martes, 9 de noviembre de 2010

5 de septiembre (Parte 3).

  En mi mente fluye como lava de volcán una insidiosa interrogante, una pregunta que me hizo Carolina un día, mientras yo manejaba su camioneta. No recuerdo dónde íbamos. Ella estaba sentada a mí lado, muy callada, y de pronto abrió la boca y lanzó: “¿A los hombres casados se le marca la señal del aro en el dedo? Restando importancia a tan extraña pregunta, más en aquel momento, unos dos meses atrás, cuando aparentemente todo estaba bien entre nosotros, le contesté: “Depende. A mí se me marca porque está muy ajustado. Otros lo llevan muy holgado y eso no deja marca, más si se lo quitan al salir de casa, como hacen algunos que conozco”. Y ella respondió. “Ah, por eso en las reuniones de la compañía veo que mientras charlamos uno de los Trazolari (uno de sus socios en otra empresa) juega mucho con el (aro) y después se lo saca y mete en el bolsillo de la chaqueta”. Extrañado, le respondí. “¡No sé!... No sé porqué lo hace”. Así terminó aquella trivial indagación. Luego hablamos de otras cosas y el asunto del aro quedó atrás, muy atrás, en los recuerdos.
  Pero… Pero ahora esa pregunta, tonta e inocente en su momento, asalta mi mente y apuñala mi corazón… ¿Por qué me hizo esa pregunta? ¿Cuál era su verdadero interés? ¿Qué quería averiguar? Sé bien que a ella le aterran los casanovas, los donjuanes casados… Bueno, eso es lo que decía… ¿Estaría, en aquel entonces, viéndose a escondidas con alguien y aunque éste le juraba su soltería ella sospechaba que estuviese casado?... ¡Coño!... Tener el descaro y la audacia de preguntar, de interrogar a su propio esposo, sobre la duda que le embargaba. ¿Será posible tanta desfachatez y crueldad?... ¿Será posible? ¿De ahí saldría el calificativo de “viejo” que me escupía a la cara durante los últimos días juntos?... ¡Sí! Su amante debe ser joven o más joven que yo. Por eso lo de “viejo”… Ahora comprendo… Pero qué cosa. Cuando nos casamos ella bien sabía que le llevaba diecisiete años… ¿Será todo esto, todo lo que he apuntado en el Diario elucubraciones de una mente enferma o la perversa realidad?… El tiempo… El implacable tiempo esclarecerá esta y todas las demás interrogantes que me atormentan… Pero cuándo, cuánto tiempo tendré que esperar para salir de esta borrascosa pesadilla.
  Ah, qué angustia, pero no puedo dejar de pensar. Mi mente parece divertirse abonando con martirio y desesperación cada pensamiento... Esta tarde… Ah, esta tarde, qué dolor, cuántas palpitaciones tamborearon mi corazón cuando escuché su voz mientras sostenía, supongo yo, el auricular adherido al oído de Dorian. La percibí alegre, dicharachera y feliz, cuando ella, normalmente, es todo lo contrario: taciturna, deprimida, amargada y frustrada. ¿Estaba feliz por su nuevo affaire y por haberse deshecho de mí?
  Dios, ¿por qué me envuelve tanta oscuridad?... ¡Dame de una vez la estocada, perfórame con la verdad… ¡Quiero vivir!… ¡Necesito revivir!... Por favor, hazlo… Necesito saber a qué atenerme para reiniciar, si Tú suprema voluntad así lo desea, una nueva vida. Pero, con este tormento que me aplasta es imposible dar un paso más.
  Hazme saber si tiene a otro y ya no me quiere. De esa forma, aunque mí sufrimiento sea mayor, o muera, podré intentar olvidar e iniciar el camino que Tú indiques. Pero, Dios, te lo ruego, acaba con esta cruel incertidumbre. No sigas lacerando mí cerebro… ¡Dame paz!

MAÑANA:                                                                               
   ¡Te la dedico Carolina!… Todavía no he estado con otra mujer, aunque la idea me ha seducido… No sé tú… No sé si tú puedes decirlo mismo que yo… Creo que no…

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