martes, 19 de octubre de 2010

24 de agosto. (Parte y II).

  Sin sospechar que estaba desorientado, Iván y Carlos me seguían sin chistar. Seguían creyendo en mis “habilidades” por la seguridad que imprimía en cada una de mis palabras. Pero la realidad era otra. Estábamos perdidos. Yo lo sabía, pero no se los dije porque tenía la esperanza que de seguir subiendo podríamos ubicar las cascaritas.
  Comenzamos a subir montañitas. Una tras otra. Cuando terminábamos de subir una creyendo que era la última, al llegar, frente a nosotros veíamos otra, aún más alta.
  Ya no había que decir nada. Los tres sabíamos que estábamos completamente perdidos. Temíamos que la noche nos atrapase en esa fosa. De ser así y necesitar ser rescatados, nadie sabría siquiera dónde comenzar a buscarnos porque dimos muchas vueltas. Yo, al menos, no recordaba los sitios por los que pasamos. Quizás por el cansancio, quizás por la presunción de que no hacía falta recordar nada porque sería fácil salir de allí. Estaba equivocado. Muy equivocado. En todo caso, de no poder conseguir el camino de regreso, tenía el celular. Llamaría a Robert y le daría algunas pistas para que nos encontrasen.
  A fin de aplacar un poco la sed, comencé a absorber el néctar de algunas cayenas silvestres que encontraba a mi paso, cuya flor después mastica y comía. Eso calmaba el ansia y la urgente necesidad de bocado. Tenía días alimentándome mal y la poca reserva energética que tenía mi cuerpo la dejé en la montaña. Por más que insistí, mis compañeros de aventura no quisieron probarlas.
  Caminabamos extenuados, sedientos y, como dije arriba, con un hambre infernal. No sé como se veían nuestros rostros, pero presumo que tenían expresión de terror.
  Durante los ascensos pensé que de un momento a otro me daría un infarto. De la vanguardia pasé a la retaguardia. A veces, me detenía por segundos para que el ritmo de mi corazón aminorara un poco su traqueteo. Los guariqueños se detenían a esperarme metros más adelante. Aunque había perdido toda credibilidad ante ellos, de pronto les dije que no deberíamos seguir subiendo, sino bajar. Mi agotamiento era tal, que creí que de un momento a otro no daría un paso más. Que no lo lograría. Que no llegaría hasta el final de aquel cerro, el cual era bastante alto, y que ese final también sería el mío.
  Mientras avanzábamos, nuestros ojos trataban de ubicar un punto de referencia que nos orientara, pero nada. Desde lo alto de una de las montañas Iván divisó a lo lejos unos naranjales. Muy seguro de sí mismo afirmó que la finca de Robert quedaba por esos lados. Ya pasaban las tres de la tarde. Debido a la hora, el mismo Iván sugirió que lo mejor era regresar por el mismo camino que momentos antes habíamos dejado e ir hacia los naranjales. Carlos y yo asentimos.
  Bajamos y pronto entre la enramada nos topamos con un destartalado ranchito. Había sido abandonado desde hace bastante tiempo por quién sabe quién. En el suelo, bordeando el rancho, vimos una plantío de tomaticos silvestres en su punto exacto de maduración. Aunque eran del tamaño de una uva, mitigaron parte de nuestra sed y hambre. Mientras los comíamos divisamos otro apetitoso manjar: dos pequeños árboles repletos de limonsones, especie de naranja con injerto de limón. Uno sólo estaba maduro. Los corté con mi cuchillo y repartí entre los tres. Nos los comimos con apetito voraz.
  En la mañana, cuando bajábamos, percibimos en las profundidades del bosque el ruido de un riachuelo. Aunque no llegamos a ver ni una gota de su agua debido a la espesura, sabíamos que estaba allí. Gracias al cielo lo volví a escuchar. También vi una vereda muy similar por la que habíamos pasado. Se los dije y los tres pusimos nuestros oídos en estado de alerta.
  A pocos metros escuchamos el suave murmullo de pequeñas caídas de agua. ¡Allí estaba el río! Corrimos y bebimos hasta saciar toda nuestra sed y lavarnos con ese vital y preciado líquido cara, manos y cuerpo.
  Felices, pero preocupados, comenzamos el retorno río arriba. Encharcándonos de pies a cabeza fuimos escalando las resbaladizas piedras llenas de musgo y moho. Algunos resbalones, pero ninguno de nosotros perdió la vertical. De los cunaguaros nada. Sólo una bella, silenciosa y extasiante vegetación.
  Cuando solventar las gigantescas rocas se nos hizo ya imposible, dejamos el cauce del río y comenzamos a subir por un sitio muy empinado, buscando siempre una vereda paralela. El corazón casi se nos salía del pecho a los tres. Los latidos hacían eco en ese mortuorio silencio.
  Desde hace bastante tiempo iba con el torso desnudo. Había afianzado parte de la franelilla debajo de la gorra para que el resto me protegiese el cuello y parte de los hombros del sol. ¿El suéter?... ¡Quién me mandó a llevarlo! Colgando del cinturón, donde lo había anudado a fin de tener las manos libres. Los lentes nike, que tenía enganchados por una de sus patas debajo de la correa pasaron a mejor vida. Al inclinarme para pasar debajo de un tronco escuché el inconfundible track que hizo trizas a una de sus patas. A despecho mío los boté un poco más adelante.
  El regreso se hizo tan largo que mis piernas no querían responder. El asunto de los cunaguaros se había borrado de nuestras memorias y pensamientos, pero gracias a Dios, estábamos por salir de esa pesadilla. Lo único que queríamos era estar arriba, seguros y descansar.
  Los más agotados éramos Carlos y yo. Iván no lo parecía tanto, aunque a escasos kilómetros de las cabañas confesó estar molido.
  Poco antes de llegar, por la vereda que subíamos Carlos vio una serpiente cazadora oculta entre unos troncos de bambú podridos. Con sus demoníacos ojos seguía cada uno de nuestros pasos. El joven guariqueño alzó la rama que utilizaba, al igual que yo, como cayado y punto de apoyo, y le lanzó un garrotazo. Esta se rompió y sibilina la culebra corrió a refugiarse en la espesura.
  Al fin, unos cuantos metros más y estábamos en terreno conocido. Mientras pasábamos frente al grupo 16 de las cascaritas (yo vivía en una en el grupo 18), Nelson, su mamá y otros trabajadores que trataban a duras penas meter un fajo de bambúes dentro de un destartalado jeep, se asombraron al vernos.
  Iván y Carlos se quedaron ahí. Habían llegado a sus “casa”. Muy cerca de la residencia principal de la finca. Vivían en una suerte de caballeriza sin uso. Ese era su hogar y dormitorio. Proseguí hacia arriba solo. Faltándome apenas unos doscientos metros, una de mis piernas casi se encalambra y deja de responder a mis requerimientos. Tuve que “regañarla” para que siguiese caminando.
  Una vez en la cascarita, tomé mucha agua, me desvestí, lavé toda la ropa: botas, medias y ropa interior (menos el suéter) y la puse a secar. Luego me preparé una pasta corta (plumitas), a las cuales le vacié una latica de atún para darle sabor. Saciada el hambre, tomé un largo baño.
  Deberían ser cerca de las seis de la tarde. Estaba agotado y con dolores en las extremidades. Me tendí sobre la cama, puse las piernas en alto a fin de recuperar fluidez en la circulación, pero uno calambritos me obligaban a deshacer esa posición e incorporarme de la cama en el acto. Luego de unos cuantos pasos, el dolor se atenuaba.


MAÑANA:                                                                         
…escribí sobre esa hoja los seis deseos primordiales de mi vida.


Renato Carosone -  Tu Vuò Fa' L'Americano.
(Para disfrutarlo, reírse un rato y aprender).
http://www.youtube.com/watch?v=BqlJwMFtMCs