sábado, 9 de octubre de 2010

17 de agosto.

EL TEMOR DE LA NADA                                                    
  Hoy no estoy tan acelerado. Bueno, a decir verdad, el alcohol y los tranquilizantes, aunque son pura mierda, a veces hacen milagros. ¿Será que son parte de Dios?... ¡Coño!, nunca se me había ocurrido eso, pero voy a racionalizarlo.
  ¿Por qué no?... Coño, si Dios está en todas partes, entonces, ¿por qué es tan descabellado pensar que también esté en un trozo de pastilla o en un líquido “espirituoso”, tal como llaman al licor esa pila de coños de madre que se la pasan por la vida borrachos y jodiendo a la humanidad?
  La vaina no es tan loca. Yo no soy ningún pendejo, ni estoy desquiciado, sólo atormentado, que no es la misma cagada. Bueno, lo siquiatras saben de esa mierda, y de mí sólo podrán decir: “Está pasando por un mal momento, pero no es nada preocupante ni grave. Pronto se le pasará”.
  ¡Cabrones farsantes!... ¿Qué coño saben ustedes de la mierda que destila la mente de los que sufren en el infierno?... ¿Acaso su profesor de psiquiatría fue el mismo diablo?... ¿La universidad donde se graduaron fue el averno?... Ellos adivinan, simplemente, adivinan y comparan. La psiquiatría todavía está en pañales o, mejor dicho, está por nacer aunque unos locos se aventuren en decir que conocen cómo funciona el cerebro humano y cuáles son las motivaciones que lo hacen actuar de tal o cual manera… ¡Pura mierda especulativa!.. Puro conductivismo imbécil… ¿Por qué si todos dicen que yo soy una persona cuerda, que actúo como cuerdo, que soy inteligente y demás, mi cerebro funciona en dirección contraria a la razón y el raciocinio más elemental aunque, a simple vista psiquiátrica se afirme que soy el Rey de la Cordura? ... ¡Bah, eso es basura!... Mejor me voy a lo de siempre porque hoy tengo muchas cosas que anotar en este Diario. Quizás nada trascendente, aunque para mi últimamente todo es trascendente.
  ¡Es todo tan doloroso!... Todo esto me mantiene vivo, pero al mismo tiempo me entierra poco a poco. No es fácil escribir, sea con odio, con ira o con maldad, sobre lo que uno más amó en la vida. Mucho más si de por medio está una angelical criatura. Es tan jodido, que nadie se lo imagina. Sólo los que lo han vivido, y habrá millones, saben lo que estoy pasando…
  ¡Qué duro es, Dios mío!... Supongo que esto, porque el sufrimiento no tiene sexo, juega igual para hombres como para mujeres. Bueno, como ellas, las del sexo débil son más fuertes que nosotros, los machos, presumo que se les hará más fácil soportar todo. Además, como tienen totona, la herramienta que abre todas las puertas, ¡hasta la del infierno!, y por la que Adán perdió el Paraíso e imperios completos han caído durante toda la historia de la humanidad, su recuperación debe ser más directa, penetrante y sumamente placentera.
  Aunque no soy gitano, a veces me lo creo. Debo tener algún gen, algún ancestro de ellos vive en mí. Estoy a punto de convencerme que es así.
  La irracionalidad me está seduciendo. La veo danzar cerca de mí, muy cerca. Busca meterse en mi cerebro, pero siempre que trata de penetrar en mi interior la esquivo con un movimiento rápido de cabeza… Tal como hacen los boxeadores.
  ¡No!, no es así… ¡Miento!... Es mentira, estoy burlándome de mí mismo. A veces, y más en mi tormento, un poco de humor amargo y negro como la peste me hace bien y sonreír. Sí, me río solo y de mí mismo. Eso, por instantes, me saca de las cavilaciones.
  He estado leyendo la Biblia, una pequeñita de bolsillo, que empaqué junto a mis cosas cuando me vine a la montaña.
  Esta mañana la abrí al desdén y mis ojos fueron a caer directamente en un Proverbio que dice: La insensatez del hombre tuerce su camino, y luego contra Dios se irrita su corazón.
  Me pareció que iba directamente dirigido a mí. Quizás Dios no es tan mudo como creo y me está hablando a través del Libro Sagrado… Quizás.
  He dejado de anotar muchas cosas en el Diario y no es por falta de tiempo, ya que me sobra.
  Aunque muchas de estas líneas están cargadas de rabia e indignación, son reflejo de la realidad. La realidad que vivo ahora, aunque cuando todavía no había vestigios de tormenta en mi alma, todo fluía con intensidad maravillosa, transparente y llena de amor, que es lo único que sé dar. A mí manera, claro está, pero no por eso deja de ser amor puro, sin velos y sincero. ¡No todo, por Dios, fue malo en mi vida!
  Si en estos momentos estoy amargado, a veces arrepentido por haber sido tan claro y sincero, es otra cosa. Quizás la de ahora sea una contrición temporal, pasajera, producto de la rabia que me agobia, arrastra y me hace sentir idiota y culpable. Culpable por haberme entregado con pureza. Pese a mi carga de defectos, inobjetablemente era un amor puro, despojado de vilezas y engaños. Es la única forma en que amé y amo a Carolina, aunque debido a mis reproches, producto de su personalidad misteriosa e inescrutable, a veces, o muchas veces, aunque no tantas, ella me decía que la hería. Soy impulsivo y extrovertido, lo sé. Por eso, todo lo que tengo por dentro, por pequeño que sea, lo desbordo. Lo suelto sin tapujos. Es un defecto, claro está. Pero un defecto producto de un amor devoto y limpio, donde cualquier vestigio de duda te desgarra el corazón. “¿Si me amas tanto -me decía Carolina- por qué me recriminas?”.
  Si no la hubiese amado, quizás nunca le hubiese reprochado absolutamente nada. Habría sido frío, falso e indiferente, pero como la amaba reaccionaba como un adolescente.
  Esta noche, a eso de las 7:30 p.m., le dejé en su grabadora del móvil algunas estrofas de la canción No puedo ser feliz, de Soledad Bravo. La estaba escuchando en mi reproductor y me identifiqué tanto con la letra, que no pude resistir la tentación de dejarle ese mensaje de amor. Luego, antes de cerrar, con voz cargada de lacónica tristeza, le recordé: “¡Te amo!... ¡Te amo!”.
Se debe estar riendo de lo lindo, porque, al parecer, no está en Aruba, sino aquí, en Caracas… ¡Qué se yo!
  En la mañana intercepté un mensaje que Rosalía, La Celestina, dejó en el celular de Carolina. Estas fueron sus palabras: “Carolina, necesito que me llames, tengo que hablar contigo. Me urge verte… ¡Chao!”. ¿Y su mejor amiga no sabía qué estaba en Aruba? Además Marieta, la tía pobre de Carolina y la más discreta de sus confidentes, vive alquilada en la parte de arriba de la villa de Rosalía. Marieta, al menos, tenía que saber dónde estaba Carolina y si ella lo sabía también debía saberlo Rosalía. Entonces, ¿por qué dejar ese mensaje a una persona que supuestamente regresaría a la ciudad a finales de septiembre o principios de octubre?
  He llamado a casa de la hermana de Carolina en diferentes horas y días, y nadie contesta el teléfono. ¿Dónde están? Y es que Carolina es tan misteriosa, que es difícil, casi imposible, saber lo que pasa por su atolondrada cabeza.
  Y mi hijo, ¿dónde lo tiene? Cómo estará. Dios mío, que angustiante y atormentadora situación. El pobre bebé ya se debe haber olvidado de mí. Ya han pasado tres semanas desde que lo alejó de mi cariño y presencia.
  ¿Juzgar o no juzgar? Sé que es malo, pero esa es la gran interrogante que ronda mi cabeza. Carolina es muy cruel, siempre que se molesta con alguien brota de ella una crueldad infinita. ¿Qué culpa tiene el niño si yo o ella hemos fallado?... ¿Por qué le arrebata mi cariño de esa manera? No es justo ni humano.
  La foto de Dorian es lo único que alegra mis recuerdos, pero a veces desvío la mirada para no verla. Aunque todavía no he estado en llanto, el manantial contenido en mis entrañas se quiere desbordar cuando veo el portarretrato con su foto. Sus ojitos, cuando veo sus ojitos que me persiguen por toda la cabaña, cierro los míos o repito la oración que me sugirió Cruz Lares, quien, por cierto, parece estar burlándose de mí (o sigue indicaciones de Carolina), porque el bendito depósito todavía no lo ha hecho. Ya han pasado muchos días. Debo tener dignidad en mis penurias y no volverla a llamar.
  ¡Mi hijo!… Hijo mío, qué Dios te bendiga siempre y te colme de dicha y felicidad. Sé un gran hombre. Enriquécete en la humildad, en la bondad de tú corazón. Ama a tus semejantes sin importar el color, condición social o raza y serás un Elegido, un hombre de Dios… Yo soy…, o era, así, pero me tocó en esta vida pagar una deuda kármica. La estoy asumiendo con valentía, con nobleza. Dios me dará fuerzas para resistir este duro golpe. Pero nunca, nunca jamás dejaré de amar a Dios. Aunque en estos momentos libro una feroz batalla interior con Él, nunca perderé la fe ni la esperanza. Seguiré adelante mientras Dios me siga dando fuerzas y alimentando mi atormentado espíritu. Pero jamás, jamás, abandonaré mi amor por Dios y el que profeso por ti… Te repito, ama, ama a todos. Hasta las cosas que ahora veas feas. En otro momento de tú vida te parecerán hermosas. Ama a la naturaleza, al aire que respiras y serás feliz, muy feliz, porque siempre estarás en comunión con Dios, el Omnipotente, el Omnipresente, el que todo lo sabe, ve y decide, porque Él es la inteligencia superior que mueve al mundo. Es amor y el amor en todas sus formas. Es el todo, la energía celestial. Cuando seas grande, siempre que puedas lee en la Biblia el capítulo 13 de Corintios I, y nunca te separes de sus sabias enseñanzas… ¡Nunca lo olvides!
  Hijo mío, termino estas líneas bendiciéndote y confesándote que, escribiéndolas, al fin brotaron lágrimas de mis ojos, aunque todavía no he estallado en llanto. No se si lo haré… Hijo, recuerda que el llanto es un sentimiento puro y que también los hombres lloramos. Voy ahora, después dejar el lapicero, a releer el capítulo 13 de Los Corintios. ¡Qué Dios te bendiga y te haga hombre de fe cristiana, hijo mío!... ¡Dios te ama y yo también!
  Hijo, son las 9:20 de la noche. Acabo de releer el capítulo 13 de Los Corintios y me volvió a conmover. Siempre que lo leo me sucede lo mismo.
  Pero no es eso lo que quería contarte. Sino que, leyéndolo, te presentí, te tuve en mis manos… Te vi a mi lado, jugando y riendo… Haciendo travesuras… ¡Te sentí a mi lado de carne y huesos mientras lo leía!... ¡Qué dicha indescriptible!
  En Corintios 13 hay un párrafo que dice: “El amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser… Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, jugaba como niño, más cuando fui hombre, dejé lo que era de niño… y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres, pero el mayor de ellos es el amor”.
  La Biblia que tengo conmigo, hijo mío, es una pequeñita que le regalaron, según la dedicatoria, a tú madre el día de San Bernardino, y que estaba tirada en la habitación donde ella me confinó durante la dos últimas semanas que estuve en casa. Fue parte de mi equipaje cuando salí. Ahora está abierta, en ese mismo capítulo, al lado del portarretrato con tú foto… ¡Qué Dios te bendiga!
  Hoy no tengo ganas ni voluntad de seguir escribiendo. Quizás mañana anote mis desesperanzas de hoy… Por ahora no puedo más. Escucho tropeles de muerte que se avecinan y me asalta un miedo incontrolable. La debilidad y la torturante angustia minan mí amargo corazón. Además, estoy borracho, completamente borracho, tanto de odio como de alcohol… Dios, ¿dónde estás?... ¡Dímelo!…Dices que eres luz y sólo veo oscuridad… ¡Ayúdame!


MAÑANA:                                                                             
...de la oscuridad comenzaron a surgir sombras difusas que fueron tomando formas de seres humanos.




El descanso (1987)
Pintor: Diego Fortunato
Acrílico sobre tela 122 x 76.5 cm.
Serie MUJERES DE PIEL DE SOMBRA
Colección Privada familia Nocerino.