miércoles, 27 de octubre de 2010

29 de agosto (Parte y 2).

  Llegué a la cascarita. El sobre, que había guardado en el bolsillo interior de mi chaqueta de cuero marrón, lo abrí al poco tiempo. Primero me desvestí, oriné y serví un trago de ginebra. De antemano sabía cuál era su verdadero contenido. Es más, en el trayecto de regreso jugaba con adivinar sobre la cantidad marcada en el cheque que estaba en su interior. Mentalmente me decía: “Me prestó trescientos mil bolívares, no más”. Al abrir el sobre ciertamente había un cheque endosable de Banestro a mi nombre y en la parte superior derecha y en tinta negra estaba escrito 300.000. Silenciosamente le di las gracias y la bendije.
  Son las 1:33 a.m. Sé que tengo un día de retraso en mi Diario (hoy ya es 30 de agosto). Un día más sin ver a Dorian. Un día más que debo soportar mi tormento. Un día más de vida y un día más para aferrarme a la vida sin importar el pesar.
  El 29, el día 29, o sea ayer, lo comencé tranquilo, con paz, pero luego se cargó de angustia.
  Aunque tengo muchas cosas que contar, las cuales ocurrieron al final de la tarde, lo haré mañana, o sea hoy, pero después de descansar un poco.
  Es la 1:39 a.m. Puse el CD Con amor de Soledad Bravo, el cual repetida e insistentemente escucho, pero el reproductor, mi tres en uno, no quiere funcionar.
 Esta noche hasta los grillos me abandonaron. Estoy totalmente solo. Únicamente oigo, además de los sonidos de mi estómago, el revoloteo de una gran polilla negra con dos grandes ojos de muerte tatuadas en las alas que se estrella contra mi ventana, la cual, gracias a Dios, tengo cerrada. No dejaré entrar a la muerte en mi morada de tormento.

PAUSA SILENCIOSA: Voy a tratar de hacer andar al aparato porque la primera canción del CD, que se titula Esperaré, es verdaderamente lapidaria. Se ha convertido en una especie de venganza silenciosa en mi tormento. Claro, muy virtual, pero venganza al fin. Si lo logro, mientras la escucho trataré de transcribirla. La canción dice más o menos así: Esperaré que vivas lo mismo que yo… Que te pase lo mismo que a mí… Esperaré que sientas lo mismo que yo… A que la luna la mires del mismo color… Que adivines mis versos de amor… Esperaré que las manos me quieras tomar… Disculpen las imprecisiones. La escribí de memoria, ya que por más que le doy golpecitos y sacudo de un lado a otro el reproductor, este se niega a funcionar. Espero que sea sólo por esta noche. Pondré la radio. Necesito compañía… ¡y vino!... Apareció Franco De Vita con Soledad a través del radiorreceptor y canta: Otro golpe para el corazón… Te veo venir soledad…

  ¡Qué martirio! Hasta por radio me persigue el ahogo. El cenicero está repleto de colillas, la botella de gin vaciándose y yo agotado… Pero te veo venir soledad, me masculla en las sienes De Vita.

PAUSA INESTABLE: He realizado hasta ahora, en lo que va del mes y según indica el registro interno de mi teléfono celular, 344 llamadas y he hablado a través de el durante 5 horas, 25 minutos y 3 segundos. Pero, a esta hora, 2:10 a.m., me cautiva la idea de meterme en la contestadora de “casa” e indagar si “alguien” le dejó algún mensaje a Carolina. Sé que no es correcto, pero busco paz y revelación a mis angustias. Lo he estado haciendo desde que Carolina bloqueó su celular y en diferentes horas del día, a expensas de mi cuenta, la cuál no sé a qué suma ascenderá este mes. Voy a marcar. Pondré a mi lado la grabadora a punto, por si “hay algo”.

  Lo hago porque hace unos días dejé dos mensajes: Uno el 21 de agosto, el día del cumplemés (16 meses) de Dorian para felicitarlo y otro durante la borrachera que cogí con mis vecinos (¿el sábado o el viernes?... ¡Qué se yo! No recuerdo), donde le decía que me iba a matar, a acabar con mi vida, y que la quería mucho y etcétera, etcétera. Pero ambos fueron borrados. ¿Por quién, si ella no está en casa sino en Aruba? ¿Quién tiene, además de mí, la clave para entrar en la contestadora? Cómo lo hicieron y quién fue. Eso me intriga. Todas las veces que me he metido en el sistema, la contestadora me repite: “No hay mensajes grabados”. ¡Qué no, si yo dejé dos!... ¿Quién y desde dónde los borraron?... ¿Habrá sido su abogado, quien, por lo mafioso que es, tiene intervenido el teléfono y está grabando las llamadas para recabar pruebas en mi contra por la supuesta “violencia doméstica” de la que me acusa Carolina?
  ¡Me importa un carajo! ¿Qué más puedo perder ya? Quizás gané algo: ¡Más desesperación si me topo con algo raro! Voy a hacer, silenciosamente, esa llamada indagatoria. La hice. Sólo recibí el mensaje pregrabado de siempre: “Hola, es Carolina. No me encuentro ahora. Puedes dejar tú nombre y tu mensaje. Chao”. Del resto nada. Ningún recado nuevo ni viejo. Pero su voz, aunque grabada, cómo me estremece, cómo inunda de inquietud mi alma.
  En el cenicero ya no entra un cabo más. Son las 2:35 a.m. No tengo sueño y sé que no dormir lo suficiente me está haciendo daño, tanto física como mental y espiritualmente. Debo dormir, pero no tengo paz. Hoy, con el dinero que me prestó Cruz Lares, compré lexos y otras medicinas. Otra vez fui a la consulta oftalmológica ya que sigo llorando sin quererlo. La doctora me indicó otro tratamiento, no tan costoso, que estoy siguiendo al pie de la letra. No me cobró la consulta. ¿Arrepentida por su equivocación en el diagnóstico anterior? Quizás., pero eso no importa. Mis ojos aún siguen llorosos. Espero que este nuevo tratamiento sea el indicado y me cure este fastidio, este vía crucis de lágrimas… ¿Esto lo había anotado antes o no?... ¿Sí… no?... ¡Qué perturbación! Comienzo a olvidar cosas.
  ¿Qué hago? ¿Dormir o seguir con esta bobada del Diario?... ¡Sí!... Si, está bien. Me retracto. No es ninguna bobada, sino una medicina para el alma. Para mi alma atormentada y confundida. Un poderoso sedante que evita pensar en cosas aún peores y funestas.

PAUSA ESENCIAL, FISIOLÓGICA: Voy a hacer pipí.

  ¡Ya!... Está bueno. Me tomaré un lexo y trataré de dormir. Si despierto vivo seguiré escribiendo.
  Por cierto, esta tarde estuve leyendo a Paramahamsa Yogananda en su libro “Meditaciones metafísicas” de la colección Joyas Espirituales y me impactó su reflexión que titula A la luz de la luna, donde recomienda: “Funde tu mente por la noche con la luz de la luna y lava tus tristezas en sus rayos. Siente como su luz mística se difunde silenciosamente sobre tu cuerpo, sobre los árboles, sobre las llanuras inmensas. Contempla en un espacio descubierto, con mirada fija que penetre más allá de los límites del paisaje que alumbra la luna, la línea tenue que dibuja el horizonte, y deja que tu mente, en el vuelo incesante de la meditación, llegué más allá de lo visible, traspasando los límites del horizonte. Deja que tu meditación vague más allá del horizonte de la Tierra y penetre en las regiones de la fantasía. Lanza tu mente desde los objetos bañados por la luna hasta las pálidas estrellas de los cielos lejanos, más allá de la quietud eterna del éter, todo palpitante de vida. Observa como los rayos de la luna se difunden no sólo sobre un lado de la Tierra, sino por todas partes en las regiones infinitas de tu mente. Continúa meditando hasta que en la luz de la luna de tu calma lo percibas todo en sus rayos luminosos. Vuela en los confines ignotos de los cielos y realiza la existencia eterna de todo. Fija tus inquietos ojos sobre el punto medio entre tus dos cejas. Elévate hacia las estrellas de la meditación. Envía las radiaciones de los pensamientos amorosos a los seres queridos en este mundo y a los que se han ido antes que tú envueltos en sus túnicas de luz. No existe espacio entre las mentes y las almas. Aunque distantes en pensamiento en realidad nuestros seres queridos y todas las cosas están muy cerca de nosotros. Sigo irradiando tus pensamientos: Soy feliz en la dicha de mis seres queridos que se hallan en la Tierra y de los que están en el más allá”, termina Paramahamsa Yogananda.
  Qué hermoso canto a la vida y a la existencia. Que espiritual, excepcional y magnífico, sólo para utilizar tres adjetivos. Aunque valdría utilizarlos todos, porque no hay palabras para describir su sencilla belleza.
  Por cierto anoche, después de cuarenta días sin soñar, tuve un sueño especial, paradisíaco y revelador. En el mismo la abundancia, el romance y el dinero, pese a intrigantes y peligrosas luchas, caían a borbotones sobre mis manos desde el cerro El Ávila. El sueño fue truculento y totalmente descabellado. Comenzó en Suecia, donde fui sometido a ciertas extrañas “torturas” por parte de unos supuestos médicos que luego resultaron ser detectives. De ahí en adelante no recuerdo qué pasó. Lo único que recuerdo es que la historia terminó en la Cuba de José Martí, en plena guerra. Había muchos hombres con uniformes azul claro y birrete de soldado en el campo de batalla. Entre ellos estaba yo. De repente supe, abriéndome paso entre los soldados, que buscaba a un hombre, a un hombre que me infamó. Al fin, después de tanta búsqueda, lo encontré. Quería matarlo. Luchamos. Durante la lucha caímos en un lodazal. Y allí, metidos hasta la cintura, de repente nos pusimos a reír de alegría. En ese instante se nos acercaron otros dos soldados. A uno de ellos, por las eufóricas morisquetas que hacía, se le cayeron los pantalones y dejó su culo blanco al descubierto. Sin importarle un bledo aquello, comenzó a bailar y retorcerse como Sherezade. Entre tanto los “contrarios” (nuestros supuestos enemigos) disparaban contra nosotros unos cañones medievales. No obstante, al salir los mortíferos proyectiles por los macizos caños, exhalaban un vagido y las pesadas balas se disolvían en el aire como por arte de magia. Antes de desvanecerse se escuchaba un hálito, un soplido. Luego, una tos seca salía de la boca de esas armas.
  Son las 3:43 a.m. del día 30 de agosto. Mañana , o mejor dicho dentro de unas horas, si Dios todavía me concede la vida y ese sueño sigue presente en mi recuerdo, trataré de describirlo mejor.
  No sé si habrán dado cuenta por las letras a medio terminar y casi fuera de línea que estoy garabateando en el Diario, que estoy borracho, agotado y, por supuesto, con mi mano izquierda entumecida. Por eso, únicamente por eso, me iré a dormir. Basta por hoy.

PAUSA DE RELAJACIÓN: No sé cómo ni porqué llegó a mis manos un cassette de música de relajación. Voy a tratar de soñar bajo sus notas. Si no lo logro ingeriré otro lexo. ¡Hasta mañana, si Dios quiere!

  Todavía no. Esperaré a que el sedante que tomé antes haga efecto. Entre tanto seguiré manchando con letras este Diario.
  Carolina, perdóname por lo que estoy escribiendo. Cambiaré todos los nombres, pero lo que he dicho y he escrito es la verdad, tan verdadero que ni el propio Dios puede negar, ya que Él, el Todopoderoso, le dio alas a mi pluma para que lo pudiese relatar en este Diario. ¡Qué Dios te bendiga siempre, Carolina! No es mi intención, ni mi deseo -¡nunca!- que te pudras en el infierno. Soy, antes que nada, católico, cristiano. Por sobre todo, creo en Dios y en su omnipotencia…
  Se terminó… Dejo todas las cosas, más aún en este mundo material, donde no tengo lugar de vida. ¿Divago?... ¿Estaré, oh, Dios divagando? Eso me asusta.
  Hoy no tengo ganas ni voluntad de escribir más. Quizás mañana. Por ahora no puedo más. Escucho tropeles de muerte que se avecinan y me asalta un miedo incontrolable. La debilidad y la torturante angustia minan mí amargo corazón. Además, estoy borracho, completamente borracho, tanto de odio como de alcohol… Dios, ¿dónde estás?... ¡Dímelo!… Dices que eres luz y sólo veo oscuridad… ¡Ayúdame!

MAÑANA:                                                                    
  Aunque Paramahamsa Yogananda recomienda en una de sus sagradas oraciones “enséñame a no narcotizarme con el opio de la inquietud”, mi tormento interior es más sólido que el acero y tan grande como el universo y todo, todo dentro de mi insignificante y mortal cuerpo, un andrajo que ni los buitres querrán devorar.