la maldad de la gente, Jesús las despojó de los siete demonios –explicó Débora mientras se ventilaba el rostro con las manos.

–Así fue…No estaba poseída, como decían… Sólo era otra víctima de las maldiciones del Sanedrín –reflexionó con voz grave aquel fortachón de rostro cincelado con facciones de ángel.

–Apenas hace poco el Vaticano reconoció que no era ninguna ramera, que la Magdalena a la que se refería Lucas en su evangelio no era María Magdalena, sino otra… ¡A veces la Iglesia da pena! –sentenció el arqueólogo apoyando sobre unos pedruscos la mochila.

Débora se sacó los zapatos y metió sus torneadas piernas en las frías aguas del estanque.

–Son errores que la Iglesia siempre repite por ignorancia, por su oscurantismo, pero hay que perdonarla… El perdón y la reconciliación es obra de Dios –agregó la bella muchacha.

–Bien… Dejémonos de historias horribles del pasado y comencemos con lo que hemos venido a hacer −urgió el arqueólogo.

– Yo no los acompañaré… Me quedaré aquí mientras ustedes buscan el cuarzo –indicó mientras chapoteaba en las aguas.

–Recuerda que si encuentras el cuarzo antes que yo debes agarrarlo fuerte… Debes evitar que se caiga. De otra forma las aguas lo arrastrarán y nunca más lo volveremos a ver… ¿De acuerdo? –indicó Simón quien estaba listo para zambullirse.

–Y el pantalón… ¿No te quitarás el pantalón? –preguntó extrañado José Pedro.

– No... Soy muy friolento… Además me protegerá de la filosas rocas –expresó restándole importancia al asunto–. Ten presente que el cuarzo lo ocultaron en un nicho que hay entre las rocas y tienes que meter la mano hasta el codo para poder sacarlo…

–Sí, lo sé… Y que el tamaño del hueco no es superior a la mascota de un cátcher de béisbol –contestó con desenfado.

José Pedro se quitó el pantalón y quedó con el pequeño traje baño negro que se había puesto antes de salir hacia las cascadas.

Esperó que Simón se lanzase. Atrás lo hizo él. Débora seguía con los pies metidos en el agua hasta un poco más arriba de los tobillos. No los perdía de vista mientras nadaban. De tanto recogía un poco de agua con las manos y se la echaba en el rostro. El calor era realmente sofocante.

Los dos hombres habían ido en busca de un cuarzo color violeta no más grande que el puño cerrado de un hombre. En sus aristas estaba esculpido un mensaje atribuido a María Magdalena. Los estudiosos lo llamaban El Cuarzo Sagrado.

El arqueólogo conoció de su existencia después descifrar algunos trozos de los 3G3, pequeños papiros clasificados con esas siglas por haberse encontrado dentro de la vasija número tres del grupo desenterrado durante las excavaciones secretas en el Huerto de Getsemaní. Su rigurosa interpretación de los viajes de María Magdalena por Galilea y tierras distantes predicando las enseñanzas de Cristo después de su muerte, le hizo deducir que, ciertamente, ella era el apóstol preferido de Jesús. Debido a esa preferencia fue que le encomendó la responsabilidad de anunciar su resurrección.

A través de esos mismos papiros se enteró que María Magdalena viajó como evangelista por apartados rincones Asia Menor y África, entre ellos Marruecos, y se estableció por varios meses en las cercanías de Las cascada del Ouzoud. Allí, en un nicho situado debajo de las aguas, habría escondido un cuarzo con nuevas revelaciones para la cristiandad.

Según un relato de La Leyenda Dorada, en las costas de Marruecos La Magdalena fue obligada a subir junto a un grupo de discípulos de Jesucristo en una deteriorada barcaza sin timón ni guía y posteriormente lanzada a la deriva. Después de navegar durante días sin rumbo y haber resistido los embates del mar, el bote atracó cerca de las costas de Marsella, en la región de Provenza, en Francia, donde se dice que están sus restos depositados.

José Pedro se había sumergido varias veces en el lugar señalado por Simón, pero nada del nicho. Las aguas eran oscuras y profundas y la visibilidad casi nula.

–Ve un poco más a tú derecha y no bajes más de dos metros –le indicó Simón en ahogos−. Yo buscaré hacia el otro lado.

–Trataré, pero el agua está muy fría… Hiciste bien en quedarte con los pantalones –dijo antes de tomar una gran bocanada de aire y volverse a sumergir.

El arqueólogo nadaba con los ojos abiertos. Con las manos palpaba cualquier abertura en las paredes rocosas, pero nada. Cuando estaba a punto de volver a la superficie en busca de aire, metió la mano en una grieta. Tocó algo muy liso y con puntas. Siguió palpándola por instantes hasta que metió la mano, la tomó con fuerza y haló en el preciso instante que sus pulmones estaban a punto de estallar. Pese a la turbulencia de las aguas llevó la roca ante sus ojos y la vio. Era inconfundible. No podría ser otra cosa que El Cuarzo Sagrado. Con la roca en la mano emergió rápidamente.

– ¡La tengo!... ¡Aquí está!... Los manuscritos no mentían –alcanzó a gritar en resoplos entrecortados.

− ¡Felicidades!... Eras el predestinado en hallarla –manifestó Simón rebosante de alegría.

Satisfechos, los dos hombres comenzaron a nadar hacia la orilla. Simón iba adelante. José Pedro atrás, con el cuarzo en la mano. Muy alegre por su hazaña. De pronto casi lo suelta al ver que los penetrantes rayos del sol trasparentaron de tal forma el blanco pantalón de Simón que dejó al descubierto un largo rabo que pendía de su trasero, el cual movía en forma de timón y ayudaba a nadar más aprisa.


 
3

  
   Juan Diego y Luis Rafael estaban preocupados. Había pasado más de media hora desde que Divor Klaus tercamente se aventuró a bajar por la fosa pese a sus reiteradas advertencias de que no lo hiciese esa tarde. Un mar de indecisiones navegaba en sus cerebros. Estaban confundidos. No sabían qué hacer. Presumían que había muerto en la caída al desprenderse la roca donde había atado la cuerda, pero no estaban del todo seguros.

Los vientos ahora soplaban con mayor furia. Los dos curtidos pemones se enrollaron alrededor de la cara unas bufandas hiladas con finas fibras de cocuiza para protegerse de su cólera. Apenas dejaron una rendija a la altura de los ojos para poder ver. De esa forma evitaban los lacerantes latigazos de rastrojos y hierbas que arrastraba el viento.

Continuaban al borde del precipicio y no separaban sus agudas miradas de las oscuras profundidades.

–Esperemos un poco más y después nos vamos… No creo que haya sobrevivido al golpe –sugirió Luis Rafael sacudiéndose del blue jeans unas pajas que el viento le había adherido.

–No sería honesto de nuestra parte. Debemos quedarnos y esperar –objetó Juan Diego moviendo la cabeza.

– ¿Y si está muerto qué sentido tendría?... Lo mejor es ir a avisarle a la Guardia o a la policía –rezongó con disgusto el pemón más joven.

–Es nuestra responsabilidad Luis Rafael. Si está muerto no hay apuro para irle a avisar a las autoridades. Muerto se quedará. Pero si está vivo o mal herido, nosotros somos su única oportunidad de salvación, ¿entiendes? –explicó Juan Diego.

–Sí, entiendo… Tienes razón, pero de que está muerto está muerto… Tú también escuchaste el fuerte sipotazo que venía del fondo. Por eso me parece inútil quedarnos aquí arriba.

–Nos quedaremos el tiempo que sea necesario y si tenemos que dormir aquí lo haremos –sentenció con autoridad Juan Diego a fin de dar por terminado el asunto.

Cabizbajo y en total desacuerdo con la decisión tomada por Juan Diego, quien por tener más edad y experiencia era el jefe de aquella minúscula expedición, Luis Rafael se retiró del borde del gran hoyo y fue hacia una cueva abierta entre las piedras para resguardarse de los furiosos vientos. Pasados pocos minutos Juan Diego se le unió.

–Acamparemos aquí –dijo remangando su delgada camisa verde oliva hasta más arriba de los codos– Si ese testarudo me hubiese hecho caso estaría aquí con nosotros –recriminó mientras desataba del morral la carpa y otros enseres que llevaba sujetos a la espalda cuando subían la montaña de cima aplanada.

–Déjame ayudarte. Con este viento no podrás hacerlo solo –expresó su joven compañero, quien se levantó de donde estaba sentado y fue a echarle una mano.

Ni un solo rayo de sol iluminaba aquel firmamento que casi siempre estaba inmaculado en esos días de abril. A lo lejos se escuchaban truenos y aunque sobre sus cabezas las nubes habían comenzado a tomar un desteñido color azabache, ni una gota de agua se había precipitado a tierra en el lugar donde se encontraban.

–Hoy nos quedaremos aquí. Sería muy peligroso bajar si comienza a llover. Además, nos atraparía la noche a mitad del camino. Mañana, al despuntar el alba, bajaré a buscarlo. Espero que esté vivo todavía –afirmó Juan Diego mientras apuntalaba con unos largos clavos de acero los extremos de la carpa.

–Depende del tiempo… ¿Viste el cielo? –indagó con sus ojos apuntados hacia el horizonte y el dedo índice en dirección al sur–. Si llueve no podrás. Apenas somos dos y necesitarías más ayuda para bajar sólo –comentó.

Luís Rafael tomó varias rocas del suelo y las colocó en los extremos de la carpa para que no se fuese con el viento durante una de sus furibundas arremetidas.

Era una medida extra de seguridad. No lo hizo por nada banal. Tampoco porque no confiase en la calidad de los clavos apuntalados por Juan Diego, o en su destreza al hacerlo, sino por lo poroso y frágil de aquellas rocas arenosas que estaban allí hace dos mil millones de años.

Entre tanto, callado y muy concentrado en lo que estaba haciendo, Juan Diego amontonaba en un solo sitio los demás trastos del equipo que subieron al Kukenán. Al estar todos juntos, comenzó a llevarlos en estricto orden dentro de la tienda de campaña.

No se habían dado cuenta que impulsadas por el viento un tropel de nubes negras cabalgaba en el cielo para acomodarse presurosas sobre la cima del tepuy.

–Espero que Cayuyá ilumine el cielo mañana –comentó rompiendo el silencio.

Según algunos pemones Cayuyá era una hermosa doncella indígena que después de morir absorbida por un poderoso rayo, bajó de las nubes y se convirtió en la Diosa y Espíritu de la Luz. Poseía muchos poderes, entre ellos vencer las tormentas y penetrar las oscuras tinieblas llevando en sus manos una gigantesca linterna echa con escarchas desprendidas del sol.

En sólo instantes los dos hombres tenían armada la tienda y colocado ordenadamente todo en su interior. Juan Diego desenrolló una esterilla y la acomodó cerca de donde su compañero estaba acostado y dispuesto a descansar de los rigores del viaje.

−Toma –ofreció Luis Rafael acercándole con la mano un pedazo de carne de danta curada en sal–. Hay que reponer fuerzas –dijo mientras mordisqueaba un trozo bastante grande.

–El Malawi es insaciable… No deja de cobrar vidas –lamentó afligido Juan Diego– A todos los que buscan subir le negamos guiarlos… No sé como permití que ese hombre me convenciese de traerlo hasta aquí.

−Era el destino… A mí también me envolvió… Había algo en ese señor que no podía hacerme sacar un “no” de la boca… Todo lo que decía era tan hermoso… Era tan diferente a los demás… –trataba de explicar Luis Rafael sin poder expresar con claridad lo que realmente sentía en su interior, en su ser más íntimo.

–No te esfuerces. A mí me pasó lo mismo… Y tú me conoces. Yo soy inflexible: ¡Nadie más debe subir al Matawi-Tepuy!... Es la orden de nuestro cacique. Yo también fui cacique y nunca lo permití… No sé que me pasó ahora –se recriminó, tirando un desecho de carne de danta por una abertura de la carpa.

–Era el destino –repitió Luis Rafael mientras sacaba de la mochila unos pedazos de casabe que tenía envueltos en una bolsita plástica para que no se desperdigaran por el bulto–. Comamos tranquilos… Mañana será otro día y los Dioses nos dirán qué hacer…

–Sí, es lo mejor… Pensar mucho aturde la mente y oscurece el pensamiento, dijo una vez un turista, que por cierto también se llamaba Diego como yo –manifestó El místico subiendo la cremallera que cierra desde dentro la pequeña carpa.

El Matawi-Tepuy, que en lengua pemón significa si me subes te mueres, era el mismo Kukenán donde habían decidido quedarse y pasar la noche Juan Diego y Luis Rafael y donde Divor Klaus yacía en el fondo de un despeñadero sin que nadie supiese si seguía con vida o estaba muerto.

Estaban en la parte más elevada del Matawi-Tepuy, a más de donde dos mil seiscientos metros de altura. En su cumbre nacía el río Kukenán, que al precipitarse al vacío desde seiscientos diez metros formaba el salto Kukenán, la cuarta cascada más alta del mundo y segunda tras el Salto Ángel, su amiga, que estaba a pocos kilómetros de allí. Muy cerca también estaba el Sarisariñama, cascada que al caer a tierra produce la fosa de hundimiento más grande que humano haya visto jamás.

Los vientos seguían jugando ping-pong con la muerte, destrozando y llevándose consigo todo a su paso. Lo que quedaba del pasado y lo que existía del presente. El Kukenán estaba libre. Allí el futuro no existía. La escoba del tiempo había borrado cualquier vestigio, cualquier huella humana. Solo los espíritus de una dimensión perdida vagaban y vivían en su aire.

Juan Diego y Luis Rafael hablaban y comían profusamente. Estaban acostumbrados y el Kukenán los respetaba. Eran sus hijos.



  El ahora desaparecido Divor Klaus era un poco de todo. Mezcla entre italiano, danés y venezolano. Sus abuelos, Knut Rasmussen y Tarja Fiona, junto a su hija Grenaa, huyeron de Dinamarca en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Su meta eran los Estados Unidos de Norteamérica, pero les fue imposible conseguir la documentación necesaria para el viaje, por lo que decidieron partir rumbo a Argentina, destino que se les hacía más fácil y económico. De allí, a los pocos años, pasaron a Venezuela, donde se radicaron definitivamente.

La infancia de su madre fue muy traumática debido a los constantes viajes y pesarosos meses que pasó junto a sus progenitores en repugnantes refugios antes de escapar del asedio de las tropas de ocupación nazi.

A los dos años de estar huyendo de un poblado a otro y de sortear muchas vicisitudes y humillaciones que lograron solventar gracias a la buena provisión de joyas y piedras preciosas que llevaban con ellos sus abuelos, la familia logró embarcarse en un navío italiano que los llevaría a puerto argentino. La capital bonaerense no fue del todo afable con aquellos recién llegados y desposeídos inmigrantes, a quienes no se les otorgó clemencia pese al implacable martirio que habían vivido. Luego de años de calamitosas penurias en Argentina, el abuelo de Divor, un reconocido antropólogo danés, seducido por la fantasía y las leyendas de la época que afirmaban que en Venezuela las calles estaban alfombradas de café, que a ras del aguas de hermosos y poco profundos ríos navegaban piedrecillas de oro y que millares de perlas eran arrastradas por las olas hasta las orillas de las playas, decidió aventurarse con toda su familia hacia el puerto de La Guaira.

Su ilusión fue despedazada apenas pisó suelo venezolano. En un instante La Tierra Prometida de las leyendas se convirtió ante sus ojos en un macilento pesebre de miseria abarrotado de maltrechas edificaciones construidas con paja, bloques, cartón y techos de hojalata, donde las calles eran de lodo o polvo maloliente.

A pesar de la desilusión, su aventura había concluido. Con poco dinero en los bolsillos, apenas suficiente para costear unos pocos días de albergue y comida, era imposible otra travesía en busca de paz y fortuna. Tenían que quedarse allí o perecer. Una cosa, por más insignificante que parecía, alegró el alma de Knut Rasmussen: la afabilidad de los venezolanos. Era gente alegre, cándida y muy borracha pero al mismo tiempo muy humana y sensible. Tanto, que cuando en plena bancarrota pensó en el suicidio, una mano amiga lo rescató del sueño eterno y le brindó confianza y apoyo económico. Desde aquel instante, el abuelo de Divor no sólo juró amar a la tierra que le dio cobijó como si fuese la suya, sino más aún, adorarla, por concederle un placentero renacimiento.

En el nuevo hogar, recompuesto gracias a la bondad de aquellos pobladores de nación extraña, nació Divor luego que Grenaa, su madre, desposara a Luigi Ranieri, un joven y apuesto inmigrante italiano dedicado al comercio de embutidos, salsas de tomates y otras exquisiteces mediterráneas, las cuales importaba directamente de la Italia ya reconstruida.

A los pocos meses del alumbramiento, dejaron las soleadas playas vecinas al puerto de La Guaira y se mudaron a Caracas, la metrópolis, la gran capital de Venezuela, a la que ninguno de ellos, excepto Luigi Ranieri, conocía.

La percepción que tenía el viejo Rasmussen del país cambió substancialmente al ver a Caracas. Descubrió un universo lleno sueños y muchas oportunidades, tanto para él como para su familia.

Al pasar del tiempo, ya hecho todo un hombre, Divor Klaus Ranieri encaminó su vida y estudios en la Universidad Central de Venezuela, en Caracas, los cuales concluyó con honores en antropología, doctorado que luego reforzó con un post grado en papirología, arqueología y master en teología. Luigi Ranieri, rancio comunista en sus tiempos mozos y convertidos al catolicismo durante la Gran Guerra, así como doña Grenaa Rasmussen, su madre, vieja luterana igual que sus fallecidos padres, no cabían de dicha y orgullo por los logros de su hijo mayor.

Divor tuvo otros dos hermanos. Ambas hembras. En orden descendente le seguía Ginieska, cuya beldad y voluptuoso cuerpo enloquecía a todos los que la veían, y la menor, Lúpula. Aunque su nombre verdadero era Katria, pero tanto a Grenaa como a Luigi, gustaban llamarla de esa forma gracias a su delicadeza y garbo al andar.

La gris perturbación de la guerra, los años tristes plagados de incertidumbre y muerte, quedaron sepultados en el olvido más absoluto. La nueva familia, pese a la muerte prematura de Knut Rasmussen y Tarja Fiona, los padres de Grenaa, renació en un suelo que no le era propio, pero que los adoptó con amor.

En una sociedad de mestizaje, Divor no tuvo problemas para ascender rápidamente en su profesión. Blanco, de rostro rojizo palpitante como el de su madre, delgado pero atlético y andar ágil y firme pese a metro ochenta de estatura, denotaba firmeza y seguridad con cada uno de sus pasos. Era de principios y conceptos sólidos en lo concerniente a su profesión. Algunos consideraban que su lado débil era la religión, pero nada más lejos de la verdad. Poseedor de una inquebrantable fe cristiana, adoraba y creía en ángeles, arcángeles, vírgenes, santos y, por supuesto, en el mismísimo Dios y las santas almas del purgatorio. Por ello los burladores y ateos de oficio que lo confrontaban, buscaban hacerle pasto de dudas, pero Divor siempre los vencía con serena hidalguía.

En su época de gran fervor místico pasó días de claustro voluntario, del cual pocos sabían, excepto su madre. Sufrió en silencio por el dolor y llanto del mundo. Por sus injusticias y crueldades. Por las muertes e inútiles guerras. Por el hambre y la devastación. Por el rumbo autodestructivo que había tomado la humanidad y el mundo en el que él vivía.

Nadie que no lo conociese en profundidad, podría imaginar que aquel hombretón fuerte y de rasgos rudos, muy seguro de sí mismo, podría afectarle de tal manera el sufrimiento de sus semejantes.

Divor presentía que un inexorable fin estaba cerca y que todo tendría que cambiar por bien de la humanidad. Debería ser pronto. Antes de que las tinieblas se apoderasen de la tierra. Antes que el hombre se devorase a sí mismo y cediese paso al caos.

Estaba seducido por la idea del advenimiento de un nuevo mundo, muy espiritual, totalmente alejado del odio y la maldad. Un mundo donde se amase a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.

Centraba su fervorosa fe en la convicción absoluta de la existencia de Dios, muy distante de los banales y dubitativos postulados filosóficos que con retóricas plagadas de infantiles teorías objetaban las divinas palabras y la existencia del Ser Supremo.

A través de sus estudios Divor Klaus llegó a la irrebatible conclusión, de que no sólo Dios existe, sino que está en la Tierra, en el universo entero, simbolizado en la luz, que todo lo ve e ilumina. La luz nuestra de todos los días, que siempre no acompaña, tanto día como de noche. La luz que aspiramos a través de nuestras bocas e irradiamos por nuestros ojos. La luz que contiene nuestras almas y que nos deja cuando se acaba la vida. Todo es luz. Donde hay luz hay vida y esperanza. Dios es luz y misericordia infinita.

“A Dios no hay que buscarlo únicamente en las iglesias, sino en su morada, en nuestro cuerpo”, pensaba en sus momentos de profunda reflexión. Por eso se repetía en su ser más íntimo: Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est. Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo.

La expedición del Domingo de Resurrección la había planificado con meticuloso rigor científico, pero más que nada imbuido de una gran fe. Todo ocurrió en las cercanías de Jerusalén, cuando en el Monte Tabor encontró los papiros que hablaban de La Vera Cruz, La Cruz de la Crucifixión de Cristo. En ellos percibió una revelación divina. Que una nueva vida, estaría pronto a revelarse para bien de la humanidad. Por eso corrió La Gran Sabana.

Ahora, lejos de todo. De sus seres queridos, de sus libros y amigos, de sus angustias y placeres, de sus dudas y aciertos, estaba perdido en el Kukenán, en una tierra mística y sagrada, morada de dioses y de diablos. Estaba muy lejos del mundo que conocía, o quizás aún más lejos de los sueños y de la vida si la muerte lo había abrazado en aquella oscura y sinuosa caverna donde fue a caer.

 
4

  
   En una cámara secreta del Monasterio de Santa María de Oia, en Pontevedra, un grupo de monjes discutían acaloradamente con dos personas que no parecían pertenecer a ninguna orden religiosa.

–Estamos perdiendo el control de todo y muy rápidamente… Ellos nos están ganado la batalla –vociferaba fuera de control el apuesto clérigo que parecía ser el de mayor jerarquía del grupo.

–Nada pasará monseñor... Tenemos todo bajo control… No se sulfure, le puede dar un ataque –dijo a fin de serenarlo un hombre alto, de nariz aguileña, que vestía una elegante gabardina azul.

– ¡Al demonio con eso!... El ataque me dará si no hallan las piezas que nos faltan para armar el manuscrito –sentenció con rabia mientras le daba la espalda a su interlocutor.

El clérigo comenzó a caminar inquieto por el austero recinto. Se notaba nervioso.

La habitación estaba amoblada con un pequeño escritorio de rústica madera y más de dos docenas de sillas, todas alineadas contra la pared de piedra y separadas una de otra por escasos dos metros, dando en su conjunto la apariencia de un gran cuadrado. Todas las frías paredes estaban desnudas, excepto una, la cual tenía una inmensa réplica del cuadro San Hugo en el refectorio, de Zurbarán, cuyo original está en Museo de Bellas Artes de Sevilla. El cuadro, de un matiz tétrico extraordinario, mostraba a un grupo de monjes en un comedor. La mayoría aparecían con sotanas y grandes capuchas blancas cubriéndoles las cabezas. Detrás de ellos, como fondo, colgaba un cuadro donde se apreciaba a San Hugo y la Virgen con el Niño.

–Monseñor, debe tener paciencia… En las próximas horas, quizás mucho antes del anochecer, tendremos algo más específico, contundente –notificó el otro civil del grupo, quien llevaba el típico sombrero gallego, del cual no se había despojado a fin de guarecerse del intenso frío que todavía rondaba la región y mucho más en aquel lúgubre recinto, que más bien parecía una cárcel subterránea.

– ¡Por todo los santos dejen de llamarme monseñor! –exclamó iracundo el prelado. Recobrando la compostura, aclaró–: No soy ningún monseñor, soy cardenal, pero eso no tiene ninguna importancia ahora… Lo importante es tener las piezas faltantes en nuestras manos, ¿entienden? –precisó mientras uno de los cinco monjes que lo acompañaban se le acercó y extendió un teléfono celular.

–Hay complicaciones –le susurró al oído mientras le daba el aparato.

El cardenal le dirigió una confusa mirada y tomó el pequeño teléfono en sus manos. Sin pronunciar palabra y haciendo una reverencia de respeto y sumisión debido a su investidura, el monje que le había llevado el teléfono se retiró y fue hacia donde estaban los otros.

–Entiendo… Iré lo antes posible… ¡Claro qué sé que hoy es Domingo de Resurrección!... Me comunicaré con usted después que llegue –aseveró a través del hilo telefónico antes de colgar.

– ¿Algún problema? –preguntó el hombre de sombrero mientras sacaba de uno de los bolsillo de su chaqueta de pana acanalada una pipa, la cual se llevó a la boca.

– ¡Estás loco! –exclamó el cardenal lazándole la pipa al suelo de un manotón.

– ¡Apenas es una pipa, monseñor! –ripostó indignado el hombre.

–Aquí no se puede fumar por miles de razones, pero la más importante es que el olor y el humo podrían filtrarse hacia los pisos superiores y delatar la existencia de este lugar, ¿entiendes?

–No pensaba encenderla, monseñor… Sólo quería tenerla entre lo labios para absorber el aroma del tabaco.

–De cualquier forma eso te servirá de lección para otra oportunidad –refunfuñó el cardenal a fin de excusar su desproporcionada acción al tiempo que le hacía señas al monje que le había dado el celular.

Este se acercó, tomó el aparato en sus manos y lo guardó en uno de los bolsillos de la sotana. Aunque vestía el mismo hábito que los otros del grupo, su apariencia era distinta. Alto, de pelo muy negro y ojos color azabache brillantes, aquella larga sotana parecía incomodarle y quedarle algo estrecha. Aunque no participó del debate, jamás dejó de quitarle los ojos de encima a los dos civiles. Su mirada era tan gélida que infundía temor.

–Tengo que marcharme… Otros asuntos requieren mi inmediata atención. Fray Benítez estará en contacto con ustedes. Él hablará por mí –aseveró señalando con su índice al monje que le había llevado el celular.

– ¿Y de los pagos quién se encargará? –preguntó directo el hombre de la gabardina azul.

–Fray Benítez está autorizado… Cualquier duda que tengan él se las aclarará. Discúlpenme, pero tengo que irme –dijo haciendo señas a otro de los frailes y ambos se encaminaron hacia una pared que estaba a pocos pasos detrás del pequeño escritorio–. Ustedes sigan hablando. No se preocupen por mí, yo estaré informado de todo –concluyó mientras seguía caminado hacia la pared.

Muy cerca de ella, el monje que acompañaba al cardenal arrastró el pequeño escritorio unos veinte centímetros a su izquierda y un macizo bloque de piedra del muro se abrió dejando al descubierto una portezuela de aproximadamente metro y medio de altura. Ambos inclinaron sus cuerpos hacia adelante y salieron. Primero lo hizo el cardenal, después su acompañante. Al terminar de pasar, la piedra volvió a recobrar su forma natural, de muro impenetrable.

Quien acababa de marcharse junto al fraile que le servía de chofer era el cardenal Francisco de Ribera y Mondariz, primado de Pontevedra, Arosa y Vigo. Uno de los clérigos más influyentes de toda España y respetado dentro del Sacro Colegio Cardenalicio por su tenaz persecución a sectas satánicas provenientes de África, islas del caribe, como Haití y Cuba, donde impera el vudú y la santería casi como religión oficial, y hoy en día dedicado exclusivamente a la destrucción de una sociedad religiosa llamada Elegidos de Dios pero que, según opinión muy particular del cardenal, eran enviados de Satán para crear caos, confusión y desastre sobre la tierra. Aunque la realidad era que la dichosa sociedad estaba compuesta más que nada por jóvenes que predicaban en barrios pobres y sitios aledaños a las ciudades los santos evangelios sin siquiera apartarse una coma de ellos. La única diferencia era que trasmitían la Palabra de Dios de forma simple y con vocabulario de nuestros tiempos. Igualmente, a fin de que se comprendiese el verdadero sentido y alcance de muchas de las alegorías y parábolas del texto sagrado, citaban ejemplos muy domésticos y del día a día.

La discusión que los tenía allí reunidos versaba precisamente sobre las últimas apariciones de Elegidos de Dios en muchos países del mundo. La Iglesia aseguraba que se trataban de los falsos profetas anunciados en la Biblia y otros textos sagrados, entre ellos unos papiros secretos que estaban a buen resguardo en las bóvedas del Vaticano. No obstante, para estar totalmente seguros y poder interpretar a plenitud sus enunciados, les faltaban un pequeño grupo, más que nada trozos de ellos.

Al que se refería en ese momento el cardenal Ribera era el mismo que había logrado descifrar en su totalidad José Pedro. A los teólogos y papirólogos del Vaticano les falta unir sólo tres piezas para armar el rompecabezas, pero los tres fragmentos restantes aparentemente tenían los mismos números y estos correspondían, uniéndolos uno tras otros, al 666, el número de Satán.

La Iglesia sabía a través de informes aportados por espías del Vaticano infiltrados en muchas universidades del mundo y algunas comunidades científicas, que José Pedro había dado con el acertijo, pero de pronto éste desapareció de su vista y no sabían dónde se encontraba, qué hacía y con quién andaba.

Los civiles reunidos con los frailes eran dos de los espías vaticanos, hábiles timadores y también reputados científicos del concierto internacional. En el Vaticano los apodaban, a ellos y a muchos otros que militaban una organización secreta de la Santa Sede dedicada al espionaje y contraespionaje, como Los infiltrados de Dios. De esa forma se protegía su identidad y podían permanecer por largo tiempo en el anonimato más absoluto. Cuando tras los muros de la Iglesia se hablaba de Los infiltrados de Dios se les citaba por número y país. Sólo cuando estaban distantes de miradas curiosas y reunidos en lugares que ellos calificaban de seguros, en su mayoría iglesias y conventos esparcidos por el mundo, se tomaban la libertad de llamarse por sus propios nombres. Pero nunca durante conversaciones telefónicas, correos electrónicos, Internet u otros medios de comunicación.

Los que estuvieron reunidos con el cardenal Ribera y seguían hablando con Fray Benítez, eran 125venezuela y 564españa. El primer nombre clave correspondía a Julio García Londoño, decano de la Escuela de Antropología de la Universidad Católica de Venezuela, y reconocido teólogo internacional con más de una docena de obras escritas y traducidas a distintos idiomas. La Universidad Católica aparentemente era financiada en su casi totalidad por el Opus Dei. El otro, el 564españa, era Pedro Fernández Del Llano, papirólogo español de fama mundial, ya retirado de los quehaceres docentes, pero conferencista de lujo, quien constantemente era invitado para dictar charlas magistrales en los paraninfos de las más prestigiosas universidades del planeta.

Situado a orillas del mar, el Monasterio de Santa Maria de Oia, donde se celebró la reunión secreta, fue proyectado a mediados del siglo doce durante el mandato del rey gallego Alfonso VII. Sus orígenes no están muy claros, pero se cree que su construcción comenzó bajo la tutela de una comunidad de monjes benedictinos ermitaños. En 1185 pasó a formar parte de la Orden del Císter y a fines del siglo XII comenzaron a ponerse los pilares de la iglesia actual, de estilo gótico, con planta básica y tres naves dispuestas en forma de cruz latina.

Aunque la iglesia funciona aún hoy como templo parroquial y el monasterio pasó en 1835 a ser propiedad privada, sus dueños naturales no saben que existe la cámara secreta donde se reunieron el cardenal y los dos civiles.

El monasterio jugó un papel definitivo en la defensa de las costas españolas durante muchas guerras y piraterías. Con el tiempo se convirtió en importante centro de poder en la zona del Valle del Miño y sus alrededores.

La edificación posee los elementos defensivos típicos de los castillos-fortaleza más que de monasterio, lo que era indispensable para frenar los continuos ataques de los piratas turcos que pretendían apoderarse del lugar. Su ubicación en una zona elevada cerca del mar lo convirtió en un monasterio muy singular. Tanto, que durante la Inquisición como en el desarrollo de la Guerra Civil Española, fue convertido en cárcel. La fachada barroca de la iglesia está presidida por una hermosa escultura de la Virgen del Mar, que según los pobladores del lugar protege a los visitantes de la penetración del demonio y sus discípulos infernales.

En una de sus alas, precisamente debajo de donde estuvo reunido el cardenal Ribera, están abovedados pergaminos que refieren dos privilegios otorgados por el rey Sancho IV. Uno de ellos concedido a veinte pescadores, a quienes autorizó poblar los alrededores del monasterio a fin de explotarlo libre de cargas. Desde ese entonces se dice que el sitio es visitado por Satanás debido a las pecaminosas orgías que realizaban los pescadores, piratas y aventureros que paraban allí.

Muchas variopintas leyendas cuentan que en los prados y sembradíos cercanos al monasterio muchos atroces crímenes se cometieron durante la inquisición y que algunos monjes utilizaban el lugar para lujuriosas orgías en las que se desfloraban doncellas y hermosos mancebos eran prostituidos bajo amenazas de muerte. Aunque, concluido el acto carnal, después de algunos días eran asesinados para evitar dejar pistas de sus desafueros sexuales. También se decía que mujeres infieles, rameras y pecadoras daban muerte y sepultaban la semilla producto de su adulterio en sus alrededores.

Muchos de los que han deambulado a altas horas de la noche por los contornos afirman que a las tres en punto, mucho antes del amanecer, se escucha la risa de Satán y los lamentos de las inocentes criaturas que reposan bajo las tierras aledañas.

 

5

   Simón fue el primero en llegar a la otra orilla. Débora lo esperaba con una toalla que momentos antes había sacado del morral. Al estar cerca se la extendió. Se secó a medias, la enrolló y ató a la cintura y dejó colgar el resto del largo paño hasta la altura de los tobillos. José Pedro todavía estaba lejos. El peso del cuarzo reducía notablemente su avance.

–Lo tiene. Recuerda que no podemos ayudarlo… Tendrá que descifrar solo el mensaje –comunicó Simón mientras con sus dedos en forma de horquilla peinaba el largo y ondulado cabello hacia atrás.

–Bien, pero el ruido que escuché cuando bajábamos me tiene intranquila… Lástima que no lo oíste –manifestó la muchacha visiblemente preocupada.

–También lo escuché. No dije nada para no alarmar a José Pedro –precisó el fortachón, a quien la toalla enrollada en la cintura ocultaba totalmente el largo rabo que se le había transparentado a través del pantalón.

–Entonces hay que estar alertas… –advirtió Débora, pero se interrumpió al advertir que el joven antropólogo estaba por llegar la orilla.

– ¡Lo estoy!... Mientras nadaba hacia acá vi siluetas moviéndose en los arbustos… No sé qué eran, pero estoy seguro que no se trataba de macacos –le susurró casi en los oídos.

–Entonces con mayor razón no podemos dejarlo solo –precisó Débora tranquila al corroborar con su compañero que el ruido que había escuchado no era producto de su imaginación–. Otra cosa. Cuando venías nadando el sol transparentó tú pantalón y se veía todo… Todo, ¿entiendes? –subrayó la joven.

−Entiendo... Pera ya no puedo hacer nada… –respondió encogiéndose de hombros.

–Lo sé… Esperemos que no lo haya notado…

–Es posible… La emoción de encontrar el cuarzo lo tenía distraído… Estaba tan excitado que parecía un niño –respondió Simón tranquilo, como si el asunto del rabo no le molestase en lo absoluto.

– ¡Uf!… Estoy agotado –expresó el arqueólogo al alcanzar la orilla−. Ayúdenme, por favor.

Con medio cuerpo metido en el agua y una mano agarrada de una saliente rocosa a fin de no irse a fondo, José Pedro alargó el brazo con el que sostenía el cuarzo. Débora lo tomó y se retiró de la orilla.

– ¡Arriba! –animó Simón mientras le tendía una mano.

Al estar fuera, el arqueólogo le quitó la piedra a Débora, se sentó sobre los pedruscos en posición india y comenzó a examinarla.

–Esto es arameo, no hay la menor duda –afirmó indicando las letras esculpidas en bajo relieve en una de las aristas del cuarzo–. Pero esto que está aquí y aquí –agregó mostrando las partes a Simón y a Débora– no tengo la menor idea.

–Hay que examinarlo con calma. Este no es en lugar ni el momento –precisó la joven mientras le daba una toalla para que secase el resto de agua que aún goteaba por su delgado cuerpo.

José Pedro la tomó. Aunque tiritaba de frío la pasó con desinterés sobre hombros y cara. No le quitaba la vista a aquella piedra.

–Por favor podrías alcanzarme la mochila –solicitó dirigiéndose a Simón mientras seguía con los ojos fijos en el cuarzo.

Simón fue a buscarla donde la había dejado. Al regreso se la puso junto a los pies. Atenta, Débora no perdía detalle de lo que hacía el arqueólogo. Éste metió la mano en el morral. Sacó una lupa, el bolígrafo y una pequeña libreta de anotaciones, las cual apoyó en una de sus piernas todavía semimojadas.

Ayudado por la lente de aumento giraba y regiraba el cuarzo con embeleso casi infantil. Palpaba los caracteres con la punta de los dedos para definir límite, redondez y significado de la letra. A veces cerraba los ojos y buscaba en el alfabeto arameo archivado en su mente el significado. Luego escribía en la libreta.

–Es tarde, José Pedro. Aunque todavía hay sol, debemos partir y aprovechar la luz del día… Subir no será tan fácil como la bajada –urgió Simón al distraído arqueólogo.

Mientras éste estudiaba la piedra estuvo vigilando de reojo, pero alerta, los alrededores. Su premura de salir de la hondonada no se debía a la hora, sino a extraños movimientos entre los arbustos cercanos. Los mismos que vio cuando nadaba hacia la orilla, pero ahora más cerca.

–Esperen un momento… Casi tengo una parte –indicó suplicante mientras seguía con sus anotaciones.

–Está bien, pero si no puedes, déjalo. Después lo harás –sugirió Débora quitándole el paño que se había puesto en la cabeza para evitar unos rayos de sol que causaban reflejos sobre el cuarzo.

–Es una especie de arameo imperial –manifestó dubitativo.

– ¿Imperial? –preguntó Débora sin sorpresa.

– ¡Sí!... Estoy seguro… La escritura es imperial, aunque a esto también le dicen arameo bíblico –precisó señalando con el dedo un sitio en el cuarzo–. Durante siglos, después de la caída del Imperio Aqueménida bajo el poder de Alejandro Magno –explicó en tono didáctico–, el arameo imperial fue la lengua dominante en la región, tal como lo había establecido Darío.

–Veo que no se te escapa nada… Tuviste que ser un buen estudiante en tus tiempos universitarios –indicó complacido Simón, quien no perdía de vista el entorno cercano y, más que nada, un olivo, cuyas ramas se movían impertinentemente sin haber vestigio de brisa en la zona.

–Es más. Te diré que muchos de los documentos que legitiman esta forma de arameo provienen de Egipto, particularmente de Elefantina –prosiguió ahora con tono altisonante, propio de los grandes catedráticos de Harvard, mientras sus amigos lo escuchaban callados–. El más conocido de todos es Palabras de Ahiqar, un libro de sentencias magistrales muy parecido al libro de Los Proverbios.

José Pedro estaba en lo cierto. La similitud del arameo aqueménida es tal, que la mayoría de las veces era difícil determinar en qué país o lugar fue escrito un fragmento. Sólo un análisis cuidadoso revelaría alguna palabra proveniente de un dialecto o de una tribu perdida en la inmensidad de los desiertos.

–Es suficiente… Ahora sí, amigo, debemos irnos… –apresuró Simón con inquietud.

Algo que vio detrás de un matorral cercano lo puso sobre aviso. Aunque el fornido joven no reflejaba temor alguno en su rostro, estaba impaciente. Él y Débora podían percibir cosas que otros ni se imaginarían.

– ¡Lo tengo!... Sabía que estos signos no me derrotarían –exclamó José Pedro satisfecho levantando el cuarzo sobre su cabeza–. Terminé una parte…–agregó pasándose la mano sobre la frente–. Hay otras letras que no se pueden leer a simple vista… Quizás la erosión las borró… No sé… Deberé analizarlas en el laboratorio –dijo pensativo.

– ¡Te felicito! –señaló Débora–. Pero debemos subir.

Durante los últimos minutos había estado cruzándose miradas de alerta con Simón. Algo les preocupaba.

– ¡Voy!… Déjame terminar esta primera frase… –indicó armando los garabatos que había alineando en una de las hojas de la libreta.

– ¡Qué caprichoso eres!... –exclamó en tono maternal Débora.

– ¡Listo!... ¡Qué raro!... No me esperaba esto –manifestó desencantado.

– ¿Qué es lo raro? ¿Qué señala? –interrogó la joven.

–Sólo a luz de Sirius podrán leer lo no leído… ¿Te dice algo? –preguntó levantando la vista.

– ¡No!... Nada –contestó sin dejar de mirar los alrededores.

– ¿Y a ti, Simón?

–Tampoco… Deberías pensar bien en esa frase… Digerirla con calma, pero, te repito, este no es el sitio ni el momento –respondió lanzándole una mirada cómplice a Débora.

El sol lentamente corría a dormir. Estaba en la plenitud de su hermosura, engalanada por un áurea de dorado ámbar. Parecía tener vida y respirar. Su color extasiaba. Retaba y seducía a quedársele viendo pese al daño que podría ocasionar en las pupilas.

Contempladas desde aquel lugar encantado, rodeadas de una naturaleza indómita y salvaje que se había resistido a los tiempos y a los cambios, las cascadas semejaban las puertas del edén. Hasta los pequeños bosques de olivos, arraigados y firmes como guerreros en tierras de áridos combates, daban con su opaco verdor un matiz de paz infinita al lugar.

De pronto, como salidos de la nada, se escuchó el ruido de varias pisadas y sombras que se abalanzaban sobre de ellos.



PRÓXIMO MIÉRCOLES Caps. 6 AL 10.           

Adelanto...

    -Un fin de mundo, sin lugar a dudas −terció Rafael Delamadrid, un espigado académico hoy en día retirado de los quehaceres universitarios, aunque seguía con sus estudios arqueológicos en forma muy secreta, según le reprochaban algunos de sus propios colegas−. Uno de los papiros interpretados por el doctor Gagliardi −prosiguió con aguda voz ronca−, que por cierto no entiendo porqué motivos no está aquí si es pieza fundamental en todo esto, tiene citas muy similares al 12:36 del Evangelio de San Juan, el cual habla de los hijos de la luz y al Salmo 89, en sus versículos 36 y 37, que dice textualmente: Su descendencia, refiriéndose a la de David, será para siempre, y su trono como el sol delante de mí. Cuando la luna será firme para siempre y como un testigo fiel en el cielo…