lunes, 2 de marzo de 2015

LA ESTRELLA PERDIDA (Toda la novela).


Aventura, por Diego Fortunato



La estrella perdida (Segunda novela de la trilogía El papiro).-



LA ESTRELLA PERDIDA Sinopsis Un grupo de arqueólogos descubren en unos viejos papiros el misterio de La Vera Cruz, la cruz de la crucifixión de Cristo, que se hallaba perdida desde su muerte. Los escritos revelaban que los esenios, hermandad de la que formaba parte Jesucristo, la habían llevado y escondido en la cima del enigmático Kukenán, el llamado Tepuy de los Muertos, en La Gran Sabana, al sur de Venezuela. Divor Klaus, un avezado antropólogo y aventurero, parte a buscarla porque los rollos revelaban que se materializaría a las tres de la tarde del Domingo de Resurrección de ese año. La Santa Sede, apoyada por los Dei Pax, un grupo de sicarios al servicio de la Iglesia, va tras su pista, pero se topa con un místico secreto: el nacimiento en la tierra de los Nion, una especie de niños ángeles con poderes celestiales y guardianes de ancestrales misterios divinos. Intrigas y confabulaciones se apoderan del Vaticano y sus más altos prelados, hasta que el día señalado acontece la alineación del Triángulo Divino, suceso que devela nuevas y tenebrosas profecías para la humanidad.


1


Los vientos del norte soplaban con furia sobre la montaña. Silbaban tan demoníacamente que parecían emular el susurro del diablo. Silenciosos, tres hombres avanzaban por la selva hacia la cumbre del Kukenán, el más escarpado e inhóspito de los tepuyes, extrañas elevaciones precámbricas de cimas achatadas que se yerguen a las alturas en una única región del mundo. Los indígenas dicen que Dios hace la siesta allí todas las tardes, aunque también es morada de los tenebrosos Brihna y Rezak, espíritus ancestrales de la peste y la muerte.
 Un manto de árboles gigantescos se extendía sobre sus cabezas impidiéndoles ver el cielo. El crujir de los esqueletos de aquellas moles de madera y la sinfonía dramática de sus hojas amortiguaban cualquier otro ruido. Sólo el tenue reflejo de algunos rayos de sol que lograba colarse a través del follaje les indicaba que todavía era de día.
 Apartando con sus filosos machetes los bejucos y enramadas que le cerraban el paso, se abrieron camino hasta El sendero de los Fantasmas, un sombrío túnel formado por descomunales helechos que colgaban sus apergaminadas hojas de un frondoso y tupido bosque. El rasgar de los machetes o el chasquido de una que otra rama seca que se destrozaba bajo sus pies rompían la monotonía del avance.
 El arqueólogo Divor Klaus, líder del grupo, seguía los pasos de sus guías, dos indígenas de la etnia pemón que el día anterior había contratado en San Francisco de Yuruaní, un pintoresco asentamiento pemón emplazado en plena Gran Sabana, a orillas de la carretera que conduce a la frontera de Venezuela con Brasil. El más joven también servía de porteador y cocinero. Al salir del sendero, ante sus ojos se proyectó majestuosa la falda del tepuy. Un pasto musgoso, muy fino y enano, cubría como alfombra inquieta aquella parte del cerro ancestral. A su lado, ribeteándolo, una tierra negra que al principio de la creación alguna vez fue polvo, surcaba como serpiente en celo, perdida y confundida, sus contornos.
 –Esta es la ruta. En media hora llegaremos al Paso de la Muerte. Esa procesión de troncos que parecen piedras nos llevarán hasta allá –precisó Juan Diego, el curtido pemón que fungía de guía principal de la pequeña expedición, señalando unos enormes troncos de árboles petrificados, evidencia impenitente de la existencia de un bosque que volvió del pasado para servir de centinelas a los aventureros.
 –Parecen fantasmas olvidados en el tiempo… No me imagino que aspecto tendrán de noche, a la luz de la luna y envueltos en la densa neblina –señaló Divor después de aplastar con fuerza contra su rostro a un fastidioso puri-puri, diminuto mosquito hematófago que andan por millones en toda la Gran Sabana.
 No es tanto la cantidad de sangre que logran chupar esos insectos, sino el irritante escozor que dejan después de la picada, quemazón que a veces se reaviva con desesperante intensidad durante un par de días o más.
 –No los mate señor, ¡espántelos!... –expresó con una socarrona sonrisa en los labios y a manera de chanza Luis Rafael, el joven porteador–. Esos mosquitos son parte de nuestro patrimonio… Si todos los visitantes los matan con los años se extinguirán y ya nadie podrá llevarse ese recuerdito de estos lares –agregó sacudiéndose algunos que revoloteaban en su cara.
 Los ojos de Divor brillaban de impaciencia. Comenzó a remontar la cuesta con decisión. Quería llegar a la cumbre mucho antes de que los rayos del atardecer pincelaran de negro la boca de aquella abertura que simulaba un volcán olvidado en el tiempo.
 No había problemas de oxígeno, ya que apenas estaban a algo menos de dos mil trescientos metros sobre el nivel del mar. A lo que les temían era a los traicioneros e indómitos vientos que en más de una ocasión estuvieron a punto de hacerlos rodar cuesta abajo cuando escasamente habían subido trescientos metros, y al temido Paso de la Muerte, una saliente rocosa de unos cincuenta centímetros de ancho y techo muy bajo, que debía sortearse a gatas y con sumo cuidado a fin de no caer al profundo vacío.
 Para protegerse del frío y los espinosos vientos los dos pemones endosaban unas ruanas tejidas con hilos de pabilo adornadas con un rombo multicolor que se unía en su centro en forma de arco iris. Sus cabezas estaban cubiertas con una especie de capucha de lona ajustada debajo de sus quijadas con un sólido cordón. Parecían exhaustos, aunque en el rictus de sus ojos destilaban más que cansancio, un temor que no era propio, sino atávico.
 En su afán por conquistar aquel antiguo macizo, Divor no se percató de ello. En su mente sólo un pensamiento lo seducía: llegar a la cumbre. Debía corroborar con sus propios ojos si en su aplanada cima existía en verdad el inmenso cuarzo color violeta, tan grande como un estadio de fútbol, que revelaban los papiros que descubrió tres días antes envueltos en La Lanza de Longino en el Monte Tabor, en Israel. Había viajado desde tan lejos con ese único propósito, porque si el cuarzo estaba allí, y lo escrito sobre su existencia no era una mera leyenda, sabía que también hallaría sobre la gran roca de deslumbrante color violeta, La Vera Cruz, la Cruz de la Crucifixión de Jesucristo, la cual se hallaba perdida desde hace siglos.
 Después de sortear el Paso de la Muerte, donde algunos eruditos dicen que allí comenzó a gestarse la separación de los continentes hace más de ciento ochenta millones años, y otras dos largas y penosas horas de recorrido, en el límite de una inusitada oscuridad que comenzaba a invadir la región, los expedicionarios al fin alcanzaron el punto más elevado del tepuy.
 Divor suspiró. Estaba feliz. Sabía que lo había logrado. Que su sueño, después de tantos años de estudio y búsqueda por el mundo de los papiros, escritos antiguos, documentos y excavaciones, estaba a punto de materializarse.
 Como un himno a la gloria, por haber alcanzado lo que muy pocos en la vida conseguirían, contemplativo y agradecido, dirigió la vista hacia la hermosa e infinita sabana pintada de verde azulado que se extendía a sus pies.
 Sus ojos se tiñeron de ilusiones al vaivén de aquellos árboles gigantescos, tristes, pero salvajes, que ahora observaba desde las alturas del Tepuy de los muertos, como llamaban algunos indígenas al Kukenán, al que creían maldito. Los veía con infantil embeleso. Imaginaba que le ofrecían respeto por su hazaña y que con cada uno de sus solitarios movimientos les gritaban en silencio: “¡Bravo Divor, lo has logrado!”.
 Las flores no se divisaban en la distancia. Eran como luciérnagas de colores extraviadas en el letargo de la selva. Aquel verde azulado de la sabana que semejaba a un azul inexistente pero tangible, orlaba con látigos de ébano el horizonte que parecía perdido en la inmensidad que lo había parido.
 Tuvieron que caminar otras tres horas por los largos túneles y laberintos de la cima que sólo conocían sus guías. Si no hubiese sido por los expertos ojos de los indígenas se habrían precipitado al vacío en más de una oportunidad. Traicioneros acantilados se desplegaban a su paso como fauces de serpientes hambrientas.
 De pronto, como si se tratase de una aparición, ante ellos se desnudó un descomunal y oscuro agujero.
 – ¡Aquí es!... Hemos llegado –comunicó Juan Diego liberándose de su wayare, resistente mochila indígena tejida con fibras de manare y un bejuco delgado y resistente al cual sujetan a soportes de madera.
El semblante de Divor se iluminó. Siquiera dio un paso hacia delante para inspeccionar la abertura. Se descolgó el morral y comenzó a buscar en su interior.
 – ¡Bajaré ahora!–exclamó eufórico, como un niño que se extasía ante una gran tarta de chocolate.
 –No lo haga señor. Es muy peligroso –advirtió Luis Rafael moviendo su cabeza en forma negativa.
 –Vine aquí para eso y no me lo voy a perder por nada en el mundo –contestó inclinándose para sacar del fondo del morral una fina y larga cuerda que no parecía ser tan fuerte y mucho menos segura.
–Es cierto señor… Es arriesgado. Mejor baje mañana. Hoy los espíritus están disgustados –manifestó Juan Diego.
 – ¿Qué dices?... No, no es como ustedes creen... –respondió sin siquiera levantar la cabeza mientras seguía con la mano dentro del morral–. Por favor, tranquilícense –pidió luego de incorporarse y tomarlos a ambos por los hombros–. Los espíritus están en el cielo y ellos nos protegerán por la gracia de Dios… Además, este abismo no es tan profundo como parece –concluyó y soltándolos se dirigió hacia el borde del precipicio.
 –Señor, no es el momento adecuado –insistió con sincera humildad el más joven de los pemones−. Mire hacia arriba. El cielo está negro y se avecina una gran tormenta.
 Divor estaba tan excitado que no reparó en la advertencia de Luis Rafael y caminó hacia la boca del despeñadero. Luego de dar algunos pasos se detuvo y volteó hacia sus guías. Los contempló paternalmente por instantes. Al percibir que lo observaban intranquilos, dio marcha atrás. Al llegar junto a ellos, entornó sus expresivos ojos color café a manera de disculpa por no escuchar sus consejos, extendió los brazos y los estrechó a ambos contra su cuerpo.
 –Debo hacerlo, amigos míos. Es ahora o nunca –les susurró–. Ustedes no saben la importancia que esto tiene para mí… Desde que salí de Israel estuve planificando en mi mente cada detalle de esta expedición y no podría perdonármelo si no la acometo ahora, porque…
 Una ráfaga de filosos vientos del norte que casi les rasga las vestiduras lo interrumpió. Los tres se abrazaron con fuerza y esperaron a que el vendaval cesara.
 –Tú guía es mí Dios y si debes hacerlo, que Él te bendiga y proteja –asintió Juan Diego, a quien en su etnia llamaban El místico porque le atribuían poderes predictivos.
 –Eso espero, amigo… Pero para bajar necesito de ayuda.
 –Lo haremos, pero no será ahora… La tormenta llegará pronto y debemos acampar en aquella cueva al borde de la roca –precisó Juan Diego señalando con la mano el lugar–. Mañana lo…
 – ¡No, Juan Diego! –atajó ansioso Divor– Hoy es Domingo de Resurrección, mañana no tendría sentido… ¡Tiene que ser ahora!
 – ¡Lo sé, pero es peligroso! –consintió El místico a fin de tranquilizarlo, aunque en realidad no entendía cuál era el apuro del aquel extranjero.
 –Entonces no perdamos tiempo… ¡Ayúdenme a bajar!
 –No lo haga… Déjelo para mañana. Recuerde que por estos días los demonios andan desatados…–recalcó Juan Diego mientras se hacía la señal de la cruz.
 – ¡Lo sé, amigo!... Precisamente por eso debo hacerlo hoy y no otro día –apuntó inmutable el arqueólogo.
 Después de extensos y contradictorios estudios de centenares de manuscritos antiguos, Divor Klaus creyó haber encontrado la clave, la que con tanto ahínco buscó por años, en los papiros que descubrió días antes en el Monte Tabor envueltos en la Lanza de Longino, el centurión que hirió en un costado a Jesús mientras se encontraba crucificado en el Gólgota, el también llamado Monte de la Transfiguración, porque se cree que allí se trasfiguró Cristo.
 Aunque muchos estaban convertidos en pequeños fragmentos, mientras revisaba los viejos pergaminos hechos de piel de cabra y escritos en arameo, la lengua que hablaba Jesucristo, notó que varios de ellos, aunque aparentemente de la misma procedencia, tenían en uno de sus extremos una pequeña marca y varios números. Provisto de guantes y pinzas, tomó los pedazos con cuidado y comenzó a revisarlos minuciosamente. Luego de someterlos al escrutinio de un potente microscopio, determinó que la letra con la que habían sido marcados correspondía a nuestra “T”. Bajo ese riguroso orden comenzó a desclasificarlos y unir sus piezas como si fuese un rompecabezas. Después de leer varios de ellos y por las citas y pistas dadas en los mismos, concluyó que algunos provenían de unas catacumbas secretas descubiertas en 1166 a unos ochenta kilómetros al este de Jerusalén, cuevas de las cuales muy pocas personas sabían de su existencia, porque fueron selladas y recubiertas alrededor del año 1250 durante la Séptima Cruzada, organizada por Inocencio IV y dirigida por San Luis, rey de Francia. Sus citas aparecían en el Códice Vaticano y el Códice Sinaítico. Según una antigua creencia, ciertas revelaciones asentadas en el Códice Sinaítico a través de símbolos secretos, fueron transcritas, igualmente en forma secreta, en la Crucifixión pintada por Giovanni Cimabue, artista italiano nacido en Florencia.
 A los manuscritos estudiados por Divor Klaus muchos los confundían con Los Papiros de Sión porque varios estudiosos atribuían el sitio exacto del hallazgo en la colina sudoriental de Jerusalén, la misma colina en la que tiempo después se construyó la ciudad del rey David y en la que Salomón edificó su templo. Desde el año 1347 los franciscanos habían custodiado el lugar conocido como el Santo Sepulcro de Jesucristo o Iglesia de la Resurrección en Jerusalén.
 Ya en el año 44 d.C. la Iglesia Madre de Jerusalén tenía su sede en Sión, sus sacerdotes visitaban el Jardín del Gólgota y allí celebraban el "recuerdo" de los grandes eventos de la Crucifixión, Muerte y Resurrección del Señor.
 Pero de todos los testimonios que extrajo Divor Klaus de Los papiros del Tabor, como él mismo los había bautizado por no tenerse hasta ese momento ninguna otra referencia sobre su procedencia real, el que realmente le impactó y tuvo en vela durante varias noches fue el del fragmento que codificó como el 3T5. En el mismo se revelaba que La Vera Cruz, la auténtica cruz en la que fue crucificado Jesucristo en el Monte del Calvario, la cual estaba perdida desde el año 33 d.C., fue llevada al Kukenán, en la Gran Sabana, al sureste de Venezuela, donde él se encontraba ahora, y depositada para su seguro resguardo sobre un gigantesco cuarzo color violeta que se hallaba en el fondo de un precipicio.
 Varios mitos cristianos antiguos describen que el prodigio que permite identificar a La Vera Cruz, fueron basadas en que la cruz producía curaciones milagrosas y revelaba con total exactitud la próxima venida de Jesucristo a la Tierra. Esa era la misión de Divor Klaus. Encontrar la cruz y descifrar sus misterios, pero debía ser ese día y no otro. Los papiros eran contundentes en ese aspecto. La presencia de la cruz sólo se materializaba en Semana Santa, a las tres de la tarde del Domingo de Resurrección y no en otra fecha u hora.
 Los tres hombres rompieron con fuerza la barrera del iracundo viento que como torbellino impedía su avance. Lentos, asidos uno del otro y abrazados en un solo cuerpo, se abrieron paso unos treinta metros a fin de alcanzar la agreste boca del abismo.
 Rastrojos, diminutos pedazos de paja venidas de la inmensidad de la sabana, golpeaban sus rostros. Divor apenas percibía la furia de los elementos. Avanzaba, sólo avanzaba. Una oportunidad como esa la esperó toda la vida. Sabía que ese era el momento. El de la gran conquista, de su logro total, y que nadie ni nada en el mundo le impediría seguir adelante y alcanzar la meta propuesta.
 Al estar cerca del despeñadero se separó de los indígenas y ensanchó su pecho hacia delante, hacía el horizonte, mientras observaba como el brillante sol comenzaba a ser arropado por tenebrosas nubes que anunciaban tempestad. Llenó sus pulmones hasta el tope y después exhaló. Divor estaba inmensamente feliz. En aquella posición y al borde del risco, semejaba un personaje mitológico, un ser venido de la nada, en aquel inexplorado paraje de la selva tropical.
 Una leve sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios. Había llegado a tiempo al Kukenán para poder cumplir con las indicaciones descritas en los papiros del Tabor.
 Absorto, comenzó a ver hacia lo profundo de la gran abertura. Ciertamente sus guías pemones tenían razón. Era arriesgado bajar en aquel lugar lleno de sombras. No obstante estaba decidido. No había vacilación en su mente. “Después de este largo viaje no voy a dejarme amedrentar por un poco de oscuridad”, pensó a fin de darse ánimo.
 El viento estaba a punto de desprenderle de la cabeza el raído sombrero de fieltro marrón que tenía afianzado bajo sus mandíbulas con un entorchado lazo de cuero. Su semblante de pronto cambió. Olía peligro. Oscuros pensamientos cruzaron por su mente mientras espinosas ráfagas seguían fustigado con inclemencia su rostro, pero la decisión había sido tomada. Nada le importaba. Sería ahora o nunca.
 Unos relucientes rayos de sol que se escabulleron entre las tupidas nubes le permitieron ver parte del fondo. Sus pupilas se dilataron de tal modo que parecían exclamar en grito ahogado ¡Oh, Dios mío! Pasado el instante, todo volvió a ser cubierto por las sombras. Creyó que había sido una ilusión, la cual desvaneció tan rápido como lo hicieron aquellos prodigiosos rayos. Pero, no. Él lo vio. Ahí estaba. No tenía la menor duda. Era el cuarzo. El cuarzo del que hablaban los papiros. No fue un espejismo, sus ojos lo vieron. Los manuscritos del Tabor no mentían, estaban en lo cierto. El inmenso cuarzo color violeta yacía manso en el fondo de aquel cráter abierto en el tiempo y sus filosas puntas de reflejos ambarinos incandescentes parecían prodigar un beso al cielo.
 Descendería aunque fuese lo último que haría en la vida. No le importaba ningún peligro. Debía bajar.
 Retrocedió y presuroso fue en busca de sus aparejos de alpinista. No había acabado de dar el primero paso, cuando un fuerte golpe de viento y una endeble arenisca que se destrozó bajo sus pies, le hizo perder el equilibrio. La firme y fuerte mano de Juan Diego lo atajó a tiempo para que no cayese al vacío.
 –Gracias, amigo –expresó agradecido–, pero voy a bajar… Debo analizar esas puntas… Debo tocarlas… Encontrar la cruz… –afirmó decidido, casi alucinando el arqueólogo.
 –Es imposible… Todo está muy oscuro y la tormenta se desatará de un momento a otro –advirtió Luis Rafael moviendo inquieto la cabeza–. En estos parajes los chubascos son espantosos y la noche profunda… Tanto, que da más miedo que la muerte.
 –Si usted baja ahora no podrá volver a subir. Siquiera las linternas que trajimos podrán alumbrar su regreso −manifestó Juan Diego mostrándole sus viejas lámparas de kerosén.
 Mientras hablaba con los dos pemones, Divor Klaus no se percató que el celular que guardó en su morral repicaba insistentemente. Los vientos silbaban tan endemoniadamente que era casi imposible escuchar aquel tenue sonido.
 El temerario arqueólogo no quería perder más tiempo. Aunque todavía faltaba mucho para que el día acabase, sospechaba, al igual que sus compañeros, que pronto podría desatarse un chubasco. Si sucedía, sería un suicidio bajar hacia aquellas oscuras profundidades.
 Sin siquiera volverlo a pensar se remangó hasta más arriba de los codos la gruesa camisa caqui. Hurgó en los pantalones para cerciorase que todo lo necesario estaba en sus bolsillos. Luego chequeó el cinto. Un pequeño pico de escalador y una diminuta pala colgaban de uno de sus extremos. Del otro el cuchillo de sobrevivencia y la compacta brújula que pendía de su cuello, le hicieron presumir que estaba listo. No más demoras. Le entregó a Juan Diego su viejo sombrero y se dispuso a bajar.
 Los dos pemones lo observaban en silencio. Imaginaban que aquel terco hombre de ciencias de un momento a otro desistiría de su imprudente intento. Divor Klaus los observó. Les regaló una de sus simpáticas sonrisas, ató un extremo de la cuerda que sostenía a una saliente rocosa del tepuy y con sus ojos fijos en el fondo se ajustó el arnés y lanzó el otro cabo al vacío.
 –Éste es el momento... No hay otro... Debo estar abajo mucho antes de la hora prevista –gritó en dirección del viento para que sus amigos pudiesen oírlo.
 Con serena inquietud pincelada en sus rostros, Juan Diego y Luis Rafael vieron como el testarudo citadino comenzaba a descender por el oscuro cráter.
 – ¡Estén pendientes de la cuerda!... No lo olviden –pidió mientras se aventuraba hacia lo desconocido.
 Los dos pemones no contestaron. Sólo miraban asombrados como el simpático hombre de risa suave y palabras amables que los contrató el día anterior, bajaba hacia una suerte insegura por aquella inmensa boca abierta en el tiempo.
 – ¡Tengan listas las linternas para mi regreso! –advirtió con un eco que retumbó en la profundidad abismal.
 Fueron las últimas palabras que Juan Diego y Luis Rafael escucharon de los labios de Divor Klaus.
 El tiempo se detuvo por instantes. Con sus oídos bien alertas los dos pemones inclinaban a ratos sus cabezas hacia el precipicio a fin de escuchar cualquier ruido o llamado de auxilio. Pero nada. El viento azotaba con tal furia que casi desprendía de sus cuerpos las ruanas que vestían. Pasaron minutos interminables. La angustia los asaltó al no tener señales de aquel hombre que se había aventurado a bajar en las cavernas ancestrales del Tepuy de los muertos. De pronto, como la exhalación impredecible de un fantasma, se escuchó el crujir de una roca que se desprendía del cuerpo de su madre. Juan Diego y Luis Rafael voltearon instintivamente y vieron destellos azulados y un trozo de piedra que caía hacia el agujero. Después, un golpe seco y sordo resonó en el fondo. Con temor dirigieron sus miradas hacia donde Divor había atado la cuerda. No existía ni lo uno ni lo otro. El montículo se había desprendido y de la cuerda ni vestigios.

 Presumiendo lo peor, se hicieron la señal de la cruz. Juan Diego hincó sus rodillas sobre las filosas rocas volcánicas, juntó las manos, elevó su rostro al neblinoso cielo y se puso a orar.





2

Ese mismo día, a ciento cincuenta kilómetros al noreste de Marruecos, muy en el corazón del Gran Atlas, un peregrino bajaba hacia Las Cascadas de Ouzoud, una de las más hermosas del norte de África.

Rodeado de idílicos paisajes y protegido del sol por tupidos olivares, José Pedro caminaba lentamente por una vereda de los desfiladeros de El Abid. Sólo el chillido de un grupo de monos macacos que jugueteaban en las copas de los árboles acompañaban sus pasos.

Había llegado al lugar dos días antes. Discreto, buscando no llamar la atención de los bulliciosos moradores, se hospedó en el hotel Assounfou, en un paraje llamado Azilal. Si bien se lo habían recomendado como lo único decente de la zona, el albergue y toda su estructura eran deplorables. Aunque para José Pedro lo importante era que disponía de teléfono y baño, pese a que el agua caliente brillaba por su ausencia y durante las noches tenía que alumbrarse con una vela. Lo único que le molestó fue pagar trescientos dirhams por el apestoso lugar.

Delgado, de tez blanca y ojos azules, José Pedro Aritema provenía de una muy acaudalada familia cristiana española. Los encargados de la genealogía familiar decían que descendía, por rama directa, de Isabel La Católica. Otros lo remontaban aún más lejos y lo asociaban a los bíblicos Estéfanas y Tíquico, mensajeros de San Pablo a los habitantes de Corinto y Efeso. Y los que buscaban aprovecharse de la dilapidosa esplendidez y fortuna de su rico padre, lo emparentaban a José de Arimatea, el devoto discípulo de Cristo que temiendo que lo judíos fuesen a desaparecer los despojos mortales del Mesías del Monte de la Calavera, le suplicó a Pilatos que le permitiese llevarse el cuerpo para darle sepultura.

Reconocido arqueólogo, con varios master en papirología, y estudioso desde muy joven de siete ramas desconocidas de los papiros, entre ellos los manuscritos coptos hallados en Nag Hammadi en 1945, documentos estos que hablaban del ministerio de Cristo en términos muy humanos, José Pedro fue considerado desde su más tierna edad como un niño de inteligencia excepcional por un eminente psiconeurólogo amigo de sus padres.

Éste calificó al muchacho como un Niño Luz debido a su rapidez en el aprendizaje. En la absorción de conocimientos difíciles de comprender en niños de igual o más edad que la suya. “José Pedro tiene una luz especial”, les decía el psiconeurólogo a sus padres. Nada o muy poco, en aquel entonces se hablaba de Niños Índigo o de Cristal, esa especie de infantes genios o seres perceptivos que según algunos psicólogos clínicos comenzaron a nacer a partir de 1996 en muchos países del mundo. En aquellos días, tal como se reafirma ahora, se decía que la misión de esos niños, que una vez fueron incomprendidos y hasta excluidos de algunos colegios, era la de conducir a la humanidad hacía un mundo nuevo y espiritual.

Sólo el psiconeurólogo amigo de sus padres conocía la compleja estructura cerebral de José Pedro, aunque no sabía dónde, por qué y cómo se habían producido esos cambios neuronales que lo hacían un niño de excepcional y muy inteligente.

José Pedro estudió en instituciones educativas especiales, para personas con percepciones y poderes de comprensión superiores a otros de su misma edad. Desde pequeño devoraba libros, cuyas enseñanzas asimilaba con aparente facilidad. Su grado en arqueología y antropología lo obtuvo con honores en la Universidad de Harvard recién cumplidos los dieciséis años, acontecimiento que fue reseñado por periódicos y televisoras locales. La noticia inmediatamente rebotó a través de los satélites informáticos por lo que pronto fue bautizado por noticieros y diarios del mundo como “el joven genio de Harvard”.

De aquel entonces había pasado mucho tiempo y aunque sus facultades para el aprendizaje rápido habían mermado, gracias a su continua preparación académica, logró un sitial de honor dentro de la arqueología.

Ahora tenía veintiocho años de edad y una importante misión que cumplir en Las Cascadas del Ouzoud, hacia donde caminaba en esos momentos.

–Al parecer escogimos la misma ruta –escuchó de pronto a sus espaldas, tan cerca de sus oídos que la voz pareció recordarle a alguien.

Pausado, sin sobresaltos, José Pedro volteó hacia quien le hablaba. Era un fortachón alto, tan espigado como él, de pelo castaño ligeramente ondulado y largo. Su musculatura estaba tan perfectamente delineada a su cuerpo que parecía sacado de una revista de fisicoculturismo. Iba junto a una hermosa rubia delgada, de mediana estatura y ojos color de miel. Tenían terciadas unas desvencijadas mochilas y lo observaban con benévola sonrisa, como si lo conociesen desde hacía mucho tiempo.

–Sí. Es un camino tranquilo, retirado de los fastidiosos mercaderes de la otra vía… Hacia Tanaghmeilt –asintió sin demostrar molestia por su presencia.

–Totalmente de acuerdo. Por eso también lo escogimos… Me llamo Simón y ella es Débora –se presentó el desconocido extendiéndole la mano– ¿Hacía dónde vas? –indagó sin dejarlo recuperar de la sorpresa de tenerlos allí y haciendo preguntas, lo cual no esperaba.

– ¡Hacía la Ouzoud! –respondió el arqueólogo– ¿Adónde más puede conducir este camino?

–También nosotros… Dicen que es un lugar mágico, muy espiritual…–afirmó Simón mientras ayudaba a Débora a superar una pequeña zanja.

–Creo que es mucho más que eso… Creo que encierra un misterio, un gran y único misterio −observó José Pedro.

– ¿Cómo el de Getsemaní? –preguntó de improviso la bella acompañante del fortachón sin quitarle de encima sus expresivos ojos color miel.

– ¿Qué sabes de eso? – preguntó con desconfianza el arqueólogo.

–Mucho más de lo que te imaginas –respondió con dulzura la joven–. Estamos aquí por eso, al igual que tú –precisó.

–Ustedes, ¿quiénes son ustedes? –inquirió esta vez temeroso y con voz apagada mientras seguía bajando hacia las cascadas.

– ¡Tus guardianes!... Tus ángeles custodios. Estamos aquí para protegerte… Son tiempos difíciles y en estos días santos los demonios andan como almas en pena –refirió la joven muy segura de lo que estaba diciendo.

–No estoy para bromas… El calor me tiene de pésimo humor... Les ruego que mejor sigan su camino –respondió educado mientras con la mano eliminaba algunas gotas de sudor que le corrían sobre el rostro.

–Lo repetiré. Somos tus ángeles guardianes, guardaespaldas o como prefieras llamarnos –ratificó Simón dándole una palmadita en el hombro a fin de convalidar la aseveración de Débora.

– ¡Están locos o confundidos! –exclamó José Pedro examinándolos con desconcierto.

−No jugamos. Esto es serio. Estamos aquí para evitar que te suceda algo −insistió Simón.

– ¡Por favor! … Basta de bromas. Se ven muy humanos para ser ángeles. Si buscan dinero, les diré que estoy quebrado. En mis bolsillos apenas tengo unos cuantos dirham y algunas monedas… Eso es todo. Si los quieren se los daré –manifestó tranquilo, aunque sospechaba algo sublime en el inesperado encuentro.

José Pedro era una persona muy espiritual y creyente. Un acontecimiento similar lo ansiaba desde que comenzó a hurgar entre los polvorientos y desmenuzados papiros que constantemente estudiaba. En lo más profundo de su ser intuía algo divino en la mirada de aquellos dos recién llegados. Por eso ya no sentía temor, sino un gozo impalpable.

–Estamos aquí para ayudarte… Nunca conseguirás lo que vienes a buscar sin nuestra ayuda –dijo Débora a fin de sacarlo de su asombro.

– ¿Cómo saben qué vengo a buscar si siquiera me conocen?... ¡No soy el que creen que soy!... Se equivocaron –sentenció a fin de sacudir los extraños pensamientos que atolondraban su mente.

– ¿No eres tú al que llaman José Pedro y que algunos te dicen El Arimatea, aunque tú apellido sea Aritema? –preguntó con angelical sonrisa Débora, quien había permanecido todo el tiempo al lado de Simón.

–Sí, así es, pero no creo que eso signifique mucho.

– ¿No eres tú un ávido estudioso de los manuscritos de Getsemaní? –indagó Simón sin buscar arrinconarlo.

A la distancia, no muy lejos de donde charlaban, parte de las hermosas cascadas comenzaban a verse entre una verde enramada, pero estaban tan distraídos que no se dieron cuenta.

– ¿Y?... ¿Qué te importa?... Estoy aquí por otra cosa… Vengo a buscar una verdad que el mundo desconoce y de la cual no estoy muy seguro que exista, ni encuentre –manifestó de malas ganas ante aquel insólito interrogatorio.

– ¡La fe lo es todo, amigo mío! –afirmó Símón brindándole una ligera sonrisa– Nada está negado a la fe. Hay mundos después del mundo y otros mundos detrás de ellos, pero nunca podrás verlos si no tienes fe.

–Hablas con sabiduría, amigo –asintió José Pedro–. No sé porqué estás aquí, a mí lado, pero presiento que alguien te ha enviado… Fue mi tío, ¿cierto?... ¡Ojalá no haya sido el demonio! –profirió haciendo énfasis en la última palabra.

Lo estaba probando. Trataba de conseguir una respuesta que le pudiese revelar sus verdaderas intenciones.

–No hay demonios donde hay paz y donde las almas son nobles –intercedió con dulzura Débora.

– ¡Escucha el lenguaje de las aguas! –indicó Simón señalando hacia las cascadas que estaban casi frente a sus ojos–. Todas vierten letras de agua y sabiduría en el océano del infinito.

–Hablas con ilustración… ¿Cómo una persona como tú sabe tanto de eso? –interrogó el arqueólogo en clara alusión a su pronunciada musculatura.

–Todo paraíso está en tú mente… Las cascadas delante de tus ojos… Si no ves la trilogía tampoco verás tú fin y mucho menos el fluir del seco ruido del mundo… ¡Todo está allí, José Pedro!... Si no lo ves, tu mundo, el mundo, no existe…

–Realmente estoy confundido. No sé quiénes sean ustedes. Parecen buenas personas. Creo que sus intenciones no son las que creí al principio, pero…

–Espera y escucha esto –lo interrumpió Simón sin dejarlo concluir la frase–. Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est –pronunció con voz ronca.

José Pedro se detuvo en seco. Casi se le salen los ojos de las órbitas cuando escuchó la cita en latín, la cual conocía muy bien. Quería decir Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo y él y un grupo de amigos la utilizaban como contraseña sólo en caso de inminente peligro y para pedir ayuda durante una emergencia.

– ¿Cómo sabes eso?… ¿Quién te la enseñó? −preguntó desconcertado.

−Toda verdad viene del espíritu santo, no lo olvides −sentenció a fin de sacarlo de su pasmo, aunque lo confundió más.

− ¡Bah!… Eso está en muchos libros… Seguramente a alguien se le fue la boca… −señaló suspicaz el arqueólogo.

–Es cierto. Está en muchos libros… Pero también sé para qué lo utilizas −aseveró mientras observaba a un grupo de macacos que saltaban de un olivar a otro lanzando ensordecedores chillidos.

−No caeré en tú trampa… No soy ningún tonto, sabes…

−El Omne verum es una contraseña… Una forma de SOS para comunicar peligro… Un grave peligro… Entiendo tú asombro, pero no pierdas la fe –señaló al verlo confuso.

−Tú explicación aclara que quién te haya enviado merece toda mi confianza… Disculpa, pero cualquiera hubiese actuado de la misma forma que yo –expresó convencido pero con cierta vergüenza.

El arqueólogo suspiró. Escuchar de boca de Simón para qué utilizaba la cita, cosa que sólo él y otras cinco personas sabían, fue un gran alivio. Y, más que nada, le hizo recobrar la confianza.

–El camino a la verdad es harto peligroso y lleno de demonios… Yo tengo la espada del Espíritu para protegerte –sentenció mientras levantaba una mano en alto como si estuviese empuñando una imaginaria espada.

Simón había hecho una clara referencia a la espada del Espíritu Santo, la misma que en su epístola a los efesios San Pablo recomendó usar a los santos y fieles que estaban estacionados en Efeso para combatir y vencer las asechanzas de Satán.

−Está bien. No voy a discutir con ustedes, pero, por favor, podemos seguir bajando −solicitó resignado, pero sin incertidumbre.

− ¡Claro!… Si miras a tú derecha veras las cascadas… Ya se están asomando −indicó dando por terminado el tema que los mantenía ocupados.

–Mis anotaciones están en lo correcto… Este es el camino… El papiro habla de las tres cruces que forman sus aguas mientras caen al vació.

−Las tienes frente a ti −señaló Débora mientras le pasaba por un lado y seguía avanzando por la vereda.

− Si, las veo, pero hay otro mensaje que no logro distinguir −dijo observándolas a través de un enjambre de ramas de olivares.

José Pedro se refería a la cita asentada en unos pequeños trozos de papiros marcados con las siglas 3G3. Muy poca gente conocía de su existencia. Los eruditos creían que procedían de unos manuscritos encontrados dentro de unas vasijas durante unas excavaciones secretas realizadas en 1833 en Getsemaní. La mayoría, aparentemente, eran del siglo I y II a.C. y su autoría, sin importar si estaban escritos en arameo, griego u otras lenguas, se atribuía a los esenios, una casta de hombres de fe asentados en las márgenes del Mar Muerto, con quienes se dice que estuvo Jesucristo desde los doce a los treinta años, los cuales son llamados los “años perdidos” de Cristo por no existir evidencia sobre su paradero durante esos dieciocho años. Algunos escritos afirman que Jesús fue el mejor discípulo de esa santa fraternidad de hombres y mujeres, a quienes se señala como precursores del cristianismo, en ser los primeros en sembrar la semilla de la cristiandad en el mundo.

Aunque todos los papiros de Getsemaní fueron descifrados e interpretados, no así el clasificado como el 3G3. José Pedro creyó haberlo hecho, al menos en su esencia real. Por eso estaba allí, en el Ouzoud, ese día. Debía corroborar sobre el terreno si sus apuntes eran correctos.

−Las cascadas ha estado aquí desde el principio de los tiempos. Sólo los ojos que destilan fe sincera podrán ver lo que a otros le es negado −explicó Simón señalando hacia un claro en la vegetación−. Falta poco para llegar al sitio desde donde todo se ve y estoy seguro que tú, José Pedro, verás…

– ¿Pero qué tengo que ver?... No te entiendo, angelito −preguntó pincelando con intencional sarcasmo la palabra “angelito”.

Simón no le respondió. Pareció no agradarle la infantil ironía, aunque la quietud de su semblante no lo demostraba.

–No seas impaciente y espera… Son tus ojos y no los nuestros los que deben ver… –lo tranquilizó Débora.

–Bien –respondió alerta y mirando hacia las cascadas que aparecían y desaparecían tras los arbustos.

Los tres viajeros habían tomado un camino poco transitado, diferente al que bajaban la mayoría de los turistas, plagados de comercios de artesanía, restaurantes y cuchitriles que le robaban todo encanto a aquel paraíso natural, aunque lo peor de esa ruta eran los impertinentes vendedores de baratijas, que no daban paz a los que se aventurasen por ese lugar.

De pronto un paisaje de sublimes formaciones rocosas rojizas se abrió ante los ojos de José Pedro. Abajo, numerosos arroyos migrados en el tiempo y traviesos molinillos jugueteaban con las aguas que caían de las cascadas, las cuales todavía no se apreciaban en toda su magnificencia. Sólo se escuchaba el ensordecedor ruido de las tres columnas de agua que se precipitaban desde ciento diez metros de altura para después seguir su curso hacia los desfiladeros del Oued el Abid.

– ¡Allí están! –rompió el silencio Simón al develarse ante ellos las deslumbrantes Cascadas del Ouzoud, cuyo caudal ese día era impresionante.

– ¡Qué hermosas!... Las aguas parecen santificadas –señaló emocionado José Pedro.

–Es mucho más que eso –agregó Débora sin sorprenderse por la ocurrencia del arqueólogo.

– ¿Qué quieres decir? –interrogó sin dejar de ver las aguas que caían mansas, pero con voraz estruendo.

– ¿No lo ves? –los interrumpió Simón−. ¿Aparte de las aguas que caen no ves otra cosa? –preguntó con devota esperanza.

− ¡No!... Sólo esas hermosas cascadas que parecen formar tres cruces…

– ¿Y nada más?... Porque…

– ¡Sí, espera!... ¡Ya veo! –afirmó el arqueólogo mientras se ponía de rodillas en el áspero suelo− ¡Gracias, Dios mío!… Gracias por dejarme ver –exclamó elevando su rostro al cielo.

Embelesado se quedó admirando las cascadas por unos segundos más. Después juntó las manos frente al pecho, inclinó ligeramente la cabeza hacia delante y se puso a orar.

Desde aquel lugar se podía ver, como si se tratase de una hermosa pintura al óleo, el enorme cáliz de agua que formaba el rocío blanco azulado de las tres cascadas mientras se precipitaban al vacío para luego ir mansamente a descansar en la gran poza donde formaban algo semejante a un pedestal de agua.

– ¿Qué viste, cuéntanos? –indagó Débora abriendo de par en par sus expresivos ojos.

– ¡El Cáliz!... ¡El Cáliz Sagrado! –exclamó en fervoroso suspiro José Pedro mientras se ponía de pie.

– ¿Estás seguro? –indagó a su vez el corpulento joven a quien el sudor barnizaba de dorado brillo su musculatura.

– ¡Sí!... Totalmente seguro… Veo sus líneas… Sus contornos relumbran mientras las aguas caen… Veo el pedestal, la redondez de su base… ¡Es tan perfecto!... No entiendo porqué no pude verlo antes –expresó abismado.

Una complaciente sonrisa se dibujó en los rostros de Débora y Simón. Ellos también la veían de igual forma. La Copa Sagrada, el Cáliz de la Última Cena, estaba simbolizada en forma majestuosa en aquellas aguas vivas.

–Puedes verla porque abriste el corazón y apartaste las dudas que oscurecían tú alma… La fe todo lo puede, amigo –afirmó satisfecho Simón.

–Su color azulado es tan puro que no parece de este mundo… ¡Qué maravilla, Dios mío!... ¡Gracias por concederme el privilegio!… Gracias por apuntalar mí fe – exteriorizó sin salir de su asombro el arqueólogo que desde muy joven se había dedicado al estudio de los más arcanos secretos.

–Creo que de ahora en adelante confiarás plenamente en nosotros –inquirió Débora mientras recogía su cabello en forma de cola de caballo y lo afianzaba con un hermoso lazo elástico color rosa.

– ¡Por supuesto!... Aunque, a decir verdad, todavía tengo una pequeña duda –manifestó con disimulada vergüenza.

– ¿Todavía dudas de nosotros? –interrogó serena, como si esperase de antemano aquellas palabras.

–No, no es que dude, pero me encantaría saber una última cosa. No es mucho pedir. ¿Quién les habló del Omne verum? –indagó.

–Recuerda José Pedro que la frase completa significa Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo. Creo que eso contesta cualquier duda… Tú inteligencia es superior a la de muchos y demás estarían otras explicaciones.

– ¡Claro!... Ninguna… ¡Qué estúpido soy!... Disculpen por haber sido tan desconfiado. Es que en estos tiempos hay que cuidarse de todo –sentenció abochornado a fin de justificar su conducta.

– No te preocupes… Te conocemos muy bien aunque tú a nosotros no. Pero nos conocerás… Ten paciencia y fe –solicitó Simón mientras le daba una palmada de aliento en la espalda.

–Bien, terminemos de llegar –propuso Débora al tiempo que se volteó con dirección a las cascadas–. ¿Escucharon eso? –preguntó sobresaltada antes de comenzar nuevamente el descenso.

– ¿Qué cosa? –indagó Simón.

–Un ruido parecido a pisadas sobre ramas secas.

– ¡No!... No escuché nada. ¿Y tú José Pedro?

–Absolutamente nada…Además, con el ruido de las cascadas cualquier otro ruido podría colarse y confundirse –expresó–. No perdamos más tiempo y sigamos –apuró haciendo señas con la mano de continuar.

– Sí, vamos. No me gustaría que nos atrape aquí la noche –argumentó Simón, quien a largas zancadas se les adelantaba.

Al llegar al pie de la cascada el forzudo melenudo miró en diferentes direcciones. Parecía estar haciendo mediciones y cálculos con la mente.

–No es como me lo esperaba… Creí que iba a ser fácil –manifestó con desengaño José Pedro al ver la poza y sus turbulentas aguas correr camino al desfiladero–. Sobre el papel todo es diferente y nada complicado, pero en el terreno las cosas cambian radicalmente –concluyó.

–En tus mapas tampoco estaban este sofocante calor y la humedad –remató Débora a manera de chanza.

– ¡Bah!... Nada de eso... Menos estos fastidiosos mosquitos –afirmó sacudiéndose uno del rostro.

–Creo que tendremos que nadar hacia aquel lado –indicó Simón señalando a un sitio por donde las aguas caían con estrépito.

– ¿Estás seguro? –preguntó José Pedro dejando escapar un sonoro bufido.

– Totalmente... ¿Sabes qué vamos a buscar? –investigó perspicaz Simón.

–El cuarzo… ¡El Cuarzo de María Magdalena! –contestó revelando sin tapujos el verdadero motivo que lo había llevado hasta el Ouzoud.

–Así es… El Cuarzo Sagrado que dejó aquí oculto la discípula favorita de Jesús –aprobó Simón descolgándose la mochila de los hombros.

–Todos, hasta hace poco, la injuriaban… La llamaban callejera sin serlo y todo por culpa de algunos malos intérpretes de las Escrituras –intervino la joven defendiendo a María Magdalena en su condición de mujer.

Débora se apartó de los dos hombres y caminó hacia la orilla de la poza. Con la vista fija en las cascadas se soltó el cabello con la intención de airearlo.

–Era una pescadora de almas y no una pecadora… –aclaró Simón–. Lo que pasa es que era diferente a las mujeres de su época, las cuales estaban todo el día cocinando y en tareas del hogar.

Se deshizo de la empapada camisa y fue a reunirse con Débora.

–Para protegerla de la maldad de la gente, Jesús las despojó de los siete demonios –explicó Débora mientras se ventilaba el rostro con las manos.

–Así fue…No estaba poseída, como decían… Sólo era otra víctima de las maldiciones del Sanedrín –reflexionó con voz grave aquel fortachón de rostro cincelado con facciones de ángel.

–Apenas hace poco el Vaticano reconoció que no era ninguna ramera, que la Magdalena a la que se refería Lucas en su evangelio no era María Magdalena, sino otra… ¡A veces la Iglesia da pena! –sentenció el arqueólogo apoyando sobre unos pedruscos la mochila.

Débora se sacó los zapatos y metió sus torneadas piernas en las frías aguas del estanque.

–Son errores que la Iglesia siempre repite por ignorancia, por su oscurantismo, pero hay que perdonarla… El perdón y la reconciliación es obra de Dios –agregó la bella muchacha.

–Bien… Dejémonos de historias horribles del pasado y comencemos con lo que hemos venido a hacer −urgió el arqueólogo.

– Yo no los acompañaré… Me quedaré aquí mientras ustedes buscan el cuarzo –indicó mientras chapoteaba en las aguas.

–Recuerda que si encuentras el cuarzo antes que yo debes agarrarlo fuerte… Debes evitar que se caiga. De otra forma las aguas lo arrastrarán y nunca más lo volveremos a ver… ¿De acuerdo? –indicó Simón quien estaba listo para zambullirse.

–Y el pantalón… ¿No te quitarás el pantalón? –preguntó extrañado José Pedro.

– No... Soy muy friolento… Además me protegerá de la filosas rocas –expresó restándole importancia al asunto–. Ten presente que el cuarzo lo ocultaron en un nicho que hay entre las rocas y tienes que meter la mano hasta el codo para poder sacarlo…

–Sí, lo sé… Y que el tamaño del hueco no es superior a la mascota de un cátcher de béisbol –contestó con desenfado.

José Pedro se quitó el pantalón y quedó con el pequeño traje baño negro que se había puesto antes de salir hacia las cascadas.

Esperó que Simón se lanzase. Atrás lo hizo él. Débora seguía con los pies metidos en el agua hasta un poco más arriba de los tobillos. No los perdía de vista mientras nadaban. De tanto recogía un poco de agua con las manos y se la echaba en el rostro. El calor era realmente sofocante.

Los dos hombres habían ido en busca de un cuarzo color violeta no más grande que el puño cerrado de un hombre. En sus aristas estaba esculpido un mensaje atribuido a María Magdalena. Los estudiosos lo llamaban El Cuarzo Sagrado.

El arqueólogo conoció de su existencia después descifrar algunos trozos de los 3G3, pequeños papiros clasificados con esas siglas por haberse encontrado dentro de la vasija número tres del grupo desenterrado durante las excavaciones secretas en el Huerto de Getsemaní. Su rigurosa interpretación de los viajes de María Magdalena por Galilea y tierras distantes predicando las enseñanzas de Cristo después de su muerte, le hizo deducir que, ciertamente, ella era el apóstol preferido de Jesús. Debido a esa preferencia fue que le encomendó la responsabilidad de anunciar su resurrección.

A través de esos mismos papiros se enteró que María Magdalena viajó como evangelista por apartados rincones Asia Menor y África, entre ellos Marruecos, y se estableció por varios meses en las cercanías de Las cascada del Ouzoud. Allí, en un nicho situado debajo de las aguas, habría escondido un cuarzo con nuevas revelaciones para la cristiandad.

Según un relato de La Leyenda Dorada, en las costas de Marruecos La Magdalena fue obligada a subir junto a un grupo de discípulos de Jesucristo en una deteriorada barcaza sin timón ni guía y posteriormente lanzada a la deriva. Después de navegar durante días sin rumbo y haber resistido los embates del mar, el bote atracó cerca de las costas de Marsella, en la región de Provenza, en Francia, donde se dice que están sus restos depositados.

José Pedro se había sumergido varias veces en el lugar señalado por Simón, pero nada del nicho. Las aguas eran oscuras y profundas y la visibilidad casi nula.

–Ve un poco más a tú derecha y no bajes más de dos metros –le indicó Simón en ahogos−. Yo buscaré hacia el otro lado.

–Trataré, pero el agua está muy fría… Hiciste bien en quedarte con los pantalones –dijo antes de tomar una gran bocanada de aire y volverse a sumergir.

El arqueólogo nadaba con los ojos abiertos. Con las manos palpaba cualquier abertura en las paredes rocosas, pero nada. Cuando estaba a punto de volver a la superficie en busca de aire, metió la mano en una grieta. Tocó algo muy liso y con puntas. Siguió palpándola por instantes hasta que metió la mano, la tomó con fuerza y haló en el preciso instante que sus pulmones estaban a punto de estallar. Pese a la turbulencia de las aguas llevó la roca ante sus ojos y la vio. Era inconfundible. No podría ser otra cosa que El Cuarzo Sagrado. Con la roca en la mano emergió rápidamente.

– ¡La tengo!... ¡Aquí está!... Los manuscritos no mentían –alcanzó a gritar en resoplos entrecortados.

− ¡Felicidades!... Eras el predestinado en hallarla –manifestó Simón rebosante de alegría.

Satisfechos, los dos hombres comenzaron a nadar hacia la orilla. Simón iba adelante. José Pedro atrás, con el cuarzo en la mano. Muy alegre por su hazaña. De pronto casi lo suelta al ver que los penetrantes rayos del sol trasparentaron de tal forma el blanco pantalón de Simón que dejó al descubierto un largo rabo que pendía de su trasero, el cual movía en forma de timón y ayudaba a nadar más aprisa.



 
3


Juan Diego y Luis Rafael estaban preocupados. Había pasado más de media hora desde que Divor Klaus tercamente se aventuró a bajar por la fosa pese a sus reiteradas advertencias de que no lo hiciese esa tarde. Un mar de indecisiones navegaba en sus cerebros. Estaban confundidos. No sabían qué hacer. Presumían que había muerto en la caída al desprenderse la roca donde había atado la cuerda, pero no estaban del todo seguros.

Los vientos ahora soplaban con mayor furia. Los dos curtidos pemones se enrollaron alrededor de la cara unas bufandas hiladas con finas fibras de cocuiza para protegerse de su cólera. Apenas dejaron una rendija a la altura de los ojos para poder ver. De esa forma evitaban los lacerantes latigazos de rastrojos y hierbas que arrastraba el viento.

Continuaban al borde del precipicio y no separaban sus agudas miradas de las oscuras profundidades.

–Esperemos un poco más y después nos vamos… No creo que haya sobrevivido al golpe –sugirió Luis Rafael sacudiéndose del blue jeans unas pajas que el viento le había adherido.

–No sería honesto de nuestra parte. Debemos quedarnos y esperar –objetó Juan Diego moviendo la cabeza.

– ¿Y si está muerto qué sentido tendría?... Lo mejor es ir a avisarle a la Guardia o a la policía –rezongó con disgusto el pemón más joven.

–Es nuestra responsabilidad Luis Rafael. Si está muerto no hay apuro para irle a avisar a las autoridades. Muerto se quedará. Pero si está vivo o mal herido, nosotros somos su única oportunidad de salvación, ¿entiendes? –explicó Juan Diego.

–Sí, entiendo… Tienes razón, pero de que está muerto está muerto… Tú también escuchaste el fuerte sipotazo que venía del fondo. Por eso me parece inútil quedarnos aquí arriba.

–Nos quedaremos el tiempo que sea necesario y si tenemos que dormir aquí lo haremos –sentenció con autoridad Juan Diego a fin de dar por terminado el asunto.

Cabizbajo y en total desacuerdo con la decisión tomada por Juan Diego, quien por tener más edad y experiencia era el jefe de aquella minúscula expedición, Luis Rafael se retiró del borde del gran hoyo y fue hacia una cueva abierta entre las piedras para resguardarse de los furiosos vientos. Pasados pocos minutos Juan Diego se le unió.

–Acamparemos aquí –dijo remangando su delgada camisa verde oliva hasta más arriba de los codos– Si ese testarudo me hubiese hecho caso estaría aquí con nosotros –recriminó mientras desataba del morral la carpa y otros enseres que llevaba sujetos a la espalda cuando subían la montaña de cima aplanada.

–Déjame ayudarte. Con este viento no podrás hacerlo solo –expresó su joven compañero, quien se levantó de donde estaba sentado y fue a echarle una mano.

Ni un solo rayo de sol iluminaba aquel firmamento que casi siempre estaba inmaculado en esos días de abril. A lo lejos se escuchaban truenos y aunque sobre sus cabezas las nubes habían comenzado a tomar un desteñido color azabache, ni una gota de agua se había precipitado a tierra en el lugar donde se encontraban.

–Hoy nos quedaremos aquí. Sería muy peligroso bajar si comienza a llover. Además, nos atraparía la noche a mitad del camino. Mañana, al despuntar el alba, bajaré a buscarlo. Espero que esté vivo todavía –afirmó Juan Diego mientras apuntalaba con unos largos clavos de acero los extremos de la carpa.

–Depende del tiempo… ¿Viste el cielo? –indagó con sus ojos apuntados hacia el horizonte y el dedo índice en dirección al sur–. Si llueve no podrás. Apenas somos dos y necesitarías más ayuda para bajar sólo –comentó.

Luís Rafael tomó varias rocas del suelo y las colocó en los extremos de la carpa para que no se fuese con el viento durante una de sus furibundas arremetidas.

Era una medida extra de seguridad. No lo hizo por nada banal. Tampoco porque no confiase en la calidad de los clavos apuntalados por Juan Diego, o en su destreza al hacerlo, sino por lo poroso y frágil de aquellas rocas arenosas que estaban allí hace dos mil millones de años.

Entre tanto, callado y muy concentrado en lo que estaba haciendo, Juan Diego amontonaba en un solo sitio los demás trastos del equipo que subieron al Kukenán. Al estar todos juntos, comenzó a llevarlos en estricto orden dentro de la tienda de campaña.

No se habían dado cuenta que impulsadas por el viento un tropel de nubes negras cabalgaba en el cielo para acomodarse presurosas sobre la cima del tepuy.

–Espero que Cayuyá ilumine el cielo mañana –comentó rompiendo el silencio.

Según algunos pemones Cayuyá era una hermosa doncella indígena que después de morir absorbida por un poderoso rayo, bajó de las nubes y se convirtió en la Diosa y Espíritu de la Luz. Poseía muchos poderes, entre ellos vencer las tormentas y penetrar las oscuras tinieblas llevando en sus manos una gigantesca linterna echa con escarchas desprendidas del sol.

En sólo instantes los dos hombres tenían armada la tienda y colocado ordenadamente todo en su interior. Juan Diego desenrolló una esterilla y la acomodó cerca de donde su compañero estaba acostado y dispuesto a descansar de los rigores del viaje.

−Toma –ofreció Luis Rafael acercándole con la mano un pedazo de carne de danta curada en sal–. Hay que reponer fuerzas –dijo mientras mordisqueaba un trozo bastante grande.

–El Malawi es insaciable… No deja de cobrar vidas –lamentó afligido Juan Diego– A todos los que buscan subir le negamos guiarlos… No sé como permití que ese hombre me convenciese de traerlo hasta aquí.

−Era el destino… A mí también me envolvió… Había algo en ese señor que no podía hacerme sacar un “no” de la boca… Todo lo que decía era tan hermoso… Era tan diferente a los demás… –trataba de explicar Luis Rafael sin poder expresar con claridad lo que realmente sentía en su interior, en su ser más íntimo.

–No te esfuerces. A mí me pasó lo mismo… Y tú me conoces. Yo soy inflexible: ¡Nadie más debe subir al Matawi-Tepuy!... Es la orden de nuestro cacique. Yo también fui cacique y nunca lo permití… No sé que me pasó ahora –se recriminó, tirando un desecho de carne de danta por una abertura de la carpa.

–Era el destino –repitió Luis Rafael mientras sacaba de la mochila unos pedazos de casabe que tenía envueltos en una bolsita plástica para que no se desperdigaran por el bulto–. Comamos tranquilos… Mañana será otro día y los Dioses nos dirán qué hacer…

–Sí, es lo mejor… Pensar mucho aturde la mente y oscurece el pensamiento, dijo una vez un turista, que por cierto también se llamaba Diego como yo –manifestó El místico subiendo la cremallera que cierra desde dentro la pequeña carpa.

El Matawi-Tepuy, que en lengua pemón significa si me subes te mueres, era el mismo Kukenán donde habían decidido quedarse y pasar la noche Juan Diego y Luis Rafael y donde Divor Klaus yacía en el fondo de un despeñadero sin que nadie supiese si seguía con vida o estaba muerto.

Estaban en la parte más elevada del Matawi-Tepuy, a más de donde dos mil seiscientos metros de altura. En su cumbre nacía el río Kukenán, que al precipitarse al vacío desde seiscientos diez metros formaba el salto Kukenán, la cuarta cascada más alta del mundo y segunda tras el Salto Ángel, su amiga, que estaba a pocos kilómetros de allí. Muy cerca también estaba el Sarisariñama, cascada que al caer a tierra produce la fosa de hundimiento más grande que humano haya visto jamás.

Los vientos seguían jugando ping-pong con la muerte, destrozando y llevándose consigo todo a su paso. Lo que quedaba del pasado y lo que existía del presente. El Kukenán estaba libre. Allí el futuro no existía. La escoba del tiempo había borrado cualquier vestigio, cualquier huella humana. Solo los espíritus de una dimensión perdida vagaban y vivían en su aire.

Juan Diego y Luis Rafael hablaban y comían profusamente. Estaban acostumbrados y el Kukenán los respetaba. Eran sus hijos.




El ahora desaparecido Divor Klaus era un poco de todo. Mezcla entre italiano, danés y venezolano. Sus abuelos, Knut Rasmussen y Tarja Fiona, junto a su hija Grenaa, huyeron de Dinamarca en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Su meta eran los Estados Unidos de Norteamérica, pero les fue imposible conseguir la documentación necesaria para el viaje, por lo que decidieron partir rumbo a Argentina, destino que se les hacía más fácil y económico. De allí, a los pocos años, pasaron a Venezuela, donde se radicaron definitivamente.

La infancia de su madre fue muy traumática debido a los constantes viajes y pesarosos meses que pasó junto a sus progenitores en repugnantes refugios antes de escapar del asedio de las tropas de ocupación nazi.

A los dos años de estar huyendo de un poblado a otro y de sortear muchas vicisitudes y humillaciones que lograron solventar gracias a la buena provisión de joyas y piedras preciosas que llevaban con ellos sus abuelos, la familia logró embarcarse en un navío italiano que los llevaría a puerto argentino. La capital bonaerense no fue del todo afable con aquellos recién llegados y desposeídos inmigrantes, a quienes no se les otorgó clemencia pese al implacable martirio que habían vivido. Luego de años de calamitosas penurias en Argentina, el abuelo de Divor, un reconocido antropólogo danés, seducido por la fantasía y las leyendas de la época que afirmaban que en Venezuela las calles estaban alfombradas de café, que a ras del aguas de hermosos y poco profundos ríos navegaban piedrecillas de oro y que millares de perlas eran arrastradas por las olas hasta las orillas de las playas, decidió aventurarse con toda su familia hacia el puerto de La Guaira.

Su ilusión fue despedazada apenas pisó suelo venezolano. En un instante La Tierra Prometida de las leyendas se convirtió ante sus ojos en un macilento pesebre de miseria abarrotado de maltrechas edificaciones construidas con paja, bloques, cartón y techos de hojalata, donde las calles eran de lodo o polvo maloliente.

A pesar de la desilusión, su aventura había concluido. Con poco dinero en los bolsillos, apenas suficiente para costear unos pocos días de albergue y comida, era imposible otra travesía en busca de paz y fortuna. Tenían que quedarse allí o perecer. Una cosa, por más insignificante que parecía, alegró el alma de Knut Rasmussen: la afabilidad de los venezolanos. Era gente alegre, cándida y muy borracha pero al mismo tiempo muy humana y sensible. Tanto, que cuando en plena bancarrota pensó en el suicidio, una mano amiga lo rescató del sueño eterno y le brindó confianza y apoyo económico. Desde aquel instante, el abuelo de Divor no sólo juró amar a la tierra que le dio cobijó como si fuese la suya, sino más aún, adorarla, por concederle un placentero renacimiento.

En el nuevo hogar, recompuesto gracias a la bondad de aquellos pobladores de nación extraña, nació Divor luego que Grenaa, su madre, desposara a Luigi Ranieri, un joven y apuesto inmigrante italiano dedicado al comercio de embutidos, salsas de tomates y otras exquisiteces mediterráneas, las cuales importaba directamente de la Italia ya reconstruida.

A los pocos meses del alumbramiento, dejaron las soleadas playas vecinas al puerto de La Guaira y se mudaron a Caracas, la metrópolis, la gran capital de Venezuela, a la que ninguno de ellos, excepto Luigi Ranieri, conocía.

La percepción que tenía el viejo Rasmussen del país cambió substancialmente al ver a Caracas. Descubrió un universo lleno sueños y muchas oportunidades, tanto para él como para su familia.

Al pasar del tiempo, ya hecho todo un hombre, Divor Klaus Ranieri encaminó su vida y estudios en la Universidad Central de Venezuela, en Caracas, los cuales concluyó con honores en antropología, doctorado que luego reforzó con un post grado en papirología, arqueología y master en teología. Luigi Ranieri, rancio comunista en sus tiempos mozos y convertidos al catolicismo durante la Gran Guerra, así como doña Grenaa Rasmussen, su madre, vieja luterana igual que sus fallecidos padres, no cabían de dicha y orgullo por los logros de su hijo mayor.

Divor tuvo otros dos hermanos. Ambas hembras. En orden descendente le seguía Ginieska, cuya beldad y voluptuoso cuerpo enloquecía a todos los que la veían, y la menor, Lúpula. Aunque su nombre verdadero era Katria, pero tanto a Grenaa como a Luigi, gustaban llamarla de esa forma gracias a su delicadeza y garbo al andar.

La gris perturbación de la guerra, los años tristes plagados de incertidumbre y muerte, quedaron sepultados en el olvido más absoluto. La nueva familia, pese a la muerte prematura de Knut Rasmussen y Tarja Fiona, los padres de Grenaa, renació en un suelo que no le era propio, pero que los adoptó con amor.

En una sociedad de mestizaje, Divor no tuvo problemas para ascender rápidamente en su profesión. Blanco, de rostro rojizo palpitante como el de su madre, delgado pero atlético y andar ágil y firme pese a metro ochenta de estatura, denotaba firmeza y seguridad con cada uno de sus pasos. Era de principios y conceptos sólidos en lo concerniente a su profesión. Algunos consideraban que su lado débil era la religión, pero nada más lejos de la verdad. Poseedor de una inquebrantable fe cristiana, adoraba y creía en ángeles, arcángeles, vírgenes, santos y, por supuesto, en el mismísimo Dios y las santas almas del purgatorio. Por ello los burladores y ateos de oficio que lo confrontaban, buscaban hacerle pasto de dudas, pero Divor siempre los vencía con serena hidalguía.

En su época de gran fervor místico pasó días de claustro voluntario, del cual pocos sabían, excepto su madre. Sufrió en silencio por el dolor y llanto del mundo. Por sus injusticias y crueldades. Por las muertes e inútiles guerras. Por el hambre y la devastación. Por el rumbo autodestructivo que había tomado la humanidad y el mundo en el que él vivía.

Nadie que no lo conociese en profundidad, podría imaginar que aquel hombretón fuerte y de rasgos rudos, muy seguro de sí mismo, podría afectarle de tal manera el sufrimiento de sus semejantes.

Divor presentía que un inexorable fin estaba cerca y que todo tendría que cambiar por bien de la humanidad. Debería ser pronto. Antes de que las tinieblas se apoderasen de la tierra. Antes que el hombre se devorase a sí mismo y cediese paso al caos.

Estaba seducido por la idea del advenimiento de un nuevo mundo, muy espiritual, totalmente alejado del odio y la maldad. Un mundo donde se amase a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.

Centraba su fervorosa fe en la convicción absoluta de la existencia de Dios, muy distante de los banales y dubitativos postulados filosóficos que con retóricas plagadas de infantiles teorías objetaban las divinas palabras y la existencia del Ser Supremo.

A través de sus estudios Divor Klaus llegó a la irrebatible conclusión, de que no sólo Dios existe, sino que está en la Tierra, en el universo entero, simbolizado en la luz, que todo lo ve e ilumina. La luz nuestra de todos los días, que siempre no acompaña, tanto día como de noche. La luz que aspiramos a través de nuestras bocas e irradiamos por nuestros ojos. La luz que contiene nuestras almas y que nos deja cuando se acaba la vida. Todo es luz. Donde hay luz hay vida y esperanza. Dios es luz y misericordia infinita.

“A Dios no hay que buscarlo únicamente en las iglesias, sino en su morada, en nuestro cuerpo”, pensaba en sus momentos de profunda reflexión. Por eso se repetía en su ser más íntimo: Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est. Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo.

La expedición del Domingo de Resurrección la había planificado con meticuloso rigor científico, pero más que nada imbuido de una gran fe. Todo ocurrió en las cercanías de Jerusalén, cuando en el Monte Tabor encontró los papiros que hablaban de La Vera Cruz, La Cruz de la Crucifixión de Cristo. En ellos percibió una revelación divina. Que una nueva vida, estaría pronto a revelarse para bien de la humanidad. Por eso corrió a la Gran Sabana.

Ahora, lejos de todo. De sus seres queridos, de sus libros y amigos, de sus angustias y placeres, de sus dudas y aciertos, estaba perdido en el Kukenán, en una tierra mística y sagrada, morada de dioses y de diablos. Estaba muy lejos del mundo que conocía, o quizás aún más lejos de los sueños y de la vida si la muerte lo había abrazado en aquella oscura y sinuosa caverna donde fue a caer.




4


En una cámara secreta del Monasterio de Santa María de Oia, en Pontevedra, un grupo de monjes discutían acaloradamente con dos personas que no parecían pertenecer a ninguna orden religiosa.

–Estamos perdiendo el control de todo y muy rápidamente… Ellos nos están ganado la batalla –vociferaba fuera de control el apuesto clérigo que parecía ser el de mayor jerarquía del grupo.

–Nada pasará monseñor... Tenemos todo bajo control… No se sulfure, le puede dar un ataque –dijo a fin de serenarlo un hombre alto, de nariz aguileña, que vestía una elegante gabardina azul.

– ¡Al demonio con eso!... El ataque me dará si no hallan las piezas que nos faltan para armar el manuscrito –sentenció con rabia mientras le daba la espalda a su interlocutor.

El clérigo comenzó a caminar inquieto por el austero recinto. Se notaba nervioso.

La habitación estaba amoblada con un pequeño escritorio de rústica madera y más de dos docenas de sillas, todas alineadas contra la pared de piedra y separadas una de otra por escasos dos metros, dando en su conjunto la apariencia de un gran cuadrado. Todas las frías paredes estaban desnudas, excepto una, la cual tenía una inmensa réplica del cuadro San Hugo en el refectorio, de Zurbarán, cuyo original está en Museo de Bellas Artes de Sevilla. El cuadro, de un matiz tétrico extraordinario, mostraba a un grupo de monjes en un comedor. La mayoría aparecían con sotanas y grandes capuchas blancas cubriéndoles las cabezas. Detrás de ellos, como fondo, colgaba un cuadro donde se apreciaba a San Hugo y la Virgen con el Niño.

–Monseñor, debe tener paciencia… En las próximas horas, quizás mucho antes del anochecer, tendremos algo más específico, contundente –notificó el otro civil del grupo, quien llevaba el típico sombrero gallego, del cual no se había despojado a fin de guarecerse del intenso frío que todavía rondaba la región y mucho más en aquel lúgubre recinto, que más bien parecía una cárcel subterránea.

– ¡Por todo los santos dejen de llamarme monseñor! –exclamó iracundo el prelado. Recobrando la compostura, aclaró–: No soy ningún monseñor, soy cardenal, pero eso no tiene ninguna importancia ahora… Lo importante es tener las piezas faltantes en nuestras manos, ¿entienden? –precisó mientras uno de los cinco monjes que lo acompañaban se le acercó y extendió un teléfono celular.

–Hay complicaciones –le susurró al oído mientras le daba el aparato.

El cardenal le dirigió una confusa mirada y tomó el pequeño teléfono en sus manos. Sin pronunciar palabra y haciendo una reverencia de respeto y sumisión debido a su investidura, el monje que le había llevado el teléfono se retiró y fue hacia donde estaban los otros.

–Entiendo… Iré lo antes posible… ¡Claro qué sé que hoy es Domingo de Resurrección!... Me comunicaré con usted después que llegue –aseveró a través del hilo telefónico antes de colgar.

– ¿Algún problema? –preguntó el hombre de sombrero mientras sacaba de uno de los bolsillo de su chaqueta de pana acanalada una pipa, la cual se llevó a la boca.

– ¡Estás loco! –exclamó el cardenal lazándole la pipa al suelo de un manotón.

– ¡Apenas es una pipa, monseñor! –ripostó indignado el hombre.

–Aquí no se puede fumar por miles de razones, pero la más importante es que el olor y el humo podrían filtrarse hacia los pisos superiores y delatar la existencia de este lugar, ¿entiendes?

–No pensaba encenderla, monseñor… Sólo quería tenerla entre lo labios para absorber el aroma del tabaco.

–De cualquier forma eso te servirá de lección para otra oportunidad –refunfuñó el cardenal a fin de excusar su desproporcionada acción al tiempo que le hacía señas al monje que le había dado el celular.

Este se acercó, tomó el aparato en sus manos y lo guardó en uno de los bolsillos de la sotana. Aunque vestía el mismo hábito que los otros del grupo, su apariencia era distinta. Alto, de pelo muy negro y ojos color azabache brillantes, aquella larga sotana parecía incomodarle y quedarle algo estrecha. Aunque no participó del debate, jamás dejó de quitarle los ojos de encima a los dos civiles. Su mirada era tan gélida que infundía temor.

–Tengo que marcharme… Otros asuntos requieren mi inmediata atención. Fray Benítez estará en contacto con ustedes. Él hablará por mí –aseveró señalando con su índice al monje que le había llevado el celular.

– ¿Y de los pagos quién se encargará? –preguntó directo el hombre de la gabardina azul.

–Fray Benítez está autorizado… Cualquier duda que tengan él se las aclarará. Discúlpenme, pero tengo que irme –dijo haciendo señas a otro de los frailes y ambos se encaminaron hacia una pared que estaba a pocos pasos detrás del pequeño escritorio–. Ustedes sigan hablando. No se preocupen por mí, yo estaré informado de todo –concluyó mientras seguía caminado hacia la pared.

Muy cerca de ella, el monje que acompañaba al cardenal arrastró el pequeño escritorio unos veinte centímetros a su izquierda y un macizo bloque de piedra del muro se abrió dejando al descubierto una portezuela de aproximadamente metro y medio de altura. Ambos inclinaron sus cuerpos hacia adelante y salieron. Primero lo hizo el cardenal, después su acompañante. Al terminar de pasar, la piedra volvió a recobrar su forma natural, de muro impenetrable.

Quien acababa de marcharse junto al fraile que le servía de chofer era el cardenal Francisco de Ribera y Mondariz, primado de Pontevedra, Arosa y Vigo. Uno de los clérigos más influyentes de toda España y respetado dentro del Sacro Colegio Cardenalicio por su tenaz persecución a sectas satánicas provenientes de África, islas del caribe, como Haití y Cuba, donde impera el vudú y la santería casi como religión oficial, y hoy en día dedicado exclusivamente a la destrucción de una sociedad religiosa llamada Elegidos de Dios pero que, según opinión muy particular del cardenal, eran enviados de Satán para crear caos, confusión y desastre sobre la tierra. Aunque la realidad era que la dichosa sociedad estaba compuesta más que nada por jóvenes que predicaban en barrios pobres y sitios aledaños a las ciudades los santos evangelios sin siquiera apartarse una coma de ellos. La única diferencia era que trasmitían la Palabra de Dios de forma simple y con vocabulario de nuestros tiempos. Igualmente, a fin de que se comprendiese el verdadero sentido y alcance de muchas de las alegorías y parábolas del texto sagrado, citaban ejemplos muy domésticos y del día a día.

La discusión que los tenía allí reunidos versaba precisamente sobre las últimas apariciones de Elegidos de Dios en muchos países del mundo. La Iglesia aseguraba que se trataban de los falsos profetas anunciados en la Biblia y otros textos sagrados, entre ellos unos papiros secretos que estaban a buen resguardo en las bóvedas del Vaticano. No obstante, para estar totalmente seguros y poder interpretar a plenitud sus enunciados, les faltaban un pequeño grupo, más que nada trozos de ellos.

Al que se refería en ese momento el cardenal Ribera era el mismo que había logrado descifrar en su totalidad José Pedro. A los teólogos y papirólogos del Vaticano les falta unir sólo tres piezas para armar el rompecabezas, pero los tres fragmentos restantes aparentemente tenían los mismos números y estos correspondían, uniéndolos uno tras otros, al 666, el número de Satán.

La Iglesia sabía a través de informes aportados por espías del Vaticano infiltrados en muchas universidades del mundo y algunas comunidades científicas, que José Pedro había dado con el acertijo, pero de pronto éste desapareció de su vista y no sabían dónde se encontraba, qué hacía y con quién andaba.

Los civiles reunidos con los frailes eran dos de los espías vaticanos, hábiles timadores y también reputados científicos del concierto internacional. En el Vaticano los apodaban, a ellos y a muchos otros que militaban una organización secreta de la Santa Sede dedicada al espionaje y contraespionaje, como Los infiltrados de Dios. De esa forma se protegía su identidad y podían permanecer por largo tiempo en el anonimato más absoluto. Cuando tras los muros de la Iglesia se hablaba de Los infiltrados de Dios se les citaba por número y país. Sólo cuando estaban distantes de miradas curiosas y reunidos en lugares que ellos calificaban de seguros, en su mayoría iglesias y conventos esparcidos por el mundo, se tomaban la libertad de llamarse por sus propios nombres. Pero nunca durante conversaciones telefónicas, correos electrónicos, Internet u otros medios de comunicación.

Los que estuvieron reunidos con el cardenal Ribera y seguían hablando con Fray Benítez, eran 125venezuela y 564españa. El primer nombre clave correspondía a Julio García Londoño, decano de la Escuela de Antropología de la Universidad Católica de Venezuela, y reconocido teólogo internacional con más de una docena de obras escritas y traducidas a distintos idiomas. La Universidad Católica aparentemente era financiada en su casi totalidad por el Opus Dei. El otro, el 564españa, era Pedro Fernández Del Llano, papirólogo español de fama mundial, ya retirado de los quehaceres docentes, pero conferencista de lujo, quien constantemente era invitado para dictar charlas magistrales en los paraninfos de las más prestigiosas universidades del planeta.

Situado a orillas del mar, el Monasterio de Santa Maria de Oia, donde se celebró la reunión secreta, fue proyectado a mediados del siglo doce durante el mandato del rey gallego Alfonso VII. Sus orígenes no están muy claros, pero se cree que su construcción comenzó bajo la tutela de una comunidad de monjes benedictinos ermitaños. En 1185 pasó a formar parte de la Orden del Císter y a fines del siglo XII comenzaron a ponerse los pilares de la iglesia actual, de estilo gótico, con planta básica y tres naves dispuestas en forma de cruz latina.

Aunque la iglesia funciona aún hoy como templo parroquial y el monasterio pasó en 1835 a ser propiedad privada, sus dueños naturales no saben que existe la cámara secreta donde se reunieron el cardenal y los dos civiles.

El monasterio jugó un papel definitivo en la defensa de las costas españolas durante muchas guerras y piraterías. Con el tiempo se convirtió en importante centro de poder en la zona del Valle del Miño y sus alrededores.

La edificación posee los elementos defensivos típicos de los castillos-fortaleza más que de monasterio, lo que era indispensable para frenar los continuos ataques de los piratas turcos que pretendían apoderarse del lugar. Su ubicación en una zona elevada cerca del mar lo convirtió en un monasterio muy singular. Tanto, que durante la Inquisición como en el desarrollo de la Guerra Civil Española, fue convertido en cárcel. La fachada barroca de la iglesia está presidida por una hermosa escultura de la Virgen del Mar, que según los pobladores del lugar protege a los visitantes de la penetración del demonio y sus discípulos infernales.

En una de sus alas, precisamente debajo de donde estuvo reunido el cardenal Ribera, están abovedados pergaminos que refieren dos privilegios otorgados por el rey Sancho IV. Uno de ellos concedido a veinte pescadores, a quienes autorizó poblar los alrededores del monasterio a fin de explotarlo libre de cargas. Desde ese entonces se dice que el sitio es visitado por Satanás debido a las pecaminosas orgías que realizaban los pescadores, piratas y aventureros que paraban allí.

Muchas variopintas leyendas cuentan que en los prados y sembradíos cercanos al monasterio muchos atroces crímenes se cometieron durante la inquisición y que algunos monjes utilizaban el lugar para lujuriosas orgías en las que se desfloraban doncellas y hermosos mancebos eran prostituidos bajo amenazas de muerte. Aunque, concluido el acto carnal, después de algunos días eran asesinados para evitar dejar pistas de sus desafueros sexuales. También se decía que mujeres infieles, rameras y pecadoras daban muerte y sepultaban la semilla producto de su adulterio en sus alrededores.

Muchos de los que han deambulado a altas horas de la noche por los contornos afirman que a las tres en punto, mucho antes del amanecer, se escucha la risa de Satán y los lamentos de las inocentes criaturas que reposan bajo las tierras aledañas.




5

Simón fue el primero en llegar a la otra orilla. Débora lo esperaba con una toalla que momentos antes había sacado del morral. Al estar cerca se la extendió. Se secó a medias, la enrolló y ató a la cintura y dejó colgar el resto del largo paño hasta la altura de los tobillos. José Pedro todavía estaba lejos. El peso del cuarzo reducía notablemente su avance.

–Lo tiene. Recuerda que no podemos ayudarlo… Tendrá que descifrar solo el mensaje –comunicó Simón mientras con sus dedos en forma de horquilla peinaba el largo y ondulado cabello hacia atrás.

–Bien, pero el ruido que escuché cuando bajábamos me tiene intranquila… Lástima que no lo oíste –manifestó la muchacha visiblemente preocupada.

–También lo escuché. No dije nada para no alarmar a José Pedro –precisó el fortachón, a quien la toalla enrollada en la cintura ocultaba totalmente el largo rabo que se le había transparentado a través del pantalón.

–Entonces hay que estar alertas… –advirtió Débora, pero se interrumpió al advertir que el joven antropólogo estaba por llegar la orilla.

– ¡Lo estoy!... Mientras nadaba hacia acá vi siluetas moviéndose en los arbustos… No sé qué eran, pero estoy seguro que no se trataba de macacos –le susurró casi en los oídos.

–Entonces con mayor razón no podemos dejarlo solo –precisó Débora tranquila al corroborar con su compañero que el ruido que había escuchado no era producto de su imaginación–. Otra cosa. Cuando venías nadando el sol transparentó tú pantalón y se veía todo… Todo, ¿entiendes? –subrayó la joven.

−Entiendo... Pera ya no puedo hacer nada… –respondió encogiéndose de hombros.

–Lo sé… Esperemos que no lo haya notado…

–Es posible… La emoción de encontrar el cuarzo lo tenía distraído… Estaba tan excitado que parecía un niño –respondió Simón tranquilo, como si el asunto del rabo no le molestase en lo absoluto.

– ¡Uf!… Estoy agotado –expresó el arqueólogo al alcanzar la orilla−. Ayúdenme, por favor.

Con medio cuerpo metido en el agua y una mano agarrada de una saliente rocosa a fin de no irse a fondo, José Pedro alargó el brazo con el que sostenía el cuarzo. Débora lo tomó y se retiró de la orilla.

– ¡Arriba! –animó Simón mientras le tendía una mano.

Al estar fuera, el arqueólogo le quitó la piedra a Débora, se sentó sobre los pedruscos en posición india y comenzó a examinarla.

–Esto es arameo, no hay la menor duda –afirmó indicando las letras esculpidas en bajo relieve en una de las aristas del cuarzo–. Pero esto que está aquí y aquí –agregó mostrando las partes a Simón y a Débora– no tengo la menor idea.

–Hay que examinarlo con calma. Este no es en lugar ni el momento –precisó la joven mientras le daba una toalla para que secase el resto de agua que aún goteaba por su delgado cuerpo.

José Pedro la tomó. Aunque tiritaba de frío la pasó con desinterés sobre hombros y cara. No le quitaba la vista a aquella piedra.

–Por favor podrías alcanzarme la mochila –solicitó dirigiéndose a Simón mientras seguía con los ojos fijos en el cuarzo.

Simón fue a buscarla donde la había dejado. Al regreso se la puso junto a los pies. Atenta, Débora no perdía detalle de lo que hacía el arqueólogo. Éste metió la mano en el morral. Sacó una lupa, el bolígrafo y una pequeña libreta de anotaciones, las cual apoyó en una de sus piernas todavía semimojadas.

Ayudado por la lente de aumento giraba y regiraba el cuarzo con embeleso casi infantil. Palpaba los caracteres con la punta de los dedos para definir límite, redondez y significado de la letra. A veces cerraba los ojos y buscaba en el alfabeto arameo archivado en su mente el significado. Luego escribía en la libreta.

–Es tarde, José Pedro. Aunque todavía hay sol, debemos partir y aprovechar la luz del día… Subir no será tan fácil como la bajada –urgió Simón al distraído arqueólogo.

Mientras éste estudiaba la piedra estuvo vigilando de reojo, pero alerta, los alrededores. Su premura de salir de la hondonada no se debía a la hora, sino a extraños movimientos entre los arbustos cercanos. Los mismos que vio cuando nadaba hacia la orilla, pero ahora más cerca.

–Esperen un momento… Casi tengo una parte –indicó suplicante mientras seguía con sus anotaciones.

–Está bien, pero si no puedes, déjalo. Después lo harás –sugirió Débora quitándole el paño que se había puesto en la cabeza para evitar unos rayos de sol que causaban reflejos sobre el cuarzo.

–Es una especie de arameo imperial –manifestó dubitativo.

– ¿Imperial? –preguntó Débora sin sorpresa.

– ¡Sí!... Estoy seguro… La escritura es imperial, aunque a esto también le dicen arameo bíblico –precisó señalando con el dedo un sitio en el cuarzo–. Durante siglos, después de la caída del Imperio Aqueménida bajo el poder de Alejandro Magno –explicó en tono didáctico–, el arameo imperial fue la lengua dominante en la región, tal como lo había establecido Darío.

–Veo que no se te escapa nada… Tuviste que ser un buen estudiante en tus tiempos universitarios –indicó complacido Simón, quien no perdía de vista el entorno cercano y, más que nada, un olivo, cuyas ramas se movían impertinentemente sin haber vestigio de brisa en la zona.

–Es más. Te diré que muchos de los documentos que legitiman esta forma de arameo provienen de Egipto, particularmente de Elefantina –prosiguió ahora con tono altisonante, propio de los grandes catedráticos de Harvard, mientras sus amigos lo escuchaban callados–. El más conocido de todos es Palabras de Ahiqar, un libro de sentencias magistrales muy parecido al libro de Los Proverbios.

José Pedro estaba en lo cierto. La similitud del arameo aqueménida es tal, que la mayoría de las veces era difícil determinar en qué país o lugar fue escrito un fragmento. Sólo un análisis cuidadoso revelaría alguna palabra proveniente de un dialecto o de una tribu perdida en la inmensidad de los desiertos.

–Es suficiente… Ahora sí, amigo, debemos irnos… –apresuró Simón con inquietud.

Algo que vio detrás de un matorral cercano lo puso sobre aviso. Aunque el fornido joven no reflejaba temor alguno en su rostro, estaba impaciente. Él y Débora podían percibir cosas que otros ni se imaginarían.

– ¡Lo tengo!... Sabía que estos signos no me derrotarían –exclamó José Pedro satisfecho levantando el cuarzo sobre su cabeza–. Terminé una parte…–agregó pasándose la mano sobre la frente–. Hay otras letras que no se pueden leer a simple vista… Quizás la erosión las borró… No sé… Deberé analizarlas en el laboratorio –dijo pensativo.

– ¡Te felicito! –señaló Débora–. Pero debemos subir.

Durante los últimos minutos había estado cruzándose miradas de alerta con Simón. Algo les preocupaba.

– ¡Voy!… Déjame terminar esta primera frase… –indicó armando los garabatos que había alineando en una de las hojas de la libreta.

– ¡Qué caprichoso eres!... –exclamó en tono maternal Débora.

– ¡Listo!... ¡Qué raro!... No me esperaba esto –manifestó desencantado.

– ¿Qué es lo raro? ¿Qué señala? –interrogó la joven.

–Sólo a luz de Sirius podrán leer lo no leído… ¿Te dice algo? –preguntó levantando la vista.

– ¡No!... Nada –contestó sin dejar de mirar los alrededores.

– ¿Y a ti, Simón?

–Tampoco… Deberías pensar bien en esa frase… Digerirla con calma, pero, te repito, este no es el sitio ni el momento –respondió lanzándole una mirada cómplice a Débora.

El sol lentamente corría a dormir. Estaba en la plenitud de su hermosura, engalanada por un áurea de dorado ámbar. Parecía tener vida y respirar. Su color extasiaba. Retaba y seducía a quedársele viendo pese al daño que podría ocasionar en las pupilas.

Contempladas desde aquel lugar encantado, rodeadas de una naturaleza indómita y salvaje que se había resistido a los tiempos y a los cambios, las cascadas semejaban las puertas del edén. Hasta los pequeños bosques de olivos, arraigados y firmes como guerreros en tierras de áridos combates, daban con su opaco verdor un matiz de paz infinita al lugar.

De pronto, como salidos de la nada, se escuchó el ruido de varias pisadas y sombras que se abalanzaban sobre de ellos.





6

Un grupo de científicos, entre los que se encontraban psicoanalistas, neurólogos, filólogos, arqueólogos y papirólogos de renombre mundial, habían sido convocados a una reunión a puerta cerrada en un lujoso edificio propiedad de la Santa Sede ubicado en una de las transversales de Via Veneto, en Roma.

En los corrillos periodísticos se decía que en ese sitio funcionaban varias dependencias ultrasecretas del Vaticano. No obstante, la versión nunca fue confirmada.

Los voceros de la Iglesia desmentían los rumores y afirmaban que de secretas no tenían nada. Que las instalaciones eran utilizadas con propósitos sociales y en contadas ocasiones para reuniones de carácter civil, las cuales no atañían a las funciones propias del Estado Pontificio.

Una pequeña placa de bronce cincelada en bajo relieve y colocada en un lugar poco visible del interior de la edificación, anunciaba en letras mayúsculas vaciadas en fondo negro: UFFICIO PER LE RELAZIONI SOCIALI E AIUTO PER I DISASTRATI DEL MONDO, que en buen castellano quiere decir Oficina para las relaciones sociales y ayuda para los damnificados del mundo.

Los presentes en la reunión, unos veinte civiles y cerca de treinta religiosos, fueron invitados para debatir sobre los Niños Índigo y Cristal, llamados por algunos psicólogos como Los Nuevos Conductores Espirituales de la Humanidad, y su asociación a la descripción que se hacía de ellos en algunos papiros descubiertos en excavaciones cercanas a Getsemaní en 1883. Los manuscritos, olvidados por largo tiempo, volvían a tomar singular importancia porque un grupo de arqueólogos, al que pertenecía el viejo profesor Pier Francesco Gagliardi, un escrupuloso estudioso de esos pergaminos, encontró reveladoras citas sobre “niños divinos” o especiales.

La confortable sala de conferencias de la institución católica lucía repleta. Invitados y clérigos estaban sentados alrededor de una larga mesa en forma de U cerrada. Al frente tenían micrófonos, un pequeño ordenador portátil, libretas, lápices y una botellita de agua mineral a cuyo lado estaba una copa de vidrio inmaculadamente limpia.

Presidiendo la reunión, vestido de civil con un pulcro traje negro y exhibiendo por fuera del saco una gruesa cadena con un descomunal crucifijo que pendía desde su cuello hasta el pecho, estaba monseñor Giuseppe Pellegrino, un viejo y arrogante sacerdote piemontés, de quien decían era asesor directo del Papa y coredactor de varias Encíclicas. Había sido arzobispo de Milán, pero ahora no ejercía ningún ministerio. Algunos le atribuían la autoría completa de al menos dos Encíclicas anteriores a la última escrita por Juan XXIII.

Alto, de unos setenta y cinco años de edad y totalmente calvo, el monseñor parecía el retrato viviente de Dante Alighieri debido a su curva y delgada nariz aguileña, idéntica a la del famoso poeta italiano autor de La Divina Comedia.

Dos sacerdotes con varios carpetas y papeles dispuestos ordenadamente frente a ellos escoltaban sus flancos.

El resonar de una campanita y el carraspeo nervioso que se escuchó a través de uno de los micrófonos indicó que la reunión iba a dar inicio.

Después de las salutaciones de rigor a las personalidades invitadas y científicos de renombre, monseñor Pellegrino fue directo al grano.

–Hay suficientes pruebas, las cuales parecen irrefutables, de que están naciendo niños especiales en muchas partes del mundo, pero eso no significa, por nada en lo absoluto, que sean ángeles o enviados del Señor. Eso es, a todas luces, más que una herejía una blasfemia a la sangre de Cristo. Una abominación. Un vil atentado a Los Evangelios y a la palabra divina. Por tal motivo, la Iglesia Católica, la cual represento en esta reunión, se opone rotundamente, a que esos llamados Niños Índigo o Cristal, o como quiera llamársele, sean calificados de ángeles, seres dotados de poder divino o Ungidos de Dios, como los llaman algunos de ustedes. –Hizo una pequeña pausa, la cual aprovechó para sopesar la reacción de los asistentes. A continuación agregó–: El debate queda abierto. Los micrófonos están a disposición de quien quiera intervenir.

De un extremo de la mesa se levantó una mano para solicitar derecho de palabra. Monseñor Pellegrino aprobó e hizo señas de comenzar, pero la intervención fue interrumpida por el desagradable chirrido del feed-back del micrófono. En cuestión de segundos el sonido fue opacado.

−Respeto su posición y la de la Iglesia, monseñor, pero para nada la comparto. Esto no es asunto de retórica, sino de pruebas científicas contundentes. Nosotros también estamos asombrados –expresó señalando con la mano a otros de sus colegas−. Esto va más allá de la comprensión humana y científica, al menos de la que conocemos y poseemos hasta ahora –aseveró convencido de lo que decía.

Quien se dirigía a la selecta concurrencia era Hans Reinhard Müller, ex catedrático de la Universidad de Berlín y filólogo de renombre mundial. La misma persona que momentos antes había levantado la mano.

−Más asombrados quedarían si conociesen a profundidad los secretos de la Biblia y la palabra divina, donde se revela la verdad y los enigmáticos caminos de la vida. En Las Escrituras está todo –sentenció inmutable–. Muchos, entre ellos ustedes, no quieren verlo ni entenderlo −expresó con arrogancia Pellegrino a fin de atajar la andanada de argumentos profanos que presumía se les vendrían encima en esa reunión, la cual el mismo había propiciado.

−No nos referimos al lenguaje propiamente dicho. No al de las palabras, sino al de la mente, monseñor −rebatió Müller acomodándose sus redondos espejuelos color dorado en la nariz−. Estos niños no se comunican con palabras, sino con la mente, incluso cuando están dormidos. No se hacen señales y pueden sostener una larga conversación de un país a otro y en las más largas distancias sin usar teléfono, ni computadora, ni nada que se le parezca. Eso lo hemos podido comprobar científicamente. No sólo yo, sino todos los presentes y muchos otros estudiosos del fenómeno, si es que se puede llamar así –concluyó el rubio y apuesto profesor dando un vigoroso manotazo sobre la mesa a fin de imprimirle mayor rigor a su afirmación.

−En estos manuscritos –respondió el monseñor posando una de sus manos sobre uno de los cartapacios que tenía a un lado− se alerta sobre la venida de esos supuestos ángeles y de otros artilugios que se usarían para confundir al mundo y a la fe católica. No son ángeles ni seres venidos de otros mundos, sino engendros del diablo −recalcó con fuerza el prelado, demostrando la inflexibilidad de la Iglesia en esos asuntos que van más allá de cualquier comprensión teológica o humana.

−Creo que así, con palabras, nunca vamos a hacernos entender por la Iglesia, profesor Müller −terció otro de los científicos−. Algunos colegas y yo hemos traído las más significativas de las pruebas en forma visual. Ellas evidenciarán, sin el menor vestigio de dudas y con pocas palabras, nuestras afirmaciones −finalizó y le hizo un ademán a un joven técnico sacerdote para que comenzara a rodar una proyección.

Quien se había interpuesto entre clérigo y lingüista, era el doctor Aristócrates Filardo, ex decano de la Escuela de Medicina de la Universidad de Cambridge, y única autoridad de nacionalidad hispana que había alcanzado esa posición tan relevante en toda la historia de la prestigiosa institución inglesa desde su fundación en 1229. Por sus aportes a la ciencia había sido designado miembro privilegiado de la Sociedad Internacional de Psiconeurología, así como de otras múltiples asociaciones mundiales. A su lado, muy callada y observadora, estaba sentada la profesora Marcella Buti, de la universidad de Pisa y papiróloga muy apreciada en la comunidad mundial. Junto a la antropóloga y arqueóloga Susanna Bertuccelli, que ocupaba un puesto muy cerca de ella, eran las únicas mujeres en todo el recinto.

Las luces fueron atenuadas en forma automática y en la gran pantalla de la sala de conferencias comenzaron a aparecer filmaciones con imágenes de niños. La primera en proyectarse mostraba a un grupo de infantes aparentemente comunes de diferentes edades que no sobrepasaban los cinco años, levitando en una habitación previamente acondicionada por los científicos, que incluían cámaras ocultas, micrófonos y aparatos muy sofisticados para medir temperatura corporal, pulsaciones, actividad neuronal y otras condiciones y estados, tantos físicos como mentales. La segunda filmación mostraba niños semidesnudos unos, y otros en camisetas y pantalón corto, también en edades comprendidas entre los cinco y diez años, con ciertas malformaciones en sus cuerpos, pero de una agilidad inusitada. Hacían una serie de piruetas en el aire y se balanceaban y desplazaban con fuerza en un grupo de trapecios dispuestos en diferentes formas y lugares por los investigadores. Utilizaban ambas extremidades con la misma pericia sin, aparentemente, distinguir brazos de piernas o manos de pies. Ver la filmación era realmente sorprendente. También se proyectaron pruebas telepáticas de aprendizaje inmediato e inteligencia con increíbles resultados por tratarse de niños muy pequeños.

Las demostraciones fueron sucediéndose una tras otras ante el aparente desgano y apatía de los clérigos presentes.

Entre el grupo de niños que presentaron los científicos no sólo habían Niños Índigos, llamados por los psicólogos Rompedores de Sistemas, o Cristal, denominados Pacificadores, sino otros muy pocos conocidos en su comportamiento psiconeuronal, los cuales acababan de ser descubiertos y estaban siendo estudiados por algunos científicos.

Los Niños Índigo fueron llamados así por su distintivo color vital índigo en el aura, siendo el índigo el color de la corona del tercer ojo. Son niños muy intuitivos, mentales, y aparentemente se aburren rápida y fácilmente, aunque esa premisa no está del todo comprobada y, de ser cierto, no se sabe a qué se debe.

Los Niños Cristal, en cambio, son llamados así, no por su color del aura, sino por su vibración y elevada espiritualidad. En su corona predomina un aura con colores violetas y blanco resplandeciente en algunos casos. Según los científicos, los Niños Cristal comenzaron a aparecer en el mundo desde el principio de los siglos. Muy poco se sabe de estos primeros illuminati por evidencia escrita, aunque hay algunas referencias sobre su nacimiento en ciertos papiros pocos conocidos dentro de la comunidad científica.

Los primeros Niños Cristal que poblaron la tierra fueron los precursores de los nuevos tiempos y de la Primera Era Espiritual. Al sobrepasar la edad de la niñez y casi desde la adolescencia, a esos niños comenzaron a llamarlos profetas, pero su generación no los trató tan bien como merecían, como el conocido como Jesucristo. La mayoría de las veces estos precursores espirituales fueron asesinados, pero plantaron la semilla.

Se especula que "Cristal" y "Cristo" son palabras muy similares, y tienen una definición semejante.

− ¿Esto que están viendo qué les dice a ustedes? –preguntó a los clérigos el doctor Filardo interrumpiendo momentáneamente la proyección.

−Trucos baratos… Una charada para tratar de confundirnos… −respondió espontáneo un clérigo que estaba sentado en uno de los extremos de la gran mesa en forma de U.

− ¿Es qué no habrá forma de qué salgan de su oscura terquedad? −afirmó indignado otro de los científicos levantándose de la mesa−. Esta es la cuarta vez que nos reunimos. Siempre traemos pruebas contundentes, demasiado contundentes diría yo, y ustedes siguen tan obcecados como al principio.

−No es problema de obcecación −atajó monseñor Pellegrino−, sino de fe, amigo mío. Las escrituras, Las Divinas Escrituras −recalcó con énfasis− no hablan nada de niños excepcionales ni de la venida a la Tierra de una manada de querubines y ángeles de todo los colores −remachó, esta vez en forma burlona, refiriéndose a algunos niños negros y otros asiáticos que había entre los grupos presentados en los videos.

− ¡Definitivamente la Iglesia está chiflada!... Parece que está reunión no se estuviese celebrando hoy, en pleno siglo XXI, sino durante la Inquisición −afirmó en tono gutural un anciano científico mientras se removía intranquilo en su asiento.

−De esa forma será difícil entendernos… No estamos aquí para juzgar a la Iglesia, ni ofendernos mutuamente, sino para aclarar si estos niños que ustedes creen ángeles o Ungidos de Dios, tienen algo que ver con los papiros descifrados recientemente por el profesor Gagliardi.

− ¡Hombres de poca fe!... ¿Y estos son los qué se dicen conductores de la Iglesia? −balbuceó a sotto voce otro de los invitados para sí mismo, pero como tenía el micrófono abierto fue escuchado por todos.

Sin excepción, todos los clérigos que estaban en la sala se hicieron los desentendidos con las imprecaciones que escucharon. Siquiera voltearon a ver de qué boca había salido. Hubo una pequeña pausa, quizás una reflexión entre todos los presentes. El instante fue aprovechado por otro clérigo para unirse a la reunión.

−Vamos a descartar primero cualquier teoría que nos haga analizar con prejuicios los hechos y remitámonos a lo concreto… A lo tangible, a lo que tenemos en nuestras manos. No a esos niños con sus trucos y entrenamientos de circo… −medió monseñor Pellegrino a fin de que los ánimos se calmasen.

−Volveremos a lo mismo, porque los papiros nos conducirán otra vez hacia los niños −sentenció parco el profesor Antonio Rosellón, reputado papirólogo español.

−Lo sé, por eso no quiero incomodarlos ni que me incomoden con la repetición de las historias mostradas en los videos −aclaró el monseñor entornando los ojos con dulzura paternal−. Primero, ya sabemos que las citas del profesor Gagliardi son auténticas. De eso no cabe la menor duda ni entre ustedes ni entre nosotros. Segundo, conocemos sus escritos, pero no el propósito real de sus metáforas. Por eso estamos aquí, para tratar de ponernos de acuerdo antes de que todo esto se filtre a los medios de comunicación y salga a la luz pública. ¿Se imaginan el escándalo?

−Un fin de mundo, sin lugar a dudas −terció Rafael Delamadrid, un espigado académico hoy en día retirado de los quehaceres universitarios, aunque seguía con sus estudios arqueológicos en forma muy secreta, según le reprochaban algunos de sus propios colegas−. Uno de los papiros interpretados por el doctor Gagliardi −prosiguió con aguda voz ronca−, que por cierto no entiendo porqué motivos no está aquí si es pieza fundamental en todo esto, tiene citas muy similares al 12:36 del Evangelio de San Juan, el cual habla de los hijos de la luz y al Salmo 89, en sus versículos 36 y 37, que dice textualmente: Su descendencia, refiriéndose a la de David, será para siempre, y su trono como el sol delante de mí. Cuando la luna será firme para siempre y como un testigo fiel en el cielo…

−Porqué nos viene con eso ahora, profesor. No creo que sea el tema ni el momento para estar citando Salmos −lo interrumpió Pellegrino haciendo valer su condición de director de debates, además de alta jerarquía eclesiástica que representaba.

−No, no estoy de ninguna manera fuera de contexto, monseñor, porque si analiza de nuevo los textos del profesor Gagliardi, en su última parte es muy similar a los versículos 36 y 37 del Salmo 89, con la única diferencia que el papiro trascrito y atribuido a un supuesto evangelio inédito de San Juan, dice lo mismo, con la excepción que en el se agrega: …y como testigo fiel el cielo, nacerán con aura de cristal los nuevos ungidos. El día que el sol ilumine delante de mí serán esparcidos por toda la Tierra.… ¿No le dice nada esa referencia?... ¿No la asocia a los Niños Cristal que han estado naciendo por millares desde 1996?… ¿No se les asemeja a Los Nion? −concluyó en tono severo.

− ¿Nion?... ¿Qué es eso?... Con todo respeto profesor, creo que usted está desvariando. La edad está mostrando sus secuelas −interpuso de malas ganas el cardenal Francisco de Ribera y Mondariz, primado de Pontevedra, Arosa y Vigo, quien era la persona que se había incorporado a la reunión tardíamente y tomado puesto muy cerca de monseñor Pellegrino.

El cardenal había viajado en un jet privado propiedad de la Santa Sede desde Pontevedra a Roma ese Domingo de Resurrección a petición del propio Papa. Era la llamada que había recibido mientras estaba reunido en el Monasterio de Oia. Uno de los secretarios del Santo Padre le había informado la importancia de su pronto traslado.

−No es así −salió en defensa del larguirucho profesor su colega Hans Müller−. Por lo que veo ustedes no están al tanto de los últimos descubrimientos del profesor.

−Eso no tiene importancia ahora. Después lo trataremos −interpuso Delamadrid a fin de no perder el hilo de su exposición−. En el supuesto nuevo evangelio de Juan −prosiguió carraspeando un poco la garganta− también se afirma que esos niños nacerían marcados con un signo invisible al ojo humano.

−No me diga, querido profesor, que usted ha visto esa marca −inquirió monseñor Pellegrino.

−Yo no. Pero sé quién si.

− ¿Y se puede saber quién?... ¿Quién tiene un ojo tan divino y poderoso para ver marcas invisibles?... ¿Acaso será Superman? −interrogó con despiadado y cínico sarcasmo el cardenal Ribera acariciándose su pequeña y bien delineada chiva en forma de candado.

−No. No, por ahora querido cardenal. Por ahora sólo le diré que hoy en día no hace falta ser Superman para ver muchas cosas que no se ven a simple vista.

Un relámpago producto de la tormenta que inusualmente se estaba desatando sobre Roma en esos momentos, más que todo hacia el oeste de la ciudad, donde estaba la Santa Sede, hizo parpadear por instantes las luces en el interior de la sala de conferencias.

−Es el relámpago de San Mateo −sentenció en forma de broma y risueño monseñor Pellegrino− Tomémonos un descanso y vayamos al salón contiguo para tomarnos un buen capuchino e panini di prosciutto. También hay un buen ristretto, para que se despierten los que están dormidos aunque el día todavía está en su esplendor pese a la tormenta.

− ¡Vamos! −aprobaron algunos atropelladamente.

Mientras se levantaban de sus asientos para dirigirse a la sala contigua, Hans Müller se fue acercando sigilosamente hacia donde todavía permanecía sentado el profesor Delamadrid. Al llegar, puso su boca cerca de la oreja del profesor.

−No diga nada de Los Nion. Hay un espía entre nosotros −le susurró.

Antes de que Delamadrid reaccionase, vio como el rubio filólogo se alejaba a largas zancadas hacia el salón de café.




7

Todavía el reloj no marcaba la una de la tarde y el Kukenán ya había sido arropado por las sombras. Juan Diego y Luis Rafael estaban confundidos. De las tantas veces que remontaron el tepuy nunca vieron una oscuridad tan penetrante. Mucho menos en esos días de abril.

− ¿Esta penumbra no te parece extraña? −preguntó Luis Rafael mientras mascaba otro duro pedazo de carne de danta.

Juan Diego no respondió. Permanecía callado y con sus pequeños ojos apuntados en la cremallera de la carpa, la cual daba la impresión de deslizarse con las arremetidas del viento.

−Todo está negro sobre nosotros y no ha caído ni una gota de agua… Es raro… ¿Por qué no lloverá? −insistió con sus preguntas Luis Rafael.

Su compañero tampoco contestó. Seguía inmerso en un mutismo sepulcral. Era evidente que algo lo intranquilizaba. Y no era por el simple hecho de que no lloviese o de que el cielo estuviese ennegrecido. Su mente estaba en una dimensión menos humana. Movía nervioso la cabeza y los músculos de su cuello lucían tensos.

− ¿Por qué no me contestas?... ¿Qué te pasa?... ¿Te volviste sordo?... −volvió a indagar inquieto su amigo.

−Disculpa un momento… Tengo un presentimiento…

− ¿Un presentimiento?... ¿Crees que volverá a subir? –preguntó refiriéndose a Divor Klaus.

−No, no es eso…

− ¿Y entonces qué?... ¿Qué pasa? −inquirió esta vez alerta.

−Hay algo… Ese cielo… Ese color no me gusta. Estoy subiendo al Kukenán desde que era niño y nunca había visto algo así.

Luis Rafael dejó a un lado el pedazo de carne que chupaba como si fuese una paleta de helado, aunque de esa forma absorbía todas las nutrientes y proteínas necesarias pese a lo duro que debía estar. Trató de incorporarse, pero Juan Diego lo contuvo con la mano.

Era realmente extraño que ni una gota de agua se precipitara al suelo. En La Gran Sabana los chubascos son repentinos y demoledores, pero así como llegan a los pocos minutos se van. Pero esa no era la razón que inquietaba a los dos pemones, sino la densa calma y aquel cielo vestido de luto. De un negro tan profundo como la muerte. Insondables corceles parecían trotar en las cercanías.

El Kukenán y su vecino, el Roroima-Tepuy, eran muy respetados por todos los indígenas del lugar. Según una leyenda ancestral, esas grandes masas de tierra y roca era lo único que había quedado del tronco del Árbol Madre, un gigantesco y frondoso árbol que con sus ramas rozaba el cielo y que se derrumbó estrepitosamente el mismo día en que los romanos crucificaron a Jesucristo a muchos miles de kilómetros de distancia de allí. Al caer, sus ramas formaron todos los ríos, montañas, cascadas y selvas del Amazonas, así como a sus animales pájaros y personas.

−Recuerda que por estos lados muchas almas andan en pena −advirtió Luis Rafael abriendo más de costumbre sus pequeños y rasgados ojos.

−Lo sé. Aunque los abuelos… −Juan Diego se interrumpió y dirigió la mirada hacia la entrada de la carpa. Al notar que todo estaba en orden, prosiguió−: Los abuelos de los primeros tiempos, contaban que cuando alguien penetraba el tronco del Árbol Madre cosas extrañas podrían pasar y volverían de los abismos los…

− ¿Los qué? −preguntó nervioso el joven pemón.

Juan Diego tenía los ojos clavados en la cremallera de la tienda de campaña. Creyó verla deslizar en varias oportunidades. Era como si alguien intentase abrirla desde afuera. Luis Rafael enmudeció en un instante.

Pese a los silbidos y furia del viento que mecía de un lado a otro la pequeña y endeble carpa, dentro podía escucharse el fuerte palpitar de sus corazones.

De pronto calma. Hasta el viento calló.

La cremallera comenzó a bajar lentamente, casi en cámara lenta. Era evidente que alguien desde el exterior trataba de abrirla con sumo cuidado.

−Quizás sea… −susurró Luis Rafael.

Juan Diego le hizo señas de callar y estar atento. Luego metió sigilosamente una mano dentro de su morral y comenzó a hurgar en el interior. Mientras lo hacía le hizo un gesto a su compañero para que apagase la lámpara de kerosén que estaba a un costado de la carpa.

Luis Rafael giró la perrilla del encendido y llevándose índice y pulgar a la boca los empapó de saliva y aprisionó con ellos la mecha para que dejase de parpadear. Volvió a poner en su sitio el bulbo de vidrio y asustado miró a Juan Diego quien, pese a estar a escasos centímetros de distancia, apenas distinguía su silueta.

En silencio y con sus ojos desorbitados esperaron. Los segundos corrieron aprisa, pero nada sucedió.

Aparentemente había sido un falso presentimiento de Juan Diego, El místico, y su don de la predicción.

Cuando era asaltado por esos fogonazos espirituales que ni el mismo sabía de dónde venían, súbitamente tomaba la Biblia y comenzaba a leer Salmos y Proverbios sin ningún orden preconcebido. Simplemente la abría al azar y buscaba el centro. Proverbio o Salmo que se posasen ante sus ojos los leía en alta voz. De esa forma buscaba alejar los malos presagios y a seres escapados de los abismos infernales.

− ¿Ya pasó todo? −preguntó con voz temblorosa Luis Rafael.

Su amigo no pudo contestarle. Un relámpago venido del infinito alumbró la pequeña carpa dejando al descubierto sombras tenebrosas en las afueras del refugio.

− ¡No!… ¡Toma! −gritó lanzándole el crucifijo que sacó del fondo del morral junto a una Biblia, la cual aprisionó contra su pecho.



8

Salidos de matorrales cercanos un grupo de corpulentos salteadores se abalanzaron sobre Débora, Simón y José Pedro. La mayoría llevaba trajes negros ribeteados con finas rayas blancas, muy fuera de tono para la época y la región. Sólo un par de ellos vestían blue jeans y camisa, aunque todos tenían el rostro cubierto por una especie de antifaz de hule color perla que semejaba una piel pálida.

− ¡Hacia la poza, rápido!… −alcanzó a decir Simón cuando tenían a más de media docena de hombres sobre ellos.

Nerviosos los macacos chillaban y brincaban de una rama a otra. La quietud de aquel lugar casi sagrado había sido rota.

Débora fue sometida en instantes por dos de los desconocidos. La endeble muchacha hacía esfuerzos por librarse, pero le era imposible escapar de las fuertes manos que la sujetaban. Rápido, como si en ello dejara la vida, José Pedro metió el cuarzo en el morral y corrió hacia la poza seguido por uno de los atacantes. Simón estaba furioso. Luchaba frenético. Parecía un animal acorralado, pero no se daba por vencido. De certeros puñetazos se fue desembarazando de los malvivientes que buscaban neutralizarlo. Al estar libre, corrió hacia Débora, a quien trataban de amarrarle las manos con cinta de embalaje.

El rufián que perseguía a José Pedro estaba a punto de alcanzarlo. Muy cerca del agua el arqueólogo se detuvo, asió con fuerza un extremo de la mochila para que el cuarzo no fuese a salirse del fondo, tomó impulso y se lo estrelló en la cara cuando lo tuvo de frente. Con un agudo grito de dolor el mal viviente cayó sangrante en una pequeña ciénaga que estaba en la orilla de la poza. Del golpe el antifaz se le rodó y dejó al descubierto el maltrecho rostro de un bigotudo hombre blanco, cuyas facciones nada tenían que ver con el aspecto los pobladores de la zona.

− ¡Al agua!... ¡Métete al agua! −le gritó Simón.

Débora, ya liberada de los rufianes que la tenían, iba veloz hacia la poza. José Pedro esperó que llegase y juntos se lanzaron al agua.

Simón se quedó en la retaguardia. Esperaba que sus compañeros estuviesen a salvo para después ir tras ellos. Luchaba como león. Uno a uno se fue librado de sus agresores. Su fuerza parecía sobrehumana.

Era evidente que los atacantes no querían matarlos sino tan sólo someterlos. No portaban armas y, si las tenían, no hicieron uso de ellas. Su intención no era robarlos, mucho menos asesinarlos, sino secuestrarlos. Los querían vivos y muy conscientes.

Débora y José Pedro nadaban veloces hacia la orilla contraria. Sólo faltaba Simón para estar otra vez los tres juntos.

Al no tener a nadie cerca, el melenudo fortachón se dirigió a pasos rápidos hacia la poza. A punto de meterse al agua, uno de los delincuentes lo alcanzó y le cerró el paso. Sin siquiera pensar en otra posibilidad, de un fuerte empellón lo echó al agua. Miró hacia atrás y al ver que nadie más lo perseguía, se lanzó en magnífico clavado. Ayudado por la cola, resuelto comenzó a nadar en dirección a sus amigos.

Los delincuentes estaban tan atolondrados que no se dieron cuenta del rabo de Simón, cuya punta sobresalía del agua como si fuese una aleta de tiburón.

Desde la ribera los malhechores maldecían su suerte, pero ninguno trató de seguirlos. El que recibió el porrazo con el cuarzo seguía inmóvil cuan largo era sobre la ciénaga. Otros comenzaban a salir del aturdimiento causado por los golpes de aquel “ángel de la guarda” que como bendición divina apareció en el Ouzoud. El que fungía de jefe del grupo revisaba el interior de los morrales de Simón y Débora, abandonados durante el ataque. Furioso estrellaba contra el suelo todo lo que encontraba. Lo que habían ido a buscar no estaba en los morrales. Obviamente querían las notas de José Pedro o lo que el arqueólogo fue a buscar en las cascadas, pese a que no sabían que había hallado el Cuarzo de María Magdalena.

A los pocos minutos los tres fugitivos llegaron sin problemas a la orilla contraria. Apenas la tocaron corrieron hacia un bosquecito de olivares que se estaba en una explanada cercana. Al sentirse seguros y lejos de sus perseguidores, se detuvieron exhaustos.

− ¡Tremendo susto! −exclamó José Pedro echándose boca arriba sobre un terraplén.

−Pero pudimos con esos cobardes –señaló su fortachón amigo, quien también se notaba bastante cansado.

−Gracias a ti, Simón… A tu fuerza y decisión. De otra forma nos hubiesen dominado −aseguró el joven arqueólogo, quien apenas tenía el traje de baño puesto.

−Tu ropa quedó tirada en el suelo… Si nos agarra aquí la noche te congelarás −manifestó con maternal encanto Débora mientras se tendía a su lado con la respiración entrecortada.

−Gracias por preocuparte, pero aquí tengo un cambio. Siempre llevo uno conmigo −expresó señalando la mochila.

−Muy previsor −observó Simón−. Propio de todo buen científico.

−Y, sorpresa, también tengo algo para ti −afirmó sacando del morral una empapada franela strech color negra−. Todavía hay sol. La pondré a secar junto a la otra ropa −expuso y luego, dirigiéndose a Débora, agregó amable, pero juguetón: −Y usted también señorita, si no la que se congelará será usted.

−Yo no… Gracias… Estoy bien así −contestó con cierto rubor, pero decidida a quedarse con la ropa mojada puesta.

− ¡Ah, las mujeres!... ¿Quién las entenderá algún día? −interpuso Simón a fin de protegerla.

Sabía que la joven no podía desnudarse y quedarse sólo en ropa interior porque pondría al descubierto la larga cola que, al igual que él, tenía.

- ¿Quiénes eran y qué querían esos rufianes? −preguntó José Pedro incorporándose del suelo.

−La mafia…

− ¿La mafia?... ¿Y qué querría la mafia de nosotros? −manifestó asombrado.

−Es otro tipo de mafia −explicó Débora−. Una especie de Mafia Cristiana que sirve a los intereses de la Iglesia.

−Por favor… No me vengan con ese cuento a mí que ya estoy muy grande para esas cosas.

−Es así José Pedro. Débora no está inventando nada. Es un tipo de mafia que trabaja conjuntamente con la Iglesia. Se intercambian favores y negocios. No es como esas mafias de gangster de las películas. Estos son en su mayoría empresarios, comerciantes, hombres de negocios y gobernantes provenientes de las viejas mafias sicilianas −explicó Simón.

−Esos tipos que nos asaltaron no tenían nada parecido a empresarios y hombres de negocios… Por favor no sean tan ingenuos… ¿Quién les contó esas estupideces? −ripostó con disgusto el delgado arqueólogo arqueando las cejas.

−No son estupideces ni fantasía nuestra. Es la pura verdad… Recuerda lo del Omne verum… Nosotros no te hemos mentido nunca −recordó Débora, quien estaba tras unos arbustos cercanos.

Siguiendo la sugerencia de José Pedro fue hacía los matorrales, se quitó parte de la ropa y la puso a secar. Esperaba escondida para que no la viese semidesnuda.

−Es cierto… Disculpen. Mi instinto me dice que no me han mentido. Al menos hasta ahora. Pero, repito, esos tipejos no tenían facha de empresarios… ¿O me equivoco?

−No, no te equivocas. La gente que te quería secuestrar forma parte del brazo armado de esa mafia. Se hacen llamar los Dei Pax, que traducido del latín, como bien sabes, quiere decir Paz de Dios, aunque dentro de la Iglesia les dicen La Hermandad de la Sangre −manifestó muy seguro Simón.

− ¿Secuestrarme a mí?… ¿Por qué?... Yo no tengo nada que ver ni con la Iglesia ni con mafias. Yo apenas soy un insignificante arqueólogo… ¿Y por qué no creer que iban tras de ustedes?

−Primero, porque a nosotros no nos conocen. Siquiera saben que existimos −expresó Simón en forma natural−. Y, segundo, porque tú eres el objetivo…

− ¿El objetivo?... ¿Cuál objetivo?... ¿Qué dicen?...

−De la Iglesia José Pedro −afirmó contundente Débora mientras salía de atrás de los arbusto abrochándose el último botón de la blusa, la cual apenas estaba ligeramente seca.

−Pero, ¿por qué?

− Porque tienes algo que a ellos les interesa y mucho… Y ahora se interesarán mucho más porque ya no tienes una cosa, sino dos −indicó Simón.

−El cuarzo…

−Sí, el cuarzo. Ahora si estás en serio peligro y debemos reforzar la vigilancia… Pediremos ayuda… −precisó la joven mientras recogía la franelilla negra de entre las ramas y se la extendía a Simón.

−Esperen un momento y déjenme comprender. Yo tengo el cuarzo… El cuarzo que ustedes me ayudaron a hallar, ¿cierto?

−Cierto −dijo Débora.

−Ellos lo quieren… ¿Pero para qué?... −preguntó ingenuo José Pedro.

−Para ocultar la verdad… –le respondió Simón.

−Pero cuál verdad si siquiera sé lo que dice.

−Pronto lo sabrás… Apenas con una mirada diste con el primer acertijo… Resolver los otros no te tomarán mucho tiempo −sentenció la frágil muchacha llevándose la mano a la boca.

Había dicho algo que no debía. Simón la miró extrañado, pero ya no había nada qué hacer.

− ¿Los otros acertijos?... ¿Y cómo sabes que son varios?... Sinceramente no dejan de asombrarme.

−Porque siempre detrás de la primera pista viene la segunda y así sucesivamente −manifestó a fin de reparar la ligereza y evitar que se percatase que tanto ella como Simón sabían mucho más de lo que le habían dicho.

−En todo caso, porqué la Iglesia querría ocultar una verdad que siquiera conoce o sabe que existe −indagó el arqueólogo extrañado.

−Para preservar su poder y mantener el oscurantismo sobre las verdaderas y legítimas bases en las que debería asentarse la Iglesia Católica, las cuales durante siglos han sido manipuladas, tergiversadas y cambiadas al antojo de Papas, teólogos y reyes −aseveró contundente Simón mientras echaba un vistazo a la cima de la colina que tenía al frente, la cual tendrían que remontar para poder salir del lugar.

−Está bien… Está bien, pero al principio dijiste que estaban detrás de mí porque tenía dos cosas que les interesaban: Una es el cuarzo y la otra cuál.

−El texto del papiro que descifraste… El que te trajo hasta aquí… Buscan que le entregues el 3G3.

− ¿Y cómo sabes eso?... Bueno… No me lo digas sino esta tarde voy a enloquecer… Confiaré en ustedes. Pero, no entiendo −prosiguió dubitativo José Pedro−, cuáles son los nexos de esa gente con la Iglesia... ¿Qué tienen qué ver el uno con el otro?

−Poder, amigo mío… Poder… Todo lo hacen por poder y más poder. Poder de acción y poder de control… −sentenció Simón moviendo la cabeza con indignación.

−Entiendo…

−Es preocupante, pero es la verdad… Pero lo que me gustaría saber José Pedro, es cómo se enteraron de que estabas aquí. ¿Se lo dijiste a alguien?... −preguntó Débora dirigiéndole una mirada escrutadora.

−No, a nadie… Esta era mi misión secreta… Mi descubrimiento… No se lo dije a nadie −afirmó.

El arqueólogo mentía. Quería proteger al Omne verum, la cofradía a la cual pertenecía, y al resto de sus integrantes.

− ¿Estás seguro?… Haz memoria… −insistió Débora.

−Segurísimo, a nadie… A ninguno de mis colegas de la universidad…

− ¿Y a gente de la Iglesia? −preguntó precavido Simón.

−No… ¿Por qué iba a decirle a los curas sobre esto?... ¡Oh, espera un momento! −expresó reflexivo−. No, no puede ser…

− ¿Qué pasa?... ¿Recordaste algo?

−Sí −pero no puede ser posible…

−Dinos y trataremos de ayudarte −solicitó Débora.

−Se lo dije a mí tío, el cardenal Ribera, hace un par de días… Lo llamé por teléfono antes de salir para acá… Pero no creo… Además, el está en España.

−Yo sí creo, José Pedro. Pero eso ahora no tiene importancia. Lo importante es que el cuarzo aún está en nuestras manos y tenemos que resguardarlo hasta que lo descifres −concluyó Simón dándole un manotazo de aliento en la espalda.

José Pedro había quedado desconsolado por la revelación que sus nuevos amigos acababan de hacerle. Además de su tío, el cardenal Ribera, nadie, excepto un solo miembro del Omne verum, sabía sobre su viaje a Marruecos y el motivo que lo llevaba hasta allá. Pero tenía argumentos válidos más que suficientes, de que esa persona jamás revelaría su destino, incluso bajo la más cruel de las torturas. Todas sus sospechas se centraban en su tío, el cardenal, por una serie de extrañas e insistentes preguntas que le hizo cuando hablaron por teléfono.

−Por lo menos ya sabemos que del otro lado están nerviosos y trabajando rápido. No se detendrán ante nada −sentenció Débora mientras lo ayudaba a ponerse la camisa, la cual seguía bastante húmeda.

Simón hacia lo mismo. Luchaba por enfilarse aquella estrecha franela que le había dado José Pedro, pero se le atoraba a la altura del antebrazo y no quería deslizarse hacia sus desarrollados bíceps. No estaba totalmente seca y tampoco era lo suficientemente elástica como parecía. En sus vanos esfuerzos José Pedro se le acercó para auxiliarlo. Fue cuando, sin proponérselo, vio una especie de cicatriz que tenía en el costado derecho. Una marca que él conocía muy bien.

−Tengo un amigo que tiene una igual a la tuya −señaló tocándole aquel tatuaje color ocre pálido que se delineaba más arriba de sus costillas falsas, a un lado de la tetilla.

− ¡Lo sé!… –afirmó tranquilo–. También es amigo mío… Mejor dicho, es mi hermano. Nuestro hermano − explicó refiriéndose del mismo modo a Débora.

La joven asintió con la cabeza. De esa forma confirmaba las aseveraciones de Simón.

−¿Hermano?... ¿Conoces a Santiago?... ¡No lo puedo creer!...

−Y mucho. Quería estar con nosotros… Con Débora y conmigo, ayudando, pero tuvo que ir a otro lugar muy distante de aquí… Allí lo necesitaban con urgencia…

−Pero creí que había desaparecido del mundo… Tengo tiempo, mucho tiempo sin saber de él… Se esfumó sin dejar pista.

−Tenía que hacerlo así… Después de los incidentes de Venezuela y la explosión del monasterio de San Felipe debía desaparecer por su propia seguridad y la de todos nosotros…

−Supe de esa explosión por los periódicos, pero no sabía que Santiago tenía algo que ver con ella.

−No. Ciertamente no tenía nada que ver, pero es mejor no hablar del asunto −solicitó Simón con desconsuelo.

Los dos hombres se referían a Santiago, un joven predicador conocido como El Iluminado en los barrios caraqueños porque hacia milagros entre sus desposeídos pobladores. Inusitadamente fue secuestrado por orden de la Iglesia y llevado al llamado Monasterio de San Felipe, en el estado Yaracuy, al centrooccidente de Venezuela, para ser “examinado” por los monjes de una vieja congregación capuchina, quienes erradamente creían que tenía tatuada la marca de Satán en el cuerpo. No se supo nada más de él porque el monasterio explotó durante una pavorosa tormenta sin dejar rastros de sus ocupantes quienes, según informaron los medios de comunicación, quedaron totalmente calcinados.

La marca que tenía Simón en su costado derecho era idéntica a la de Santiago: una especie de triángulo color paja quemada de unos siete centímetros de grosor, cuya forma semejaba un pedazo de cartón rasgado que en su centro tenía dibujado la figura de un pez, igual al que los antiguos cristianos pintaban en las cuevas donde alababan a Dios. Dentro de la imagen del pez estaba grabada una inscripción en arameo que decía Con la marca del pez en su cuerpo nacerán Los Elegidos de Dios y de su parte posterior penderá una cola.

José Pedro había conocido a Santiago en Caracas. Fue durante el desarrollo de una conferencia sobre arqueología y papirología. El muchacho fue centro de las miradas y curiosidad de los expertos allí reunidos. Intervenía en forma incisiva y sus preguntas tenían pasmados a los conferencistas, quienes no lograban dar respuestas concretas al inquieto asistente que denotaba gran conocimiento arqueológico. José Pedro se encariñó con el joven y lo invitó a asistir a su laboratorio de la Universidad de Caracas, donde después de palpar sus capacidades, le pidió que le ayudase con algunas traducciones de papiros. Fue durante uno de esos encuentros que Santiago le mostró la marca que tenía en un costado. Ese día José Pedro no pudo descifrarla porque tuvo que salir apresurado a una reunión científica a la que fue convocado de urgencia. Se habían prometido realizar una sesión más larga, pero el joven nunca volvió a regresar al laboratorio, aunque en su memoria quedó grabada la cita.

− ¿Santiago es realmente tú hermano o es una forma de decir que lo estimas mucho? −preguntó José Pedro.

El calificativo de Simón lo dejó intrigado. No entendía cómo el joven que conoció en Caracas podía ser su hermano si no se parecían en nada.

−Es mi hermano. Un hermano verdadero, pero de la forma como lo conciben por estos lados del mundo −explicó evasivo a fin de no entrar en detalles sobre su filiación real con Santiago.

Durante toda la conversación José Pedro no se apartó de su mochila. Cuidaba su preciada carga como si fuese el tesoro más grande del mundo y por nada ni nadie se alejaría de aquel cuarzo color violeta y sus enigmáticos secretos. Secretos que había movilizado a la Iglesia y a toda una red de nuevos terroristas dedicados al pillaje y a la muerte.




9

Las calles de Roma seguían atestadas de fieles. Siquiera la inusitada tormenta pudo evitar que saliesen de sus casas para orar en los templos y asistir a las misas que se seguirían oficiando en todas las iglesias según la tradición cristiana en Domingo de Resurrección. Fue una verdadera bendición de Dios, que en la capital italiana no estuviesen permitidas las procesiones, de otra forma el día más importante de la cristiandad hubiese quedado deslucido y empantanado.

La reunión de Via Veneto se reanudó sin la participación del cardenal Ribera y monseñor Pellegrino, quienes se excusaron de no poder seguir debatiendo con ellos porque el Santo Padre requería su presencia en El Vaticano. Aquella fue simplemente una excusa piadosa, porque ambos estaban platicando a puerta cerrada en una amplia oficina cercana a la Sala de Conferencias y por nada pensaban dejar la tranquilidad del confortable recinto.

El cardenal estaba cómodamente sentado en un acolchado sillón de fieltro color vino tinto. Degustaba con deleite un puro cubano, con el que hacía boquillas de humo. Monseñor Pellegrino estaba de espaldas a su interlocutor. Mientras charlaba observaba distraído a través del cristal del alto ventanal de la oficina, el cual estaba forrado con una delicada armadura de caoba.

−Menos mal que esta mañana no llovió −reflexionó pensativo monseñor Pellegrino sin apartar los ojos del ventanal mientras grandes goterones rebotaban del vidrio−. Los meteorólogos habían pronosticado lluvias leves… El Papa estaba preocupado, pero a las diez y cuarto en punto salió a presidir la Misa de Resurrección. No cayó siquiera una gota de agua. El cielo se mantuvo inmaculado todo el tiempo... Te juro que tenía años que no veía la plaza tan llena −agregó mientras miraba como calle abajo la gente corría para guarecerse de la lluvia.

− ¿Y cómo fue el Urbi et Orbi? −preguntó con desgano el cardenal Ribera.

Era evidente que prestaba poca atención a las palabras de Pellegrino. La misa ni los actos en la Plaza San Pedro eran de su interés inmediato.

−Mucha devota esperanza se esparció entre los fieles, querido cardenal. Es un momento muy emotivo... Se palpa la fe y la misericordia hasta en el aire.

El monseñor le refería a detalles de la celebración pascual de la mañana, a la cual Ribera no pudo asistir por estar reunido en Pontevedra, en el Monasterio de Santa María de Oia.

El Urbi et Orbi es la acostumbrada bendición que después de la Santa Misa el Papa confiere a Roma y al mundo desde el balcón central de la basílica de San Pedro los Domingo de Resurrección. Como es tradición, la bendición se retransmite en directo, vía satélite, hasta los más apartados rincones del planeta y escuchado en vivo por los miles de fieles que desde muy tempranas horas del día se congregan en la Plaza San Pedro y sus alrededores.

− ¡Fallaron!... Sinceramente no entiendo como pudieron fallar si eran tantos y ellos tres −se lamentó iracundo el cardenal saliéndose totalmente del tema religioso y la celebración del Día de la Resurrección.

− ¿Cómo qué tres?... Me habían dicho que el profesor estaba sólo −preguntó extrañado monseñor Pellegrino apartándose del ventanal.

−Sí, también me habían informado lo mismo, pero en el momento que lo encontraron estaba acompañado por otro hombre y una mujer.

− ¿Entonces qué sucedió? Cómo ocho hombres bien entrenados no pudieron con esos tres… y además una mujer −expulsó en tono despectivo Pellegrino.

Volvió a mirar hacia de la ventana, aunque en realidad no veía nada, siquiera la lluvia. Sólo cavilada sobre aquel bochornoso fracaso en Marruecos.

−No eran ocho, sino diez −corrigió Ribera soltando una gran bocanada de humo cuyo curso siguió con los ojos.

− ¿Diez?...

−Sí, diez. Dos se quedaron abajo para cubrir la retirada en caso que tomasen el camino contrario.

− ¿A qué hora recibiste la llamada de esos buenos para nada? −preguntó el anciano monseñor al tiempo que subía ligeramente el puño del saco para constatar la hora en su reloj.

−Hace apenas unos diez minutos. Llamaron mientras ustedes tomaban café… Yo estaba en la sala de baño.

− ¿Quién te avisó?, si se puede saber.

− ¡Claro que se puede saber! −ripostó con cierto asombro el cardenal Ribera−. Fue fray Benítez.

− ¿Confías en él?

− ¡Por supuesto, es mi mano derecha!... Tengo absoluta confianza en ese hombre de Dios. Con su ayuda he logrado cosas que solo no habría podido. Es muy leal y nunca se queja de nada −agregó para que no quedasen dudas sobre su entereza.

−Está bien. Confiaré en tú buen juicio −respondió el monseñor, haciendo uso de su autoridad y la ascendencia que tenía con el Santo Padre−. Pero ese imbécil profesor dónde consiguió ayuda en un sitio tan apartado… ¿Quiénes eran sus acompañantes? −interrogó a la espera de una respuesta mientras se movía hacia un lado del escritorio.

−No lo sé. No me informaron nada. Sólo dijeron que el hombre que lo acompañaba era un fortachón de dos metros… Y, por favor, te ruego que no le digas imbécil a mi sobrino −solicitó en tono humilde y sin mucho énfasis−. Él es un hombre muy ilustrado e inteligente pese a su corta edad.

−Es tan ilustrado que no le pudiste sacar el pedazo de papel que queríamos y, lo peor, tampoco los hombres que mandaste… No entiendo cómo se les escaparon siendo tantos y tan expertos. Esa gente −afirmó refiriéndose a los Dei Pax− es casi infalible… Peores cosas han hecho y han salido triunfantes.

El cardenal no respondió a las interrogantes. Adrede quedó callado. Sabía el porqué, pero prefirió no decirlo. Lo involucraba directamente. Él mismo había dado las órdenes para que el grupo no llevase armas. Su advertencia fue contundente: “A nadie se le ocurra sacar siquiera una navaja durante la operación. No quiero lastimar a mi sobrino. Capturarlo será fácil”. Ciertamente habría sido fácil, pero no contaban con la presencia de Simón y su habilidad en combate cuerpo a cuerpo.

−Del papiro sólo sabemos su numeración. Que es el 3G3 y que proviene de Getsemaní. Pero nada sobre su mensaje y menos porqué tú sobrino fue a Marruecos… ¿A buscar qué?... ¿Qué pista seguía? −preguntó Pellegrino mientras se ubicaba tras el impecable escritorio de madera veneciana brillantemente pulido y adornado con delicadas tallas que remontaban a las expertas manos de artesanos del cinquecento.

−Tampoco lo sé. Le pregunté en varias ocasiones pero el muy testarudo no quiso decirme nada… Que al regresar me daría todos los detalles.

En la pared que le hacia fondo a la escribanía colgaba una preciosa copia del cuadro Jesús es atravesado en un costado por la lanza de un soldado romano, del pintor Fray Angélico, cuyo original está en el Monasterio Dominico de San Marcos, en Florencia. Aunque no guardaba las estrictas medidas del original, era un trabajo consumado. Cualquier ojo inexperto la hubiese confundido con una pieza auténtica a no ser por su monumental tamaño del lienzo, el cual cubría casi toda la pared posterior y finalizaba a ras del suelo.

−No podemos esperar a que regrese. Además, no sabemos dónde fue a parar después del susto que se pegó. Eso es lo que me dijiste, ¿cierto?

−Totalmente cierto. Los hombres que lo esperaban por la otra salida no lo vieron bajar… Nadie sabe donde está ahora y menos si sigue con el hombre y la mujer.

−Que lo sigan buscando… Diles a tus hombres de la Hermandad que los sigan buscando…−repitió el monseñor demostrando autoridad e impaciencia−. No pueden estar muy lejos y tampoco tienen donde esconderse.

−Esconderse como esconderse no, pero hay mucho terreno de por medio… Aunque poco poblado, mucho terreno… −reflexionó el cardenal tratando de imaginarse dónde podrían haberse metido su sobrino y sus desconocidos acompañantes.

−Nos queda poco tiempo y debemos encajar todas las piezas del rompecabezas para que el criptograma que le entregaremos al Santo Padre tenga forma coherente y pueda comprender, a ciencia cierta, los mensajes que estamos descifrando.

−Si, lo sé.

−Recuerda que tiene que ser hoy, si es posible antes del anochecer.

−Lo estamos tratando y usted sabe cuánto esfuerzo he puesto en esto, monseñor −respondió el cardenal con implícita obstinación.

Al llamarlo “monseñor” en forma rasa, quiso sutilmente recalcarle que él tenía un rango superior dentro de la jerarquía eclesiástica.

−Disculpa la descortesía, querido cardenal. Estoy cansado… Muy cansado −repitió mientras un largo bostezo salía de su boca−. No he dormido casi nada. Tuvimos un Sábado Santo larguísimo, con bautizos y comunión de adultos… Después las trescientas sesenta y cinco campanas de todas las iglesias de Roma repicando al mismo tiempo para anunciar la Resurrección −explicó mientras otro involuntario bostezo refrendaba sus palabras−… ¿Te imaginas en qué estado debo tener la cabeza? −preguntó conteniendo con la mano un tercer bostezo.

−Debería descansar. Dormir un poco en la habitación contigua. El día aún es joven y faltan muchas cosas por hacer −sugirió honesto y con cierta indulgencia Ribera−. Mientras toma la siesta me quedaré aquí haciendo algunas llamadas y moviendo los hilos que hay que mover… También me gustaría saber cómo van las ceremonias en Pontevedra… Llamaré a fray Benítez.

−Bien, te haré caso. Pero descansaré sólo unos minutos… Cualquier emergencia llámame enseguida… No me incomodará. ¿De acuerdo?

−De acuerdo… Vaya, vaya usted, monseñor.

A los teólogos y estudiosos del Vaticano le faltaban unir sólo tres piezas para armar el rompecabezas que tenía desquiciado a los jerarcas de la Iglesia, pero los tres fragmentos aparentemente tenían los mismos números y estos correspondían, uniéndolos uno tras otros, al 666, el número de Satán. Tan sólo José Pedro y los enunciados del 3G3 podrían ayudarlos.

Al ver desaparecer a Pellegrino tras la puerta contigua a la oficina, el cardenal Ribera y Mondariz, uno de los clérigos más influyentes de toda España y respetado dentro del Sacro Colegio Cardenalicio, tomó el teléfono y comenzó a hacer llamadas. La primera fue infructuosa. Volvió a marcar y del otro lado de la línea pronto apareció la voz de fray Benítez. Luego de los saludos de rigor e indagar sobre el desarrollo de los actos litúrgicos en Pontevedra, preguntó por las verdaderas intenciones de aquella llamada. El sacerdote le informó que no sabía nada de los prófugos, pero que uno de ellos llevaba “algo muy duro dentro de la mochila”.

− ¿Cómo que algo duro? −se oyó repetir con furia en la amplia oficina. Y luego de recibir las explicaciones de fray Benítez, más tranquilo, preguntó −: ¿Qué clase de piedra?... Si, es posible que sea un cuarzo por las heridas que dices que dejó en el rostro del desdichado.

Después de impartir nuevas órdenes y enterarse de los pormenores de la búsqueda que se estaba llevando a cabo en las adyacencias del Ouzoud, Ribera le pidió que lo llamase enseguida, sin importar hora ni momento, cuando tuviese algo importante que informar.

−Bien, bien −repetía a cada instante el cardenal a su interlocutor ratificando todo lo que le decía el fraile a través del hilo telefónico.

A diferencia de Roma, ciudad donde están prohibidas las procesiones, en Pontevedra, así como en el más minúsculo pueblo de España, para cerrar la Semana Santa con devota fe católica, se celebran monumentales y floridas procesiones para conmemorar la Resurrección de Cristo. Muchas de las manifestaciones religiosas españolas tienen como atractivo principal El Encuentro entre las imágenes del Cristo Resucitado y de la Virgen de la Alegría, que en ese instante se despoja del luto en un acto simbólico que se celebra en la Plaza Mayor de la ciudad. En Vigo, de donde era también primado el cardenal Ribera y Mondariz, y otros lugares de la península, las procesiones son organizadas por la Cofradía de La Vera Cruz, cuyo principal mentor era fray Benítez, mano derecha del cardenal y con quien estuvo hablando minutos antes sobre los actos realizados en su región.

En el mundo entero durante el Domingo de Resurrección, que es el acontecimiento que le da verdadero sentido al cristianismo, se le atribuye gran importancia al simbolismo de la Luz y se incluye en todos los actos litúrgicos una más extensa lectura de las Sagradas Escrituras. Cristo triunfó sobre la muerte y con su regreso abrió las puertas del cielo a los creyentes. En la misa dominical se enciende el Cirio Pascual que representa la luz de Cristo Resucitado y que permanece prendido hasta el día de La Ascensión, cuando se conmemora la subida de Jesús al cielo.

Un portazo que se escuchó en el fondo, alertó al cardenal Ribera que Pellegrino había despertado e iba hacia donde estaba. Antes de colgar el teléfono le recordó a fray Benítez que lo mantuviese al tanto sin importar la hora en que se produjese la noticia.

− ¿Qué buenas nuevas tenemos? −preguntó el monseñor al verlo.

−Nada. Se incorporaron más hombres en la búsqueda. Prometieron llamar cuando tuviesen algo.

−Por la gracia de Dios esperemos que sea pronto −manifestó Pellegrino uniendo sus dos manos en forma de plegaria a la altura del pecho.

− ¡Amén!… Dios y Padre Pío están de nuestra parte y no nos dejarán solos −sentenció el cardenal en evidente lisonja hacia el monseñor, que era un fanático devoto del santo sacerdote italiano a quien se le estigmatizaban manos y pies en el Monasterio de San Giovanni Rotondo.

−Eso espero… Eso espero −repitió meditabundo el viejo prelado.

− ¿No le han informado nada de la reunión? −preguntó refiriéndose a la que todavía se celebraba en la Sala de Conferencias con los científicos y arqueólogos.

−Nada importante… Siguen enfrascados en una discusión de muchachos…

−Estuve pensando monseñor −esta vez la alusión a su jerarquía reflejó un tono de cordial respeto−, en esos niños y las cosas que hacían. Eso no me llamó mucho la atención, sino la afirmación de Delamadrid. Ese viejo zorro sabe algo que nosotros no sabemos.

− ¿A qué te refieres?... Se dijeron tantas cosas en tan pocos momentos −preguntó Pellegrino, pasándose las manos por la cabeza como queriendo alisar un pelo que desde hace mucho tiempo no existía.

−A los Nion y a su cita de la última parte del papiro descifrado por el profesor Gagliardi.

−Por favor, Francisco −dijo tuteándolo−. Tú también vas a creer en las patrañas de ese viejo achacoso. Además, por ahí dicen que se ha dedicado a la bebida… No hagas caso…

−Sigue siendo una autoridad mundial respetable y hay que…

− ¡Bah!... A mí no me da ninguna confianza… Tanto él como su prestigio se irán a pique si sigue con la bebida y cometiendo locuras… A ver, ¿qué crees tú que quiso decir con eso de Nion?

−Se refería a niños luz… Nuevos seres apocalípticos… Recuerda que antes de nombrarlos citó y como testigo fiel el cielo, nacerán con aura de cristal los nuevos ungidos. El día que el sol ilumine delante de mí serán esparcidos por toda la Tierra, que corresponde al texto trascrito por el profesor Gagliardi y que todos conocemos.

−No hay nada que por ahora corrobore que ese texto pertenezca realmente a un supuesto evangelio inédito escrito por San Juan.

−De igual manera me inquieta.

−Quédate tranquilo y dejemos que nuestros espías trabajen. Por ahora centrémonos en tu sobrino y sus amigos.



La reunión tenía escasos minutos de haber concluido. No se llegó a ningún acuerdo. Más bien fue una triste caricatura de lo que podría denominarse una guerra entre teología y ciencia, donde el ganador absoluto fue la confusión.

La mayoría de los científicos salieron desengañados y con la intención de no volverse a reunir con los representantes de la Iglesia en caso de que fuesen llamados nuevamente.

Hans Müller alcanzó al profesor Delamadrid cuando estaba a punto de entrar al ascensor con el que abandonaría la edificación.

− ¡Profesor!... ¡Profesor!... Espere un momento −gritó haciéndole señas con su desvencijado portafolio de cuero.

Al escuchar su nombre Delamadrid retrocedió unos pasos y dejó que el ascensor partiese sin él.

−Hola, ¿qué pasa profesor Müller? −preguntó al tenerlo cerca.

−Quería prevenirlo… En el salón no pude porque había muchos ojos que me miraban.

− ¿Prevenirme de qué? −indagó sin sobresaltos el espigado académico.

−Algunos colegas y gente del clero cree que usted sabe algo muy importante –expresó haciendo énfasis en su ultima palabra.

−En esta profesión siempre hay algo importante por descubrir. ¿No lo cree usted, querido profesor? −sentenció en forma de chanza a fin de restarle importancia al asunto.

−No, no es eso… Dicen que usted encontró “piezas” desconocidas −dijo casi en susurro−. Eso lo pone en peligro −concluyó acercándosele al oído.

− ¿Cuál peligro? −soltó molesto.

− ¡No!… No grite. Aquí no es seguro hablar –expresó quedo y mirando a los alrededores–. Lo invito a un café fuera de aquí. Así podré contarle con calma lo poco que sé.

−No tomo café hace tiempo, amigo Müller, pero si me invita a un buen brandy con gusto aceptaré −manifestó en el instante que la portezuela del ascensor volvía a abrirse delante de sus narices.

− ¡Hecho! −afirmó el rubio filólogo metiéndolo casi de un empujón en el ascensor.

Al estar en la calle notaron que seguía lloviendo. Ninguno de los dos había llevado paraguas. Se subieron las solapas de los sacos y orillados a los escaparates de las tiendas de Vía Condotti comenzaron a caminar en dirección a un elegante edificio de fines del ottocento, donde funcionaba el hotel Tiberio, en Vía Lombardia. Delamadrid recomendó el lugar debido a la ubicación de su sala-bar, la cual, según dijo, “brinda cierto anonimato y discreción”.

Al llegar al local estaban algo circunspectos. No se conocían bien y, obviamente, se estudiaban uno al otro. A los pocos minutos, superadas las aprehensiones propias de la circunstancia, comenzaron a pasarla de maravilla. Entre risas y cuentos relativos a la profesión, el diálogo fluía con naturalidad. El delgado arqueólogo ya se había tomado su tercer brandy mientras su acompañante apenas había saboreado el primero.

Las copas fueron abundando y las risas también. Cuando creyó que era el momento oportuno Müller lanzó un felino zarpazo.

− ¡Qué ocurrencia la tuya con eso de los Nion!… Los dejó como imbéciles. Buena salida… Infantil, pero buena −dijo tentándolo.

−No, no fue ninguna ocurrencia –respondió después de sorber otro poco de brandy.

− ¡Bah!, no me vas decir que estabas hablando en serio. ¿Cómo fue que dijiste?... ¿Mion o Maon? −preguntó pronunciado adrede mal el nombre de Nion.

Aunque apenas se había tomado dos brandys, con premeditada intención Müller hablaba como si estuviese subido de tragos. En realidad quien lo estaba, y bastante, era su interlocutor.

−Nion, amigo mío… Se llaman Nion y son un tipo de niños muy superiores a los Índigo y Cristal –explicó con voz ligeramente pastosa–. Han comenzado a nacer por todo el mundo… Hay reportes de muchos países. Son seres privilegiados, escogidos por designio divino.

−Ah, no me venga con eso… La estamos pasando muy bien para que ahora me salga con un cuento de bebés ángeles.

−No, no es cuento. Además yo tengo pruebas irrefutables sobre su anunciación, la cual sucederá por estas fechas.

− ¿Y qué podrían tener de especial esos niños?… Esos Mion, si se puede saber −volvió a repetir en forma desdeñosa y buscando sacar de las casillas al arqueólogo.

Delamadid no le contestó enseguida. Se tomó su tiempo. Estaba más pendiente de los tragos que de la conversación.

−Muchas cosas, ni te imaginas. Sería largo enumerarlas todas. Sólo te diré que tienen una marca… – argumentó impaciente mientras levantaba su copa vacía requiriendo la presencia del cantinero.

−Si, la invisible… Ese cuento ya lo escuché en la reunión.

−Invisible al ojo humano pero no al microscopio electrónico −reveló con ingenua emoción.

−Comprendo −asintió Müller, haciéndole creer que entendía, aunque estaba totalmente fuera de contexto. Sorbió otro poquito de brandy de su copa y enseguida, muy serio, pero en tono burlón, serio, añadió: − ¡En la frente!...Ahí tiene la marca… En la frente, como los hindú.

− ¡No imbécil! −gritó mientras daba un manotón sobre la mesa−. En el cromosoma X… En el par 23… −afirmó arrebatando de la reluciente bandeja el trago que el mesero le traía−. La próxima trae dos de una vez −ordenó con voz bastante engolada, pero educado, sin perder la compostura aunque parte de ella ya se había ido.

− ¿En los cromosomas? … Pero qué disparate es ese profesor…

−Ningún disparate… Yo la he visto…

− ¿Y cómo es esa supuesta marca? Usted es un sabio y nadie lo engañaría fácilmente −expresó con lisonja endulzando sus palabras a fin de que soltase el misterio de la marca antes de que fuese a perder la coherencia por el exceso de tragos.

Hans Müller estaba ansioso. Delamadrid relajado, aunque los vapores etílicos estaban a punto de noquearlo.

– ¿Cuál marca? –repreguntó casi fuera de sí.

–Las de los Nion, profesor… La de los benditos Nion –comunicó con impaciencia.

−Es luminosa… −atinó a responder segundos antes de posar la cabeza sobre la mesa y quedar totalmente grogui.




10

Sombras monstruosas con rostro de seres venidos de los abismos del mal amenazaban a Juan Diego y Luis Rafael. Con sed de sangre y vida volaban enloquecidas en las afueras de la carpa atormentando a los horrorizados pemones.

Eran tan pavorosos sus chillidos infernales que hasta el susurro del viento se escondió tras las rocas. Nada se movía en la mágica montaña. Siquiera las víboras, que aturdidas corrieron a refugiarse en la seguridad de la sabana. Los desesperantes lamentos de muerte y agonía rompían el sordo eco del Kukenán, que despertó a su gemir.

− ¡Cuidado Luis Rafael!... ¡Agáchate! −gritó Juan Diego al percatarse que el inmundo velo que tenía enrollado en su cuello una de las horribles criaturas estaba por atraparlo.

− ¡Gracias! −exclamó estremecido mientras se incorporaba del suelo donde cayó de bruces al evadir la diabólica criatura.

−Corre hacia acá y no te apartes de mi lado −le pidió El Místico, quien estaba menos turbado que su compañero.

− ¡Disipa la oscuridad, oh mi Dios! −suplicó Luis Rafael elevando su mirada al cielo en desesperado ruego mientras corría todo lo rápido que sus trémulas piernas le permitían.

Sin perder de vista a los dos pemones, las sombras se atrincheraron entre las nubes en grupos de cinco y seis. Permanecieron suspendidas en el aire comadreando, como si estuviesen urdiendo un plan. Luego se elevaron hacia la oscuridad y ávidas de vidas se lanzaron en veloz picada sobre los asustados indígenas. A medida que se acercaban, sus pestilentes bocas abiertas en forma de ratoneras infernales se hacían más grandes y pavorosas.

− ¿Qué está pasando?... Yo no quiero morir… ¿Qué son esas cosas? –interrogó espantado Luis Rafael.

−Nadie va a morir. No te apartes de mi −solicitó tratando de dominar sus temores.

Juan Diego abrió la Biblia que tenía en las manos y comenzó a buscar una lectura que debía conocer muy bien, pero no la encontraba. Sus nervios le traicionaban. De pronto las criaturas detuvieron su carrera y quedaron suspendidas en aire. Sin quitarle los ojos de encima siguió pasando con empeño hoja tras hoja.

− ¿De dónde salieron?… ¿Qué son? −interrumpió Luis Rafael mientras levantaba a los cielos la cruz que le había dado su amigo.

−Los hijos… Los parientes de Brihna y Rezak −respondió El Místico sin estar muy seguro de lo que decía.

−Despertamos a los muertos… Yo te dije que nos fuéramos… No sé porqué te hice caso −se lamentó el joven pemón sin separarse ni un milímetro de su compañero.

Según leyendas todavía vivas en algunos enclaves indígenas, Brihna y Rezak son los temerosos espíritus ancestrales de la peste, muerte y mala suerte. Se afirma que fueron germinados en los abismos del mal y que moran en cuevas subterráneas de la selva. Son criaturas muy temidas porque siembran caos, acaban con cosechas, interrumpen la gestación en mujeres con hasta cinco meses de embarazo y enlutan toda la región con muertes, disputas y mala suerte desde el primer invierno después del equinoccio de primavera hasta el seco verano de las noches de poca luna. Su maleficio dura siete años, pero al concluir el tiempo de desgracia viene un nuevo renacer y años de esplendor y gloria para todos los indígenas en un perímetro de 3.333 kilómetros cuadrados a la redonda.

Menos intranquilo que su compañero, Juan Diego seguía pasando las páginas de la Biblia sin perder de vista a aquellas criaturas suspendidas en el aire. De tanto en tanto abrían en forma descomunal sus bocas. Eran como bostezos diabólicos que esparcían por el aire un repugnante hedor a cadáver y azufre. De pronto, sigilosamente, se filtraron entre las densas nubes y desaparecieron sin motivo aparente.

Un silencio de ultratumba se adueñó del Tepuy de los Muertos.

− ¿Dónde fueron? −preguntó sobresaltado Luis Rafael.

Inseguro atisbaba el oscuro cielo, pero las sombras no dejaron rastro alguno.

−No lo sé… De lo que estoy seguro es que regresarán.

−Cómo lo sabes… Yo no veo nada… Ya se fueron… Mejor comencemos a bajar para irnos de aquí −dispuso y caminó hacia lo que quedaba de la desgarrada carpa para recoger sus cosas.

−Quédate tranquilo… Es una trampa… Los ancestros siempre decían que este era el peor momento… Es una tregua de muerte.

−Para qué… Porqué una tregua.

−Para que cometamos errores… Para que dudemos −manifestó seguro de lo que decía aprisionando con fuerza la Biblia contra su pecho.

−No te entiendo −dijo estremecido Luis Rafael, quien dejó de caminar hacia la carpa y regresó donde estaba su amigo.

−Mantén siempre en alto la cruz y no dejes que te toquen. No se acercarán demasiado mientras tengamos la cruz y la Biblia.

−No se si podré hacerlo… Tengo mucho miedo…

−Tienes que dominarlo. De otra forma nos vencerán −aseguró Juan Diego, quien le tomó el brazo y se lo subió para que la cruz estuviese elevada por encima de su cabeza.

−Trataré, pero estoy que me hago encima. Me dan ganas de salir corriendo.

−Eso es precisamente lo que buscan esos demonios. Que te atemorices y corras… Si lo haces utilizarán tú miedo y te empujarán hacia el precipicio para que mueras… Ellos controlan tus emociones, pero no pueden tocarte… Sólo tocan tú miedo, ¿entiendes? −preguntó a fin de darle ánimo y dejase de temblar.

−No, nada. Sólo sé que no quiero morir… ¡A mí sí pueden tocarme!... Estuvieron a punto de agarrarme con su inmunda bufanda.

−Creíste, pero no pueden… Fue tú mente… Es una ilusión. Es como un espejismo. Ellos matan a las personas sin tocarlas.

−Juro que no te entiendo… ¡Ahí vienen más! −gritó indicando con la punta del crucifijo una gran mancha gris con ribetes blanquecinos que volaba hacia ellos−. ¡Me voy de aquí! −chilló aterrado, pero la fuerte mano de Juan Diego se lo impidió.

− ¡Quieto!… No te muevas… Estos parecen peores –alertó y abrió la Biblia en busca de la cita que antes no encontró.

Mientras lo hacía, una estampita de vivos colores de la Santísima Virgen de Coromoto que tenía guardada entre las páginas del Libro Sagrado se desprendió y comenzó a caer lentamente hacia el rocoso suelo.

Siquiera una pizca de viento, ni un pequeño resoplo acariciaba el aire en aquel momento.

Los asquerosos engendros que los acosaban tenían un aspecto demoníaco indefinido. Sus purulentas cabezas siamesas semejaban dos balones de básquet unidos en el centro por un cordel de tripas. Mientras volaban sus oídos desprendían grandes gusanos con siniestros y llorosos rostros de forma humana. Antes de caer al vacío los atrapaban en sus pestilentes bocas y tragaban vivos o a medio masticar. Después de saborear lo que para ellos parecía un exquisito manjar, lanzaban alaridos mortuorios plenos de satisfacción. Sus brillantes cabezas transparentaban venas, nervios y parte de su minúsculo cerebro en forma de tridente. Eran tan traslúcidas, que a través de ellas podía verse el turbulento recorrido de hilillos de sangre que luego brotaban por sus ojos y deslizaban como pequeñas cascadas por los bordes de su nariz. Vestían harapos moteados de una neblina color cenizo-satánico, que se deshacían en jirones durante sus planeos. Cuando iban a velocidad siniestra, los andrajos se desprendían para dejar al descubierto la osamenta calcinada y todavía sangrante de sus cuerpos. Eran despojos vivos hecho de carne putrefacta y macerada en el infierno.

– ¡Dios, no puedo moverme! −salió de la garganta salpicada de horror de Luis Rafael.

−Levanta la cruz y no te muevas de mi lado… No temas. No pasará nada −expresó a fin darle ánimo.

−No sé si podré…

−Recoge lentamente la estampita y dámela −pidió señalando con el índice el sitio donde estaba la ilustración de la Virgen.

− ¿Cuál estampita?… ¿De qué estampita estás hablando?

− La de la Virgen de Coromoto que tienes cerca del pie −dijo Juan Diego señalándola de nuevo.

Luis Rafael estaba paralizado. Temblaba de pies a cabeza. Apenas podía moverse. Aquellos monstruos del averno habían llegado muy cerca y hacían vuelos circulares cada vez más cerrados en torno a ellos. Las negras nubes que cubrían el cielo parecían temblar con cada uno de sus ensordecedores gritos.

− ¡Aprisa!... Recoge la estampita −volvió a pedirle pero su compañero no reaccionaba− ¡Tómala! −repitió dándole una patada en el tobillo.

Como un autómata, sin siquiera calcular el espacio entre él y la estampita y con la vista fija en aquellos seres, Luis Rafael se inclinó, la recogió y se la dio a Juan Diego.

Tranquilo, pero muy atento a los movimientos que hacían las endemoniadas figuras, El Místico la puso como separador en el centro de la Biblia, en el lugar que con tanta insistencia y desesperación buscaba minutos antes y que al fin consiguió. Pausado, pero en voz alta, casi a gritos, comenzó a leer justo en el momento que tres de los monstruos infernales se les abalanzaban.

−Mejor es confiar en el Señor, tu Dios que confiar en el hombre. Mejor es confiar en el Señor, tu Dios que confiar en el poderoso. Todas las naciones me rodearon pero en el nombre del Señor yo las destruiré. Me rodearon y me asediaron pero en el nombre del Señor yo las destruiré… −leyó con mística devoción.

Las criaturas se detuvieron de golpe. Parecían haber chocado contra una inexpugnable puerta invisible. Juan Diego estaba leyendo el Salmo 118 de la Biblia y había comenzado por el versículo número 8, considerado el centro del Libro Sagrado y la unión de Dios con el universo y todo lo que encierra.

−Me rodearon como abejas, se enardecieron como fuego de espinos, pero en el nombre del Señor yo las destruiré. Me empujaste con violencia para que cayese, pero me ayudó el Señor. MI fortaleza y mi cántico es el Señor, mi Dios. El ha sido mi salvación. Voz de júbilo y salvación hay en las tiendas de los justos. La diestra del Señor hace proezas −prosiguió ante las confusas bestias del averno que comenzaban a replegarse.

Luis Rafael seguía pasmado. No hablaba. Sólo mantenía bien en alto el crucifijo, tal como se lo pidió su compañero.

−La diestra del Señor, mi Dios, es sublime. La diestra del Señor nos hace valientes. No, no moriré sino que viviré y confiaré las obras del Señor. Me castigó mucho el Señor, mi Dios, pero no me entregó a la muerte −siguió leyendo Juan Diego, ahora con más decisión al ver que las criaturas salidas del inframundo retrocedían sin saber qué hacer.

Envalentonado por aquella aparente retirada Luis Rafael fue reaccionando. Con el terror todavía tatuado en el rostro, blandía en alto el crucifijo y hacía movimientos con el para espantarlas.

− ¡Ábranme la puerta de la justicia para entrar a dar gracias al Señor! −exclamó con tanta energía y decisión que algunas criaturas retrocedieron aparentemente asustadas.

−Esta es la puerta que conduce al Señor, mi Dios, y por ella entrarán los justos. Te alabaré porque me has oído, Tú has sido para mí la salvación −pronunció con voz grave El místico, ahora más animado al ver la reacción de su amigo.

Una inusitada calma envolvió al Kukenán. Nada, siquiera el coreo armonioso de los grillos se escuchaba. Las criaturas de los abismos infernales se desvanecieron en el firmamento como por mandato divino, pero las tinieblas seguían sobre esa parte del Tepuy de los Muertos. Todo hacía vislumbrar que la batalla aún no había terminado. Hasta los vientos regresaron, pero entonando un himno de desesperación y no de gloria.

Luis Rafael permanecía petrificado al lado de Juan Diego. Todavía tenía la cruz en alto y nadie le haría cambiar de esa posición. En su memoria brotaban hermosos recuerdos de la juventud. Los momentos en que alegre iba hacia el conuco junto a sus padres cantando alabanzas al Señor por haber llevado la lluvia a la sabana. Recordaba como se extasiaba cuando veía germinar de la tierra una nueva vida. Cómo se desvivía en cuidos para que aquellas semillas que sembró con sus propias manos creciesen fuertes y robustas, tal como les decían sus padres que debía crecer él. Cuando brotaban los retoños los mimaba con si fuesen los hijos amados que algún día tendría. Le hablaba a las plantas y les prometía que una vez grande tomaría la semilla para que el ciclo eterno de la vida no se interrumpiese. “Mira cómo lloran”, decía cuando uno de sus amiguitos pisaba o maltrataba algún retoño mientras jugaban en el conuco. Desde muy niño aprendió que la vida es tan frágil como un soplo y que sólo con amor perduraría. Que debía dejar un legado para que cuando él ya no estuviese nuevos retoños podrían nacer bajo el arrullo del amor y la esperanza. Era el ciclo sempiterno de la vida y Luis Rafael lo aprendió desde muy niño. Aunque ahora le asustaba saber que el momento de partir estaba próximo. Que en pocos segundos podría irse sin saber a dónde, aunque se propuso que con esos seres demoníacos no sería. Con ellos jamás. Por eso permanecía firme al lado de Juan Diego. Los fugaces recuerdos de la juventud mágicamente lo sacaron del paralizante marasmo.

−Ya no tengo miedo Juan Diego… Si regresan te ayudaré… Siento no haber servido de mucho hasta ahora −pronunció resuelto poniéndose la cruz a la altura del pecho.

−Gracias… Sabía que el susto se te pasaría −expresó risueño y complacido por la decisión su compañero−. Esta calma no me gusta para nada… Presiento que pronto los tendremos encima otra vez.

Apenas terminó de pronunciar la palabra cuando una de las pestilentes criaturas le rozó los oídos a velocidad inusitada. Juan Diego se tambaleó, soltó la Biblia y rodó hacia el despeñadero por donde minutos antes había caído Divor Klaus.

−¡Juan Diego noooo! −gritó desconsolado Luis Rafael.



11

José Pedro, Simón y Débora dejaron el bosque de olivares donde se sentaron a descansar y secar la ropa y se dirigieron hacia unas pequeñas colinas que se levantaban hacia el norte de las cascadas. Pensaban que desde arriba verían algún camino o, en el mejor de los casos, una aldea desde donde poder llamar por teléfono y solicitar ayuda.

Todavía era temprano. El sol daba una pincelada magistral a los desfiladeros de El Abid, los cuales se veían imponentes.

Marchaban callados. Sólo sus insondables pensamientos los acompañaban. Se sentían seguros, aunque exhaustos.

No había que ser adivino para suponer que los malhechores que buscaron secuestrarlos estarían merodeando y haciendo preguntas en los alrededores del Hotel Assounfou, donde se hospedó José Pedro. Por nada pensaba volver allá. Además, el poco equipaje que llevó, así como sus apuntes, estaban mojados, pero bien seguros en la mochila.

−Descansemos un rato –solictó José Pedro–. No estoy entrenado para esto… Cuando regrese a Caracas me pondré a hacer ejercicios –manifestó jadeante.

Grandes goterones de sudor rodaban por frente y sienes del arqueólogo y sus acompañantes.

−No te preocupes. También estoy que no puedo más −lo secundó Débora sentándose a su lado.

−Estoy tan molido como ustedes… A veces la tensión cansa más que el ejercicio físico −puntualizó Simón echándose junto a ellos.

−Falta poco. Espero que desde arriba podamos ver la carretera o algún camino −reflexionó el arqueólogo mientras con sus dedos se rascaba la cabeza.

−Un presentimiento me dice qué sí −contestó Débora risueña, como si supiese que ese era el camino que los sacaría de allí y que la decisión que tomaron fue la correcta.

− ¿Un presentimiento? −interrogó mirándola extrañado.

−Si, algo me indica que ésta es la vía y que encontraremos ayuda.

−Con ustedes no discuto… Saben cosas que yo no sé y tampoco sé cómo lo hacen… Por ahora no buscaré entenderlos, estoy muy cansado… Pero los seguiré dónde vayan.

−Gracias por tú confianza −expresó complacido Simón poniéndose de pie−. Debemos seguir −agregó haciendo señas de que se levantasen del suelo.

−Recuerda que somos tus ángeles protectores −lo animó Débora con una dulce sonrisa al tiempo que se incorporaba.

− ¡Gracias! −manifestó el arqueólogo y tomó la mano que le extendía para ayudarlo.

Se asió de ella y simulando un gesto de desvanecimiento que reflejaba cansancio, se paró.

−No podemos quedarnos todo el día aquí, hay cosas qué hacer −urgió Simón al verlo tan desanimado.

−Lo sé y no sabes lo mucho que me importa y lo tanto que deseo descifrar de una vez por todas el acertijo −subrayó refiriéndose al cuarzo.

−Lo harás y pronto. Tenemos plena fe en ti −manifestó Débora regalándole otra de sus sonrisas.

−También tengo mucha fe en ustedes −dijo retribuyéndole los elogios y la confianza que habían depositado en sus capacidades científicas.

Mientras subían una arcillosa cuesta llena de espinos y centenarios olivares, José Pedro se detuvo y echó una mirada a Las Cascadas del Ouzoud, las cuales se veían lejanas y semiocultas entre los arbustos. No pudo evitar un suspiro. Hasta desde aquella distancia y cubiertas de matorrales lucían majestuosas.

− ¡Estás encantado! −exclamó Débora pasándole el brazo sobre los hombros.

− ¿Quién no lo estaría ante tanta belleza?... Ahora que sé su secreto las veo de forma espiritual −explicó al tiempo que un pequeño arco iris se dibujaba en el centro semioculto de las cascadas.

−Lo sé… A nosotros nos sucedió lo mismo −confesó.

– ¡Apúrense!... Ya falta poco −alentó Simón.

− ¡Allá vamos!… –gritaron al unísono y apuraron el paso para alcanzar a su compañero que estaba a pocos metros de la cima.

Con su larga cabellera batiendo al viento, Simón miraba los alrededores. Gargantas profundas y cuevas misteriosas abiertas por el tiempo y la erosión, rodeaban el Azilal y la quebrada Wadi el Abid. Desde esa altura podía verse toda la meseta en su incógnito misterio.

−Ouzoud en bereber significa oliva. Las cascadas tomaron ese nombre porque hay muchos olivares por aquí −explicó Débora mientras corría los últimos metros para alcanzar a Simón.

José Pedro quedó rezagado. Tanto, que sus compañeros estaban fuera del alcance de su vista. Aunque de porte atlético y sin aparente sobrepeso, el arqueólogo estaba realmente agotado. Daba los últimos pasos con tanto esfuerzo que no parecía tener apenas veintiocho años.

− ¡Quédate dónde estás y no te muevas! −escuchó a sus espaldas seguido del chasquido seco de la carrilera de una pistola que regresaba a su posición de tiro.

El arqueólogo quedó inmóvil. Siquiera se atrevió a mover un músculo. Por su cerebro pasaron muchas interrogantes, pero un solo pensamiento quedó grabado en su mente: “Moriré sin descifrar el misterio del cuarzo”.

Presintió que era el final. Que los hombres que con tanto ahínco lo buscaban al fin lo encontraron en medio de la nada y solo, sin la ayuda de sus amigos. “¿Dónde se fueron a meter los que se decían mis ángeles protectores? ¿Por qué me abandonaron?”, se preguntó en desesperada reflexión interior.

Pese a no quedarle fuerzas para un paso más, un destello de energía y decisión invadió todo su cuerpo. Defendería el preciado tesoro a costa de su propia vida. El Cuarzo Sagrado no podía caer en manos profanas.

Giró resuelto y en el preciso momento que iba a golpear con el morral al extraño, escuchó un grito.

− ¡John es nuestro amigo! –alertó inquieto Simón y comenzó a correr cuesta abajo.

Al escuchar aquella voz salvadora José Pedro se dejó caer sentado sobre el arcilloso suelo y con ambas manos se tomó la cabeza.

− ¡Qué susto, Dios mío! −alcanzó a decir luego de una fuerte y liberadora exhalación.

−Esperaba verte en la cima… ¿Desde hace cuánto estás aquí? −preguntó el fortachón al recién llegado.

−Bastante. Unos trituradores de granos me dijeron que unos extraños estaban buscando a un profesor occidental, por eso decidí subir por este lado…

−Hiciste bien…

−Además, todos los descensos están custodiados por esos tipejos −explicó el recién llegado mientras guardaba su reluciente pistola en el cinto del pantalón.

Alto, muy atlético, pero no tan fornido como Simón, el desconocido vestía camisa caqui y pantalón de camuflaje color marrón, muy similar a la tierra calcárea de la zona. En su cabeza llevaba una gorra de béisbol con las iniciales NY tejidas en la parte superior, arriba de la visera. Parecía ser un hombre común y corriente, pero para nada lo era.

−Estuve llamando, pero tú celular y el de Débora están “muertos”.

−Se quedaron abajo con nuestras cosas… Los tendrán los bandidos que nos atacaron −señaló Simón.

−Entonces tienen mi número… Si son expertos ya deben saber nuestra posición y podrán rastrearnos −precisó.

Sacó de uno de los bolsillos el celular que llevaba, lo abrió, quitó la pila y volvió a cerrarlo. De esa forma evitó que sirviese de transmisor. Con la pila puesta, aunque el aparato esté apagado, funciona como emisor de señales y con una pequeña antena satelital se puede saber ubicación y coordenadas exactas del portador. El hombre que estaba con ellos lo sabía porque en sus tiempos de guerra de esa misma forma había localizado y destruido a muchos de sus más encarnizados enemigos.

−Esperemos que no lo logren… Con lo de allá abajo ya fue suficiente −expresó Simón mientras volteaba hacia el joven arqueólogo−. Disculpa José Pedro −se excusó sonreído−. Te presento a John Dark, un gran y leal amigo. Y a ti John, al profesor que esos bandidos están buscando.

−Aunque lo vi de espaldas, imaginé que debía ser el bendito profesor. Tenía que asegurarme… Por estos lados no se puede confiar en nadie –dijo a manera de disculpa.

−Por poco me matas del susto −manifestó extendiéndole la mano. −Es un placer tenerlo de nuestro lado.

−También para mí es un placer saber que estás con nuestra causa.

− ¿Cuál causa? −preguntó intrigado José Pedro.

−Es una forma de decir, profesor… Sólo una forma de decir…

−Él también conoce a Santiago. Lo salvó de morir −intervino Débora, quien también había bajado hasta donde estaban, a fin de evitar que el intrascendente asunto de la “causa” tomase un rumbo espinoso.

− ¿De morir?... ¿Cómo fue eso?

−Es una larga historia profesor… Algún día se la contaré. Lo importante es que ahora está vivo.

− ¿Y tú sabes dónde?... ¿Qué hace? −quiso saber José Pedro.

−Nadie, al menos de los que estamos aquí, sabe dónde está y mucho menos qué está haciendo…−indicó el rudo y extraño personaje que hablaba y actuaba muy diferente a Simón y Débora−. Usted es muy joven profesor y todavía le falta conocer y vivir muchas cosas… Paciencia. Cuando tengamos un poco de tiempo lo ilustraré… Por ahora lo más importante es salir de aquí.

−Desde arriba vi una carretera. Creo que es la que va hacia Khemis-des-Oulad −señaló Simón dirigiéndose a John.

−En aquel desfiladero tengo oculta la Hummer −expresó señalando el lugar−. Nos desplazaremos en ella hasta salir a la carretera 1811. Luego tomaremos la número 8. En unas dos horas, o quizás un poco más, estaremos en Marrakech.

− ¿Pasaremos por Tammelet? −preguntó Débora batiendo al viento su despeinada cabellera rubia.

−Sí, pero primero pararé en Kelma-des-Sranghna, donde debo recoger un paquete que me hará sentir más seguro.

− ¡Armas! −adivinó Simón moviendo la cabeza en forma de desaprobación− .Sabes que estoy contra ellas.

−Lo sé amigo, pero a mi me hace sentir mejor cuando las tengo a mi lado, muy cerca de mi −dijo señalando una de sus piernas−. Y mucho más ahora, con esos cazadores de cabezas buscándolos… ¿Por qué preguntaste si pasábamos por Tammelet? −indagó dirigiéndose a Débora mientras comenzaba a bajar la colina.

−No por nada. No tiene ninguna importancia… Si debemos ir hacia allá iremos −respondió la joven restándole importancia al asunto.

−Debemos porque es la vía hacia Marrakech… Si hay otra no la conozco… Al menos en los mapas no sale −expresó Dark quitándose la gorra−. Hacía allá −indicó señalando un grupo de matorrales−. Ahí esta el vehículo.

− ¿Dark era “el presentimiento” que tenían, verdad?... La ayuda que esperaban encontrar −preguntó bromeando José Pedro quien hasta ese momento iba muy callado detrás ellos.

−Te teníamos esa sorpresa −contestó Débora sonreída.

− ¡Y qué sorpresa!... Casi me mata del susto.

−Tampoco nosotros sabíamos que estaría en la colina… Lo esperábamos encontrar abajo, cerca de la carretera, pero él siempre nos encuentra primero. No sé cómo lo hace pero siempre lo logra −explicó con total honestidad la joven cuyos ojos acaramelados se veían radiantes con los estertores del ocaso.

− ¿Tienen hambre? −preguntó Dark al verlos tan deshechos y agotados−. Hacia los lados de Bin-El-Ouidane venden unas truchas exquisitas y sólo cuestan unos pocos dirham. Antes de subir para acá, me comí un par de ellas. Se las recomiendo. Son realmente deliciosas −afirmó con la intención de animarlos.

− ¿Queda lejos de aquí? −preguntó Débora.

−Un poco… Nos desviaríamos sólo unos cuantos kilómetros, pero vale la pena.

−Es mejor no salirnos de la ruta Dark. No hace falta… En nuestras mochilas teníamos unos panecillos de jamón y eso fue suficiente para nosotros… ¿No es verdad Débora?

−Así es y estoy de acuerdo con Simón. Es mejor no desviarnos.

−Yo tampoco tengo hambre. Comí muchísimo antes de subir previendo que no lo volvería a hacer hasta la noche −señaló José Pedro al ver que nadie preguntó sobre su apetito.

−Bien, entonces sigamos y olvidémonos de las truchas. Será en otra oportunidad. En la Hummer tengo otros “juguetes”. No te vayas a poner nervioso −comunicó el recién llegado a Simón dándole unas palmaditas en la espalda.

−Algún día tus “juguetes” nos harán pasar un mal rato −contestó resignado, pero sin demostrar molestia.

−Pero también evitarán que nosotros lo pasemos −sentenció Dark deslizándosele por un lado para tomar la vanguardia−. Recuerden, nada de paradas hasta que yo lo diga. Si tienen que hacer pis háganlo ahora o reviéntense en el vehículo.

Quien estaba impartiendo órdenes e indicando la ruta a seguir, era John Dark, el ex veterano capitán de asalto de la décima tercera brigada aerotransportada del ejército norteamericano que luchó en Afganistán e Irak y que rescató junto a Raquel y el Remedón a Santiago del Monasterio de San Felipe, donde estaba siendo torturado por un grupo de teólogos capuchinos que creían que el muchacho era un enviado de Satán, un falso profeta.

Meses después del rescate y puesta a salvo de Santiago en un paraje selvático de La Gran Sabana, ese mismo John Dark fue contactado por Simón y Débora y otras personas del mismo grupo para trabajar unidos a fin de alcanzar lo antes posible la Tierra Nueva revelada en las profecías entregadas por Santiago a Raquel para que fuesen reveladas al mundo.

La difusión del mensaje se cumplió, aunque no fue muy tomado en cuenta. Pocos periódicos la publicaron con cierta importancia y respeto. En la gran mayoría de noticieros y diario pasó como noticia de segunda. La Iglesia le restó significado y condenó el escrito. Todo se olvidó muy pronto y nadie más insistió en el asunto, aunque a puertas cerradas y tras los muros del Vaticano se analizaba punto por punto y en forma meticulosa la exégesis del mensaje.

Otros miembros de la Iglesia dedicados a la fenomenología cambiante del universo, seguían como sabuesos los rastros de los niños que nacían con cola y que en su costado derecho tenían una inscripción en arameo cuyo significado ellos desconocían. Sabían que existían hombres igual a Santiago en otras partes del mundo, pero hasta ahora no habían podido capturar ni conocer el paradero de ninguno de ellos.

Los tenían bajo sus narices, pero se empeñaban en buscarlos entre gente extraña o con anatomía amorfa. Sus pistas e intentos siempre se convertían en fracasos.

Si hubiesen dirigido sus miradas hacia gente normal, quizás sus resultados habrían sido otros. Simón y Débora eran dos ejemplos de ello. Tenían cola y tatuado en su costado derecho, a la altura de la quinta costilla, una especie de triángulo color paja quemada de unos siete centímetros de grosor con la forma de un pez semejante a los que dibujaban en las cavernas los primeros cristianos. En su interior, en claro arameo tenía la inscripción del papiro 3J3 que decía: Con la marca del pez en su cuerpo nacerán Los Elegidos de Dios y de su parte posterior penderá una cola.

José Pedro conocía la inscripción del papiro 3J3. Lo había descifrado de memoria tiempo después que Santiago le había mostrado su tatuaje en el laboratorio de la universidad de Caracas. Por eso no se alarmó cuando la cola de Simón se transparentó bajo los rayos del sol mientras nadaba en la poza del Ouzoud. Presumía que también Débora debería tenerla, por eso no insistió para que se quitase la ropa mojada después de huir de sus atacantes.

Tanto Santiago, como Simón y Débora y quién sabe cuántos otros más en el mundo, tenían en sus cuerpos el profético tatuaje que los identificaba como Elegidos de Dios, portadores del Ichthys, el pez, cuyo significado es Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Salvador y no personas diabólicas como presumían algunos jerarcas de la iglesia católica.



12

Delamadrid seguía con la cara tirada sobre la mesa. Parecía profundo. El profesor Müller no sabía qué hacer. Se movía nervioso y estaba apenado por la situación que se le acababa de presentar. En su rostro podía leerse una gran disculpa hacia los que le observaban.

No sabía si irse y dejar al famoso arqueólogo tirado en la mesa, pasando la mona, o quedarse hasta que despertara. Estaba indeciso. Otra oportunidad como esa, de estar a solas y de tú a tú con Delamadrid, una de las autoridades mundiales más reconocidas dentro del campo de la arqueología y papirología, sabía que difícilmente se le presentaría otra vez.

Su incomodidad era evidente. Además, aborrecía las bebidas alcohólicas. Aceptó lo tragos con otra intención. Sus funestas consecuencias las había sufrido en carne propia desde muy joven. Debido a ello se convirtió en una suerte de abstemio que sólo bebía en raras ocasiones. Cuando era inevitable y la situación así lo ameritase. Y esta vez lo ameritaba, y mucho. Más en ese preciso instante, cuando el profesor estaba a punto de revelarle, ante su aparente y deliberada indiferencia, algo que supuestamente revolucionaría al mundo científico y pondría a la humanidad de cabeza.

Otro par de minutos fueron más que suficientes para que Müller se decidiera dejar el local.

La bochornosa situación le incomodaba. Creía que la gente que estaba en el bar, así como los meseros que de cuando en cuando pasaban por su lado, lo miraban con desprecio. En su imaginación suponía que le recriminaban su apática actitud, aunque en verdad no sabía qué hacer.

Vació el resto del brandy que quedaba en su copa en un cenicero repleto de arrugadas servilletas de papel y se dispuso a llamar al mesero para pedir la cuenta, pagar e irse.

Aquel simple acto de tomar la copa entre sus dedos y vaciarla en el cenicero hizo que su mente fuese asaltada por funestos recuerdos de la juventud, los cuales estaban desde hace tiempo enterrados en las cavernas de su memoria. Como si lo estuviese viviendo nuevamente, en aquel instante recordó las miles de veces que se encontró en la misma situación en su Alemania natal cuando su padre, el finado Heinrich Müller, quien llevaba el mismo nombre y apellido de su tío, el tristemente célebre y sanguinario Heinrich Müller, mano derecha de Hitler, yacía borracho en la misma posición que el profesor Delamadrid en un maloliente bar. Y él a su lado, observándolo y sin saber qué hacer. En ese entonces apenas contaba con dieciséis años y su padre, pese a sus negativas, se lo llevaba a sus juergas. “Esto te convertirá en hombre”, le decía. Por más que lo intentaba, el delicado y flacuchento Hans no podía zafarse de las exigencias de su padre, un fornido estibador del puerto de Lübeck, ciudad inmortalizada por el escritor Thomas Mann, y en la cual vivían en ese entonces. Cuando el viejo Müller se emborrachaba, que era casi todos los días, a veces se vanagloriaba de llevar el nombre y apellido del temido Heinrich Müller, nacido como él en Munich, criminalista y General de División de la SS, conocido bajo el remoquete de “Gestapo Müller”, Jefe de la Sección IV de la RSHA, o sea la temida Gestapo. Otras, según fuesen los rigores del aturdimiento y la intoxicación etílica, el viejo Müller se lo recriminaba. Su psiquis se movía al vaivén de los recuerdos, frustraciones o alegrías que el alcohol le producía mientras durase su efecto. Pero, la gran realidad era otra. Cuando estaba sobrio le asqueaba llevar a cuestas ese apellido tan despreciable y nauseabundo.

Debido a una de las tantas impertinencias alcohólicas de su padre, Hans llevaba como segundo nombre el de Reinhard, ya que en su niñez había conocido a Reinhard Heydrich, la terrible mano derecha de Himmler y uno de los creadores de la Policía Secreta del estado alemán, la cual más tarde fue conocida como Geheime Staats Polizei y cuyas siglas se convertirían en el terror de toda Europa.

Como jefe de la Gestapo, el Müller al que Hans le debía su desastroso apellido, participó en la Conferencia de Wannsee para coordinar la llamada Solución Final que acabaría con “el problema judío” y fue quien ordenó y firmó el Decreto Bala, mediante el cual autorizaba a matar a balazos a los prisioneros de guerra que intentaran escapar. Müller dirigió asimismo operaciones de inteligencia y contraespionaje en toda la Alemania nazi.

Mientras estaba inmerso en sus tristes y dramáticas remembranzas, Hans no se percató que el profesor Delamadrid hacia pequeños movimientos y estaba a punto de despertar.

Su mente extraviada en el refugio donde sólo los recuerdos pueden llegar y nadie puede ver o palpar, aunque son tan lacerantes como una punzante daga, lo había secuestrado del universo real por algunos momentos.

−Disculpa… Tuve una pequeña baja de azúcar, pero ya pasó todo −dijo el arqueólogo como si no hubiese sucedido nada.

Alargó la mano para tomar la copa de brandy que estaba delante de él y de un sorbo tomó el resto de bebida que quedaba.

− ¡Al fin, profesor!... Me tenía preocupado… −expresó Hans dejando atrás sus cavilaciones.

−A veces me sucede. Más que nada cuando estoy emocionado. Gracias a Dios, que no es tan seguido −se excusó, queriendo disfrazar su adicción al alcohol–. ¿De qué estábamos hablando? −preguntó fresco, mientras sus ojos comenzaban a buscar a un mesonero.

−De nada importante profesor... De algo que usted llamó Nion −dijo ex profeso y con desgano a fin de disimular el inmenso interés que verdaderamente tenía sobre el asunto, pero esta vez pronunciando bien, sin afectación, el nombre Nion.

− ¿Cómo qué de nada importante? −repitió el profesor mordiendo el anzuelo otra vez−. Si supieras lo importante que es no te expresarías de esa manera… ¡Revolucionará a la humanidad!... ¡Los Nion, los Niños Luz, revolucionarán a la humanidad! −profirió casi gritando mientras levantaba la mano requiriendo la presencia de un mesero.

−Si usted lo dice, profesor, respeto su opinión. También habló de algo sobre los cromosomas y una luz.

−Oh, si…Cierto… Ese mesonero si se demora −refunfuñó viendo hacia el sitio donde estaba el tabernero− ¿Qué me decías? −repreguntó conteniendo el impulso de pararse de la mesa e ir el mismo en busca de un trago.

La figura de un empleado que salió detrás de una columna e iba en dirección de donde estaban sentados lo contuvo.

− ¿Dije lo de la luz?... No lo recuerdo…

−Sí, y que todo podía verse a través de un microscopio electrónico.

− ¡Hummm!... ¡Al fin llegaste hombre! −exclamó al tener al mesonero junto a él−. Por favor tráeme un brandy… Del mismo que estaba tomando. O, mejor dicho, que sean dos… Tengo que controlarme la tensión. La debo tener muy baja −dijo viendo en forma cómplice a Hans, quien lo observaba aturdido y a punto de pegarle un grito.

El joven lingüista alemán estaba ansioso, casi al borde de la desesperación. Quería seguir hablando sobre del tema del cromosoma X y la luz. Era imperativo. Su curiosidad se desbordaba y el viejo profesor sólo estaba pendiente de los tragos y eso lo tenía molesto. Mucho más por la forma como se iban sucediendo las interrupciones y todas por un bendito trago.

− ¿Y qué vas a tomar tú, Hans? −preguntó en tono de disculpa por haber cometido la descortesía de haber ordenado antes sin preguntarle que le apetecía.

−Lo que sea… Lo que sea −afirmó fastidiado mientras se acomodaba sobre su nariz los pequeños espejuelos redondos.

− ¿Cómo qué lo qué sea? −repitió Delamadrid−. Estamos en Roma y aquí no se puede pedir lo que sea…

−Es que no estoy acostumbrado a beber… Menos cosas fuertes −dijo el apático el joven profesor.

−Bueno en ese caso te recomiendo un buen vino, un Brunello di Montalcino… ¿Lo tienen aquí? −preguntó volteándose hacia el mesonero.

−Sí, señor. Pero es muy costoso −advirtió el empleado al ver al profesor Delamadrid vestía de manera muy informal y desaliñada.

−Entonces traiga una botella… ¿No es así? −indagó con su colega quien estaba totalmente aislado de su conversación con el mesonero.

−Tenemos un Castello Banfi del 2002 que es excelente. Pero debo advertirle nuevamente que es…

− ¡Claro!... Fue una de las mejores cosechas de los últimos años… −interrumpió al empleado sin dejarlo terminar−. Figúrate que le pusieron una clasificación de cinco estrellas −expresó con cierto engreimiento infantil a fin de demostrar sus grandes conocimientos enológicos.

Estaba sumamente feliz. Para celebrar lo que en su interior calificaba como una acertada escogencia, dio unos toquecitos sobre el hombro de Hans, pero éste remotamente sabía de lo que estaban hablando.

−Entonces primero traiga una botella, quiero verla. Quizás nos tomemos dos y apúrese con los brandys −urgió el arqueólogo sin dejarlo concluir.

Delamadrid sabía que el Brunello di Montalcino era uno de los mejores y más caros vinos del mundo. La última vez que fue a Pisa visitó los viñedos de Montalcino, en Toscana, donde se hizo muy amigo de uno de los dueños del pequeño pero poderoso consorcio vinícola. Allí, a las sombras de un centenario olivar y teniendo de fondo los famosos viñedos, pudo degustar, entre música y bailes, algunas de las cepas del preciado vino. Ese día se metió una mona tan grande, que unos amigos tuvieron que montarlo en el coche y llevarlo al Grand Hotel Duomo, a sólo cincuenta metros de la famosa Torre inclinada, donde se hospedaba.

−Una botella es mucho profesor. Con un trago hubiese sido más que suficiente – consideró Hans después que se retiró el camarero.

−Lo sé. Pero a ese bueno para nada le faltó poco para tratarme como un pordiosero. Lo hice a propósito… Debe ser un empleado nuevo… Venirme a decir a mí con esas ínfulas y esa cara que puso, “es muy costoso” −dijo remedando al mesero–. ¿En qué estábamos? −preguntó echándose hacia atrás en la silla.

−Me estaba contando lo del cromosoma X −le recordó con respeto.

−Además, una botella no es mucho. Si tú no te la tomas, me la tomaré yo y asuntó concluido… ¿No te parece? −resolvió salomónicamente insistiendo en el tema del vino.

−Lo que usted diga profesor, ¿pero podemos continuar con el asunto que estábamos hablando?

− ¡Claro!... Claro, amigo mío −afirmó en tono liberador, como si el asunto del vino hubiese sido una disputa.

− ¿Y bien?

− ¿Y bien, qué? −contestó extrañado Delamadrid.

−Los cromosomas, profesor… El cromosoma X…

−Es cierto, amigo. No sé si conoces algo de neurología −manifestó viéndolo fijamente en los ojos mientras Hans le hacia señas de “más o menos” con las manos−. Bien, entendido. No obstante te diré que las neuronas son las células funcionales del tejido nervioso. Ellas se interconectan formando redes de comunicación que transmiten señales por zonas definidas del sistema nervioso −relató circunspecto y didáctico. Hizo una breve pausa. Tomó un sorbo de brandy y prosiguió−: Las funciones complejas del sistema nervioso son consecuencia de la interacción entre redes de neuronas, y no el resultado de las características específicas de cada neurona individual −precisó mientras hacia otra corta pausa para tomarse el resto de brandy que quedaba en su copa.

Hans escuchaba atento, aunque intranquilo por las sucesivas interrupciones.

−Prosiga profesor. No se detenga −indicó al ver que Delamadrid miraba ansioso hacia los lados donde se apostaban los meseros que no tenían tareas que cumplir.

−Bien. Como te estaba diciendo, la forma y estructura de cada neurona se relaciona con su función específica, la cual puede ser recibir señales receptoras sensoriales… ¡Si se demora ese imbécil mesonero! −espetó con contenida furia.

Con cada interrupción su amigo se ponía aún más impaciente.

−No haga caso y prosiga… No debe tardar… –señaló llenándose de paciencia.

−Cuando llegue recuérdame ordenar también un poco de prosciutto… Me está dando hambre.

−Seguro, profesor… Seguro…

Apenas había terminado de decirlo, como salidos de la nada aparecieron dos camareros con la orden. Delamadrid esperó a que acomodase la primera copa de brandy, la cual el empleado colocó ordenadamente sobre una pequeña servilleta de papel, frente a él y la otra a su izquierda, un poco retirada, a fin de que no fuese a voltearla con el codo. El otro mesero, el cual fungía de maître, le mostró la botella de vino.

Delamadrid cogió la botella y la examinó.

−Año 2002… Muy bien… Excelente reserva la de ese año −aprobó devolviéndole el envase verdoso que en su “barriga” tenía adherida una bella etiqueta con la imagen de un legendario caballero de reluciente armadura y bordón cabalgando sobre un brioso caballo blanco por los viñedos del Castello Banfi.

El empleado la tomó en sus manos cubiertas por inmaculados guantes blancos y con un elegante sacacorchos niquelado la destapó. Sirvió un poco. Delamadrid tomó la copa entre índice y pulgar e hizo un ligero movimiento circular. Luego la puso a la altura de sus ojos, vio el líquido a través del cristal y la inclinó para detectar su cuerpo. A fin de completar aquel ritual se la llevó bajo la nariz, aspiró el bouquet y tomó un pequeño sorbo, el cual agitó ligeramente en la boca. Esperó unos segundos y tragó el delicado vino color rubí.

− ¡Excelente!... Realmente excelente… Puedes dejar la botella −aprobó mientras el mesero llenaba la copa a Hans.

Antes de retirarse, el servicial maître recubrió la botella con una inmaculada servilleta de algodón blanco.

− ¡Al fin!... Creo que ya no tendremos interrupciones −suspiró Hans.

−Tranquilízate… Esto es parte de la vida. No todo debe ser dedicación y estudios… Un poco de placer no le hace daño a nadie.

−Lo sé profesor. Estoy de acuerdo con usted… Pero, me decía que las neuronas tienen diferentes funciones…

−Ciertamente es así. Las neuronas pueden recibir señales y conducirlas como impulsos nerviosos que consisten en cambios en la polaridad eléctrica a nivel de su membrana celular y trasmitirlas a otras neuronas o a células efectoras...

−No entiendo mucho de eso profesor y ya me perdí. Me encantaría que me dijese en forma simple y llana que tiene que ver eso con los Nion y los cromosomas −lo interrumpió.

Ansioso, de un sorbo vació toda la copa de vino. Luego alargó la mano para asir la botella y servirse más.

−Menos mal que no tomas y tampoco te gustan las bebidas alcohólicas −observó risueño el profesor al verlo empinar otra copa.

−Es que esta conversación me está dando mucha sed −manifestó a fin de excusar su ansiedad y comportamiento−. Siga usted profesor −requirió calmado mientras dejaba la copa vacía sobre la mesa.

−El asunto es, amigo Hans −prosiguió otra vez con voz engolada por efecto de la bebida− que en el núcleo de la neurona, pero no de cualquier neurona, sino en la llamada neurona Alfa está el…

El estridente resonar de unos tambores africanos que provenían del timbre de su celular lo interrumpió.

− ¡Aló!... Hablando del rey de Roma y él que se asoma −manifestó contento pero sin poder disimular la gran borrachera que tenía. Luego, asumiendo una postura casi sobria, agregó: − Si entiendo. Estaré allá lo más pronto posible… ¡Adiós!... Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est −dijo antes de trancar la llamada.

− ¿Quién era? −preguntó Hans sin disimular su curiosidad.

−Un amigo y colega −contestó en tono preocupado Delamadrid.

−Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo. Eso traduce lo que dijo en latín, ¿es cierto?

−Sí… Es una forma de comunicarnos entre amigos… ¿Cómo lo sabías? −indagó mientras se levantaba de la silla.

− ¿A dónde va profesor? −preguntó con aprehensión.

− ¡Al baño, hombre!... Al baño… Voy a lavarme la cara y hacer pis.



13

Luis Rafael observaba aterrado como Juan Diego rodaba hacia la boca del barranco por el que cayó Divor Klaus.

No podía evitarlo. Estaba muy lejos y petrificado de miedo. Aunque corriese a la velocidad de una gacela lo atajaría. Tampoco tenía las fuerzas necesarias para hacerlo. Sólo con la potencia y empuje de un toro bravío evitaría la despeñada y él no la tenía. “Únicamente un milagro podrá salvarlo”, pensó mientras veía a su compañero ir hacia una muerte segura.

− ¡Danos, oh Señor, la salvación, danos, oh Señor, la victoria! … ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!... Desde la casa del señor los bendecimos: el Señor es Dios, él nos ilumina.

Escuchó decir a sus espaldas. Volteó para ver de dónde provenía la voz, pero sólo percibió un fuerte aleteo sobre su cabeza. Creyó que una gran águila arpía, de esas que sus ancestros decían que se posaban a descansar en las cimas de los tepuyes, andaba perdida en la oscuridad. Confundido y tembloroso, volvió a mirar hacia el precipicio y vio como una fuerte mano rescataba Juan Diego cuando se desprendía al vacío.

Luis Rafael creyó alucinar. Algo parecido a un gran pájaro, pero con cuerpo humano, elevaba vuelo con su amigo agarrado por el brazo. Luego, batiendo ligeramente sus largas y anchas alas blancas, bajó y lo posó como si se tratase de una pequeña paja sobre un risco seguro.

Alejado del peligro y las profundidades, Juan Diego se incorporó del suelo y con una extasiante sonrisa llena de dicha observó como su salvador volaba hacia los cielos para enfrentar a los monstruos infernales que los atacaban. En su mano izquierda empuñaba una reluciente espada y en la otra un dorado escudo con encajes de brillantes y piedras preciosas. Sus brazos estaban protegidos por sólidas muñequeras de metal con extraños símbolos e inscripciones.

Juan Diego se hizo la señal de la cruz y lo bendijo entre labios, tanto por salvarlo como por el valor de ir a entablar lucha tan desigual contra aquellas pestilentes criaturas.

− ¡Dios, libera estas almas del infierno!... ¡Te lo suplico, Dios! … ¡Escucha el ruego de tú siervo!... ¡Devuélvelas a los abismos de donde han salido! −exclamó aquel ser mitad ángel mitad muchacho.

Como impulsado por un fulgor divino fue ascendiendo hacia la oscuridad. Movía sus alas con fuerza mientras de la punta de su filosa espada se desprendían resplandecientes centellas.

Con la cruz bien en alto, Luis Rafael corrió a reunirse con su compañero. Al llegar se postró de rodillas, hizo la señal de la cruz y comenzó a orar callado, aunque con embeleso infantil seguía cada uno de los movimientos del ser alado.

−Padre Dios, te doy gracias por tu infinito amor. Por enviar a tú hijo Jesús por mí y en mí ayuda. Te entrego todo mi corazón para poder estar en el centro de tú voluntad. Recibo con fe a Jesús como mi Señor y Salvador −recitaba en devoto cántico aquel sublime ser venido del cielo mientras los tormentosos espectros se alejaban despavoridos hacia la endemoniada morada de donde habían salido.

− ¿Quién es?... ¿De dónde salió? −preguntó Luis Rafael poniéndose de pie y con la cruz alzada por encima de su cabeza.

− ¡Un ángel!... ¡Un ángel!... ¡Dios lo envió para salvarnos! −exclamó Juan Diego desbordado de dicha.

Tenía aprisionada contra el pecho su inseparable compañera de viaje, como llamaba a veces a su vieja Biblia.

−Pero es un hombre… Un muchacho con alas… Y viste blue jeans –respondió con inocente confusión Luis Rafael.

− ¿Y qué te esperabas?… ¿Un ser mitológico?...

−Otra cosa, menos un muchacho… Además, tiene puesta una franela con un dibujo en el centro… −replicó haciendo gala de ser un gran observador, virtud que deben tener todos los indígenas para asegurar su subsistencia cuando van de caza.

−Así son los ángeles… Pueden tomar cualquier forma. Una flor, un caballo… Lo qué sea, ¿entiendes? −respondió sin quitarle la vista a aquel ser que luego de ahuyentar a los demonios había regresado de las alturas y se posaba lentamente sobre el suelo, cerca de donde estaban.

−No, no entiendo… −expresó Luis Rafael, quien de pronto contuvo la respiración y no terminó lo que iba a decir.

El ángel caminaba hacia ellos. Había envainado la larga y reluciente espada y el escudo terciado en la espalda para mantener firmes sus alas, las cuales había recogido. Su voz se escuchaba cada vez más cerca y el roce del plumaje contra el suelo intimidaba con cada paso que daba.

−Mejor es confiar en el Creador, tu Dios, que confiar en el hombre. Mejor es confiar en el Creador, tu Dios, que confiar en el poderoso −testificaba de viva voz y de memoria el venido de los cielos mientras iba hacia ellos.

Recitaba los versículos 8 y 9 del Salmo 118. El centro de la Biblia. Los mismos que Juan Diego leyó cuando las criaturas aparecieron. Delgado, muy blanco, nariz ligeramente aguileña y de una celestial y penetrante mirada, aquel ser venido de la nada se dirigía lento, sin apuro, pero con porte altivo, hacia los dos pemones.

− ¡Shuuu!, ya está aquí! −musitó Juan Diego al oído de su compañero al ver que estaba apenas a unos pasos de distancia.

−Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo −dijo extendiendo su mano a manera de saludo mientras sus grandes alas, cuya puntas rozaban ligeramente el suelo, se agitaban armoniosamente al vaivén de sus movimientos.

−Juan Diego, mucho gusto −se presentó intranquilo e indicando a su compañero, dijo: − y él es Luis Rafael −afirmó estrechándole la mano con timidez salpicada de profunda satisfacción.

–Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia −señaló el ángel con dulzura.

Aquellas palabras correspondían textualmente a las primeras líneas de la Epístola Universal escrita por el apóstol Santiago en el Nuevo Testamento y Juan Diego las conocía al dedillo.

−No… No soy el que tú crees. También me llamo Santiago… Santiago, El Pobre −dijo despojándose del gran sombrero de ala ancha que llevaba en su cabeza para dejar al descubierto una larga y ondulada cabellera castaña−, pero no soy el apóstol Santiago, como crees −aclaró ante las miradas estupefactas de los dos pemones que no lograban desatar sus ojos de las grandes alas de la angelical figura que además de salvarlos también acababa de leerle el pensamiento.

Juan Diego apresuradamente pensó que el ser que estaba frente a ellos era Santiago, el apóstol hijo de Zebedeo y Salomé, llamado El Mayor, a fin de diferenciarlo del otro Santiago, hijo de Alfeo.

Por sus largos estudios de la Biblia, el curtido pemón sabía que Santiago era hermano de Juan, quien tiempo después se convirtió en San Juan y que los dos santos fueron testigos, junto a San Pedro, de muchas revelaciones de la vida de Jesús. El pemón era un apasionado de las Sagradas Escrituras, por eso conocía que a Santiago y a su hermano Juan, por su carácter impetuoso, Jesús los llamaba hijos del trueno. Eran asimismo, junto a Pedro, los apóstoles predilectos de Jesucristo.

Lo que siquiera se imaginaba Juan Diego, era que Santiago, El Mayor, estuvo predicando el Evangelio durante un tiempo en España y que de regreso a Jerusalén, de acuerdo a testimonios descritos en los Hechos de los Apóstoles, Herodes Agripa ordenó decapitarlo. Se cree que su ejecución se llevó a cabo alrededor del año 42 ó 44, durante la fiesta de Pascua o poco después, fecha idéntica a la actual en La Gran Sabana y el resto del mundo católico. ¿Qué significado o coincidencia tenían los antiguos hechos con los actuales? ¿Sería por qué la Oración sobre las Ofrendas dice que Santiago fue el primero de los apóstoles que bebió del cáliz de Cristo? ¿Tenía esto algo que ver con La Vera Cruz que fue a buscar Divor Klaus en el Kukenán?

Eran acertijos sin respuestas. Un misterio de principio a fin porque después de su muerte el cuerpo de Santiago fue llevado a España, perdiéndose desde entonces todo rastro sobre el apóstol. Su tumba fue encontrada, en tiempos del obispo Teodomiro de Iria, en el año 830, gracias al resplandor de una estrella que indicaba el sitio de su sepultura. ¿La espada? Tiempo después ese lugar comenzó a llamarse campo de la estrella, "Campus Stellæ" en latín, es decir Compostela. ¿Qué significado tendría la aparición del ángel con un nombre igual al del primer apóstol mártir?

Por ahora era un enigma que posiblemente nunca se resolvería.

El Santiago que tenían los dos pemones frente a ellos no era ninguno de los dos seguidores de Cristo en la Jerusalén de la época de los romanos. No. Este era otro. Era el Santiago al que se refirieron José Pedro, Simón, Débora y John Dark en Marruecos. Era el muchacho que predicada y hacia milagros en el barrio La Bombilla, el mismo al que lo monjes del Monasterio de San Felipe torturaban y fue rescatado por Dark, Raquel y El Remedón. Era el Santiago que debajo de su tetilla derecha, en el mismo lugar donde Longino le clavó la lanza a Jesucristo mientras estaba crucificado en El Gólgota, tenía la marca del pez con la inscripción del papiro 3J3 que vaticinaba Con la marca del pez en su cuerpo nacerán Los Elegidos de Dios y de su parte posterior penderá una cola.

−Como los percibo dudosos −señaló el venido del cielo−, les repetiré lo escrito por el apóstol Santiago en su evangelio: Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada, porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra.

−Mi fe es incorruptible. No hay dudas en mi corazón −afirmó sin vacilación Juan Diego viéndole fijamente en los ojos a fin de que palpase la sinceridad de sus palabras−. Lo que no entiendo es la maldad de los hombres, la cual no tiene fin… A veces me resisto en creer que muchos de ellos sean criaturas de Dios −finalizó en tono filosófico.

−Lo sé, amigo. Aunque no te conozca sólo con verte sé que eres sincero y no mientes… Tú preocupación también es la mía y la de mi hermanos −afirmó con mansedumbre dirigiendo la mirada al cielo, el cual todavía estaba tan negro como cuando llegó.

− ¿Qué eran esas cosas? −preguntó más conciso y menos espiritual Luis Rafael.

−Demonios, ánimas rebeldes que esperan castigo, detritos de maldad y muchas otras cosas que serían difíciles explicarte y aún más difícil que lo entendieras −comunicó con humildad.

−Eso suponía yo. Seres tan horribles y pestilentes no podían ser otra cosa, pero no nos has dicho quién eres, de dónde vienes, porqué estás aquí −indagó el joven pemón ávido por saber de dónde había salido aquel ser de alas y blue jeans que tenía enfrente y con quien hablaba de tú a tú.

−Soy Santiago, ya se los dije. He venido a ayudarlos. Sólo eso puedo decirles ahora… Hay cosas que no me están permitidas revelar… Vendrá el momento esperado y sabrán lo deberán saber −respondió claro, sin rodeos.

Volvió a mirar el ennegrecido espacio. El más joven de los pemones estaba lleno de interrogantes.

−Pero, porqué estás aquí, en el Kukenán… ¿Cómo llegaste? −preguntó otra vez Luis Rafael sin quitarle los ojos de encima a la blanca franela que endosaba, la cual tenía estampada en el centro una imagen de Jesús con corona de espinas.

−Pronto sabrán porqué estoy aquí… Y, ¿no me viste?… ¡Llegué volando! −respondió con una sonrisa dibujada en los labios.

−Hace poco hablaste de hermanos… ¿Hermanos tuyos, seres como tú? −preguntó está vez más directo Juan Diego, reflejando en el tono de sus palabras un eterno agradecimiento por haberle salvado la vida y por estar ahí con ellos.

−Sí, somos muchos… Una gran familia y pronto los llevaremos a todos a la Tierra Nueva… Para eso estamos aquí.

− ¿Y dónde están los otros?... ¿Tus hermanos?... ¿Cuál Tierra Nueva?... ¿Otra Gran Sabana?

−Ten fe Luis Rafael… Pronto lo sabrás… −Se interrumpió. Giró y escudriñó entre las sombras, hacia donde estaba tirada echa un amasijo de poliéster la carpa de los dos pemones. Se dio la vuelta y miró fijamente al inquieto y curioso joven−: Ten fe y ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. Nunca lo olvides… Es la única forma de salvar a la humanidad y al mundo –indicó.

−Trato de hacerlo… Siempre busco no desviarme de la palabra divina −expresó y nervioso miró hacía arriba.

Las grandes nubes negras que tenían sobre sus cabezas se movían de un lado a otro sin motivo aparente y de forma extraña.

−Si todos los humanos lo hiciesen, si amasen a su prójimo como a sí mismos, si cumpliesen ese único Mandamiento de Dios, este mundo sería un Paraíso Terrenal −precisó dirigiendo también sus ojos hacia aquel manto negro con aspecto de cielo.

− ¿Crees qué vuelvan?… ¿Crees qué esas bestias volverán? −indagó Juan Diego, quien notó su preocupación.

−Con ellas nunca se sabe… Es posible −manifestó en el preciso instante que el viento, que minutos antes había cesado casi por completo, recrudeció. Ahora soplaba más fuerte que al principio.

Santiago entregó su sombrero de ala ancha a Luis Rafael para que se lo aguantase. Posó su mano sobre la dorada empuñadura de la espada, la cual tenía grabada en bajo relieve la figura de un pez muy simple, de sólo dos trazos curvos. Idéntico a los encontrados dibujados en las cuevas donde se refugiaban los primeros cristianos que huían de las legiones romanas que los perseguían y mataban.

Juan Diego lo observaba con atención. Cada uno de sus movimientos consistía para él una revelación, tan mágica como divina.

− ¿Qué dice dentro del pez? –preguntó sin ocultar su curiosidad al ver las extrañas letras que plenaban el vientre de aquella figura acuática.

−Es el Ichthys −contestó de forma natural Santiago.

− ¿El Ichthys?... ¿Qué es eso?... ¿Qué idioma es ese?

−Es arameo… Ichthys quiere decir pez y su significado es Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Salvador.



14

Monseñor Pellegrino y el cardenal Ribera no se habían movido de la oficina pontificia del cuarto piso de Via Veneto. Esperaban ansiosos noticias de Marruecos pero estas no llegaban. Sabían por intermedio de fray Benítez que la Hermandad extendió la búsqueda por sectores y poblados vecinos a Las Cascadas del Ouzoud y que desde Rabat mandaron un helicóptero, el cual rastrearía desde el aire los caminos que conducen a Marrakech, donde creían que se dirigían los prófugos. Estaban seguros que de un momento a otro recibirían noticias, por ello no se apartaban de sus celulares y estaban pendientes de las lucecitas o repiques de la pequeña centralilla telefónica que estaba ubicada a la derecha del gran escritorio de madera labrada.

− De los espías no se ha sabido nada. Y eso es raro. Saben que tienen que mantenernos al tanto −comentó monseñor Pellegrino haciendo una mueca con su boca.

−Confío muy poco en ellos, monseñor. Son buenos para pedir dinero y resolver cosas pequeñas, pero cuando se trata de algo en que hay que ponerle pecho y corazón de verdad, son lentos e ineficientes. Veremos cómo salen los nuevos reclutas de monseñor Maiale. Me prometió una lista. Dice que son buenos y están listos para el servicio −respondió el cardenal dando poco crédito a las habilidades de aquella especie de red de espionaje del Vaticano, en cuyas filas también militaban mujeres.

El monseñor al que se referían los dos prelados era Maciel Maiale, fundador de la organización católica Legionarios de Jesús y Director de la Sagrada Congregación para la Vigilancia y Propagación de la Doctrina de la Fe de la Santa Sede. Muchos lo tachaban de proceder oscuro y tenebroso. Se le había acusado de pedofilia en varias ocasiones pero nunca se abrió una investigación al respecto. Sus detractores decían que tenía hijos en varios países del mundo y que, incluso, había abusados sexualmente de uno de ellos. También se le acusaba de vicioso drogadicto y hasta de transportar heroína en sus viajes ecuménicos. No obstante, era uno de sus más incondicionales colaboradores.

Ese mismo Domingo de Resurrección y desde el domingo anterior, que había sido de Ramos, más de cuatro mil estudiantes universitarios habían acudido a Roma desde todas partes del mundo para participar en el foro de UNIV y acompañar al Papa Benedicto XVI durante los actos de la Semana Santa. El foro celebraba su cuarenta y dos aniversario bajo el lema Universitas: un saber sin fronteras y fue impulsado en sus inicios por Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, hoy convertido en santo.

La UNIV o Unión Internacional de Estudiantes Universitarios Católicos, cuyo objetivo era reunirse para debatir asuntos académicos y participar en distintos actos culturales y religiosos durante todo el período de la Semana Mayor, se había convertido en un excelente semillero de nuevos reclutas.

Entre los conductores del foro estaba monseñor Maciel Maiale, buen amigo del cardenal Ribera, aunque éste último perteneciese al Opus Dei.

Maciel era un gran adoctrinador y experto reclutador de jóvenes pronto a graduarse para sumarlos a la red de espionaje de la Iglesia. Los buscaba muy jóvenes para así tenerlos siempre en el saco, bajo sus dominios y potestades. Los investigaba tan meticulosamente que hasta sabía las tallas de sus vestidos, postres favoritos y placeres ocultos, desviaciones de las cuales él participaba. Era un pederasta obsesivo e incurable, pero gracias a su poder dentro de las Iglesia nunca se puso en tela de juicio su aberrada conducta criminal. Justificaba su proceder entre los sacerdotes amigos diciendo que con su “sacrificio” la Iglesia se beneficiaba.

Por su parte, el Papa Benedicto XVI, en sus discursos en la Universidad de Ratisbona y de La Sapienza, en Roma, invitó a los estudiantes a superar el miedo para hablar de la verdad en el ámbito moral, científico, humanístico y social. “La idea de verdad no está enfrentada con la libertad personal de cada uno, ni con el respeto de las creencias”, dijo en forma clara el Santo Pontífice. “La UNIV quiere contribuir a que se revisen tales postulados a través de un diálogo real entre personas y entre saberes en la universitas. Entre fe y razón, entre ciencia y revelación, entre técnica y ética, entre creyentes y no creyentes”, afirmó en su discurso ante los miles de de estudiantes participantes al foro, a quienes el miércoles santo recibió en audiencia en el Vaticano.

El cardenal Ribera estaba muy atento a las conclusiones de dicho foro ya que monseñor Maciel le había prometido una lista de los nuevos reclutas, de los cuales dijo eran de primera categoría.

–Espero que la dichosa lista de Maciel sea en realidad prometedora y no llena de unos cuantos haraganes buenos para nada –manifestó no muy convencido el cardenal.

−Lo sé. Pero siempre hay algunos que son hábiles… Fanáticos que toman el asunto para sí como un reto, como si se tratase de algo de vida o muerte.

−Cada uno en su área y cada loco con su tema, como decimos en España, monseñor… ¿No le parece?

−La vida está llena de caminos muy complejos. Muchos quieren acortar el sendero a Dios con indulgencias pecaminosas, pero es cuestión de ellos. La Iglesia no tiene nada que ver con eso −se excusó monseñor Pellegrino evadiendo cualquier responsabilidad, tanto suya como de la Iglesia, en los métodos que utilizaban los hombres a sus servicios y sobre lo que pronto harían los nuevos reclutas.

−Es una buena forma de lavarse las manos, monseñor. Yo reconozco mis errores y, si he pecado, ha sido en nombre y beneficio de la Iglesia –aseveró poniendo mucho énfasis en las últimas palabras−. De evitar que los demonios la invadan o que el mal la profane −concluyó a manera de expiación.

−Ese es su problema cardenal, y muy personal. Si usted se siente sucio, ni la Iglesia ni yo tenemos nada que ver con eso −respondió categórico el poderoso monseñor amigo del Papa librándose de cualquier culpa.

−Usted tiene una venda en los ojos, estimado Pellegrino… El que tenga ojos que vea y el que tenga oídos que oiga… Yo no pretendo ser un Pilatos. Asumo como hombre de Dios todas mis responsabilidades.

−Quien tiene la venda en los ojos es usted Ribera y, por favor, dejemos esta conversación hasta aquí porque no beneficia en nada nuestra misión. Además, profana este recinto −sentenció molesto Pellegrino levantándose bruscamente de la butaca donde estaba cómodamente sentado.

−Quien lo profana es su terquedad, monseñor. Recuerde que usted ordenó el uso de armas a la Hermandad, cuando…

− ¡Cállese, por favor!... Era por una santa causa y usted no es…

El diálogo estaba tomando visos de disputa. Faltaba poco para que se fuesen a las manos. El sonoro repique del celular del cardenal Ribera puso un alto a aquella tirante conversación.

− ¡Aló!... ¡Aló! −contestó en forma furibunda y con voz entrecortada Ribera−. ¿Quién es?

Al oír una voz familiar del otro lado del hilo telefónico, el cardenal se tranquilizó. Retomando la compostura de siempre, le dirigió una mirada de alerta a Pellegrino para avisarle que la llamada que esperaban con tanta ansiedad había llegado.

−Sí, dime. Te escucho. No, aquí no hay nadie. Puedes hablar tranquilo −expresó a fin de darle seguridad a la persona que lo llamaba y garantizarle la privacidad de la conversación que tendrían.

− ¿Quién es? −preguntó en susurro impaciente el monseñor.

−Si, puedes hacerlo. Te autorizo a hacerlo, pero, por favor y en nombre de Dios, no se excedan −aprobó a las solicitudes que le hacía la persona que lo llamaba mientras llevaba su dedo índice a la altura de la nariz para indicarle al monseñor que se quedase de momento callado.



La Hummer se desplazaba a toda velocidad por la polvorienta vía que conduce a Kelma-des-Sranghna. Al volante iba John Dark, quien se había despojado de la gorra de béisbol para ventilar un poco sus rubios cabellos parcialmente empapados de sudor. A su lado Simón, bastante incómodo, porque en el piso de la camioneta, rozándole los pies, estaban dos ametralladoras. Una M-249 SAW ligera de 5.56 mm. de 800 disparos, de las mismas que usan los grupos de asalto, y una malograda pero operativa sub-ametralladora alemana HK-MP5 de 9mm., considerada fundamental en la operación 'Chavín de Huántar', como se llamó en 1997 al rescate de setenta y dos rehenes que durante cuatro meses permanecieron secuestrados en el interior la embajada japonesa en Lima, tomada por catorce terroristas del grupo guerrillero del Túpac Amarú. El poder destructivo de la MP5 es letal y su efectividad puesta a prueba en muchos combates. En el fondo, muy cerca de las ametralladoras, también estaba un bolso con cartuchos, granadas, minas explosivas y de humo y otros pertrechos de guerra, listo para ser usados.

Atrás, muy cómodos y aparentemente distraídos, Débora y José Pedro miraban por la ventanilla con los vidrios cerrados, aprovechando las virtudes del aire acondicionado y librarse del asqueroso polvillo blanco y a veces rojizo que levantaba el vehículo a su paso.

Todos iban callados, inmersos en sus propios pensamientos y tan atolondrados por el cansancio y el hambre, que no les quedaba fuerzas siquiera para hablar. En sus rostros reflejaban la inmensa dicha de haber salido bien librados del inesperado encuentro con los bandidos en el Ouzoud. No sólo habían salvado sus vidas, sino tenían en su poder el preciado tesoro que fueron a buscar.

De cuando en cuando José Pedro levantaba el morral que apoyó en el suelo, muy junto a sus pies, y con una de las manos inspeccionaba a través de la lona si el Cuarzo de María Magdalena aún seguía ahí. Era una forma de asegurase que nadie lo tomó durante uno de sus esporádicos cabeceos producto del cansancio y el vaivén de la camioneta al transitar por una vía repleta de rocas y pedruscos.

Dark manejaba como un endiablado la poderosa H1 color amarillo, cuyo modelo se remontaba a finales de los noventa, aunque estaba en óptimas condiciones. La había alquilado dos días antes junto a Simón y Débora en el rental-car del aeropuerto de Rabat, donde arribaron procedentes de Roma, ciudad en la que estuvieron reunidos con un viejo profesor amigo de todo ellos.

La maltrecha vía y la forma de conducir de Dark, que no utilizaba para nada el poderoso sistema de frenos del vehículo, hizo desistir a José Pedro de seguir intentado sus pequeñas siestas.

− ¿Falta mucho para salir de esta montaña rusa? −preguntó bromeando el arqueólogo mientras con sus manos se estrujaba los ojos y dejaba escapar un largo bostezo que dejó al descubierto gran parte de su cavidad bucal.

−Si, algo −contestó lacónico Dark y dirigiéndose a Simón solicitó−: Por favor vigila mi flanco derecho. Desde el destartalado puente que acabamos de pasar vi una polvareda y quiero saber de qué se trata.

− ¡Okey! −contestó el fortachón, quien enseguida comenzó a escrutar por la ventanilla los alrededores.

Pobreza, tierra árida e infecunda y un horizonte lleno de incógnitas se abrían ante los ojos de Simón, pero nada de actividad humana.

− ¿Pasa algo? −indagó un tanto alarmado José Pedro.

−No, y tampoco quiero que pase nada −expresó sincero Dark−. De todas maneras agarra fuerte ese morral… Porque si llegase a suceder algo, lo que buscan está ahí dentro.

−Conmigo está seguro. No te preocupes, no lo dejaré solo ni un instante −aseveró.

Por si las dudas, recogió el bulto y lo puso sobre su regazo.

−Por cierto, ¿sabes disparar una ametralladora? −preguntó Dark señalando las armas que estaban junto a los pies de Simón.

−En mi vida he tocado un arma. Siquiera cuando era niño… Mis juguetes eran mapas, estalactitas, brújulas, compases y cosas por el estilo −manifestó el joven arqueólogo.

−Nunca es tarde para aprender −juzgó irónico el veterano soldado.

−En la montaña dijiste que pararías cerca de Kelma-des-Sranghna. Aprovecharé para comprar algo de comida y bebidas para todos… José Pedro debe estar muriéndose de hambre. ¿Crees qué tengamos tiempo?... −preguntó Débora a fin de acabar con el tema de las armas, las cuales le causaban repulsión, aunque sabía que en el convulsionado mundo donde se movía a veces eran necesarias.

Un contundente golpe debajo de la camioneta, seguido de un precipitado bamboleo mucho más intenso que todo los anteriores y enseguida un rodar suave, les indicaba que habían dejado la carretera de tierra y accedido por un borde a la 1811, la autopista que los conduciría hacia Marrakech.

− ¡Al fin, ya era hora! −exclamó aliviado José Pedro mientras se masajeaba con ambas manos la espalda a la altura de los riñones.

−No vi nada… Siquiera el polvo levantado por alguna cabra extraviada −notificó Simón, quien desde que Dark se lo había pedido, estuvo pendiente del camino en toda la panorámica que sus ojos alcanzaban a ver desde la ventanilla del auto.

−Gracias, amigo… Quizás fue mi imaginación, pero casi podría jurar que vi algo… Que algo muy grande levantaba polvo en la lejanía.

Después del traqueteo precedente, ahora parecían desplazarse en el interior de una limusina último modelo que corría a toda velocidad sobre una pista alfombrada. Ni un ruido, ni un movimiento.

Después de su experiencia en Venezuela, de conocer a Santiago y de enterarse de la divina misión del joven Elegido, Dark puso de lado todos sus empeños, se desprendió de los pocos bienes de fortuna que poseía, los cuales puso a nombre de su familia, y emprendió la batalla más grande y gloriosa de su vida al ser contactado por un grupo de Elegidos de Dios. Desde ese entonces trabaja con ellos sin más recompensa que lo necesario para la subsistencia y seguridad del grupo. Nada de sueldos, nada de exigencias, nada de lujos. Sólo una vida austera, casi ascética. “Se duerme dónde se puede y se come lo que hay”. Exigía, entre otras, su nueva forma de vida. Aunque nadie le impuso nada, sabía que para poder alcanzar la meta que llevaría a la humanidad hacia un nuevo mundo, albergaba una cuota de grandes sacrificios, los cuales asumía con devoción mística. Sabía que, por sobre todas las cosas, debía proteger a los Elegidos de Dios y preservar el secreto de su existencia hasta que llegase el Día de la Revelación, el cual sería anunciado con ayuda de Santiago.

Dark estaba feliz de trabajar por una causa que no sólo revolucionaria al mundo sino que cambiaría el sentido vital, la concepción de ser de la humanidad. Un camino que conduciría hacia un renacer totalmente espiritual, alejado de guerras, odios y hambre, donde la felicidad, unión y amor, sentarían las bases del hombre nuevo. Era el despertar añorado que todos deseaban y para lograrlo pondría todo sus esfuerzos y capacidades.

−Pronto llegaremos a la intersección de Kelma-des-Sranghna −informó el ex capitán de asalto a Débora− Me detendré en el primer lugar de comida que vea para que compres lo que necesites. Para mí sólo una gran botella de agua mineral, no más. Todavía no he digerido las truchas... ¿Será que me intoxiqué con la invasión de moscas que había en el cuchitril donde me las comí? −bromeó acariciándose el estómago.

− ¿Y lo qué tú ibas a buscar? −preguntó con su dulce voz la joven mientras se hacia una cola de caballo, la cual ató con una pequeña liga.

−Después… Es más adelante. Hay que entrar por un camino de tierra peor del que dejamos atrás y pasar un puente de madera que está a punto de caerse… Cerca de allí hay una pequeña aldea bereber. Ese es el sitio −precisó volviéndose a poner la gorra de béisbol.

−Me encantaría bajar contigo Débora, pero no quiero dejar esto solo −manifestó José Pedro mientras con la mano le daba unos golpecito a la mochila.

−Yo la acompañaré. Además, tengo que hacer una llamada. Mejor te quedas con Dark −sugirió Simón volteando hacia el puesto trasero.

−Estoy de acuerdo contigo. Por nada, y menos en esta tierra de nadie, podemos exponernos −aprobó Dark.

−Bien… Entonces me quedo. Además de lo que vayas a traer, ¿podrías comprarme un gran chocolate negro? −preguntó José Pedro con cara de glotón mientras hurgaba en los bolsillos en busca de dinero.

−No hace falta nada, yo me encargo −expresó Débora para que no siguiese buscando.

La Hummer avanzaba rápido. Sólo se escuchaba el monótono ronroneo de los cauchos que se deslizaban sobre el asfalto. Adentro siquiera el latido del corazón de los cuatro viajeros. En silencio todos miraban. Unos hacia fuera. Otros hacia adentro, en su jungla interior. Callados buscaban verdades y respuestas donde los sueños se tejen de ilusiones y esperanzas.



15

Hans estaba intranquilo. Habían pasado más diez minutos y Delamadrid no regresaba del baño. Aunque no estaba acostumbrado a beber, impertinentemente agarraba la botella y se servía un trago, aunque muy pequeño, y lo sorbía con deleite.

Meditaba en lo revelado por el profesor. Aunque él era filólogo, no hacía falta ser muy inteligente para entender aquel aparente enredo. De la dichosa neurona Alfa realmente no comprendía absolutamente nada. Estuvo a punto de preguntarle en varias ocasiones, pero no se atrevió desviar la concentración de su colega. Le aterraba pensar que durante la interrupción se pusiese a hablar de vino o pedir otro trago de brandy. Se decía entre si que cuando lo tuviese otra vez frente a él le pediría que fuese más conciso y obviara los detalles neurológicos, los cuales poco comprendía y tampoco le importaban mucho por, precisamente, no saber de qué se trataban esos enredos biológicos.

El ruido de una silla que rodaba aparatosamente por el piso hizo que voltease. A un costado vio como el espigado profesor se inclinaba para recoger el asiento ayudado por un mesero que presto fue a socorrerle. Solucionado el pequeño contratiempo siguió su camino.

Al llegar junto a la mesa donde lo esperaba Hans, el arqueólogo se veía totalmente repuesto. Estaba pulcramente peinado y con su cara bien lavada. Daba la impresión de que no se hubiese tomado un solo trago.

− ¡Uf, libre al fin! −exclamó al llegar junto a su turbado colega−. Últimamente la próstata no me está funcionado del todo bien −aseveró echando hacia atrás el asiento a fin de acomodarlo para sentarse.

−Muchos encuentros femeninos en su juventud, profesor −elogió Hans con benévola picardía.

−Ah, ni tantos… Creo más bien que el “aparato” venía malo de fábrica, ¿entiendes? −respondió restándole importancia al comentario.

−Quise comunicarme con el amigo que me llamó, pero no pude. En el baño no hay señal −se excusó al percibir que el rubio colega observaba el celular que todavía llevaba en una de sus manos.

−Bien, prosigamos. De aquí no podemos movernos porque el temporal sigue tan fuerte como al principio −advirtió Hans señalando un ventanal vestido con una delicada cortina por cuyos pliegues podía verse una de las calles laterales del hotel.

−Totalmente de acuerdo contigo profesor –asintió después de mirar a través del pequeño resquicio que dejaba el cortinaje−. Voy a dejar a un lado el tedioso asunto de las neuronas e iré directo al grano con el cromosoma X, ¿le parece?

− ¡Claro!… ¡Perfecto! −aprobó seguido de un largo suspiro interior Hans.

“Como si me hubiese adivinado el pensamiento”, se dijo en su interior y celebró la ocasión con una socarrona sonrisa.

− ¿De qué te ríes? −preguntó extrañado Delamadrid.

− ¡Oh, de nada! −exclamó su joven amigo recobrando la compostura y seriedad característica.

−Bien. Como sabes, el cromosoma X es uno de los cromosomas que define el sexo en personas y otros mamíferos. En los humanos está situado en el llamado par 23. Cuando en el par 23 se da XX, el sexo es cromosómicamente femenino. En caso de que sea XY será macho.

− ¿Qué tiene que ver eso con los Nion que usted citó?

−Mucho... ¡Muchísimo! −exclamó reflexivo−. Los Nion, son los mismos Niños Luz, los hijos de luz descritos en el Evangelio de San Juan, los mismos que se citan en algunos papiros hallados en Getsemaní y Jerusalén, los cuales anunciaban que comenzarían a nacer en diferentes partes del mundo a partir de 1996…

−Sigo sin entender, profesor. Todo suena muy enredado… Además, está atropellando mucho las palabras −recriminó en tono irreverente el filólogo, aunque, más que nada, lo hizo para que le diese una pausa a las copas.

El arqueólogo hizo caso omiso y continúo con su explicación.

–San Juan, en el 12:36 afirma, palabra más o palabra menos, creed en la luz para que seáis hijo de la luz. Estas cosas habló Jesús… ¿entiendes?

–Si, algo… Prosiga, usted.

–Los llamados Niños Luz también son conocidos como Elegidos de Dios, al que algunos les dicen ángeles y nacen… −se interrumpió para llevarse la copa a los labios y luego advirtió−: Agárrate fuerte porque lo que voy a decirte sólo pocas personas lo saben y consiste en uno de los hallazgos científicos más importantes de la humanidad. −volvió a callar, lo miró escrutadoramente con sus pequeños ojos de lince, los cuales destilaban sabiduría y cierta desconfianza, y con sobriedad afirmó–: Los Elegidos nacen con el cromosoma XZ+ −soltó en forma liberadora, como si de su boca hubiese salido un misil lleno de conocimientos.

− ¿XZ y el símbolo de la suma? −repreguntó el joven profesor totalmente confundido por aquella revelación y con evidentes visos de no haber entendido absolutamente nada.

−Sí, el signo de adición, del más, que también representa una cruz, la cruz… −recalcó el profesor haciendo énfasis en la palabra cruz.

− ¿Y eso que quiere decir según su apreciación?

−No, la mía no. Yo soy un simple observador en este asunto. Sino la de un experto neurólogo… De un científico, un sabio −precisó con contundencia y convicción el arqueólogo.

− ¿Y qué dijo el fulano sabio? −preguntó Hans ansioso pero también bastante fastidiado con toda esa historia que parecía un cuento sin sentido, al cual no le encontraba ni pies ni cabeza.

−Por favor, llama al mesonero… Entretanto me serviré un poco de vino de tú botella −precisó Delamadrid mientras tomaba por el pico el envase y vertía un poco en su copa vacía.

−Está bien profesor −dijo el apuesto alemán chasqueando los dedos con una de sus manos en alto.

Un mesero que pasaba cerca con una bandeja repleta de tazas, les hizo señas de esperar.

−Me estaba explicando profesor sobre el dichoso cromosoma que tiene incorporado una cruz, prosiga usted −pidió al ver que el arqueólogo seguía con la vista los pasos del mesero que momentos antes pasó cerca de ellos.

− ¡Ojalá no se le olvide volver por aquí! −expresó distraído.

− ¿Y?... El cromosoma… ¿Qué pasó con el cromosoma ese y los supuestos ángeles? −solicitó a punto de desesperación Hans levantando un poco la voz al ver que el profesor seguía distraído con el tema del camarero y la bendita bebida.

− ¿Qué? −respondió casi gritando Delamadrid−. Ah, sí… Prosigo… Ese mesonero del diablo −maldijo, pero pronto recobró la serenidad y aseveró−: Son asexuados… Los Nion son asexuados… Los que nacen con el cromosoma XZ+ no son hombres ni mujeres, sino seres asexuados, ¿entiende?... ¡No tienen órgano reproductor! −exclamó en sordo sussurro, como si le estuviese revelando el secreto más grande de su vida−. Ninguno de los dos… −agregó con mirada penetrante.

Hans lo observaba entre estupefacto e incrédulo.

−Eso no es posible… Es una locura… Ángeles, cromosomas y gente sin sexo… Es una locura −repitió exaltado−. Su amigo está equivocado o es un borrac…

Al darse cuenta que iba a decir algo descortés y totalmente fuera de contexto se llevó la mano a la boca arrepentido por lo que estuvo por expresar.

− ¿Un borracho cómo yo, ibas a decir? −preguntó al ver el rostro de su turbado colega−. No te preocupes. Quédate tranquilo… Estoy acostumbrado y eso ya no me hiere. No te abochornes.

−Disculpe, profesor… Con todo respeto discúlpeme. Estoy un poco cansado y este asunto es tan disparatado que me hizo estallar −formuló a fin de excusar su insolencia.

−No es nada. Ya le dije. Estoy acostumbrado −lo tranquilizó en el preciso momento en que el mesero que le había hecho señas de esperar estaba a su lado.

− ¿Ordenen ustedes señores? −solicitó muy circunspecto.

−Tráiganos por favor otra botella de Montalcino, idéntica a esta −dijo mientras le extendía la botella vacía−, dos brandy y suficiente prosciutto e formaggio reggiano −pronunció en perfecto italiano−. Suficiente para dos personas −agregó casi gritando mientras el mesero se alejaba.

−Discúlpeme, sinceramente lo siento profesor −insistió apenado Hans.

−Bah, hombre. Déjese de tonterías y sigamos con nuestra plática −lo animó para sacarlo de su mortificación−. Te decía que los Elegidos de Dios o Niños Luz nacían asexuados y que no tenían genitales. En el lugar donde deberían ir los genitales, tanto hombres como mujeres tienen un orificio, del tamaño de un euro, por donde orinan −afirmó cerrando su índice y pulgar en forma de círculo para demostrarle figurativamente el tamaño del hueco.

−Usted me está tomando el pelo o me quiere enloquecer profesor −sentenció el rubio filólogo moviendo la cabeza negativamente.

−Eso mismo dije cuando me lo explicaron, estimado colega. Pero eso no es todo. El orificio tiene una membrana muy parecida a las viejas cámaras fotográficas de sistema réflex, que se contrae y cierra casi herméticamente después que hayan expulsado el líquido. ¿Entiendes?... −preguntó a un Hans que seguía cada una de sus palabras con la boca abierta−. El orificio está situado en el mismo sitio donde tienen los genitales una persona común y corriente y a su alrededor tienen pelo púbico, al igual que usted y yo profesor.

−Pero, de ser cierto, eso revolucionará a la humanidad, al mundo científico…

−Claro… Eso fue lo que te dije antes. Pero, cuidado… Mucho cuidado. De aquí no debe salir ni una sola palabra. El asunto todavía está en proceso investigativo y no se puede decir nada, menos a miembros de la Iglesia. Pocas personas lo saben y ahora tú entre ellas. Me tienes que prometer que no le dirás nada de esto a nadie −demandó mientras empinaba todo el resto de bebida que quedaba en su copa.

El arqueólogo despegó la copa de sus labios y fue bajándola lentamente. La depositó suave sobre la mesa y pensativo retiró la mano con la que la sostenía. Parecía arrepentido de haber revelado aquel secreto a una persona que muy poco conocía.

Hans, por su parte, estaba en otro mundo. Lo que le reveló Delamadrid lo había aturdido y mucho. Pero en ese momento otro misterio ocupaba sus pensamientos. El hombre que tenía frente a él, que minutos antes se apreciaba totalmente ebrio, ahora inexplicablemente se veía entero y en sus cabales pese a la gran cantidad de alcohol ingerido. No cabeceaba y su voz ya no se escuchaba engolada. Estaba confundido. Segundos antes de que fuera al baño llegó a creer que de un momento a otro caería en el piso totalmente borracho. Pero estaba ocurriendo todo lo contrario. Ahora quien se sentía mareado era él, que en raras ocasiones bebía. “¿Qué pasó entre el trayecto y su estancia en el baño?”, se interrogaba mentalmente. “La silla que tropezó cuando regresaba del urinario fue más por distracción que por efectos de la bebida.”, cavilaba.

−Debo irme… Ya es tarde −comunicó de improviso Delamadrid levantándose del asiento.

− ¡No!… −gritó Hans aparentemente fuera de control ante un asombrado profesor Delamadrid.

− ¿Qué pasa?… ¿Te sientes mal? −preguntó.

−No profesor, no puede irse. Todavía está lloviendo mucho. −precisó esbozando una fingida sonrisa y repuesto de aquella salida casi demencial.

−Creí por un momento que la bebida te había caído mal… Que te habías emborrachado igual que yo −afirmó explayando una sonora carcajada.

−Solamente un poco encendido, pero estoy bien profesor… Quédese otro par de minutos… Además, mire −expresó señalando hacia la pulida barra de la taberna del hotel− Está llegando nuestra orden… El exquisito vino y el proscitto −expresó en un pésimo italiano pese a ser especialista en lingüística.

−No puedo. Tengo una cita y debo apresurarme. A la persona que voy a ver no le gusta para nada esperar… Se pone como un energúmeno cuando llego algunos minutos tarde −alegó severo.

−Pero no terminó de decirme el asunto de Los Elegidos. Usted habló en la reunión de un supuesto Evangelio inédito de San Juan, del actual capítulo 12:36, donde se habla de los hijos de la luz y del papiro trascrito por el profesor Gagliardi que decía como testigo fiel el cielo, nacerán con aura de cristal los nuevos ungidos. El día que el sol ilumine delante de mí serán esparcidos por toda la Tierra.

−Veo que tiene buena memoria −dijo mientras sacaba de su cartera tres billetes de cien euros más uno de veinte−. Creo que con esto es suficiente. Los veinte son para usted −afirmó mientras se los extendía al mesonero que había traído la orden−. Debo marcharme, querido profesor… Otro día será… Ah, si falta más dinero el profesor se lo dará −expresó amable, sonriéndole al empleado.

−Me repetí esa cita mentalmente muchas veces, por eso la aprendí. Realmente me impactó −aclaró Hans desconsolado y molesto porque el profesor se iba dejándole muchas interrogantes en su mente de investigador.

−Hasta luego amigo… Será hasta la próxima −se despidió Delamadrid llevando su mano a la frente, imitando el riguroso saludo militar de los jóvenes cadetes de West Point, y comenzó a caminar hacia la salida a paso firme y recto, como un soldado que marchaba en un desfile militar.

Pese a que el curtido catedrático no notó nada extraño o alarmante en el comportamiento de Hans, no fue totalmente honesto con él. Le reveló sólo algunas cosas. Verdades a medias y manipuladas adrede. Lo más importante del descubrimiento no lo dijo. En realidad el cromosoma XZ+ no existía. Sólo fue producto de su imaginación, una ocurrencia del momento.

El secreto de su amigo el científico seguía inviolado. Aunque quería gritarlo al mundo, compartirlo con sus colegas, se contuvo. Esa tarde sólo hizo un simulacro de revelación. Estuvo tentado, muy tentado, pero sabía que no podía ni debía decir nada, mucho menos en el lugar donde estaban y entre tragos. Por eso transformó los hechos e inventó el dichoso cromosoma XZ+, el cual en realidad no existía, pero si el XA+, que correspondía al prototipo masculino y el XO+, al femenino. La clasificación, muy particular y totalmente revolucionaria, era obra de un científico amigo de Delamadrid. Llegó a esa conclusión porque después de estudiar el ADN cromosómico del ejemplar macho a través de la lente de un potente y muy sofisticado microscopio electrónico, se encontró en el interior de la cadena con algo muy brillante parecido a la letra griega Alfa y a su lado el inconfundible símbolo, inclusive microscópicamente hablando, de una minúscula cruz. En el caso de la especie femenina estudiada, el sabio amigo de Delamadrid halló, en el mismo lugar donde había hecho el otro descubrimiento, la letra griega Omega y a su lado, al igual que sucedió con el macho, la pequeña cruz incandescente.

Eso era demasiado para una tarde de tragos. Delamadrid prefirió callar y darle rienda suelta a su imaginación. De ahí nació el asunto del cromosoma XZ+. Todo lo demás era relativamente cierto y se ajustaba, literalmente hablando, a la verdad conocida hasta ese momento por él.

Tampoco el arqueólogo le dijo que entre los Elegidos de Dios o Niños Luz, a los que su amigo científico comenzó a llamarlos con la abreviatura Nion, tanto los hombres como las mujeres podían hacer pis parados en un baño público, pero lo normal era que lo hiciesen agachados, sentados en un bidet o a campo traviesa. Se reservó igualmente, a fin de no trastornarlo, de decirle que la diferencia sexual principal entre hombre y mujer en los Elegidos de Dios, no residía solamente en su par 23, como en cualquier humano o mamífero, sino también en su sistema endocrino y hormonal. A cambios en su hipófisis e hipotálamo.

Hubiese sido muy tedioso explicarle a Hans que los cromosomas sexuales son uno de los 23 pares de cromosomas humanos y que el cromosoma X mide más de 153 millones de pares de bases lo que representa un total del 5% del ADN en células de mujer y un 2,5% en las del hombre.

Cuando comenzó a decirle a Hans que cada persona tiene un par de cromosomas sexuales por cada célula y verlo con su bocota abierta, y después agregarle que las mujeres poseen dos cromosomas X, mientras que los hombres tienen un cromosoma X y un cromosoma Y, se dio cuenta que no debía seguir con su relato porque sería como hablar con la pared. No le iba a entender nada. Se le habría hecho muy engorroso explicarle que el cromosoma contiene ácido nucleico, ADN, que se divide en pequeñas unidades llamadas genes y que estos determinan las características hereditarias de la célula u organismo.

Mucho menos porque ahí, precisamente, residía el gran secreto. Su sabio amigo, a fin de observar los cromosomas durante la metafase, cuando el ADN se había duplicado y la cromatina estaba muy condensada formando las cromátidas, o sea las dos hembras de ADN todavía unidas por un solo centrómero, utilizó un poderoso microscopio electrónico y a partir de fotografías obtenidas con un aparato infrarrojo creó el cariotipo, agrupando los cromosomas por parejas. Durante ese proceso el amigo de Delamadrid descubrió, por mera casualidad científica, debido a que estaba buscando otra correlación, la cruz lumínica, primero en el par del macho y luego en el de la hembra. Un hallazgo desconocido, el cual revolucionaría el concierto científico mundial.

Aunque era arqueólogo, el profesor Delamadrid sabía que la identificación de los genes que se encuentran en cada uno de los cromosomas es una de las áreas más activas en la investigación científica. En ese estudio había pasado más de la mitad de la vida su amigo, a quien le costó toda una tarde explicárselo a fin de que pudiese entender, que nadie, aún hoy en día y en pleno siglo XXI, sabe cuántos genes contiene en realidad el cromosomas X. Se especula que está cerca de los 1.336, genes de los cuales veinte están esperando todavía por su identificación. Y, ahora, después del asombroso descubrimiento del científico amigo de Delamadrid, sólo quedarían dieciocho.

El sexo en los Nion no tiene ninguna importancia, ya que no se reproducen. No se les concedió la capacidad de reproducirse. No pueden tener hijos y todas sus funciones sexuales están inhibidas. Nacen por mandato divino y pueden vivir eternamente, aunque también son tan vulnerables como los mortales. Es decir, pueden morir por causas y a efectos de la mano humana, del hombre. No son, de ninguna manera, inmunes a balas, heridas de navajas o traumatismos producto de un grave accidente, aunque tienen la facultad de prevenirlos y evitarlos con tiempo de anticipación. Horas a veces y sólo minutos en algunos casos, únicamente cuando su vida o la de cualquier otro Elegido corren peligro. No ocurre lo mismo si el que está en inminente riesgo es un humano común y cualquiera.

Se comunican entre ellos y pueden sostener conversaciones simultáneas entre un o más Elegidos en forma telepática. Para lograr la nitidez y recepción del mensaje en sus mentes únicamente deben mover los ojos en forma circular o unidireccional, tal como si se tratase de un micrófono o sensor que recibe y emite señales.

Asombrosamente los Elegidos tienen la capacidad de cambiar la percepción del dolor por uno placentero o “no doloroso” en cuestión de segundos gracias a cambios estructurales en su hipotálamo. Debido a esos cambios pueden, igualmente, resistir al frío más gélido porque regulan a su antojo la temperatura corporal. Igual sucede con su necesidad de dormir, la cual controlan y consiguen estar hasta tres o más días sin dormir sin que afecte, en lo absoluto, a sus demás funciones corporales. Por si fuese poco, la capacidad de llorar les fue suprimida debido a que en la Tierra Nueva ya no habrá más dolor ni llanto.

Sólo a muy pocos y escogidos Elegidos de Dios, a quienes ellos mismos llaman Venerados del Milenio, Dios les concedió la inmortalidad y las capacidades y virtudes celestiales de ángeles y arcángeles. Se pueden transformar, transmutar, evolucionar y su presencia física puede estar en dos y hasta tres lugares diferentes del planeta o del universo, sin importar distancia o situación. Poseen el don divino de la ubicuidad.

Santiago era uno de ellos, aunque tenía su lado débil. Podría ser derrotado por Satanás en lucha cuerpo a cuerpo si el Príncipe de las Tinieblas lograba herirlo con su tridente infernal en puntos vulnerables. Entonces, se desintegraría y en polvo se convertiría.




16

Como venido de lo profundo del Kukenán, una ráfaga de viento húmedo que traía en sus entrañas escarchas de la inmensa cascada que brota del vientre del tepuy, golpeó con furia el rostro de los dos pemones y del ángel que fue en su ayuda.

Las alas de Santiago se movieron impertinentemente. Con divino movimiento resguardó parte de su blanco rostro en el cálido plumaje interior. Tambaleante Luis Rafael se abrazó a Juan Diego para evitar desplomarse sobre el accidentado suelo rocoso.

− ¿Qué está pasando?... ¿De dónde viene tanta cólera?… ¿Por qué la naturaleza está disgustada? −preguntó sobresaltado Luis Rafael mientras sujetaba contra el pecho el sombrero de ala ancha que le entregó el llegado del cielo para que se lo sostuviese.

−No te atemorices… El miedo nubla mente y razón, amigo mío… La naturaleza nada tiene que ver con esto… Más bien será nuestra aliada cuando el Señor así lo disponga −afirmó para aplacar la angustia del inquieto pemón−. No teman, yo los protegeré −agregó manso.

El ímpetu de la cascada, cuyo rugir momentos antes se escuchaba lejano, ahora estaba cerca, tan cerca que podía olerse. Parecía que el enloquecido caudal que se desprendía hacia la libertad desde más de seiscientos metros de altura, pronto les caería encima.

Aterrorizado Luis Rafael escrutaba entre las rocas en busca de cualquier, resquicio o filtración que le hiciese intuir que desde allí podrían abrirse paso los grandes torrentes de agua que escuchaba, pero nada. Ni una gota. El suelo estaba seco y yermo, como cuando habían llegado.

−Estén tranquilos, Dios está de nuestro lado −exhortó Santiago dirigiendo la mirada al cielo, el cual ahora estaba teñido de negro azabache, mucho más intenso que en los minutos precedentes.

Juan Diego aferró con fuerza la Biblia y dio de nuevo a Luis Rafael la cruz que le devolvió cuando Santiago fue hacia ellos.

−Tengan fe, amigos, y obren bien, porque la fe sin obras no vale nada −dijo Santiago con aplomo a fin de imprimirles confianza.

−Contigo estamos tranquilos. Nos das paz y seguridad. ¿Verdad Luis Rafael? −afirmó volteando hacia su compañero.

Éste no parecía haberle oído. El miedo lo paralizó de tal forma que semejaba una estatua.

−Si crees que Dios es uno, bien haces. También los demonios creen y tiemblan −manifestó el joven ángel mientras estiraba el brazo y dejaba reposar suavemente su mano sobre el hombro de aquel hombre que se sofocaba en los oscuros laberintos de su mente.

El Kukenán o Matawi- Tepuy, que en lenguaje indígena significa si me subes te mueres, estaba haciendo honor a su tétrico nombre. No sólo por la desaparición de Divor Klaus en el profundo precipicio donde había caído, sino por todos los extraños acontecimientos que estaban sucediéndose desde el mismo instante en que los expedicionarios pisaron la cima.

Galopes infernales comenzaron a escucharse en el cielo. Semejaban truenos nacidos en las pezuñas de bestias del infinito. Juan Diego, quien hasta ese momento estuvo firme, tembló de pies a cabeza. Luis Rafael parecía estar ausente, muy lejos de aquel endemoniado lugar.

−No teman… Los protegeré −ratificó Santiago y en movimiento sutil desprendió el escudo que tenía terciado entre hombros y alas y desenvainó la larga y afilada espada.

− ¿Están regresando? −preguntó El Místico recuperado de la impresión.

−Si, pero vienen con mucha furia… Traen consigo Las Carrozas de la Oscuridad.

− ¿Qué son esas carrozas?... ¿Ese ruido se debe a los truenos o a esas cosas que tú dices? −indagó Juan Diego.

−Carrozas tiradas por terribles bestias del inframundo… Son tan grandes como un barco carguero y en su interior llevan lanceros del odio y la peste −precisó Santiago afianzando en su brazo el escudo.

−Ahora si me estás asustando Ángel Santiago… ¿Qué debemos hacer? −preguntó al tiempo que se hacia el signo de la cruz.

−Ustedes nada… Nada podrían contra ellos… Es mi trabajo −dijo dirigiendo su mirada hacia Luis Rafael, quien como por arte de magia volvió del letargo que lo tenía subyugado.

−Me gustaría ayudar −expresó decidido el pequeño pemón que pocos segundos antes parecía estar vagando en la nada.

−Es mi tarea, Luis Rafael… Ustedes cuídense uno al otro y eviten mirar de frente y en los ojos a esas criaturas… Aunque no puedan tocarlos, tienen el poder de meterse en sus mentes y ordenarles cosas…

− ¿Hipnotizarnos? −interrumpió alarmado Juan Diego.

−Bravo, amigo… Así es… Y después juegan con ustedes un tiempo hasta que se fastidian…

− ¿Juegan?… ¿Esas bestias juegan? −interrogó ingenuamente Luis Rafael sin dejarlo concluir.

−Si… Pero son juegos infernales… Cuando se aburren los obligan a matarse unos con otros… Se divierten viéndolos balancear en los bordes del precipicio antes de dejarlos caer −explicó, no para asustarlo, sino para prevenirlos y no olvidar sus advertencias−. Los incitan al suicidio porque saben que irán al infierno, a arder junto a ellos e integrarse a su ejército de demonios… Los fuerzan a hacer cosas terribles y hasta no verlos muertos no se tranquilizan.

De pronto los truenos cesaron. Un silencioso frío invadió el Kukenán. Santiago volvió a mirar hacia el cielo y escrutó la oscuridad. Nada se movía. Nada se percibía a la distancia. Siquiera aquellos negros nubarrones que segundos antes estuvieron danzando de un lado a otro se movían.

− ¿Se han ido?... ¿Están concediéndonos una tregua?

−No, ninguna tregua y tampoco se han ido… Están escuchando. Escuchando lo que decimos −afirmó en voz queda el ser venido de las alturas.

− ¿Cómo pueden escucharnos desde tan lejos? −indagó Luis Rafael en susurro tan apagado que apenas Santiago y Juan Diego podían oírlo.

− ¡Y también nos están mirando!… El diablo tiene sus mañas, pero yo lo venceré −afirmó pausado y luego, con grito celestial y ensordecedor, retó−: ¡Vengan demonios!... ¡Prueben el filo de la espada de Dios y del Espíritu Santo! −sentenció levantando en alto la reluciente espada cuya punta comenzó a brillar envuelta en áurea de luz blanca incandescente.

Enseguida los truenos volvieron a escucharse con mayor estruendo. Las Carrozas de la Oscuridad y sus bestias hambrientas de muerte parecían cabalgar desbocadas sobre peñascos de acero.

A lo lejos, como acompasando aquel cortejo diabólico, tambores lacerantes descargaban pavorosos acordes de ultratumba. Bufidos de animales infernales y relinchos de muerte y dolor desgarrado se oían cada vez más cerca.

Juan Diego comenzó a hurgar en los bolsillos traseros de su pantalón. Buscaba algo pero no lo hallaba. De pronto una coloreada estampita con una hermosa y guerrera imagen de San Miguel Arcángel apareció en sus manos. La lámina brillaba a través del plástico protector con la que la recubrió a fin de protegerla del desgaste natural.

Un olor a azufre calcinado y putrefacto contagió toda la atmósfera. Santiago estaba alerta. Sabía que los seres demoníacos pronto se materializarían ante sus ojos.

−Ya están aquí −alertó aquel ser alado mitad hombre y mitad ángel listo para combatir a los demonios vestidos de bestia−. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿de quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida, ¿de quién he de atemorizarme? −preguntó citando el primer versículo del Salmo 27.

Juan Diego lo conocía casi de memoria. Abrió la Biblia y buscó en sus páginas. Cuando encontró el Salmo le dijo a Luis Rafael que se acercase y leyese junto a él.

−Cuando se juntaron contra mi los malignos, mis angustiadores y mis enemigos para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron −leyeron con brío los dos pemones.

Santiago los observó con dulzura y elevando su voz los acompañó. Lo repetía de memoria, como si aquel Salmo hubiese sido creado por sus manos y pensamientos.

− ¡Qué Dios te cuide e ilumine tu victoria! −gritó Juan Diego mientras lo veía desplegar sus grandes alas y salir al encuentro del maligno.

−Recuerden… ¡No los miren a los ojos! –recordó mientras volaba hacia las nubes.

Los dos pemones posaron sus rodillas a tierra y comenzaron a orar el Padre Nuestro, la oración más hermosa, dulce y misericordiosa del mundo.

Santiago volteó a verlos desde las alturas y una divina sonrisa se dibujó en su rostro.

−Padre nuestro que estás en los cielos. Santificado sea tú nombre. Venga a nosotros tu reino. Hágase tú voluntad así en la Tierra como en el cielo… −retumbaba con eco celestial en el Kukenán pese a los endiablados ruidos que hacían las carrozas de muerte y sus pestilentes ocupantes.



17

Afuera el calor seguía insoportable. Se podía percibir hasta en la comodidad del aire acondicionando de la camioneta que avanzaba como un bólido por la carretera 1811. Dark estaba intranquilo. Ese olfato adquirido durante tantos años de entrenamiento y combates en las más hostiles praderas y montañas de Afganistán, donde se sospechaba hasta del movimiento de un pequeño lagarto, lo tenía en estado de alerta. De él dependía la seguridad del grupo. No debía descuidarse, porque el más mínimo error podría costarles la vida a todos. Y no sólo morirían por nada, sino que dejarían en manos no confiables secretos que estuvieron ocultos por milenios y con ello se retrasaría la conducción de la humanidad hacia una Tierra Nueva, más espiritual y menos depredadora.

La nube de polvo que vio antes de llegar a la carretera asfaltada, no fue obra de su imaginación. Mucho menos de miedo alguno. Dark estaba acostumbrado a estar en sitios donde las balas le silbaban los oídos y no perdía un segundo de calma. La había visto. Había visto la polvareda y reflexionaba. “No era un espejismo, fue algo real”.

Pese a que después el instinto casi sobrenatural de Simón y sus acuciosos sentidos no llegaron a percibir nada, no quería decir que él no la vio. No era garantía de que la nube de polvo no estuviese allí, al menos cuando la tuvo frente a los ojos.

−Unos pocos kilómetros más y estaremos en Kelma-des-Sranghna. Recordé que a un costado de la carretera hay una venta de víveres. Es posible que tengan lo que necesitas −comunicó alejándose de aquella idea que estaba a punto de obsesionarlo.

Inmersa en sus fantasías, Débora observaba a través de la ventanilla aquel ruinoso paisaje semidesierto que veloz pasaba ante su vista. “Agua, mucha agua, falta para convertir esta tierra en un paraíso de cultivos, flores y vida”, pensaba mientras idílicamente se lo imaginaba de esa firma.

−Gracias, Dark −manifestó después de despegar la mirada de la ventana, aunque sus sueños quedaron estampados ahí para siempre.

−Recuerden que después nos desviaremos hacia un camino de cabras para recoger “la carga” −indicó refiriéndose a las armas−. Cuando lleguemos bajaré sólo. Tú te quedarás al volante −dijo dirigiéndose a Simón−. No quiero sorpresas y si buscan tenderme una trampa, arrancas de inmediato, pero no te alejes de los alrededores. Cuando termine con ellos me recogerás y nos vamos, ¿entendido? –indagó mientras se inclinaba hacia delante para agarrar la malograda HK-MP5 que estaba cerca de los pies de Simón.

−Es bastante liviana −observó José Pedro al ver que la levantaba con una sola mano y sin aparente esfuerzo.

Dark No respondió a la interrogante del arqueólogo. Mientras con una mano sujetaba el volante con la otra le daba vueltas al arma para examinar si todo estaba en orden.

−Es la costumbre. No es tan liviana como parece −le contestó Simón volteando hacia los asientos traseros.

Por el resquicio que quedó abierto entre la inmensa espalda del fortachón y el parabrisas de la camioneta Débora vio algo que se movía en el centro de la carretera.

− ¡Están haciendo una barricada! −advirtió indicando el lugar y sin perder de vista las figuras que se movían como sombras en la lejanía.

−Gracias, ya lo había notado. Por eso busqué la metralleta.

− ¿Qué piensas?... −preguntó Simón.

−Nada bueno… −contestó Dark al momento que fue interrumpido por otro alerta de Débora.

−Son los Dei Pax… Están disfrazados de policías y tienen muchas armas −aseguró la joven muchacha−. ¡Estamos en peligro!

− ¿Qué vas a hacer? −preguntó José Pedro tranquilo, sin demostrar temor.

−Acelerar a fondo… Ya no podemos regresar… Miren hacia atrás −señaló mientras depositaba sus ojos el espejo retrovisor.

Tres grandes camionetas negras iban a toda velocidad tras ellos. Estaban acorralados. Lo mejor era seguir hacia delante antes que tropezarse con aquellas moles rodantes que los perseguían.

−Cuando se los diga tírense al suelo… La intersección hacia Kelma-des-Sranghna está un poco más adelante… Si logramos llegar tomaré el desvío hacia los mercaderes de armas… −informó pisando hasta el tope el acelerador de la poderosa Hummer.

−Ponte el cinturón −le sugirió Simón a José Pedro− y agarra fuerte esa mochila. Por nada te desprendas de ella… ¿De acuerdo?

−No te preocupes, amigo… Primero muerto que soltarla −respondió mientras pasaba las tiras por su espalda y afianzaba con fuerza la correa delantera de la mochila.

−Bien, ahora el cinturón de seguridad −le recordó Simón, quien siguió cada uno de sus movimientos.

−Gracias, ángel guardián −respondió con una amplia sonrisa al fortachón con cara de niño.

−Estén atentos. Pronto llegaremos al punto crítico −avisó Dark y luego indicó−: Por favor bajen todos los vidrios.

Sin descuidar el volante y su objetivo, Dark sacó la ametralladora por la ventanilla y mientras la sostenía en su izquierda, afianzó codo, parte del brazo y hombro del paral a fin de lograr precisión en los disparos. De otra forma, con el vehículo en marcha, las balas se dispersarían sin dar en el blanco.

− ¿Hacia donde sopla el viento? −le peguntó a Simón.

−Hacia el norte… Hacia tu lado contrario −respondió con exactitud matemática.

−Entonces tenemos una a nuestro favor… Cuando sea el momento contaré hasta tres y al terminar inclínense hacia adelante, pero sin tirarse al suelo, ¿entendido? −advirtió muy seguro de lo que estaba diciendo.

Nadie respondió. La tensión era evidente. La Hummer se comía el asfalto como una bestia endemoniada.

Al llegar a un punto y sin disminuir la marcha Dark comenzó a hacer pronunciados zigzag a fin de distraer a los Pax, tanto a los que estaban esperándolos en la barricada como a los que tenía atrás. Sabía que por los nervios y la tensión propia del momento, esos movimientos no les permitirían afinar la puntería. En cambio él aprovecharía esos segundos vitales para dar en el blanco. Sabía que el asunto no era tener un arma poderosa en las manos, sino saberla utilizar con precisión y sin desperdicio de municiones en el instante adecuado.

− ¡Atentos! Empezaré a contar… Uno… Dos… Tres… ¡Ahora!... ¡Ahora! −gritó mientras accionaba la metralleta.

El infierno se desató sobre la carretera. Decenas de detonaciones provenientes de armas de diferentes calibres y tamaños comenzaron a silbar en el aire. La camioneta estaba siendo agujerada por sus flancos. Los disparos de Dark eran precisos, pero sus atacantes numerosos. A pocos metros de la barricada dejó fuera de combate a dos curtidos Pax que buscaron cerrarle el paso disparando de frente sus metralletas.

Miró por los espejos. Estaba atrapado entre dos fuegos. No había salida. Los de atrás les pisaban los talones. Tenía que tomar una decisión y pronto. Unos segundos más sería tarde. Debía que saltar la barricada. Era el único escape. Atrás, una muerte segura.

Volvió a mirar por el retrovisor. Sus perseguidores se acercaban a toda prisa. Decidido y con el acelerador pisado hasta el tope, saltó sobre las cajas, desechos y troncos que colocaron para cerrarles el paso. La Hummer se bamboleó, pero quedó de pie. Mientras traspasaba la barrera sus balas dieron en la humanidad de otro miliciano de los Pax, quien de los certeros impactos en su pecho voló hacia atrás antes de caer abatido.

Después de superar la contención, las balas seguían rozando y rebotando en la carrocería del rústico. Otras, con olor a muerte, zumbaban de una ventanilla a otra. Ni un solo sonido de cristales rotos, ni un quejido se escuchó en su interior. Hasta ese momento, nadie había sufrido siquiera un rasguño.

Cuando creyeron que el peligro había pasado, a menos de trescientos metros de la barricada un auto viejo atravesado en el camino les impedía seguir adelante. Era una vieja y sucia artimaña de los Pax. Su seguro de muerte, por si lograban pasar la primera barrera. Dark frenó estrepitosamente. No podía seguir adelante. Antes tenía que estudiar la situación, pero debía darse prisa.

Chequeó su arma. Pese a que hizo disparos espaciados a fin de ahorrar municiones, quedó sin balas. Con la misma mano que sostenía la metralleta desactivó la caserina vacía, la cual rodó cerca de sus pies, estiró la mano hacia atrás y se la entregó a José Pedro para que la recargase. Sabía que ni Simón ni Débora lo harían. Se lo tenían prohibido. No porque alguien se lo hubiese pedido, impuesto u ordenado, sino que formaba parte de su fe y convicciones de vida.

− ¿Y cómo se hace? −preguntó nervioso José Pedro.

−Insértala en el hueco y le das un golpe seco hacia arriba.

− ¿Eso es todo?

−Sí, eso es todo… Y apúrate −apremió el ex capitán de asalto, quien había detenido la Hummer a unos cien metro del armatoste que estaba atravesado en la carretera.

Dark comenzó a acelerar a fondo y hacer rugir con estridencia el motor de la camioneta con la evidente intención de pasarle por encima.

−No lo hagas. Evítalo… Baja por el desfiladero y luego retoma la vía −sugirió Simón pausado.

− ¿Por qué?... Porqué me lo pides. Es un viejo cacharro…

−Está cargado de explosivos… Es una trampa… Lo que ibas a hacer era lo que ellos precisamente querían que hicieses.

−Gracias, amigo... Con ustedes al lado no se pierde una guerra −expresó brindándole una complacida sonrisa.

Después de varios intentos fallidos, José Pedro logró recargar la ametralladora y se disponía a dársela a Dark, pero éste no la recibió.

−Tenla tú… Ya es hora de que aprendas a disparar. Yo utilizaré la otra −afirmó señalando la M-249 de más de 800 disparos.

− ¡No!… Yo no…

−Tenla… Ahora tú vida dependerá de ella −precisó severo el ex combatiente de Afganistán.

−Hazle caso −intervino Débora−. Él es un buen hombre… Un soldado, no un asesino como los que están allá afuera. Si te lo dice es por algo…

El rudo ex capitán volvió a darle con furia al pedal del acelerador. Quería confundir a sus adversarios y hacerles creer que se disponía a pasar por encima del cacharro. Vio por el retrovisor y las camionetas que los perseguían también habían saltado las endebles vallas e iban por ellos. La decisión había sido tomada. Ahora sólo era cuestión de segundos y temple de acero. De otra forma serían atrapados entre dos fuegos. De pronto soltó el embrague, aceleró a fondo y enfiló directo hacia al vehículo atravesado en la vía. Cuando estaba a pocos metros viró intempestivamente y siguió hacia una cuesta que conducía hacia unos sembradíos.

Escasos segundos antes de desviarse una gran explosión hizo volar por los aires al cacharro. Desechos humeantes y hierros retorcidos se esparcieron a más de treinta metro a la redonda. La camioneta pasó sin problemas. Sólo algunos trozos de metal retumbaron en su techo y cerca de los cauchos.

− ¡Qué bárbaro!... ¿Qué fue eso? −preguntó impresionado José Pedro.

−Puro C4, amigo… Querían hacernos papillas −contestó Dark–. ¡Agárrense fuerte! −pidió mientras la camioneta bajaba dando tumbos por la cuesta.

La Hummer estuvo a punto de volcar al encontrar frente a sus ruedas un macizo terraplén de rocas y tierra arcillosa. Gracias a la destreza del ex veterano de Afganistán el auto solventó el escollo y prosiguió sin problema.

Dark vio por el retrovisor. Las tres camionetas que los perseguían tomaron el mismo camino que había abierto con la Hummer. Una volcó. Las otras siguieron sin detenerse a socorrer a sus amigos accidentados. Ahora quedaban dos, pero no tenía suficientes municiones si los Pax llamaban por refuerzos. Ya no podía devolverse y tomar el desvío hacia los traficantes de armas para recoger la “orden”. Debía luchar con lo que tenía a mano.

− ¡Bah! −soltó molesto Dark.

−Y ahora qué te pasa… ¿Por qué te quejas?... salimos sin un rasguño −indagó José Pedro, quien tenía reposada la ametralladora sobre sus piernas.

−Entre mi pedido había un lanzacohetes liviano y ahora no podré usarla −se quejó casi como un niño.

−No creo que haga falta un arma tan poderosa −respondió el arqueólogo.

−Nunca se sabe, amigo… Esta gente tiene mucho poder y enormes recursos.

− ¿Cómo supieron lo del coche-bomba? −indagó ansioso de José Pedro dirigiéndose a Simón.

Los dos Elegidos callaron.

−Son servidores, mensajeros de Dios. Contemplan el rostro de Dios que está en los cielos. Sólo ellos pueden verlo… ¡Son ángeles!... Nosotros no −explicó Dark para tranquilizarlo.



18

El profesor Delamadrid había salido a toda prisa del bar. La incesante lluvia seguía como al principio. Indeciso, se quedó parado en el vestíbulo del hotel. No sabía si seguir a pie o esperar un taxi para que lo llevase. Lo de la reunión no fue una excusa para desembarazarse de Hans. Era real. La llamada que recibió antes de ir al lavabo requería de su urgente presencia. El lugar de la cita estaba relativamente cerca. De allí su vacilación de si caminar y mojarse, o esperar la llegada de un taxi.

El hotel Tiberio estaba emplazado en un elegante edificio de finales del 800 en Vía Lombardía, muy cerca de Via Veneto, a poco trecho de Plaza de España y de la Fontana di Trevi, y el profesor debía encontrarse con la persona que lo llamó en las inmediaciones del Palazzo Barberini, a unos quinientos metros de allí. Una distancia relativamente corta, pero la lluvia impedía un normal desplazamiento y lo hacía lejos y dificultoso. Aunque bajando hacia Plaza de España había una entrada del metro, a Delamadrid le fastidiaba utilizarlo porque en más de una ocasión se sintió perdido en esos gigantescos túneles y enjambre de letreros, vías y salidas.

Quien lo había llamado mientras charlaba con Hans, era el sabio psiconeurólogo que hizo el hallazgo de los cromosomas XA+ XO+, que al igual que él estaba presente en la reunión convocada por la Iglesia Católica, la cual tenía poco tiempo de haber finalizado. Su nombre era Aristócrates Filardo, ex decano de la Escuela de Medicina de la Universidad de Cambridge y miembro destacado de la Sociedad Internacional de Psiconeurología. También tenía en su haber varios master, entre ellos en Biología Molecular y Bioquímica, además de otros en Microbiología, Psicobiología y Metodología de las Ciencias del Comportamiento. Todo un sabio y autoridad mundial en sus especialidades.

Filardo, junto al profesor Delamadrid, y otros tres miembros, entre quienes se encontraba José Pedro, el joven arqueólogo que ahora estaba en Marruecos con el cuarzo de María Magdalena, formaban parte de la cofradía del Omne verum, un selecto grupo científico fundado por él con el objeto de unir esfuerzos y conocimientos para desentrañar los secretos de los extraños niños, con cola unos y otros con poderes extrasensoriales y divinos jamás imaginados, que estaban naciendo en diferentes países del mundo. Su advenimiento había sido anunciado en varios pasajes de los papiros del Qumram, Getsemaní y Jerusalén, además de otro puñado que el grupo esperaba descifrar en su compleja totalidad.

La cofradía científica también buscaba clarificar la verdad sobre las migraciones, viajes y súbita desaparición de los integrantes de una antigua secta ascética conocida como los esenios, de quienes se afirmaba habían sido los maestros espirituales de Jesucristo durante los llamados años perdidos. Los esenios estuvieron mucho tiempo establecidos a orillas del mar Muerto, en la hoy Jordania, pero de pronto, se cree que alrededor del año 63 d.C., aunque nadie lo sabe con precisión, desaparecieron. Se especula que huyeron debido a la sangrienta persecución romana. Sobre su posterior destino muy poco se sabe. Se dice que emigraron a regiones distantes del mundo, entre ellas Europa y a las remotas y desconocidas tierras donde hoy en día ubicamos geográficamente a América del Sur, pero sobre esto no hay ninguna documentación seria que lo sustente.

Otro de los cinco miembros de la cofradía era Divor Klaus, quien ahora se encontraba perdido, sin saberse si estaba muerto o si aún seguía con vida, en el Kukenán, en La Gran Sabana, al sur de Venezuela, en el llamado Macizo Guayanés, hacia el sureste del extenso estado Bolívar y la frontera con Brasil. El último y más nuevo de sus miembros, aunque era el de mayor edad de todo ellos, era el profesor Pier Francesco Gagliardi, quien no se presentó a la reunión con los clérigos en Via Veneto. Gagliardi completaba el quinteto y también con él se cerraba el círculo de la cofradía del Omne verum.

El doctor Aristócrates Filardo también era el científico amigo del padre de José Pedro, y el hombre que le realizó estudios neuronales, diagnosticándolo luego de minuciosos análisis y experimentos, como un niño excepcional.

José Pedro era el más joven de la cofradía. Fue propuesto a los otros miembros por el propio Aristócrates Filardo, fundador del grupo. Se realizó una votación secreta y fue admitido por unanimidad.

El psiconeurólogo conocía a varios Elegidos, entre ellos a Simón y a la joven Débora. A petición del propio Filardo, éstos se ofrecieron voluntariamente para que los sometiese a exámenes, tanto en su sistema cromosómico, neuronal, endocrino, estudio de ADN y a cualquier otra exploración que creyese necesaria: Los mismo Simón y Débora llevaron hasta los laboratorios del científico, a fin de que recabase muestras e hiciera pruebas, a dos Nion o Niños Luz. Uno de apenas tres años y otro de cinco, ambos con colas. Muchas de las filmaciones presentadas durante la reunión de clérigos y científicos, aunque fueron editadas de antemano a fin de no poner en evidencia el largo rabo de los niños, habían sido hechas en los propios laboratorios del doctor Filardo.

El científico fue también el que instituyó el Omne verum como forma de comunicarse entre sus miembros cuando hubiese peligro, tanto para uno de ellos como para toda la organización científica secreta. Por eso había llamado a Delamadrid al bar donde se encontraba platicando con Hans y como saludo se le identificó con el Omne verum. Algo grave había ocurrido o estaba por ocurrir.

Sin pensarlo más y olvidándose de la grandes goterones que caían sobre la ciudad eterna, el curtido arqueólogo, que en sus buenos tiempos recorrió gran parte de los desiertos y ruinas del mundo a pie, decidió caminar hasta Piazza Barberini. Conocía muy bien Roma. Tenía años alejado de su España natal y radicado en tierras italianas, donde fue a “esconderse” del asedio de la comunidad científica local y de las múltiples charlas y conferencias a las que constantemente era invitado.

Fueron precisamente esas actividades seudo científicas las que poco a poco fueron llevándolo a la bebida debido a que al finalizar las exposiciones y debates estos se convertían en frívolos eventos sociales. No había actividad que no se celebrara con un brindis o largo cóctel. Harto de todo aquel entorno superficial que le restaba muchas horas a sus estudios antropológicos, abandonó España y se estableció en Italia. Primero estuvo en Pisa, después en Pescara, ya que quería investigar de cerca la Escalera Santa que había en la población de Campli, así como el convento de San Bernardino, fundado en 1449 por San Giovanni da Capestrano. Igualmente hizo estudios sobre los marrucinos y vestinos, los primeros pobladores de esa región de Abruzzo y de Aternum, como se llamaba Pescara antes de la conquista Romana. Después de pasar unos meses en la zona y hurgar arqueológicamente en su alrededores, decidió fijar residencia en Roma, donde ya tenía un par de años encerrado y casi sin salir, por ello su bien y última ganada fama de huraño.

Orillado a puertas de bares, tabaquerías, dinteles y pórticos que encontraba a su paso, Delamadrid iba en dirección a Piazza Barberini. Totalmente de espaldas a la famosa Porta Pinciana, enfiló hacia Vía Emilia. Creyó que esa vía lo llevaría directamente a su destino, el cual con cada paso que daba se le hacía aún más lejos de lo que estimó. Sabía que en la dirección que caminaba también estaba la iglesia Santa María della Concezione, famosa por la llamada Cripta de los Capuchinos, que consistía en una serie de pequeñas capillas construidas con huesos de monjes muertos y amontonados por secciones que los sacerdotes de la época bautizaron con los nombres de Capilla de Los Omoplatos, de Las Calaveras y así un sin fin de capelle.

Enseguida estuvo cerca la calle Delle Quattro Fontane, enclave del antiguo Palacio Barberini, donde se encuentra la Galería Nacional de Arte Antiguo y la Piazza Barberini, en el lado sur de Villa Borghese, con su Fontana del Tritón y Delle Api, ambas construidas por Bernini.

Delamadrid creyó ver unas sombras que lo seguían. Volteó en varias ocasiones pero no vio nada extraño. Hizo caso omiso a sus sospechas y siguió caminando. El ruido de las grandes gotas que se estrellaban contra el piso impedía oír nada que no estuviese lo suficientemente cerca de su pies. Además, las calles estaban bastante transitadas.

El aguacero cesó de repente, como si alguien hubiese terminado de reparar las goteras del cielo. Delamadrid apuró el paso. Casi había llegado a su destino. La pequeña Piazza Barberini se presentó pronto ante sus ojos. En un costado, guarecido bajo el horrible Tritón esculpido por Bernini, vio a un hombre bajo y regordete con una larga gabardina beige y un paraguas en sus manos. Tenía uno de los pies sobre uno de los muritos de concreto que sujetan la cadena de bronce que circunda la fuente, puesta allí seguramente para refrenar la intención de algunos inescrupulosos y acalorados turistas de darse un baño durante el verano. Supuso que se trataba del doctor Filardo. “Quién más podría estar allí, después de aquel aguacero y aparentemente sin estar haciendo nada, sino esperar”, se preguntaba mentalmente. Además, su aspecto físico era inconfundible, incluso a la distancia que se encontraba. Después de avanzar otros pasos, no le quedó la menor duda. Era el impaciente amigo que lo sacó del bar durante aquella tarde lluviosa.

Cuando estaba a punto de cruzar el enjambre de calles que se unen cerca de Piazza Barberini, vio como tres hombres vestidos con impermeables negros se le acercaban al doctor Filardo. Luego de intercambiar algunas palabras comenzó un forcejeo entre los cuatro. Querían arrebatarle algo pero el científico se resistía. De pronto se escuchó un disparo, después otro. Delamadrid no vio a nadie ni de dónde provenían las detonaciones. Volvió a mirar hacia la plaza y vio al doctor Filardo tirado en el suelo, con la espalda recostada del tope de concreto donde antes tenía apoyado el pie. Uno de los hombres que forcejeaba con él yacía en el piso, boca abajo. Los otros dos lo recogieron y llevaron hacia un coche que estaba aparcado en las adyacencias, muy cerca de una tabacchería. Como si se tratase de un saco de patatas lo metieron a toda prisa en el asiento trasero y con la portezuela sin cerrar arrancó a toda velocidad.

Delamadrid cruzó corriendo la calle para ir en ayuda de su amigo. Algunos coches hicieron zigzag a fin de no atropellarlo. Otros frenaron tan abruptamente que estuvieron a punto de ocasionar una colisión múltiple. Los disgrazziato, fetende y otras palabrotas bastante subidas de tono se escucharon por todos los alrededores de la plaza mientras las todavía ágiles y largas piernas del espigado arqueólogo se movían a toda velocidad.

Al llegar encontró a Filardo sentado en el mojado suelo con su espalda recostada del tope de granito.

− ¿Está bien?… Dime algo, por favor −preguntó angustiado al verlo con la vista perdida hacia lo profundo de la calle.

− ¡Si!… Si, estoy bien −respondió bufando el obeso profesor todavía sin reponerse del esfuerzo hecho con los tres desconocidos.

− ¿Sientes algo?... ¿Estás herido?... Escuché unos disparos antes de cruzar la calle.

−No… Realmente no lo sé −dijo recobrando el aliento–. No, no siento nada. No creo que esté herido –aseguró después del palpar con las manos su redondo cuerpo.

−Déjame ver −pidió Delamadrid mientras le desabrochaba la gabardina y miraba en su interior−. Nada… Ni una gota de sangre… Tuviste suerte.

− ¿Quiénes eran?... ¿Tú lo sabes? −preguntó el científico mientras le extendía una de sus manos para que lo ayudase a incorporar.

−No… Pero me imagino quiénes…

− ¿Los Dei Pax? −preguntó alarmado.

−Si, lamentablemente, tuvieron que ser ellos −respondió con el ceño fruncido.

−Querían esto −indicó Filardo tocándose la pechera y palpando algo que tenía en uno de los bolsillos− .Pero no pudieron arrebatármelo los muy rufianes.

− ¿Son las pruebas? −preguntó cauto Delamadrid.

−Sí… Sólo algunas. Quería enseñártelas. Las otras están a buen resguardo −aseveró con una complaciente sonrisa el científico.

− ¿Y qué era lo urgente que me tenías que decir?... Te llamé, pero no conseguí señal en el baño del hotel… Es un sitio muy encerrado y fue imposible la comunicación.

−Violentaron el laboratorio de José Pedro después que partió hacia Marruecos… Destruyeron todo… Mis amigos de Caracas me informaron que lo dejaron hecho un desastre. Al parecer buscaban algo… ¿Sabes qué, verdad?… −dijo casi en susurro.

− ¿Y lo hallaron?

−Por lo que me informan los colegas, no.

−Entonces las revelaciones del 3G3 están a salvo.

−Si, totalmente a salvo. Pero los que estuvieron en el laboratorio se enteraron por unas notas que dejó sobre el escritorio que había comprado boletos y viajado a Marruecos… Traté de avisarle pero nadie toma su celular. Por eso le pedí a Simón y a Débora que fuesen hacia allá, a prevenirlo y protegerlo.

−Hizo muy bien doctor. Eso me tranquiliza. Será difícil que le hagan algo con esos ángeles guardianes al lado.

−Simón también buscó el apoyo de Dark.

− ¡Fenómeno!... Así no habrá forma de quitarle las notas del papiro… Lo malo es que no sabemos si halló el cuarzo.

−Pronto lo sabremos… Simón y Débora quedaron en comunicarse conmigo en cuanto lo encontraran… ¿Qué raro que no lo hayan hecho?

−Problemas de comunicaciones, doctor. Nada más… No piense nada malo. Con esos dos al lado y, además John Dark, no correrá ningún peligro… Quédese tranquilo…−sentenció Delamadrid a fin de serenarlo.

−Otra cosa profesor. También quería decirle que los colegas de Caracas informaron que fuimos infiltrados… Hay espías del Vaticano que saben que existimos, saben del Omne verum y están buscando quitarnos todo lo que hemos conseguido con nuestros estudios.

− ¿Espías?... Pero cómo, si estamos completamente blindados… ¿Cómo supieron? −refutó el arqueólogo estrellando su puño contra la mano.

−No lo sé… Debemos averiguarlo, o todo desaparecerá. Si nuestros estudios caen en manos de la Iglesia nunca nadie sabrá de los Nion, de los Elegidos de Dios… Enterrarán el asunto para siempre, ¿comprendes?

−Claro que comprendo… Esos curas ignorantes no nos van robar lo nuestro así nada más. Pero, volviendo a lo de ahora… ¿Quién hizo los disparos?... Usted no tiene ningún arma… Al menos yo no le veo ninguna…

−Ni idea… Tampoco lo sé. Lo único que sé es que me salvó la vida en el preciso instante en que el que me tenía agarrado me iba a acuchillar… En realidad profesor, y se lo voy a confesar con mucha pena, yo no escuché ningún disparo… ¡Se lo juro!

−No fue uno, sino dos. No estoy tan viejo como para imaginarme cosas… Esta sangre es la prueba −dijo mostrando con el índice un pequeño pozuelo rojo que estaba cerca de los pies de Filardo, cuyo color había comenzado tornarse rosa por la pequeña charca donde cayó.

−Le repito, tenía tanto miedo, que no escuché nada… Sólo vi al rufián desplomarse a mi lado, nada más.

−Pero usted traía guardaespaldas…

− ¿Cuál guardaespaldas de mil demonios?... ¿Usted como que estuvo bebiendo profesor?

− Si, pero es extraño… No pudo ser ningún Elegido porque ellos no usan armas y menos hieren a seres humanos…

−Lo sé… Es un misterio. Pero quién haya sido me salvó la vida y está, evidentemente, de nuestro lado. ¿No lo crees? −concluyó el científico mientras recogía el paraguas del suelo, el cual quedó totalmente destrozado y ya no le serviría para nada.

−También lo creo… Pero, ¿quién pudo haber sido? −reflexionó Delamadrid en el instante que a sus espaldas escuchó una agradable voz femenina.

−Hola, profesores… Se puede saber qué andan ustedes haciendo por aquí y con este tiempo −saludó una hermosa mujer.

−Hola, bellezas… Paseando… Nada más paseando… Menos mal que el clima se compuso −contestó amable y con una sonrisa en los labios el arqueólogo.

Los dos investigadores tenían enfrente a las guapas profesoras Marcella Buti, de la universidad de Pisa, una papiróloga muy apreciada en la comunidad internacional y la arqueóloga Susanna Bertuccelli, las únicas mujeres que asistieron junto a ellos a la conferencia que había convocado la Iglesia en las oficinas de Via Veneto y que había terminado hace apenas escasos minutos.

− ¡Hola! –saludó en forma seca el doctor Filardo, a quien ninguna de las dos mujeres le inspiraban ni confianza ni respeto profesional−. Recuerde profesor que tenemos que estar en aquél lugar −le dijo a Delamadrid guiñándole el ojo sin que las dos mujeres se diesen cuenta.

−Un momento, ya voy −contestó Delamadrid quien estaba emocionado con la presencia de las dos féminas.

−Recuerde que estamos retrasados, profesor. En otro momento y con más tiempo conversará con las damas, ¿no es así profesoras? −manifestó Filardo con un cinismo que no podía disimular.

− ¡Claro!... Vaya usted a su compromiso profesor… En otra ocasión será…Charlaremos largo y tranquilos mientras nos tomamos una buena botella de vino −aseveró Susanna torciéndole los ojos al viejo doctor, para después brindarle una seductora mirada a Delamadrid que lo hizo ruborizar.

−Debemos bajar −apremió Filardo tomando del brazo a su amigo y llevándoselo casi a rastras de la plaza.

−Espera un momento −dijo zafándosele y regresó hacia las dos mujeres− ¿Escucharon algún disparo? −preguntó haciéndose el distraído.

− ¿Disparos en Roma?… Por favor, profesor, no sea tan paranoico. No estamos en Irak o Afganistán −expresó sonreída Susanna.

−A mí me pareció oír algo cuando doblábamos la esquina, pero, ¿por qué quiere saberlo? −averiguó Marcella.

−No, por nada… Quizás todo fue producto de mi imaginación –afirmó el arqueólogo mientras volvía con Filardo.

En los cafés, bares y tabacchi cercanos, la vida seguía igual, como si nada hubiese pasado. Los turistas caminaban por la concurrida calle charlando y riendo. Muchos iban en dirección al Palacio Quirinal, otros a las numerosas iglesias cercanas a rezar o escuchar la misa del Domingo de Resurrección.

Los dos hombres comenzaron a bajar hacia Vía Delle Quattro Fontane para después tomar rumbo al Palazzo Massimo, sede de uno de los conjuntos más importantes del Museo Nacional Romano. De cuando en cuando Delamadrid volteaba a ver a las dos despampanantes mujeres que se alejaban calle arriba. Aunque algunos les decían “viejo colega”, “viejo profesor”, Delamadrid no era tan viejo y tampoco lucía acabado. Apenas contaba con sesenta y seis años y el brillo de la vida y el placer aún seguían intactos en su mirada.



19

−Esta espera no sólo fastidia, sino que me enferma y mucho… La Hermandad… Sus hombres, no sirven para nada −despotricó casi al borde de una crisis neurótica monseñor Pellegrino.

−Tenga paciencia, monseñor. La paciencia es una virtud propia de la Iglesia. Mire dónde estamos ahora… En la cumbre del mundo y con más poder que cien estados juntos −afirmó para aplacar su inquietud el cardenal Ribera.

−Y los teléfonos sonando a cada rato y para nada útil… La llamada que queremos, una sola, no llega −siguió refunfuñando Pellegrino furioso.

−Tengo fe en mis hombres y sé que cumplirán con el mandato divino encomendado. Por eso monseñor, tomémonos otro café y, repito, seamos pacientes −demandó mientras se dirigía hacia una pequeña mesita redonda donde estaban dispuestas un servicio de tazas y la cafetera.

−Hace poco hiciste referencia a un asunto en Piazza Barberini… ¿También le confiaste el encargo a esa gente? −preguntó en tono despectivo.

Se refería a los Dei Pax o La Hermandad de la Sangre, como gustaban llamarlos en las altas esferas eclesiásticas a ese grupo de facinerosos, casi terroristas, que trabajan en pro y en nombre de la Iglesia con el único fin de obtener poder y mantener cubiertos sus negocios sucios bajo un manto de inmaculada pureza al ser respaldados por la Iglesia Católica.

−Si… Ese asunto debe estar ya concluido. También estoy esperando esa confirmación −precisó el cardenal mientras se servía un humeante café en una taza de fina porcelana vienesa antigua, cuyos bordes estaban pintados a mano en delicada degradación de azules con rostros de hermosos querubines.

−Pero eso fue apenas a unas cuadras de aquí. ¿Cómo es posible que no hayan llamado? −expresó Pellegrino mientras también se servía una taza de café.

−Son muy cautos, monseñor. Con su discreción buscan proteger a la Iglesia y a ellos mismos… Saben que tienen mucho que perder si alguien llega a sospechar, aunque sea levemente, de sus asuntos con la Iglesia… ¿Sabe las proporciones del escándalo que se formaría?

− ¡Bah!... Sería un desastre para ellos… En cuantos a nosotros no habría problemas… Unas cuantas palabras del Papa sobre el asunto y todo quedaría concluido. La Iglesia, querido cardenal, se ha mantenido firme e inconmovible por dos mil años… Ni el Imperio Romano, que parecía indestructible, pudo durar tanto… −sentenció monseñor Pellegrino, uno de los hombres fuertes del Vaticano.

− ¿Será cierto lo del monte Tabor y la Lanza Sagrada? −preguntó Ribera acariciándose su bien delineada barba en forma de candado.

Pausado, se dirigió hacia el escritorio principal y de un reluciente estuche de madera labrada sacó un largo puro cubano y lo encendió.

−Sólo especulaciones periodísticas cardenal. La verdadera lanza de Longino, o al menos lo que queda de ella, está en el Vaticano, debajo de la Basílica… No crea en todo lo que dicen los periódicos… Recuerde el viejo adagio que reza la prensa es el opio de los pueblos.

−No creo en todo lo que me dicen, santo y viejo amigo −refirió tuteándolo y enalteciendo sus supuestas virtudes espirituales−. Un conocido arqueólogo afirma que la parte de la lanza que encontró en el Tabor es la auténtica y corresponde, sin la menor duda posible, a la del centurión… Y, déjeme corregirlo y no se me vaya a molestar, el proverbio que usted mencionó no es exacto, porque el dicho popular señala que la religión es el opio de los pueblos, no la prensa −precisó con una mordaz sonrisa en los labios después de dejar escapar una gran bocanada de humo.

− ¡Bah!... Es la misma cosa…−afirmó sobre el refrán−. Quién es el fulano arqueólogo que dijo que el pedazo de lanza era la auténtica… ¿Estaba entre nuestros invitados a la reunión? −indagó el anciano monseñor pasándose la mano sobre su pelada cabeza.

−No, no pudo venir… Está en Venezuela. Se excusó… Dijo que tenía una importante misión que cumplir… ¡Imbécil!... Perderse todos los encantos y seducción de Roma e irse a ese pobre país rico −escupió el cardenal con asco despectivo.

− ¿Y qué tiene usted contra Venezuela que se expresa de esa manera? −preguntó el moseñor.

−Nada, realmente nada −contestó para enmendar lo dicho, aunque la realidad era otra.

Una hermana del cardenal que vivía en Venezuela desde hacía más de tres años, fue violada y asesinada junto a su hija de quince años en el interior de su residencia en Caracas. Los investigadores concluyeron que los autores del abominable hecho fueron tres malandrines que penetraron en la vivienda con la intención de robar joyas y cosas de valor. Se inició una intensa búsqueda, pero nunca fueron capturados, por lo que el crimen quedó impune. Desde aquel entonces todo lo que le oliese a Venezuela le causaba una incontrolable repulsión hacia el país y sus habitantes.

−El arqueólogo, cómo se llama el dichoso arqueólogo que usted mencionó… ¡Dime!... Dime… −requirió frenético Pellegrino mientras se servía otra taza de café.

−Su nombre es bastante confuso… No lo recuerdo ahora… Cuando me venga a la cabeza se lo diré −señaló restándole importancia a su desplante neurasténico.

−Espero que no se te olvide.

−No se me olvidará, no se preocupe… Eso fue apenas hace una semana o menos y ya me vendrá a la memoria −afirmó contrariado.

El cardenal Ribera se refería al hallazgo hecho recientemente por Divor Klaus en el Monte Tabor, en la Baja Galilea, en un extremo de la llanura de Esdrelón, a unos veinte kilómetros al suroeste del lago de Tiberíades y siete al sureste de Nazaret. Al Tabor también se le conoce como el Monte de la Transfiguración, porque se cree que allí ocurrió la Transfiguración de Jesucristo antes de subir al cielo y el lugar donde se llevó a cabo la batalla entre Barak y la armada de Jabin, comandada por Sisera. Aunque ningún evangelio especifica dónde, realmente, se transfiguró Cristo, los primeros cristianos de Palestina aseguraban que había sido en el Tabor, creencia que compartía DivorKlaus, la cual había ampliamente corroborado a través del estudio de papiros muy antiguos y confiables.

En una de las tantas leyendas relativas a la asunción de la Virgen María, que se dice que murió de amor trece años después de la crucifixión y muerte de Jesucristo, éste bajó del cielo rodeado de una gran cantidad de ángeles y querubines y acogió el alma de su amada madre y fue tan grande el fulgor de la luz y el suave perfume, que cuantos allí estaban presentes cayeron postrados a tierra, como cayeron los Apóstoles cuando Cristo se transfiguró ante ellos en el monte Tabor, referían algunos documentos antiguos analizados por Divor Klaus.

Esos ángeles y querubines de las leyendas palestinas se mencionaban también en otros manuscritos, entre ellos los papiros de Jerusalén, donde se les describe con un aspecto muy parecido al de los Elegidos de Dios, los Nion o Niños Luz que estaban naciendo actualmente sobre la tierra.

Aunque Divor Klaus no le daba mucho crédito a las citas de un supuesto Evangelio atribuido a San Pedro, le llamaba poderosamente la atención el texto que relataba: un día Jesús nos llevó hasta la cima del Tabor. Mi Señor Jesucristo, me dijo: subamos al monte santo. Y todos sus discípulos caminamos con él orando. Y he aquí que había allí dos hombres. Nosotros fuimos incapaces de fijar nuestros ojos en sus rostros. Resplandecía en ellos una luz más brillante que el Sol.

De ser real el relato de San Pedro, todo encajaba perfectamente con la luz que emitían a veces los Elegidos de Dios llamados Venerados del Milenio, los únicos inmortales entre todos ellos.

Los primeros cristianos estaban convencidos de que el Tabor era una montaña sagrada. Por eso construyeron en su cima tres hermosas capillas donde oraban a Dios todos los días. Otra leyenda cuenta que un día San Pedro, ungido de amor y misericordia, fue hasta lo alto del monte e iluminado de gloria divina, gritó: Señor, bien sé que estás aquí. Si quieres, hago aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Cerca de esas iglesias, las cuales fueron construidas y destruidas en varias ocasiones debido a las tantas ocupaciones y batallas allí acaecidas, estuvo realizando sus trabajos Divor Klaus.

− ¡Ya lo tengo monseñor! −exclamó Ribera con alegría.

− ¿Tienes qué, hombre de Dios? −preguntó extrañado monseñor Pellegrino, quien abstraído se había puesto otra vez a mirar través de la gran ventana de la oficina clerical.

−El nombre del arqueólogo que hizo el descubrimiento en el Tabor −explicó con una gran sonrisa en los labios orgulloso por haber puesto a prueba su memoria y haber salido airoso.

− ¿Y cuál es el dichoso nombre? −interrogó separándose de la ventana, en la que todavía escurrían gotas de agua del temporal que poco antes se estrelló contra sus vidrios.

−Divor… Divor Klaus Ranieri… ¡Qué nombre tan enredado, Dios mío!

−Pero el apellido es italiano… Debe tener algunas raíces italianas… Nuestros espías no nos han dicho nada de él… ¿Estará ligado al grupo de los revoltosos? −indagó Pellegrino al referirse con desprecio a la Cofradía del Omne verum.

−No tengo la menor idea…

−No importa… Esta tarde se van a aclarar muchas cosas…

−Sí… ¿por qué lo dice? −preguntó confuso Ribera.

−Porque también estoy esperando la visita de una pieza clave en todo este engorroso asunto de ángeles y arcángeles que nacen con rabo −expresó burlonamente el anciano clérigo.

−Entonces, usted sabe mucho más que yo del asunto.

El cardenal echó con disgusto un resto de ceniza que colgaba de su habano y altivo esperó una respuesta.

− ¡Claro, hombre!... Claro…

− ¿Y por qué no me había dicho nada?... ¿Por qué cuándo le toqué el tema de los Nion se burló de mí? −indagó irritado y con el rostro descompuesto.

−Asuntos de Estado Ribera… Secretos de Estado que no se pueden revelar así no más…

−Pero yo soy cardenal y formó parte de todo esto, ¿No es así? −preguntó con enfado levantándose del sillón donde se había sentado segundos antes.

−De una parte, querido cardenal… Sólo de una parte −respondió lacónico Pellegrino, a fin de recordarle que quién llevaba la batuta era él.

−Si, lo sé… Pero después de todo lo que he hecho por la Iglesia merezco un mínimo de confianza −protestó.

−En los asuntos de Estado eso es pura retórica… Nosotros trabajamos con realidades, soluciones y hechos concretos… Usted siempre dice que es muy pragmático, ahora de qué se queja −respondió mordaz el viejo monseñor a fin de bajarle las ínfulas con las que se pavoneaba mientras caminaba por la amplia oficina.

−Dejémolo hasta aquí, monseñor… Está conversación está haciendo que se me suba la tensión −expresó todavía airado Ribera con evidente intención de eludir el tema de la confianza.

El cardenal se sentía burlado y descorazonado al mismo tiempo. Se consideraba pieza imprescindible en el combate de la Iglesia contra sus detractores y las palabras de Pellegrino lo habían herido, y mucho.

− ¿Qué me decías del tal arqueólogo ese? −preguntó rascándose con un dedo su curva nariz aguileña.

−Que supuestamente encontró en el Tabor el pedazo restante de la lanza de Longino… Había convocado una rueda de prensa en Israel para dar a conocer todos los detalles del hallazgo, pero el hombre no se presentó.

−Es el mismo que dices que está en Venezuela y que nosotros invitamos pero no vino.

−El mismo, monseñor… A última hora suspendió la rueda de prensa y dejó a toda la comunidad científica a la espera.

−Qué yo sepa, una parte de la lanza está debajo de la cripta de San Pedro… No creo que lo que vaya a decir ese arqueólogo tenga mucha importancia… La Lanza Sagrada está en nuestro poder y punto.

−Estoy totalmente de acuerdo con usted, monseñor.

−Además, que van a saber esos ignorantes arqueólogos de los secretos milenarios de la Iglesia −escupió Pellegrino con malediciente aversión.

− ¿Cuáles secretos?... ¿A qué secretos milenarios se refiere usted?

−A ninguno… Sólo es una forma de decir cardenal −contestó restándole importancia a su infidencia monacal.

Frente a sus ojos colgaba la hermosa copia del cuadro Jesús es atravesado en un costado por la lanza de un soldado romano, donde el pintor Fray Angélico inmortalizó magistralmente el momento en que Longino clava su lanza y siquiera hicieron alusión a la imagen que simbolizaba el objeto de su conversación. Para ellos era sólo un simple elemento decorativo, nada más.

De acuerdo a la leyenda, la Lanza Sagrada es el nombre que se le dio a la lanza con la que el centurión romano atravesó el cuerpo de Jesús cuando estaba en la cruz. También es conocida como Lanza del Destino, Lanza de Longino o Lanza de Cristo.

El único texto bíblico donde se habla de la lanza es en el Evangelio de San Juan. En el mismo se asevera que los romanos tenían planificado romperle las piernas a Jesús, una práctica conocida como crurifragium, que era un método muy doloroso y cruel, pero muy efectivo para acelerar la muerte de los condenados a la crucifixión. Longino le clavó la lanza en el costado sólo con el propósito de cerciorarse que estaba muerto. Como notó que ciertamente lo estaba, les notificó a los otros centuriones de guardia en el Gólgota que no hacía falta romperle las piernas.

Al ser atravesado por la lanza del centurión, del cuerpo de Jesús salió sangre y agua. El fenómeno fue considerado en aquel entonces como un milagro, aunque hoy en día se sabe, y está científicamente demostrado, que el agua brotó debido a la perforación del seno pericardial. No obstante, para los católicos representan los sacramentos del bautismo y la eucaristía que fluyen del costado de Cristo, así como Eva surgió del costado de Adán.

Nadie había reparado en la lanza hasta que durante un viaje que San Antonio de Piacenza realizó a la antigua Jerusalén, afirmó que había visto en la Basílica del Monte de Sion «la corona de espinas con la cual coronaron a Jesús y la lanza con la que perforaron su costado».

Divor Klaus no albergaba ninguna duda sobre esas aseveraciones porque otros testimonios milenarios hablaban de lo mismo, pero no concordaban con el sitio donde el santo había visto la lanza.

Divor también sabía que en el año 615 Jerusalén y sus reliquias religiosas fueron robadas por las fuerzas persas de rey Cosroes II y la punta de la lanza, la cual se había roto, fue entregada como botín de guerra a Nicetas, quien la llevó a Constantinopla y depositó en la iglesia de Santa Sofía. En 1244, esa punta de lanza, puesta en un icono a fin de preservarla, fue vendida por Balduino II de Constantinopla a Luis IX de Francia y guardada con la Corona de Espinas en la Sainte Chapelle de París. Durante la revolución francesa las dos reliquias sagradas desaparecieron de la Bibliothèque Nationale, donde habían sido llevadas para su protección.

En cuanto a la porción más grande de la lanza, Arculpus la vio en la iglesia del Santo Sepulcro alrededor del 670 en Jerusalén, sin embargo no hay otra mención de ella tras el saqueo del 615. Algunos teólogos afirman que el pedazo más grande de la reliquia sagrada fue llevado a Constantinopla durante el siglo VIII, posiblemente al mismo tiempo que la Corona de Espinas. Su presencia en Constantinopla fue, en su tiempo, claramente atestiguada por varios peregrinos rusos.

Se especula que algunas de las espinas de la corona fueron dispersas en varias iglesias europeas, cuestión posible de rastrear, pero no así la punta o fragmentos de la lanza cuyo destino era totalmente desconocido hasta que Divor Klaus la halló en el Tabor.

Cualquiera que haya sido la reliquia de Constantinopla, cayó en manos de los turcos, y en 1492, bajo circunstancias descritas en la Historia de los Papas, el sultán Bayaceto le envió la lanza a Inocente VIII para forzar al Papa a que dejase podrir en las cárceles del Vaticano a su hermano Zizim. Durante ese tiempo en la Santa Sede había dudas sobre la autenticidad de la lanza porque existían otras. Un pedazo de punta en París, otra en Núremberg, llamada La Lanza de Viena, y una tercera en Armenia, conocida como La Lanza de Etschmiadzin.

A mediados del año 1700, el Papa Benedicto XIV dijo que había obtenido el dibujo exacto del pedazo de la punta de la Lanza de París y que al ser comparada con la resguardada en la Basílica de San Pedro, las dos formaran una sola hoja.

Ese hecho, de que la única comprobación “científica” se hubiese realizada a través de un simple dibujo, sin experticias antropológicas, arqueológicas, pruebas de carbono 14 y otras tantas de que dispone la ciencia hoy en día, inquietaban a Divor Klaus y a la Cofradía del Omne Verum.

Aquella aseveración tenía todos los aderezos de un fraude religioso a gran escala. “Si la Iglesia mentía en eso, ¿cuántas otra grandes mentiras santas estarían esparcidas por el mundo?”, se preguntaba Divor Klaus.

Por eso, al dar con el pedazo faltante de la lanza de Longino y leer las revelaciones que junto a ella estaban guardadas, partió inmediatamente a Venezuela e inició la expedición a La Gran Sabana.



20

Santiago seguía elevándose hacia el cielo en búsqueda del maligno para entablar combate. Abajo, los dos pemones rezaban un Padre Nuestro con tanta devoción que hasta los más minúsculos arbustos de la inmensa sabana percibían aquellas palabras cargadas de fe y misericordia sublime.

El trinar de algunos pájaros que durante el ventarrón volaron a esconderse en sus nidos, volvió a oírse en la cima del Kukenán. Después comenzaron a llegar muchos, en grandes bandadas. Eran muy hermosos y su canto celestial. Parecían hacerle coro a aquel Padre Nuestro que salía de lo profundo del corazón de los dos pemones. Santiago volteó otra vez a verlos y su alma se plenó de dicha. Sus oídos eran tan sensibles que podían escuchar hasta el susurro de una mariposa.

−Padre nuestro que estás en los cielos. Santificado sea tú nombre. Venga a nosotros tu reino. Hágase tú voluntad así en la Tierra como en el cielo. Danos hoy el pan nuestro de cada día. Perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos… −se oía bajo el coro de pájaros que volaron de lo profundo de La Gran Sabana hasta las alturas del Kukenán para unirse a Santiago y a los dos pemones en su lucha contra las huestes infernales.

El cielo parecía que de un momento a otro iba a partirse y desprenderse en mil pedazos. Santiago estaba listo. Esperaba muy cerca de una nube a que su enemigo se materializara frente a él. Luis Rafael y Juan Diego seguían inmersos en profunda oración, lejos de la batalla pero al lado de Santiago en sus corazones.

Salido del mismísimo infierno, un ruido trepidante hizo tambalear el universo. Seis Carrozas de la Oscuridad con cientos de guerreros de Satán en su interior y otros cientos rodeándolas, fueron lentamente haciéndose visibles. De sus ruedas brotaba un chirrido semejante a retoques de tambores y címbalos con olor a piel humana quemada y putrefacta.

Dos se posicionaron frente a Santiago. Las otras cuatro, divididas en par simétrico, a cada uno de sus flancos. En instantes se vieron en todo su espectral y horripilante forma. Las ruedas, de redondez imperfecta, estaban hechas de fémures humanos y animales del más allá. Su piso adoquinado de huesos y pellejos de personas que nunca alcanzarían el descanso eterno, goteaba sangre de los cuerpos del que habían sido desgarrados. Los desechos se movían como si aún tuviesen vida, pero estaban más muertas que la muerte y convertidos en pútridos jirones.

Los carruajes satánicos rodaban descubiertos y a merced del enrarecido aire azufrado. Una purulenta neblina salpicada de rojo se movía sobre las espantosas cabezas de aquellas bestias-soldados. Mientras avanzaban la bruma manaba gotas de viscosa sangre que los monstruos absorbían sedientos en sus bocas. Parecían darle fuerza y valor. Los guerreros de Lucifer iban ávidos sangre hacia el combate.

Brazos, piernas y arcos confeccionados con costillas de grandes animales, cuyas cuerdas habían sido tejidas con pelo humano, eran algunas de las armas que con endemoniada maldad blandían en alto. Las flechas, talladas de enormes esternones negros como la muerte, tenían en sus filosas puntas flameantes ojos de seres que aún tenían vida. Se retorcían de dolor y lánguidos miraban en todas direcciones implorando una compasión que nunca alcanzarían en el infierno al que habían sido condenados por su criminal maldad.

Al notar la presencia de Santiago, las bestias que tiraban las pútridas carrozas encabritaron con relincho infernal. Su pavor podía olerse. No eran caballos, ni animal alguno que existiese en el universo infinito. Eran híbridos infernales parecidos a gigantes lobos negros con cuernos de rinoceronte en ambos lados de su cabeza, cola de dragón y piel de serpiente, que sólo el infierno pudo concebir.

El joven ángel no se inmutó. Levantó en alto la espada divina concedida por Dios y el Espíritu Santo, y voló decidido al encuentro de aquellos monstruos malignos. La batalla estaba a punto de comenzar.

Abajo Luis Rafael y Juan Diego seguían orando. Repitiendo una y otra vez el Padre Nuestro en devota letanía. Escuchaban los ruidos del maligno y los bramidos de las huestes de Satán, pero no se atrevían a mirar hacia arriba. Permanecían arrodillados, con la cabeza inclinada hacia el piso rocoso y los ojos cerrados.

Mientras Santiago avanzaba en pos del satánico enemigo, flechas, dardos y pestilentes bolas de fuego hechas con cabezas aún ensangrentadas de personas recién muertas, eran lanzadas contra su angélica figura. Con destreza y decidido al combate, las eludió sin que ninguna de ellas logarse siquiera rozarlo.

Al estar cerca, las sobrevoló a todas. Luego, moviendo la espada con agilidad celestial se dirigió hacia la primera de las carrozas, la cual se avecinaba amenazante hacia donde estaban los pemones. Gracias a sus certeros movimientos las cabezas de aquellos seres pestilentes y sus bestias de tiro pronto rodaron por los abismos infinitos. Los pútridos proyectiles que le arrojaban desde los otros carros se desintegraban antes de tocar su escudo, cuyas gemas ahora deslumbraban con fulgor divino.

− ¡Tiemblen bestias!... ¡Osaron levantar la ira del Señor y Él me envió para arrearlos al estiércol infernal de donde salieron!... El Señor es mi luz y mi salvación, ¿de quién temeré?... El Señor es la fortaleza de mi vida, ¿de quién he de atemorizarme? −gritaba Santiago mientras arremetía contra las otras Carrozas de la Oscuridad.

Al compás de endemoniados tambores que entonaban una danza de lacerantes acordes de terror, los carros de muerte que habían resistido las arremetidas de Santiago se posicionaron en forma de semiluna con la intención de cercarlo.

De entre la oscuridad se escuchó en toda su estridente y diabólica maldad la risa de Satán. El Príncipe de las Tinieblas aún no se había materializado. Permanecía oculto. Nadie podía verlo, incluso Santiago, no obstante sus poderes. Sólo el enmohecido vaho pestilente de su boca se olía a mucho cientos de metros.

Sobresaltados, los dos pemones dejaron de orar. Pese a la advertencia del ángel, no pudieron evitar mirar hacia arriba. Los cuatro carros que quedaban en pie y cientos de los inmundos seres que la ocupaban, tenían cercado a Santiago.

Impertérrito, como si nada estuviese sucediendo, posó una de sus rodillas sobre una pequeña nube, clavó la espada sobre el celaje cenizo y reposó el antebrazo sobre uno de sus muslos. Aunque con el otro brazo levantó el escudo a la altura del pecho, en aquella posición era bastante vulnerable. Alerta, inclinó la cabeza y comenzó a orar.

−Te amo, oh, Señor, fortaleza mía. Señor roca mía y castillo mío, y mi libertador. Dios mío, fortaleza mía, en ti confiaré. Mi escudo y la fuerza de mí salvación, mi alto refugio. Invocaré al Señor, quien es digno de ser alabado y seré salvo de mis enemigos. Me rodearon ligaduras de muerte y torrentes de perversidad me atemorizaron. Ligaduras de sepultura me rodearon, me tendieron lazos de muerte. En mi angustia invoqué al Señor y clamé a mi Dios. El oyó mi voz desde su templo…

Santiago se detuvo. A sus oídos, cual susurro de mariposa, llegaron las voces de Juan Diego y Luis Rafael, que al escucharlo comenzaron también a recitar aquel cántico del Salmo 18 que David dirigió al Señor cuando lo salvó de manos de sus enemigos.

−…Oyó mi voz desde su templo y mi clamor llegó delante de él, a sus oídos. La tierra fue conmovida y tembló. Se conmovieron los cimientos de los montes y se estremecieron, porque se indignó Él. Humo subió de su nariz y de su boca fuego consumidor. Carbones fueron por Él encendidos….−escuchaba recitar a los dos pemones mientras él seguía, rodilla en nube, rezando igual que ellos.

−Inclinó los cielos y descendió y había densas tinieblas debajo de sus pies −prosiguió Santiago con angelical sonrisa plena de gozo en sus labios.

Las endemoniadas carrozas estaban tan próximas, que el ángel podía aspirar el aliento de las bestias. Pero se quedó tranquilo. Siquiera movió una pestaña. Debía concluir su invocación al Altísimo sin importar lo que sucediese.



Dark y sus acompañantes eludieron con éxito el cerco tendido por los Dei Pax. El veterano ex combatiente de Afganistán sabía que los malhechores no se darían por vencidos. Que volverían a atacar una y otra vez hasta poder alcanzar su propósito. Robar el Cuarzo Sagrado. El Cuarzo de María Magdalena que encontraron José Pedro, Simón y Débora, los dos ángeles guardianes enviados hasta Marruecos por el doctor Aristócrates Filardo para proteger al arqueólogo.

El científico no sabía si la misión había tenido éxito o no. Simón, que debía avisarle en cuanto hallasen la piedra, no pudo hacerlo porque fueron atacados por los Pax. Sus mochilas, los celulares y todas las demás pertenencias quedaron abandonadas en la ribera del Ouzoud y, seguramente, estarían en manos de sus perseguidores. Tampoco pudo llamarlo por el teléfono de José Pedro porque quedó inservible al mojarse cuando nadaba hacia la orilla contraria de las cascadas. Con el de Dark menos, porque desarmó el aparato para evitar ser rastreados, aunque fue tarde.

Su última oportunidad para comunicarle al doctor Filardo que la santa carga estaba a salvo y en sus manos, era cuando Dark se detuviese en Kelma-des-Sranghna para que Débora comprara alimentos y agua, pero fueron nuevamente atacados. Ahora estaban acorralados y no había tiempo ni era el momento para hacerlo. Sus vidas dependían de las destrezas defensivas de Dark y en sus propios poderes premonitorios si intuían algún grave peligro contra su subsistencia.

En ese aspecto Débora había adquirido una notable capacidad, quizás debido a su corta edad. No debía pasar de los diecisiete mientras Simón ya estaba en los veintiuno. Ella fue la primera en avisar de la barricada porque sabía, por estar sentada detrás del puesto del conductor, que por allí pasarían muchas de las balas que dispararían los Pax, como de hecho ocurrió.

La sugerencia de Dark de que durante el tiroteo estuviesen agachados y con la cabeza sobre sus rodillas, les salvó la vida pero, principalmente, a Débora, quien por estar de ese lado del auto recibiría la mayoría de los impactos. En el caso del coche-bomba, Débora visualizó, en proyección muy similar a las cinematográficas, los chorizos de C-4, pero cuando iba a decirlo Simón se le adelantó.

−Volveré hacia los viñedos. Cuando esté fuera de su vista reduciré la marcha y me lanzaré del vehículo… Debes cambiarte de puesto enseguida y tomar el volante −le indicó Dark a Simón.

− Si, entiendo… Todo saldrá bien. Oraré por ti −manifestó con santa misericordia el fortachón.

−Tienes que moverte rápido si no la camioneta volcará… ¡Okey!

−De acuerdo.

−Trataré de detenerlos desde tierra… Con esta puedo apuntar mejor desde el suelo −afirmó mostrando la poderosa SAW de 800 disparos−. Cuando te haga la señal regresas por mí… ¿De acuerdo?

−Por aquí hay muchos matorrales. ¿Cómo veré la señal? −preguntó el melenudo Elegido.

−Tengo antorchas de humo. Cuando lance la verde será el momento –dijo tocándose los bolsillos bajos de su pantalón de camuflaje.

−Muy bien… ¿Y si es de otro color?

−Huye… Vete de aquí y pónganse a salvo, ¿enterado?

−Enterado. Se hará lo que digas.

−Y tú −dijo girándose ligeramente hacia José Pedro− ve hacia el maletero y comienza a disparar con todo lo que tengas −encomendó lanzándole varias recargas.

−Pero yo no sé disparar −respondió intimidado el arqueólogo.

−Hoy aprenderás… Si amas tú vida, hoy aprenderás.

−Una cosa más. No dispares en forma continua. Si se recalienta te quedarás sin arma. Es muy vieja y podría explotarle el cañón –explicó al joven arqueólogo, quien tenía cara de espanto.

Muy a su manera Dark quiso decirle que cuando un arma como la que tenía en sus manos se disparara genera calor por fricción y hacerlo en forma repetida y sin parar puede derretir el cañón. En esos casos el caño primero toma un color rojo brillante, después blanco. Normalmente las ametralladoras modernas tiene el cañón intercambiable, pero ese no era el caso de la vieja sub. HK-MP5 que tenía José Pedro, por eso era mejor esperar unos cuantos segundos entre una descarga y otra. Una sección de tiros muy rápidos obliga a recargar varias veces, cosa que, además de impedir afinar la mira, ofrece una oportunidad de oro al enemigo para contraatacar.

−Otra cosa. Afíncala bien en el hombro. Así obtendrás precisión y evitarás los fuertes culatazos… No lo olvides y apunta bien. Eso es lo principal… −recordó el veterano ex soldado brindándole una de sus escasas sonrisas a través del retrovisor del vehículo.

−Seguro… Seguro −fue lo único que atinó a pronunciar mientras se ajustaba la tira delantera del pequeño morral que no se había separado de su espalda desde que comenzó la persecución.

Dark no tenía tiempo ni era el momento para explicarle a José Pedro que lo básico, como lo es para cualquier otra arma, es apuntar. Las balas son muy pequeñas y en su trayectoria son perturbadas por el viento y la gravedad. Si no se apunta bien al momento del disparo, los proyectiles se dispersan como si hubiesen salido del cañón de una escopeta. A mayor distancia del objetivo, mayor es el área de dispersión. Por eso siempre se tiene que tener el objetivo en mira y a distancia.

Mientras giraba instrucciones Dark no despegaba su vista del retrovisor y los espejos laterales de la Hummer. Vigilaba cada movimiento de sus perseguidores y sólo esperaba el momento y lugar adecuado para lanzarse del vehículo en marcha. Al ver a lo lejos una pequeña saliente rocosa, consideró que ese era un sitio perfecto. Lo ocultaría de sus agresores y también le serviría de escudo y trinchera. Sólo tendría esa oportunidad y debía aprovecharla.

−Ves aquella roca −le dijo a Simón señalándola con el índice−. Cuando esté un poco más cerca contaré hasta tres y saltaré… Toma el volante y ponte en posición para cambiar de lugar… Tiene que ser muy rápido, ¿entiendes? −expresó mientras abría la portezuela de la camioneta.

−Sí, entiendo. Estoy listo −respondió poniendo una mano sobre el volante que aún tenía aferrado el ex veterano soldado.

−Voy a comenzar… Uno… Dos… Tres…

Apenas terminó de decir tres Dark saltó como un gato montés y rodó sobre el arcilloso suelo. Simultáneamente, tal como las agujas del reloj cuando se cruzan a las doce en punto, de un brincó Simón se acomodó en el asiento que instantes antes ocupaba su compañero.

− ¿Lo viste incorporar? −preguntó Débora con maternal dulzura mientras se pasaba hacia el asiento delantero.

− No… No tuve tiempo −contestó.

Antes de que Dark saltase José Pedro se había tendido en la parte trasera de la Hummer. Aunque tenía cara de espantado, parecía un marine a punto de combate. Las dos camionetas negras estaban muy cerca y tenían en la mira al vehículo amarillo.

Se escuchó una primera ráfaga. Luego otras dos. José Pedro instintivamente agachó la cabeza y se quedó con la cara pegada al suelo de la camioneta, inmóvil, pero con los ojos bien abiertos y alertas. Al volante, Simón conducía como si nada estuviese pasando. Impertérrito como siempre. Débora, con la vista cosida al camino, parecía transmitirle a su compañero a través de un satélite invisible la ruta más adecuada y sus posibles peligros. Piloto y copiloto no se cruzaban palabras. Siquiera se miraban. Sólo movían los ojos.

Otras descargas de metralla y un par de balas que se incrustaron en el baulete de la Hummer, hizo reaccionar a José Pedro, quien salió de su cueva y comenzó a disparar contra sus agresores.

Las camionetas negras estaban muy cerca de donde se había lanzado Dark. Otros dos proyectiles pasaron rozando el rostro del arqueólogo. Uno se incrustó en el latón que sostiene el parabrisas, muy cerca de Débora. El otro atravesó el cristal y siguió de largo. El vidrio permaneció ahí, intacto, pero ahora decorado por el pequeño hueco dejado por la bala.

José Pedro estaba reclinado en el maletero recargando la HK-MP5, cuando desde tierra, y por un ángulo que no lograba ver, escuchó disparos todavía más potentes. Era Dark. Había comenzado a accionar su SAW con municiones 5.56 mm. Parecía un fin de mundo.

Los Pax dejaron de disparar durante algunos segundos. Sorprendidos buscaban ubicar de dónde provenían las descargas. Cuando lo hicieron ya era tarde. Con el chofer mortalmente herido tras el volante, una de las camionetas rodó sin rumbo hasta que desbarrancó por una ladera. Las llamas pronto iniciaron su fiesta y comenzaron a devorarla. Una gran antorcha, parecida a un espantapájaros rojo ambarino, coronaba los viñedos de la parte baja de la colina.

Antes de convertirse en festín del diablo, cuatro maltrechos y ensangrentados rufianes lograron salir de ella. Algunos llevaban sus armas en alto, pero estaban tan atolondrados que de nada les servirían.

La otra camioneta seguía veloz tras la Hummer sin saber quién o quienes los atacaban.

Dark la tenía en la mira. Sólo esperaba el momento oportuno para apretar el gatillo, pero de la nada apareció un helicóptero blanco con una gran franja verde pintada alrededor de su panza y techo. Era un viejo Super Puma civil con mucha artillería pesada en su barriga.

Rasgaba veloz el aire y desde sus costados vomitaba fuego sin piedad contra el ex veterano de Afganistán y la Hummer.

Dark rodó sobre su propio cuerpo para alejarse del sitio donde estaba apertrechado. Balas con intenciones mortales silbaban alrededor de su humanidad.

Entre rastrojos, olivares y viñedos minados de pequeñas rocas, la Hummer seguía abriéndose camino dando tumbos. Con su trompa podaba plantas, racimos verdes y todo lo que se atravesase en su camino. José Pedro estaba aterrado.

Faltaba poco para que la camioneta negra los alcanzara. Los disparos desde dentro eran menores. Sus tripulantes le dejaron todo el trabajo al helicóptero, el cual acababa de pasar sobre donde estaba Dark y se disponía a dar la vuelta para ir por la Hummer que corría a toda velocidad hacia un abandonado refugio berebere cuyas paredes de tierra tostadas por el sol semejaban paja seca.

Al helicóptero sólo le bastó hacer un ligero semicírculo para estar encima de la Hummer. Varias ráfagas cruzaron el aire y pronto la camioneta amarilla comenzó a andar sin rumbo hasta que volcó hacia el lado del conductor. A la misma velocidad en que se desplazaba rodó recostada de su carrocería sobre el polvoriento suelo rojo. Después, otro tumbo y sus cuatro ruedas quedaron dando vueltas y mirando al cielo. La carrera había terminado. Alrededor del vehículo sólo quedó una gran mancha de aceite y gasolina derramándose.



21

Después de encontrarse con las dos mujeres, Filardo y Delamadrid desviaron la ruta. Ya no caminaban hacia Palazzo Massimo sino rumbo a la Basílica Santa María degli Angeli e dei Martiri, una imponente edificación religiosa enmarcada en uno de los ábsides abovedados de las Termas de Diocleciano, situada en Piazza della Repubblica.

Mientras caminaban Filardo le manifestó al arqueólogo que no confiaba en ninguna de las dos mujeres, especialmente en la Bertuccelli. Que les parecían falsas y que muchos de los honores que le confirieron por sus supuestos “logros” profesionales fueron obtenidos de forma fraudulenta, robando información a incautos colegas con quienes pasaban gratas noches de orgías y placer.

La Basílica hacia donde se dirigían fue el último grandioso proyecto emprendido por la genialidad arquitectónica de Miguel Ángel Buonarrotti antes de morir. Al iniciarlo tenía 86 años y, por supuesto, no pudo concluirlo, pero dejó marcado para la posteridad un monumento lleno de historia, fe, arte y ciencia.

Santa Maria degli Angeli e dei Martiri fue fundada en 1561 por requerimiento expreso de Antonio Lo Duca, un sacerdote siciliano dedicado a la adoración de los ángeles, a quienes consagró toda su vida hasta la hora de su muerte, acaecida el 30 de febrero de 1564, apenas doce días después de la muerte de Miguel Ángel.

La idea de Lo Duca había sido construir la iglesia en honor a los ángeles en las Termas de Diocleciano, aunque a través del tiempo casi todos los lineamientos de Miguel Ángel fueron corrompidos por manos que no tenían los toques mágicos de su genio arquitectónico. También se dedicó a los mártires porque en la construcción de las Termas se utilizó el trabajo y la sangre de esclavos cristianos.

− ¿Qué hora es? −interrogó intranquilo Filardo.

−Siete y diez, ¿por qué? −repondió Delamadrid luego de examinar su reloj pulsera.

−Aunque todavía es muy temprano tenemos que apresurarnos… Deben estar esperándonos y si no me ven comenzarán a intraquilizarse, al menos los más chicos −contestó el viejo científico apurando el paso.

−Espera un momento Aristócrates −expresó el arqueólogo deteniéndose−. ¿Hay algo qué deba saber y no me has dicho? −preguntó.

− ¡Oh, qué descuido!… Disculpa, amigo. Creí que te lo había dicho, pero veo que no lo hice… Que lo pasé por alto… ¡Ah, esta cabeza mía! −se disculpó dándose con la palma de la mano en la frente–. Sabes que Divor Klaus está en Venezuela, ¿verdad?

−Sí, en el Kukenán…

−Ciertamente es así. Y también sabes qué fue a buscar.

− ¡Claro, La Vera Cruz! Me ofrecí acompañarlo pero no quiso…

−No es que no quiso. Debía ir solo… Las escrituras que halló envueltas con la otra parte de la Lanza Sagrada así lo indicaban.

−Eso si no me lo dijo −manifestó pensativo Delamadrid.

−No podía decírtelo… Todo era muy complicado… Yo mismo le dije que partiese sin decir nada a nadie… Que se fuese…

−Cómo qué nada a nadie… ¿Yo soy parte de la Cofradía o no?

−Por supuesto que lo eres y una parte muy importante… Pero sigamos caminando −expresó tomándolo del brazo.

− ¿Entonces por qué tanto secreto?

−Ningún secreto, amigo mío. Sólo faltaban saberlo tú y el profesor Gagliardi. A ti te lo estoy diciendo ahora, y al escurridizo Gagliardi no lo consigo por ninguna parte.

− ¿Por qué esperaste tanto en decirme lo que vas a decirme?... Podías habérmelo dicho antes, ¿o no? −refunfuñó ligeramente molesto, pero con mucho respeto a la amistad que los unía y a la autoridad del científico.

−Sí lo hice, gruñón amigo. Pero primero deberías mandar a arreglar el teléfono de tú casa y llevar siempre contigo el aparatito por el que te acabo de localizar –reprendió cariñosamente Filardo dándole unas palmaditas en el hombro.

−Oh, disculpa… Tienes toda la razón.

−Tú siempre tan distraído… No cambias. Desde que te conozco eres así. Te encierras en tus documentos y te olvidas del mundo… De todo. Y, te diré, haces bien… Yo hago lo mismo gústele a quien le guste −manifestó con una complaciente sonrisita en su rostro.

−Es la única forma de tener un poco de paz –admitió Delamadrid–. De otra manera siempre te están molestando, distrayendo… Por eso me fui de España. No tenía paz… No adelantaba nada en mis investigaciones.

−Lo sé amigo… Me pasa lo mismo… En ese aspecto somos casi idénticos… Por eso me gustas y te aprecio.

−Lo mismo digo… Lo mismo digo…

−Bueno, volvamos a lo que estábamos −propuso mientras con sumo cuidado cruzaban una de las locas calles romanas que algunos conductores utilizan como pistas de carrera−. Te explico, cuando Divor Klaus me notificó del descubrimiento del Monte Tabor, enseguida se hicieron las conexiones aéreas hacia Venezuela. Fue cuando nos dimos cuenta que tenía que partir de inmediato. De otra forma no lograría llegar a tiempo al Kukenán. Así lo hizo. Cuando se despidió le prometí que me encargaría de comunicárselo a todos ustedes. ¿Vas entendiendo? −preguntó.

− ¡Claro!... Prosiga usted doctor.

−Entre los papiros que recubrían el pedazo faltante de la punta de la Lanza Sagrada, los cuales según Divor Klaus fueron escritos por los esenios, se explicaba en forma clara que La Vera Cruz, si realmente está en el Kukenán, donde fue a buscarla nuestro amigo, se materializará el Domingo de Resurrección, exactamente a las tres de la tarde, la misma hora en que expiró Jesús en la cruz. O sea hoy. A las tres, hora de Venezuela y nueve y media, de aquí, en Roma.

−Eso no lo sabía −interrumpió Delamadrid totalmente asombrado y deleitándose profesionalmente con cada una de las palabras que decía su sabio amigo.

−Y hay más. Debemos esperar ese momento en la Basílica de Santa María degli Angeli e dei Martiri, lugar donde se refugian muchos Nion, muchos Elegidos de Dios…

−Tampoco tenía conocimiento de eso… Usted me habló de los Nion, pero no me dijo donde se encontraban.

−El único que lo sabía era yo, amigo mío. Después del hallazgo del Tabor, se lo dije a Divor Klaus… A más nadie.

− ¿Y por qué a los demás no?

−No fue mi elección, fue de los mismos Elegidos… Ellos me pidieron mantenerlo en secreto hasta ahora…

−No es que sea falta de confianza, pero por qué a Divor sí y a mí no −preguntó con cierto celo profesional ya que ambos eran antropólogos y arqueólogos.

–Porqué los pergaminos del Tabor explícitamente señalaban que para lograr la alineación de la otra punta del Triángulo Divino los ángeles deben despertar a los mártires que están en las Termas de Diocleciano, y donde estaban anteriormente parte de las Termas ahora está Santa Maria degli Angeli e dei Martiri, adonde nos estamos dirigiendo ahora… ¿comprendes?

−Algo, pero no todo… Por lo visto yo soy una autoridad arqueológica y no sabía nada de esto.

−No se apene profesor. Nadie lo sabía… Nadie, absolutamente nadie hasta el miércoles después del Domingo de Ramos, que fue cuando Divor Klaus descifró todo… O sea, hace apenas días.

− ¿Y qué es eso de la otra punta del Triángulo Divino?... Me siento estúpido. Yo a mi edad haciendo este tipo de preguntas cuando debería ser yo quien tuviese todas las respuestas −se quejó abatido, como si alguien le hubiese quitado de las manos un gran pedazo de torta.

−Tampoco yo lo sabía. Me enteré ese mismo día. El Triángulo Divino consiste, querido profesor, en las líneas imaginarias que forman tres puntos: Kukenán-Santa María degli Angeli-Tabor, los cuales vuelven a cerrarse otra vez, en su base, en el Kukenán. ¡Ese es El Triángulo Divino!... Pero hay un problema… No he podido comunicarme con José Pedro… Si encontraron el Cuarzo de María Magdalena es necesario que sepa que deben alinearlo allá, en Marruecos, en correspondencia a las tres de la tarde, hora de Venezuela… Espero que él o Simón me llamen, sino todo habrá sido en vano −expresó angustiado el científico.

Mientras caminaba Filardo hurgaba en el interior de los bolsillos de su chaqueta para cerciorarse si tenía consigo el celular y no lo había perdido durante la refriega de Piazza Barberini.

−Seguramente se comunicarán. ¿No hay otra forma de decirles lo qué deben hacer?… Qué tienen que alinear el cuarzo a esa hora –preguntó Delamadrid todavía sin comprender mucho del asunto.

−Que yo sepa no... Espero que José Pedro no se haya quedado dormido o ido por allí con alguna mujerzuela.

−Por favor, doctor. El muchacho es todo un profesional.

−Lo sé, pero también un incorregible Don Juan… Por cierto, ¿qué hora es?

−Siete y media, doctor.

−Debemos darnos prisa… Santa María está en la próxima calle.

−Perdóname Aristócrates, pero en los últimos minutos me he sentido como un tonto. Podrías decirme ¿por qué es tan necesaria esa alineación?…

− ¡Para el milagro, hombre!… Para el milagro…

− ¿Cuál milagro?

− ¡El de la revelación de La Vera Cruz!




22

Pellegrino y el cardenal Ribera seguían enfrascados en sus conversaciones. Algunas eran ambiguas, otras sobre temas netamente religiosos e inherentes a la Iglesia, pero por nada volvieron a tocar el asunto de los Nion, los secretos de la Iglesia, La Lanza Sagrada o el Tabor. Parecía no importarles en lo absoluto. Cuando los abordaron fue netamente para bajar la presión que les producía la larga espera y el no saber nada de la suerte corrida por José Pedro y sus acompañantes y, sobre todo, por conocer qué había ido a buscar a Marruecos y si lo halló.

A esa inquietud ahora se le sumaba otra: los resultados de la operación que los Dei Pax habían realizado para despojar de una “documentación valiosa”, de la que tampoco tenían certeza de qué se trataba, al doctor Aristócrates Filardo.

La tensión que recaía sobre los hombros de Pellegrino era todavía mayor que la del cardenal Ribera, por ser el responsable directo ante la Santa Sede de todo lo que estaba sucediendo. Él era el motor, el líder de toda una antigua organización vaticana dedicada al espionaje y contraespionaje sobre asuntos relativos, más que nada, a la Iglesia Católica, aunque a veces también era utilizada en actividades políticas, económicas y otra índole, dentro y fuera de Italia.

La organización de inteligencia estaba camuflada bajo el nombre UFFICIO PER LE RELAZIONI SOCIALI E AIUTO PER I DISASTRATI DEL MONDO, que funcionaba en el edificio de Via Veneto donde se realizó la reunión con los arqueólogos y científicos. La oficina donde se encontraban reunidos Pellegrino y el cardenal Ribera era la Dirección General de la SSV, Servicios Secretos Vaticanos, nombre real de la organización secreta. Aunque trabajaban las veinticuatro horas del día en tres turnos de ocho horas, ese día había poca actividad en los pasillos por ser Domingo de Resurrección.

Normalmente, y por estrictas cuestiones de seguridad, todas las labores se realizaban a puerta cerrada y las oficinas y diferentes departamentos se comunicaban entre si a través de portezuelas secretas, especie de trampas, que tenían camufladas, en la mayoría de los casos, con grandes copias de cuadros o tapices con motivos religiosos.

− ¿Qué hora es?... ¿Por qué no llaman esos imbéciles? −explotó Pellegrino tratándose de halar unos pelos inexistentes en su cabeza.

−Quince minutos para las ocho −respondió obediente el cardenal Ribera.

−Debería estar ya aquí –dijo el monseñor.

− ¿Quién?... ¿A quién espera con tanta ansiedad, si se puede saber?

El cardenal Ribera no había terminado de hacer la pregunta cuando se escuchó el timbre de la puerta de entrada de la oficina, cuyo singular sonido reproducía la melodía del Ave María.

− ¡Al fin!... Debe ser él −exclamó Pellegrino dejando exhalar bastante aire de sus pulmones−. De todas maneras veré a través del monitor antes de abrir la puerta −manifestó dirigiéndose hacia un lado del escritorio.

Empotrado en una fina armazón de madera había una pequeña pantalla de TV. Vio a través de ella y accionó un botón para que la pesada puerta de caoba se abriese automáticamente.

−Ya era hora… Dijiste que el avión aterrizaría en Roma al mediodía y mira la hora que es −recriminó Pellegrino en forma suave.

−Tuvimos un retraso de dos horas y media… Creí que ese avión nunca partiría… Usted sabe cómo son las cosas en esos países −se excusó el recién llegado, quien era nada más y nada menos que Pier Francesco Gagliardi, el quinto miembro de La Cofradía del Omne verum.

– ¿Era la persona qué ansiosamente esperabas? −preguntó con premeditada indiscreción el cardenal Ribera al ver al pequeño y regordete hombre de gafas y cara rojiza que acaba de entrar.

−Te presento al cardenal Ribera. Un viejo amigo y hombre de confianza de esta casa −participó el monseñor.

El recién llegado estaba extrañado por la presencia de una tercera persona en aquella oficina.

−Acordamos que esto quedaría entre usted y yo −contestó sorprendido Gagliardi haciendo una reverencia al cardenal Ribera a fin de dar por cumplida la presentación.

−Él es de fiar…

−Pero su excelencia me prometió que…

−Nada de excelencia y nada de promesas Gagliardi… Vamos directo al grano porque he esperado mucho y estoy a punto de perder la paciencia… Ya te dije que es de confiar −sentenció alterado y frunciendo su larga y curva nariz aguileña.

−Bien… No se irrite que le puede dar un infarto −lo tranquilizó el regordete arqueólogo, a quien la inesperada humillación le puso la cara más roja que un tomate.

−Infarto me va a dar si no comienza a hablar profesor.

− ¡Tranquilo!… ¡Tranquilo!... −exclamó para aplacar al furibundo Pellegrino−. Bueno, le diré que la operación fue todo un éxito. Pulcra, propia de profesionales…

−Al grano Gagliardi, al grano… ¿Pulcra y destrozaron todo el laboratorio?… ¡Por favor!... Dígame lo que vino a decirme antes de que me ponga a gritar.

El cardenal Ribera fue a sentarse en el acolchado sillón donde estuvo momentos antes. Permanecía callado. La conversación tenía visos de ponerse interesante. “Éste viejo imbécil debe ser el súper espía en que tanto confiaba Pellegrino. Dan lástima los dos”, especulaba en sus adentros sin quitarles los ojos de encima.

–Llegamos a la Universidad de Caracas sin problemas. Con mucha amabilidad nos indicaron donde quedaba el laboratorio de José Pedro. Les dije a los otros que se adelantarán y que cuando…

− ¿Supongo que trajiste contigo el papiro? −lo interrumpió abruptamente al ver que tenía todas las intenciones de alargar el cuento.

−No… No pudimos encontrarlo… −contestó levantando las manos y haciendo un impertinente movimiento de cabeza.

− ¿Entonces qué traes?... ¿De qué sirvió ese largo viaje? −preguntó Pellegrino a punto de salirse de sus casillas.

−Bueno, lo que le dije por teléfono. Que se había ido a Marruecos, a Las Cascadas del Ouzoud y…

Gagliardi se contuvo. Temió que lo que iba a decir volvería a enfurecer al prelado.

− ¿Y?... −interrogó Pellegrino levantando las dos manos y haciéndole señas de proseguir.

El hombre que había traicionado la confianza de sus amigos y a la hermética Cofradía del Omne verum, no por dinero, siquiera por honores, sino por un gran sentimiento de envida hacia sus colegas, muy especialmente hacia José Pedro, calló. No sabía si lo que estuvo a punto de decir agradaría al irascible monseñor o, por el contrario, lo pondría aún más de mal humor. El detalle que pensaba revelar él mismo lo había calificado de insustancial y bastante infantil. No obstante, ante la impaciente espera de una respuesta por parte del clérigo y para dejar como a un tonto a su oponente profesional, decidió soltar la boca, aunque Pellegrino fuese a enfurecer.

−Otro del grupo… Un impertinente aprendiz de arqueólogo llamado Divor Klaus Ranieri, se subió a un avión y salió corriendo a Venezuela, al Kukenán, a buscar La Vera Cruz −manifestó con burlona risita.

− ¿La Vera Cruz? −interrogó fuera de sí monseñor Pellegrino.

− ¿La Cruz de la Crucifixión? −repreguntó el cardenal Ribera levantándose inquieto de donde estaba sentado.

− ¡Si!… Si… −contestó titubeando y con temor impreso en su rostro el regordete y traicionero espía.

− ¿Cómo estás tan seguro? −indagó el monseñor.

−Bueno… No es que esté muy seguro, pero entre las notas que encontramos en el laboratorio de José Pedro había un papel donde tenía anotadas unas coordenadas y a su lado el dibujo de una montaña que decía “Divor Klaus-Kukenán (Venezuela)” y en su centro, marcada con una equis en tinta negra, “Vera Cruz”. Como soy arqueólogo y también hago esa especie de mapas y pongo señales, deduje que había ido hasta allá a perseguir una infatilada −concluyó sin desatar la burlona expresión de su rostro. Parecía disfrutar de su traición.

−Porqué no lo dijiste antes, hombre de Dios… Ese descubrimiento…

El resonar del celular del cardenal Ribera interrumpió las últimas palabras del recio monseñor.

Momentos de sereno silencio. Los ojos de Pellegrino y Gagliardi instintivamente se dirigieron hacia la humanidad del cardenal.

− ¡Les dije que no se excedieran!... Era una orden y no la cumplieron −gritó descompensado el cardenal a través del auricular.

Fue tanta la ira y el estado de excitación que reflejaba, que Pellegrino despidió al achaparrado arqueólogo.

−Anda con Dios… Te llamaré pronto −le prometió mientras le abría la puerta del despacho a fin de que saliese.

−Son unos inútiles asesinos −escupió iracundo Ribera a la persona que estaba al otro lado de la línea.

Después que Gagliardi salió, Pellegrino cerró la puerta de un manotón, como si la presencia de aquel ser que acababa de salir le causase repulsión, y regresó al centro de la oficina.

− ¿Qué pasó?... ¿Qué te tiene en ese estado? −indagó con cara de aspaviento.

Por respuesta obtuvo las espaldas del cardenal, quien se volteó a fin de no responderle.

− ¿Al menos tienen el encargo?... ¿Mi sobrino está bien?... −preguntó Ribera, pero como respuesta sólo escuchó una ráfaga de ametralladora.

Después silencio, sólo silencio. Siguió por un rato con el aparato adherido a la oreja, pero nada. Todavía de espaldas a Pellegrino remarcó automáticamente varias veces el número que quedó grabado en su celular, pero la línea sonaba ocupada.

− ¿Qué pasó? −interrogó el monseñor situándose frente a él.

− ¡Qué esos desgraciados hicieron una carnicería!



23

Ninguno de los tres pasajeros de la Hummer herida de muerte salían del interior del malogrado vehículo. Dark corrió a guarecerse en otro lugar al verse asediado por el helicóptero. Antes acabó con la última camioneta negra y sus milicianos mientras husmeaban en los alrededores del rústico volcado. Fueron los disparos que escuchó el cardenal Ribera a través del teléfono cuando uno de los Pax, creyéndolos a todos muertos, lo llamó para emitir el parte de guerra. Fue lo último que dijo.

Ahora sólo restaba el helicóptero, pero no sería tarea fácil. Les quedaban pocas municiones y debía racionarlas. Cuando se arrojó de la camioneta se metió en los bolsillos apenas dos granadas fragmentarias y las de señales. En aquel momento no contaba con la presencia del Súper Puma y la tropa asesina que lo tripulaba.

Dark buscó acercarse a la Hummer. Sabía que era un intento suicida, pero si seguían con vida tenía que auxiliarlos. Trató en dos oportunidades, pero las continuas descargas provenientes del aire se lo impidieron. Entendió que no era el momento. Se quedó quieto, agazapado tras unas rocas y paciente esperó un error de sus enemigos. No volvió a disparar. Reservó las municiones para cuando fuese el instante preciso, si es que se presentaba. Su instinto de soldado le indicaba silencio y calma. Debía confundir a sus atacantes, hacerles creer que estaba muerto o herido.

Siquiera una paja se movía en el sitio donde se encontraba. Su vestimenta de camuflaje color arenisco estaba integrada a aquel árido paisaje. Todo hacía presumir que en el lugar no había nadie.

Así esperó el regreso del Súper Puma. Sabía que para vengar la muerte de los Pax que quedaron sembrados en el camino se lanzaría sobre su humanidad con todo lo que tenía. Sería su única y última oportunidad, no habría otra. Dark lo sabía. Él o ellos. Sólo un bando saldría vencedor. No había espacio para el empate.

La nave había completado el giro y regresaba hacía él a toda velocidad. Ahora, la vida o la muerte dependían de su valor, paciencia, sangre fría y buena puntería. De lo contrario todo acabaría en un instante.

La muerte tenía alas y surcaba el aire con toda su letal furia. Armados de metralletas y con medio cuerpo fuera del aparato, varios Pax examinaban el terreno. A una señal, el piloto redujo la velocidad y comenzó a avanzar despacio para que pudiesen ubicar la presa.

Dark lo oía aproximar. Siquiera pestañeaba. Como si se tratase de un reptil, esperaba inmóvil y con todos los sentidos alertas.

Cuando presintió que en milésimas de segundos tendría el aparato sobre su cabeza, con agilidad felina se puso boca arriba y desde el suelo disparó parte de la carga.

La panza del pájaro quedó totalmente agujereada y su rotor de cola vuelto añicos. Herido de muerte, comenzó a dar vueltas sin control hasta que chocó contra una pequeña colina y precipitó a tierra con sus endemoniadas aspas destrozando todo lo que encontraba a su paso. La polvareda se disipó pronto. El helicóptero seguía allí, inservible para volar, pero casi intacto. Sólo se advertía un pequeño incendio cerca de la cabina de mandos. El golpe no fue suficiente para destruirlo.

Dark corrió a campo abierto hacia el aparato. A la distancia vio a cuatro de sus tripulantes salir casi a rastras por una de las portezuelas en llamas. Al avistar que iba hacia ellos, de un tirón uno de los Pax zafó la metralleta que llevaba terciada en la espalda y la apuntó hacia él. Cuando estaba a punto de halar el gatillo, el ex veterano de Afganistán accionó la última carga de los 5.56 mm. contra el mercenario, quien quedó lleno de agujeros. Quedó municiones, pero se sentía feliz.

Sorprendidos por la acción, los otros tres Pax recurrieron a todo su armamento y comenzaron a dispararle. Sin pestañear y mientras las balas pasaban como misiles cerca de su cuerpo, Dark tiró al piso la M-249 y sacó del bolsillo una de las granadas fragmentarias. Echó el cuerpo hacia atrás para tomar impulso, tal como si fuese un jugador de tenis preparado para el saque, y la lanzó. Los tres mercenarios volaron por los aires totalmente desmembrados. No tuvieron tiempo de nada. Siquiera un quejido rompió el silencio en la sedienta ladera cuya tierra suplicaba por una gota de agua pero la providencia quiso que fuese regada de sangre.

Dark siguió hacia la boca del helicóptero. Ahí estaban otros Pax muertos y los dos navegantes malheridos, pero aún vivos. En berebere, lengua que conocía muy bien el ex capitán de asalto, le suplicaron ayuda. El veterano guerrero los miró y les dio la espalda con la intención de marcharse colina abajo, donde estaba la Hummer con sus compañeros, a quienes presumía muertos. Apenas había dado un par de pasos, cuando detrás suyo escuchó el ruido de una carrilera de pistola.

− ¡Tomen!... ¡Estos es por mis amigos! −sentenció sin clemencia mientras sobre su hombro lanzaba la última granada.

En un instante la explosión convirtió en infierno y humo al helicóptero. Alerta, pero cabizbajo caminó hacia donde estaba accidentaba la camioneta. Tenía la esperanza de que alguno de ellos siguiese vivo.

Al estar cerca escuchó ruidos dentro del vehículo. Lleno de confianza corrió hacia allá. Al llegar su rostro se iluminó y las fuerzas volvieron como por prodigio divino.

José Pedro y Débora trataban de zafar una pierna de Simón que quedó atorada entre los pedales y un bulto de herramientas que rodó desde abajo de uno de los asientos. El Elegido sangraba profusamente por su hombro izquierdo. Una de las balas de los Pax lo había atravesado. También tenía hematomas en brazos y rostro, pero nada alarmante. Milagrosamente Débora y José Pedro no sufrieron daños graves. Apenas unos rasguños en cara y brazos.

−Déjenme ayudarlos −solictó Dark.

El veterano guerrero se tendió boca abajo en el suelo y se deslizó hacia el interior de la camioneta.

− ¿Qué pasó con los que nos perseguían?... ¿Se fueron? −preguntó con ingenuo temor José Pedro.

−Sí… ¡Todos se fueron al infierno!

− ¿Están muertos? −preguntó Débora con cierta preocupación.

−No hubo alternativa… Tuve que deshacerme de todos −le respondió Dark sin remordimiento−. Eran ellos o nosotros −sentenció mientras sacaba el cuerpo inerte de Simón, quien se había desmayado.

−Me hubiese gustado otra solución −precisó la dulce jovencita mientras lo ayudaba a sacarlo.

− ¿Es la primera vez que pierde el sentido? −preguntó el ex soldado.

−No. También después que volcamos −refirió José Pedro inquieto, como si aquel hombre que había conocido pocas horas antes fuese su amigo de toda la vida.

−Ha perdido mucha sangre y se está debilitando. Tenemos que hacer algo o lo perderemos.

−No te preocupes… Déjamelo a mí. Yo me encargaré. ¿Lo pueden recostar con la espalda apoyada en la camioneta? −pidió Débora sin apremio.

− ¡Claro!… ¿Dónde te parece mejor? −preguntó Dark mientras tomaba el cuerpo del Elegido entre los hombros.

−Allí −solicitó la joven.

Había señalado el paral de las puertas traseras de la camioneta a fin de que la espalda de Simón quedase firme y en posición recta.

Ayudado por José Pedro, quien lo tomó por los pies, lo llevaron al sitio indicado y lo sentaron tal como dijo la muchacha, quien no daba signo de perturbación ante la gravedad de su compañero.

−Ahí está bien... −manifestó con dulzura a los dos hombres.

La joven se arrodilló cerca del herido, levantó las manos al cielo y entre labios se puso a rezar una oración.

Un angelical silencio invadió el agreste paraje donde se encontraban. Momentos antes siquiera soplaba una brizna de viento. De pronto, una suave brisa comenzó a acariciar el rostro de los viajeros. Hierbas y rastrojos cercanos comenzaron a mecerse al paso de aquella inesperada ventisca que parecía susurrar una apacible melodía.

Dark y José Pedro estaban de pie, al lado de la joven, observándola.

Al concluir la oración Débora bajó las manos y las giró con sus palmas al cielo. Estaban repletas de una diminuta escarcha multicolor que relumbraba a los últimos rayos del sol. Las acercó al hombro sangrante de Simón. Puso una a cada lado de las perforaciones dejadas por la bala y cerró sus hermosos ojos color miel. Así los mantuvo por breves instantes, luego los abrió y retiró las manos de la herida. Cuando lo hizo ya no estaba. No había sangre ni perforaciones. Siquiera una diminuta cicatriz. Simón pronto recuperó el conocimiento.

Dark y José Pedro estaban pasmados. Sin embargo ni una palabra, ni una pregunta.

− ¿Terminó todo verdad? −preguntó incorporándose como si nada hubiese sucedido.

− Sí, amigo… Todo terminó… ¡Bienvenido al mundo otra vez! −dijo Dark con evidente satisfacción.

−Debo hacer una llamada… Necesito pronto un teléfono −requirió pausado el fortachón que regresó de la muerte mientras se sacudía rastros de polvo y pajas adheridas a su pantalón.

−Es difícil… De aquí estamos lejos de todas partes −señaló Dark.

− ¿Y tú celular? −preguntó−. Ya lo puedes volver a armar.

−Ya no sirve −manifestó sacando el aparato del bolsillo donde lo había guardado−. Cuando me tiré de la camioneta se volvió trizas… Lo siento −se excusó botando los pedazos hacia unos arbustos cercanos, los cuales ya no se movían como minutos antes.

La brisa se disipó tan rápido como apareció y con ella el susurro celestial.

−Creo que sí puedes hacer la llamada −manifestó Débora−. Cuando estabas desmayado uno de los Pax cayó abaleado mientras hablaba por teléfono… Es posible que el aparato no haya sufrido daños… Debe estar cerca, tirado en el suelo −afirmó.

− ¡Vamos a buscarlo! −exclamaron emocionados y caminaron hacia la camioneta, la cual estaba a unos treinta metros de donde se encontraban.




24

Santiago seguía inmerso en oración. Las Carrozas de la Oscuridad se detuvieron por breves instantes. Sus pestilentes tripulantes, seres salidos de los abismos del averno, se movían inquietos y hacían girar sus cabezas en forma circular como si fuesen independientes del cuerpo. No sabían qué hacer o esperaban una orden. Las bestias que arrastraban las carrozas infernales lanzaban bufidos teñidos de azufre mientras estrellaban sus coces invadidas de gusanos sobre las nubes negras que resonaban como tambor de ultratumba.

−Cabalgó sobre un querubín y voló. Voló sobre las alas del viento. Puso tinieblas por su escondedero, por cortina suya alrededor de sí. Oscuridad de aguas, nubes de los cielos. Por el resplandor de su presencia, sus nubes pasaron. Granizo y carbones ardientes. Tronó en los cielos el Creador y el Altísimo dio su voz. Granizo y carbones de fuego. Envió sus saetas y las dispersó. Lanzó relámpagos y los destruyó −proseguía Santiago alerta y con la punta de la espada clavada en la nube.

Juan Diego y Luis Rafael cerraron de nuevo los ojos y también siguieron rezando el Salmo que inició aquel ángel vestido con ropa de adolescente.

Con sigilo las carretas comenzaron a cerrar el cerco en torno a Santiago. Parecían haber recibido el mandato que ansiosos esperaban sus monstruosos ocupantes.

El Kukenán había perdido todo su brillo. Aquella montaña siempre deslumbrante que se alzaba al cielo como centinela de gracia, estaba apagada. Las lágrimas de su cascada ya no se escuchaban. Tal vez huyeron temerosas por lo que estaba por acontecer. Tampoco el trinar de aquellos pájaros venidos del fondo de la sabana se escuchaba. Todo olía a muerte y pestilencia.

−Entonces aparecieron los abismos de las aguas y quedaron al descubierto los cimientos del mundo, a tu represión, oh Dios, por el soplo del aliento de tu nariz −continuaba Santiago sin levantar la vista del suelo.

Mientras rezaba, su cuerpo prodigiosamente se fue vistiendo con una brillante armadura color plata. Santiago siquiera parecía percibirlo. En pocos instantes le recubrió todo el cuerpo, menos la cabeza, que permanecía desnuda.

−Envió desde lo alto. Me tomó, me sacó de las muchas aguas. Me libró de mi poderoso enemigo y de los que me aborrecían, pues eran más fuertes que yo. Me asaltaron en el día de mi quebranto, pero el Señor fue mi apoyo. Me sacó a lugar espacioso, me libró porque se agradó de mí… −rezaba mientras lentamente se ponía de pie y con el escudo de la fe protegía su cuerpo.

A su alrededor el círculo se iba cerrando cada vez más.

El ensordecedor ruido de los cascos de las bestias infernales estaba enloqueciendo a Luis Rafael y a Juan Diego. Apoyaron Biblia y crucifijo en el suelo y siguieron orando con sus manos tapándose los oídos, aunque no solucionaba absolutamente nada. No había forma de escapar de aquel endemoniado destino.

− ¡El Señor es mí apoyo! −exclamó esta vez Santiago levantando la vista al cielo y apuntando su espada en alto−. ¡El Señor es mi apoyo! −repitió aún más fuerte y agregó−: Me sacó a lugar espacioso porque se agradó de mí.

Al decir la última frase, un deslumbrante caballo blanco con alas de ángel le pasó por debajo, lo montó en su lomo y se lo llevó hacia el infinito de donde había salido. Los relinchos de las bestias que tiraban Las Carrozas de la Oscuridad parecían llanto de ultratumba. Las monstruosas figuras, mitad humanas y mitad bestias que las guiaban, enloquecieron y en estridente coro maligno invocaron al Rey de los Infiernos, al Satanás de la morada del mal, al Lucifer de los cuernos teñidos de muerte.

Santiago fue salvado por el caballo blanco alado del Espíritu Santo, muy similar a lo que le sucedió a Santiago Apóstol, su hermano de devoción, quien jineteando un hermoso caballo blanco entró en el remoto año 843 a la batalla de Clavijo enarbolando en alto la Cruz de Santiago y portando en su diestra la espada de la verdad y la justicia legada por El Creador. Por mucho tiempo todos los cristianos de España festejaron su victoria sobre los conquistadores moros por lo que se animaron a salir a combatir en las guerras de la reconquista. El temple y el valor de Santiago Apóstol inspiraron a santos, devotos y varones de bien, por lo que nació una orden de caballería con su nombre.

De la impresión Luis Rafael estuvo a punto de perder el sentido e irse de cabeza sobre el pedregoso suelo. Juan Diego lo agarró a tiempo y lo recostó de su cuerpo.

−Sigue orando −le susurró al oído−. Si debemos morir, que la muerte nos tome como almas de Dios.

Luis Rafael siquiera pudo pronunciar una palabra. Estaba paralizado. El terror le impedía hablar. Sólo movió la cabeza para aprobar la decisión de su compañero.



Faltando diez minutos para las ocho Filardo y Delamadrid estaban sobrepasando la puerta principal de la Basílica Santa María degli Angeli e dei Martiri. En la iglesia sólo quedaban pocos feligreses porque la última misa se había celebrado a las seis de la tarde. Por ser Domingo de Resurrección sus puertas permanecerían abiertas hasta las ocho de la noche en punto. Luego serían cerradas hasta el día siguiente, las cuales volverían a abrir a las seis de la mañana.

En la entrada fueron recibidos por dos jovenzuelos y una muchacha, quienes le hicieron señas de seguirlos.

− ¿Quiénes son? −preguntó suave Delamadrid acercándose al oído de Filardo.

−Elegidos de Dios, Nion… Recuerde, hoy los ángeles deben despertar a los mártires que están en las Termas de Diocleciano.

−Sí, claro −contestó el arqueólogo no muy convencido de las palabras de su amigo.

Al pasar cerca del altar principal, tanto Delamadrid como Filardo se hincaron e hicieron una rápida señal de la cruz. Al terminar apuraron el paso para alcanzar a los tres jóvenes, quienes se les adelantaron algunos metros. El resonar de un teléfono celular hizo que todos se detuviesen. Era el aparato de Filardo. Éste lo sacó del bolsillo interior del saco y adhirió a la oreja.

− ¡Aló!... Sí, ¿dígame? −contestó en forma automática− ¡Gracias al cielo, hombre!... Sabía que no me fallarías −agregó dichoso−. ¡Es Simón! −comunicó a todos tapando con uno de sus dedos la bocina.

− ¡Dígale lo del Triángulo Divino! −le recordó Delamadrid al verlo tan alborozado mientras levantaba la manga de su camisa para chequear las manecillas del reloj.

− ¿Cómo dijiste qué dice la inscripción? −repreguntó al no haber escuchado bien–. Sólo a la luz de Sirios podrán leer lo no leído −repitió Filardo para que todos los demás escuchasen lo que le decía el fortachón Elegido.

−Lo de la alineación −volvió a recordarle el arqueólogo moviendo con desespero las manos.

−Pásame a José Pedro que debo decirle algo −solicitó en vista de que la comunicación tenía mucho ruido de retorno y comenzó a entrecortarse.

Segundos de silencio y espera. La hermosa imagen del Cristo Crucificado del vestíbulo circular, a la derecha de la entrada de la basílica, parecía moverse al compás de las lumbres de los cirios que tenía encendidos. Haciéndole frente, entre las sombras podía verse, la Capilla de María Magdalena, donde en un hermoso cuadro atribuido a Cesare Nebbia se representa el momento en que Jesús Resucitado se aparece a la Magdalena en forma de jardinero y, una vez reconocido, a fin de que no lo tocase, Jesús le dijo Noli me tangere, que significa No me toques porque aún no he subido al Padre.

− ¡Hola Pedro! −saludó con afecto al oír la voz del joven del otro lado de la línea. Lo quería como a un hijo y escucharlo le causó una infinita emoción−. Voy a ser breve porque la comunicación se está poniendo defectuosa y Simón dijo que podría cortarse de un momento a otro. También me contó algo de lo sucedido −afirmó dándole la espalda a Delamadrid y a los jóvenes Elegidos mientras avanzaba en busca de una mejor recepción.

Unas sombras que se movían entre las columnas de la basílica tenían en estado de alerta a los tres Elegidos. El arqueólogo se dio cuenta y también comenzó a escudriñar en la oscuridad.

−Escucha atentamente −solicitó mientras se movía− Debes alinear… −infames ruidos que se colaron a través del auricular interrumpieron la conversación. Parecía como si alguien estuviese friendo una docena de huevos dentro del teléfono−. ¡Alo!... ¡Aló! −alzó la voz desesperado Filardo haciéndola retumbar con eco en todo el sagrado recinto.

En la iglesia ya no quedaban feligreses, no obstante las sombras seguían moviéndose entre las sólidas columnas romanas de la basílica.

− ¡Aló!... ¿Me escuchas? −preguntó al borde de un ataque de nervios.

La línea seguía muerta. El nefasto ruido cesó, pero no se escuchaba nada ni a nadie del otro lado del receptor. Sólo silencio.

− ¡Por Dios, José Pedro!…Si estás escuchando oye bien lo que voy a decir −precisó desesperado−. A las tres en punto de la tarde, hora de Venezuela… Dentro de poco tiempo… No sé qué hora tendrán ustedes allá −comezó diciéndole a un aparato mudo−. Deberás alinear el Cuarzo Sagrado hacia el Tabor… Hacia el Tabor −repitió casi asfixiado por la angustia al no oír a nadie del otro lado de la línea−. Debes hacerlo… Debes unir el Triángulo Sagrado… A las tres en punto de la tarde… Recuer… −un manotón le arrebató el celular del oído.

Todos miraron hacia el aparato que iba dando tumbos de un lado a otro hasta que rodó más allá de la capilla dedicada a San Pedro, el Príncipe de los Apóstoles.


25

El cardenal Ribera le contó a Pellegrino parte, sólo parte, de lo que el “correo” de los Dei Pax le había dicho por teléfono. No podía informarle más porque la línea quedó muerta a los pocos minutos de haber recibido la llamada. Los dos clérigos estaban irritados por el desastroso resultado. Y, lo peor, no supieron si los Pax lograron arrebatarle a José Pedro lo que fue a buscar en el Ouzoud. Y, aún más grave, visto de la óptica de Ribera, si su sobrino había salido con vida o estaba muerto después de aquella sangrienta operación.

−Volverán a llamar… Quédate tranquilo. Tú sobrino está bien −afirmó Pellegrino a fin de aplacar la angustia que abatía al cardenal.

−Es que son unos brutos, monseñor… Usted escuchó cuando les dije que no se excedieran… Que evitasen hechos violentos −expresó en tono de indefenso cordero demostrando un fingido respeto al llamarlo “monseñor”, aunque, a decir verdad, no le tenía ninguno. Más bien, su actitud arrogante le causaba asco y repulsión ilimitada su tosco aspecto físico.

−Te voy a responder con una frase de Einstein, querido cardenal. Todo es relativo, amigo mío. A lo mejor desde su punto de vista no excederse era lo que hicieron.

−No me venga con estupideces −rebatió indignado en contradicción a su anterior hipócrita respeto−. Ellos son profesionales… Oiga bien, monseñor, pro-fe-sio-na-les −deletreó mirándolo en los ojos− y sus servicios le salen muy caros a la Iglesia.

−No te la agarres conmigo, hombre de Dios… Tú sobrino va a estar bien… No te preocupes −dijo en tono conciliador Pellegrino, pero maldiciéndole interiormente su falta de respeto y respuesta.

Una luz roja se encendió en la pequeña centralilla telefónica del despacho indicando que una llamada estaba a punto de entrar. Pellegrino, pese a sus setenta y dos años, se movió rápido hacia el escritorio y tomó el auricular cuando apenas había resonado en dos ocasiones.

− ¡Pronto! −contestó en italiano y enseguida se puso a escuchar−. Sí, capisco… Capisco −ratificaba para aseverar que entendía todo.

Escuchó por otros largos minutos. Siempre afirmaba. De su boca sólo salían monosílabos. Definitivamente Pellegrino era un hombre bien entrenado para la intriga y la discreción.

Ribera lo miraba en silencio y escuchaba. Trataba de adivinar sobre qué estaba hablando. Con quién, era misión imposible porque siquiera un susurro se escuchaba a través del otro lado del auricular, aunque estaba bastante cerca de Pellegrino. Su curiosidad lo tenía descompuesto. Él, que era tan espontáneo y explícito en sus conversaciones telefónicas que hasta el más distraído podía adivinar de qué y con quién hablaba, y su compañero de votos tan cauto, tan sigiloso, que parecía un mudo tratando de sostener una conversación.

De improviso se levantó del mullido y confortable sofá color escarlata y se acercó al escritorio con la intención de sacar de la caja de habanos un puro pero, más que nada, quería acercarse un poco para tratar de escuchar. Intuyendo sus intenciones, Pellegrino se alejó con el inalámbrico hacia el ventanal y siguió hablando.

Pronto colgó y volvió hacia el escritorio para poner el teléfono en su puesto. Ribera había encendido el habano y daba grandes bocanadas. No dijo una sola palabra. Sólo esperó a que el monseñor hablase.

−Uno de los de la Hermandad salió herido. No es nada grave y se pondrá bien. Pero esos imbéciles no pudieron sacar el documento de los bolsillos del viejo −indicó escueto.

− ¿Eso es todo?… ¿Y de qué tanto hablaban? −preguntó desorientado Ribera al ver que Pellegrino no tenía ninguna intención de compartir la información recibida.

− Son cosas de Estado. Sólo te diré que ahora, en este mismo instante, lo tienen bajo custodia, junto al profesor Delamadrid y otros tres muchachos que estaban con ellos.

− ¿Dónde?... ¿Dónde los tienen?… ¿Saben algo de mi sobrino? −preguntó ansioso el cardenal.

−Tú sobrino murió en un accidente automovilístico mientras regresaba del Ouzoud… Todos los que iban con él también murieron…

−Disculpe, monseñor, pero usted me está mintiendo.

− ¡Qué falta de respeto es esa!... Usted bien sabe quién soy y qué represento… Le exijo más respeto cardenal.

−Está bien, monseñor. Sé de su autoridad y jerarquía, pero antes de que se cayera la llamada mi informante afirmó que los habían ametrallado y la camioneta donde se desplazaba volcó… No dijo que hubiese sido un accidente vial, sino producto de las balas. Tampoco dijo que mi sobrino estaba muerto, sino que en ese instaste iba a revisar el vehículo pero se escuchó otro tiroteo y la llamada se cortó… ¿Me entiende bien?... Esa es la versión que yo manejo −afirmó casi retándolo a un duelo de argumentos, donde la primera víctima con toda seguridad sería la verdad.

−No voy a polemizar con usted. Como dije, mi información es otra. Del accidente sólo quedó vivo un hombre, al parecer norteamericano, que salió vagando trastornado y sin rumbo del auto… Posiblemente por efectos del golpe. Lo están buscando… Hasta ahí puedo informarle cardenal. Soy magnánimo con usted porque es mi amigo −expresó haciéndole un gesto de buena voluntad.

−Bien… Si es su última palabra la aceptaré. Aunque esperaré el informe de fray Benítez, quien siempre es muy preciso y no se anda con rodeo.

−Si es su voluntad, que así sea… Nunca me opongo a la voluntad de un santo cardenal −expresó Pellegrino casi mofándose.

−Tampoco podrá decirme nada de los profesores, supongo.

− ¿Cuáles profesores? −preguntó haciéndose el desentendido.

−El científico ese de los Nion y sus pruebas y del profesor Delamadrid.

−Creo que esta conversación ha concluido cardenal Ribera… ¿Qué hora es? −indagó haciendo caso omiso a la iracunda actitud de Ribera, quien apagó de mala gana el habano que fumaba.

Cenizas aún humeantes quedaron esparcidas sobre el pulido escritorio de madera veneciana del cinquecento.

−Está bien… Disculpe mi actitud infantil −respondió tratando de limpiar las cenizas del escritorio−. Pero dígame algo −manifestó mirándolo fijamente en los ojos− ¿Supo algo de La Vera Cruz?

−Pero no seas ingenuo Ribera… ¿Cuál Vera Cruz de mil demonios? ¿Es qué acaso no sabes que está perdida desde el año 33 después que murió Cristo?

−Claro que sí. Pero como su espía dijo que un arqueólogo del grupo de los facinerosos había ido a buscarla a Venezuela, creí que le habían informado algo sobre el asunto.

−Me sigues asombrando. Y tú crees que un imbécil arqueólogo va encontrar La Vera Cruz si la Iglesia tiene casi dos mil años buscándola y no la ha encontrado.

−Nunca se sabe… Un golpe de suerte…

− ¿Cuál suerte de mil demonios?... Reflexiona un momento y dime quién la llevó hasta esa montaña dónde la están buscando… Cómo es que se llama…

−El Kukenán… Es una de las primeras formaciones rocosas de la tierra… Cuando la Pangea…

−Déjalo hasta ahí y no me venga usted con lecciones de geografía o como se llame... Te estaba diciendo y dame una respuesta coherente y sabia, que quién y cómo llevaron La Vera Cruz hasta el…

−El Kukenán.

−Hasta el Kukenán… −repitió para completar la frase que había dejado inconclusa−. ¿Cómo cruzaron el océano en el año 33 d.C. los ladrones que se robaron la cruz?... ¿Cómo sabían que existía América si apenas fue descubierta en 1492?...

−Fácil, amigo monseñor −respondió rápido y contundente el cardenal con una burlona risita en sus labios−. No fue llevada en la época que usted pretende, sino mucho después del descubrimiento… Pudo haber sido el año pasado, o el antepasado y habrían cruzado el océano en avión o barco… ¿No le parece?... Y hoy en día hasta un niño de primaria sabe que América existe −concluyó con sarcasmo vil.

− ¡Bah!, tú con tu lógica del Opus Dei… Pero tienes razón y es bastante racional…

−Así es, hombre de poca fe.

−Bastardo cardenal… Me has ganado esta vez…

−Sin ofensas monseñor… Sin ofensas. Se lo perdono porque usted y yo somos iguales y somos buenos amigos.

La Vera Cruz de que hablaban los clérigos era la cruz en la que fue crucificado Jesús de Nazaret en el Monte de la Calavera. Sobre su destino y qué pasó con ella se sabe muy poco o casi nada. Las especulaciones en torno a su desaparición o quién o quiénes pudieron habérsela robado son infinitas. Existen muchas leyendas. Unas disparatadas otras no tanto. Comentaristas de la antigüedad afirmaban que a finales del año 326 la emperatriz Helena de Constantinopla, madre del emperador Constantino I, El Grande, ordenó que tiraran abajo el templo en honor a Venus, el cual se encontraba en el Monte del Calvario o Monte de la Calavera, para que sus súbditos excavaran en aquella dura y rocosa tierra en busca de La Vera Cruz. Después de tanto remover escombros y piedras, encontraron tres cruces. Las que se creen pertenecían al martirio de Jesús y de Dimas y Gestas, los dos ladrones crucificados junto al Nazareno. Como era imposible saber cuál de las tres correspondía a la de Jesucristo, la leyenda cuenta que Helena, tiempo después convertida en Santa Helena por obra y gracia de un Papa, hizo traer a un hombre muerto, cuyo cadáver ordenó que lo recostaran sobre la que creía era La Vera Cruz y aquel ser pronto resucitó.

La leyenda narra que la emperatriz le pidió a su hijo Constantino que fabricase en el sitio donde se encontró La Vera Cruz el templo más hermoso que ojos algunos hubiesen visto. Fue así como se construyó la Basílica del Santo Sepulcro, en la que se guardó la santa reliquia. Pero mucho tiempo después, en el año 613, Cosroes II, rey de los persas, que estaba en guerra con el imperio de Constantinopla, conquistó Damasco y en 614 entró a Jerusalén, saqueando y causando graves daños a la Iglesia del Santo Sepulcro. Como botín de guerra se llevó La Vera Cruz y otras reliquias sagradas a Ctesifonte. Cosroes II, para simbolizar su desprecio a la religión cristiana, la puso bajo los pies de su trono. Pero gracias al emperador Heraclio, quien después de sangrientas batallas derrotó a los persas, se pudo recuperar la Santa Cruz. Cumpliendo con su promesa, el emperador marchó triunfante hacia Jerusalén donde la repuso en el Santo Sepulcro. En al año 313 mediante el famoso Edicto de Milán, el emperador Constantino legalizó el cristianismo y junto a su madre, Helena, se convierten a la religión cristiana y desde ese momento comienzan a ser llamados San Constantino y Santa Helena.

No obstante esas eran sólo leyendas, fábulas sin ninguna sustentación científica valedera, porque ciertamente La Vera Cruz desapareció en el año 33 d.C., pero nunca nadie jamás volvió a saber de ella. Además, en el mismo lugar y montes vecinos fueron crucificados centenas de miles de cristianos durante el Imperio Romano y toda la madera que quedaba tirada después del sacrificio y condena, era robada y llevada a otros lugares para hacer casas y hogueras. ¿Pasó algo similar con La Vera Cruz?

Durante la Edad Media se decía que había tantos pedazos y astillas falsas de La Vera Cruz esparcidas por el mundo, que con ellas se podrían formar varios bosques. Hoy en día, en muchas iglesias dicen tener un pedazo de La Vera Cruz, pero todas son falsas, incluido el mayor de todos los fragmentos, el Lignum Crucis, que se encuentra en Santo Toribio de Liébana, en Cantabria. Calvino afirmó en su época que con la gran cantidad de madera que se decía formaba parte de La Vera Cruz, “podría haberse llegado a construir una buena flota de barcos”. La lista de fraudes, absurdas reliquias y todo tipo de objetos santos en posesión de la Iglesia Católica es tan infinita como vergonzosa. Muchos prelados e iglesias en el mundo aseguran poseer en sus recintos y a buen resguardo, todo tipo de huesos, dientes, pelo, tela y ropa de santos que nunca existieron o cuyo origen es dudoso.

Todas esas leyendas eran conocidas por Divor Klaus y la alta jerarquía de la Iglesia Católica, pero la Santa Sede no hacía ningún esfuerzo por desvirtuarlas. No le interesaba. Más bien le convenía, porque así mantenían a la feligresía bajo el signo de la duda y el temor, y, por supuesto, totalmente controlada.

¿Qué hizo, entonces, movilizar con tanto apremio a Divor Klaus desde el Monte Tabor hasta el Kukenán? ¿Qué decía el papiro que el etiquetó como el 3T5?


26

Las sombras tomaron formas humanas.

Filardo, Delamadrid y los Elegidos estaban completamente rodeados por más de una docena de Pax armados hasta los dientes.

Todos, excepto una persona que seguía semioculta en la oscuridad y recostada de una de las gigantescas columnas de granito rojo de la basílica, no llevaba vestimenta oscura. Un pálido reflejo blanco así lo hacía presumir.

A los rehenes los colocaron cerca del reloj solar. Delamadrid, un poco apartado de los demás, tenía los pies sobre la figura de un vigoroso Carnero que formaba parte del inmenso zodiaco incrustado en finas piezas de mármol en el piso del santuario.

Los Pax no hablaban, sólo cumplían labor de custodia. Parecían estar esperando instrucciones. Con sus piernas ligeramente abiertas, pero firmes como soldados pretorianos y sus armas apuntándoles la cabeza, mantenían a raya a los prisioneros. Filardo trataba de contener la sangre que le manaba por la nariz, aunque no era nada preocupante. El manotón que recibió para quitarle el celular malogró sus débiles fosas nasales. Los tres Elegidos se veían tranquilos, como si nada estuviese sucediendo. Delamadrid trató de caminar hacia donde estaba un cuadro que representaba el Martirio de San Sebastián, pero fue violentamente atajado y puesto junto a los otros. El arqueólogo no tenía ninguna intención de escapar, sino que un movimiento que apreció dentro de la pintura llamó su atención. Había sido una mera curiosidad científica y no un intento de escabullirse de sus captores.

La persona oculta entre las sombras encendió un cigarrillo revelando parte de su delgado rostro, el cual pudo verse recubierto en el celaje de humo. Tomó una bocanada y después otra. Al parecer desde la oscuridad observaba y decidía. Obviamente era el jefe de aquel grupo.

−Entonces sólo a la luz de Sirius podrán leer lo no leído. Estuve meditando sobre eso pero no le encuentro respuesta… Si quiere salir con vida de aquí usted me la dirá doctor Filardo −pronunció una dulce y melodiosa voz femenina con marcado acento italiano.

−Esa voz yo la conozco −afirmó sobresaltado Delamadrid−. Es… ¡Es la profesora Bertuccelli! −exclamó.

−Bravo anciano amigo −asintió en tono despectivo la mujer saliendo de su escondite−. Eres un hueso duro de roer, pero hoy también a ti te exprimiré todo lo que quiero saber −afirmó dejándose ver en toda su hermosura con el mismo taller blanco ajustado que llevaba cuando se los consiguió junto a su amiga Marcella en Piazza Barberini.

−No me podrás exprimir nada cara amica porque nada sé −contestó Delamadrid tratando de acercársele, pero fue empujado hacia atrás por un mal encarado Pax que parecía no haber sonreído nunca en su vida.

−Ya lo veremos viejo picaflor… Ya lo veremos… Primero comenzaré con Filardo −expresó señalándolo con la mano−. Tráiganlo acá −ordenó a dos de los matones que tenía bajo su mando.

Cumpliendo la orden, dos hombres caminaron hacia Filardo, lo tomaron bajo las axilas y casi a rastras lo llevaron hacia donde estaba la mujer.

− ¿Qué hora es?… ¿Qué hora es? –susurro el científico al pasar cerca de Delamadrid.

−Las ocho y cinco −respondió también en voz baja después de chequear el reloj.

− ¿Qué está pasando aquí? −reaccionó la Bertuccelli con tono grave−. ¿Por qué tanto empeño en saber la hora si dentro de poco puedes estar muerto? −interrogó intuyendo que algo extraño se traían los dos profesores.

−Es algo cabalístico… Nada especial −respondió rápido Filardo a fin de distraerla y evitar que sospechase sobre el verdadero motivo de su pregunta−. Mire, usted está parada encima del signo de Cáncer…Ve… Es algo cabalístico −manifestó ya frente a ella indicando con una mueca de su boca el enorme cangrejo del círculo zodiacal.

−Ustedes los viejos tienen cada cosa, pero yo no te creo viejo mentiroso −expresó lanzándole una fuerte bofetada.

La hermosa profesora tenía las manos protegidas por unos elegantes guantes de cuero negro y entre los dedos ajustada una puntiaguda manopla de brillante acero pulido.

La nariz de Filardo volvió a sangrar copiosamente. De su frente rojos hilillos de sangre comenzaron a rodar hacia pómulos y rostro.

−Yo no tengo ninguna prisa… Si es necesario pasaré aquí la noche… Pero tú me dirás todo lo que quiero saber, ¿entiendes? −dijo propinándole otro revés.

− ¿Qué quiere que le diga?... ¿Qué usted es muy bonita?... Bien, entonces la coplac…

Otro fuerte golpe, está vez en la boca, hizo callar a Filardo. Sus labios se abultaron como una coliflor de sangre. El arrugado pañuelo blanco con el que buscaba contener las pequeñas hemorragias había perdido totalmente su color original. Ahora parecía un ovillo de lana roja.

Los tres Elegidos permanecían callados. Siquiera se movían. No obstante, hacían girar sus ojos hacia ambos lados de la gran nave central de la basílica y el presbiterio. Irene, la joven muchacha, de preciosa cabellera negra, fijó en varias ocasiones su mirada en un enorme lienzo que representaba la Virgen entre siete ángeles. Delamadrid, inquieto, chequeaba a cada instante las manecillas del reloj.

−Espero que estés entendiendo que no estoy jugando… Que soy capaz de todo a fin de que me digas lo qué quiero saber… De todo, ¿entiendes? −expresó esta vez sosegada la Bertuccelli, a quien la entallada falda del taller blanco que vestía ponía al descubierto todo su hermoso y bien formado cuerpo.

− ¿Qué quieres saber? −preguntó resignado Filardo ante la insistencia de la resuelta mujer.

−Los escuché hablando de un Triángulo Divino… De una alineación hacia el Tabor… De un Cuarzo Sagrado con la inscripción Sólo a la luz de Sirius podrán leer lo no leído. Comenzaremos por ahí. ¿De qué cuarzo hablaban y qué quiere decir lo que tiene escrito? –preguntó sacudiendo con la punta de un dedo de su otro guante los residuos de sangre que habían quedado adheridos a la intimidante manopla de acero reluciente.

−No lo sé… Si escuchó lo que estaba hablando bien se pudo dar cuenta que tampoco sabía de qué se trataba −expresó sincero.

− ¡Mentiroso! −gritó casi fuera de sí la Bertuccelli levantando el brazo a fin de propinarle otro golpe, pero se contuvo. Bajó lentamente la mano y dijo−: Recuerde que yo también soy arqueóloga como ustedes… A mi no me pueden mentir.

−Usted se equivoca… Yo no soy arqueólogo, sino apenas un simple neurólogo −expresó con humildad.

− ¡Imbécil! −gritó golpeándolo−. Si todavía te quedan ganas de jugar yo tengo toda la noche para eso… Espero que resistas, viejo panzudo –sentenció dejando salir de su hermosa boca una neurótica risita. Parecía disfrutar ese sádico momento.

–Hablábamos de un cuarzo que encontraron en Marruecos… −manifestó Filardo resignado. Sabía que no podría resistir un golpe más. Que sus fuerzas lo estaban abandonando.

−Eso lo sé… Sé que José Pedro Aritema, otro del grupo de ustedes, estaba en el Ouzoud… También sé que lo creían muerto, pero dime ahora algo que no sepa o perderé otra vez la paciencia −afirmó amenazándolo con un nuevo golpe.

−Específicamente, qué quiere que le diga porque yo no sé más que usted…

− ¿Qué es el Triángulo Divino?... ¿De qué alineación y Cuarzo Sagrado hablaban?... ¿Por qué tiene que ser a las tres de la tarde?... ¡Responda!… Por favor hable profesor porque no me contendré −dijo mientras los dos fornidos Pax sostenían al regordete científico a fin de que no fuese a desplomarse en el frío mármol del piso.

−El Triángulo Divino, como usted bien sabe profesora, es el símbolo de la Santísima Trinidad... Padre, Hijo y Espíritu Santo −comunicó a fin de perder tiempo y no revelarle la íntima verdad, aunque El Triángulo Divino también era parte de esa trilogía.

− ¡No más cuentos profesor! −exclamó fuera de si descargándole un nuevo manotón.

Después del trompazo el doctor Filardo perdió el conocimiento. Los hombres que lo sostenían buscaron reanimarlo, pero no pudieron.

Delamadrid estaba indignado y aterrado a la vez. No entendía como aquella hermosa mujer podía ser tan brutalmente sádica y fina al mismo tiempo. Los tres Elegidos parecían sufrir en sus adentros, pero no pronunciaron ni una sola palabra. Estuvieron totalmente inexpresivos durante la brutal paliza. Sólo movían los ojos. Los hacían girar en posiciones y ángulos diferentes. A veces daban la idea de estar mirando los blancos capiteles de mármol de aquellas inmensas columnas de granito rojizo, otras las obras maestras, repletas de ángeles, arcángeles y querubines que adornaban las paredes de la basílica.

−Tráiganme al otro y traten de que éste vuelva en sí −ordenó con desprecio dirigiéndose a los Pax.

Los hombres fueron a cumplir con lo solicitado. Delamadrid, con su metro ochenta de estatura y porte atlético, no parecía temerle a aquel reto. “Si mi amigo lo soportó, yo también lo haré”, se dijo a sus adentros. Cuando los dos hombres estaban por tomarlo por debajo de las axilas, igual que hicieron con Filardo, este se opuso.

−Un momento. Iré por mis propios medios −dijo peinándose con sus dos manos hacia atrás su largo cabello castaño claro.

−Muy valiente, mí querido picaflor. Veremos cuánto te dura esa arrogancia que tienes dibujada en el rostro −manifestó la Bertuccelli dándole un fuerte manoplazo que lo hizo tambalear.

−No te tengo miedo… Miedo tendría pasar una noche a solas contigo, inmunda bruja −apuntó sarcástico y forzando una sonrisa en su boca ensangrentada.

−Las mismas preguntas que le hice a tú amigo que está ahí, como un saco de inmundicia, también van para ti −expresó señalando el cuerpo de Filardo que estaba tirado en el suelo con unos de los mercenario inclinado sobre él tratando de reanimarlo.

−Las mismas repuestas que te dio mi amigo, son las mías… No sé nada. ¿Entiendes?... ¡Nada!... −exclamó retándola mientras uno de sus captores lo mantenía inmovilizado con una Doble Nelson.

− ¡Imbécil idiota! −gritó mientras levantaba la mano con furia para darle otro manotazo con la reluciente de filosas puntas de acero a la altura de los nudillos.

− ¡Quietos todos!... ¡El qué se mueva lo mato! −conminó la voz de un hombre que en la oscuridad caminaba hacia ellos.

−Hans… ¡Hans Müller! −exclamó sorprendido Delamadrid al verlo salir de las sombras llevando en sus manos dos pistolas de alta potencia.

−Sus armas al suelo y acuéstense boca abajo −ordenó a los Pax mientras seguía caminado hacia el centro de la nave principal apuntándolos con sus armas− Usted también profesora y sáquese de los dedos ese ridículo juguete −manifestó refiriéndose a la manopla.

−Pero, cómo… ¿Qué haces aquí?... ¿Cómo nos conseguiste? −preguntó totalmente confundido Delamadrid.

−Los seguí… Hice lo mismo que hizo ésta mujer −expresó indicando a Susanna Bertuccelli, quien le dirigía una rabiosa mirada desde el suelo.

−Entonces la sombra que creí ver mientras iba hacia Piazza Barberini eras tú…

−Posiblemente… –contestó escueto.

−Tú fuiste el de los disparos… Tú salvaste al doctor Filardo, ¿no es así? −preguntó tratando de encajar todas las piezas en su mente.

−Así es profesor… Pero no se inquiete, yo estoy de su lado −afirmó Hans sonriéndole al ver que Delamadrid se estaba poniendo un tanto paranoico.

Extrañamente los tres Elegidos de Dios no se movieron de dónde estaban. Seguían con la misma actitud de girar los ojos en casi todas las direcciones de la fastuosa e inmensa basílica. No dieron ni un paso adelante. Tampoco levantaron alguna de sus manos o trataron de pronunciar palabra alguna. Siquiera articularon un dedo. Sólo observaban el entorno.

−Pero usted no era filólogo… ¿Qué hace con esas armas? −preguntó secándose con los dedos un hilillo de sangre que le molestaba cerca de la nariz.

− ¡Claro que soy filólogo! Pero también trabajo para ellos −manifestó señalando con una mueca a los tres Elegidos.

− ¿Para ellos?...

−Sí, para ellos y por favor ayúdeme con las armas… Recójalas y amontónela todas en un solo sitio −solicitó mientras con sus pies las quitaba del alcance de los Pax, quienes se habían tendido en el suelo boca abajo, igual que lo hizo la hermosa y sádica mujer.

−No entiendo… Un filólogo disfrazado de matón o es al revés.

−Ninguna de las dos cosas profesor… Sólo un hombre de Dios que trabaja para alcanzar la Tierra Nueva y al mismo tiempo expiar algunas atrocidades cometidas por sus ancestros…

− ¿Culpas de ancestros?... ¿Qué quiere decir con eso? −preguntó Delamadrid totalmente repuesto del golpe dado por la jefa de los Pax.

−Es una larga historia. Algún día se la contaré tomándonos un buen Brunello en un sitio tranquilo −expresó mientras se acercaba hacia el doctor Filardo, quien seguía tendido en el piso inconsciente.

−Intento frustrado, querido Hans −escucharon ambos hombres a sus espaldas−. Ahora quien tendrá que tirar esos juguetes será usted.

Los dos hombres voltearon instintivamente y frente a sus narices vieron a la también muy esbelta y elegante papiróloga Marcella Buti llevando en sus manos una poderosa metralleta UZI.

−Te demoraste mucho −recriminó la Bertuccelli levantándose del suelo−. Se arruinó todo mi traje blanco −afirmó sacudiéndole unas pelusas que se habían adherido al vestido.

−Me estaba divirtiendo un mundo viendo a este par de imbéciles celebrar su victoria −expresó mientras los apuntaba con cara de pocos amigos.

− ¿Usted también forma parte de esta conspiración?... Debí habérmelo imaginado −se recriminó Hans mientras dejaba sobre en el frió mármol del suelo su dos pistolas.

−Gato que caza ratón es cazado, ¿no lo crees?

−Qué quiere decir…

–Que mientras tú seguías a Susanna y a los profesores yo te seguía a ti… Nunca desestimes la astucia de una mujer.

− ¡Basta de tantas palabras! −ordenó la Bertuccelli, quien a todas luces era la que comandaba el grupo−. ¡Tomen nuevamente sus puestos! −indicó a los Pax−. Y tú −dijo dirigiéndose a Marcella−, encárgate de que estén bien vigilados, porque tengo que hacer una llamada… Otra cosa querida, recuerda que esta noche tú y yo vamos a celebrar esto muy juntitas −expresó lanzándole una seductora mirada y un beso mientras se alejaba hacia unas oscuras columnas que le brindarían privacidad y discreción a la llamada.



27

Giuseppe Pellegrino puso un CD de La Traviata en el estupendo equipo de alta fidelidad empotrado en un elegantísimo mueble de madera del mismo estilo veneciano de su escritorio y se sentó del lado contrario de la escribanía a fin de quedar cerca de donde estaba cómodamente arrellanado el cardenal Ribera.

−Las cosas están cambiando a nuestro favor −comentó luego que recibió una llamada con buenos augurios sobre las operaciones emprendidas aquel Domingo de Resurrección.

−Espero que mi gente también llame con agradables noticias −reflexionó Ribera levantándose del sillón.

−Las dos mujeres cumplieron cabalmente con su trabajo. La primera parte la lograron de forma impecable. Espero que en la segunda etapa también salgan triunfantes… Pero que sea rápido −sentenció.

−Dices que son expertas en el arte de hacer hablar a la gente…

−De lo mejor. Están muy bien entrenadas. La más joven y bonita parece la reencarnación femenina de Torquemada, el Príncipe de la Inquisición −expresó Pellegrino esbozando una satisfecha y sádica sonrisa.

−Usted exagera, monseñor.

−No, no es ninguna exageración. Por nada en el mundo me gustaría estar contra ellas… Menos mal que están de nuestro lado −subrayó totalmente seguro de lo que estaba diciendo.

−Pero son tan crueles así como usted dice −indagó Ribera incrédulo, acariciándose la perilla de su barba.

−Me han contado ciertas cosas que ponen los pelos de punta… Pero mejor dejemos ese asunto… ¿Qué horas es? −preguntó impaciente.

−Las ocho y treinta… Ya falta poco. No se inquiete hombre.

−Espero que les saquen la información antes de la hora −manifestó Pellegrino mientras vagaba por la oficina moviendo las manos al compás de la ópera de Verdi tal como si fuese un director de orquesta.

− ¿A qué hora dijo que debía ser el asunto ese de la alineación?

−A las tres de la tarde hora de Venezuela.

−Aproximadamente a las nueve de la noche de Roma −manifestó Ribera después de hacer unos rápidos cálculos mentales.

−Por favor, no venga con eso de aproximadamente. Tenemos que ser precisos −respondió el monseñor dejando de hacer aquellos estúpidos movimientos con sus manos.

−Es qué en realidad no estoy muy seguro del cambio de horario de Venezuela. Deben ser seis o seis horas y media de diferencia… Algo así…

−Yo no puedo sujetarme a “algo así” −expresó remedándolo Pellegrino−. Debo estar seguro. Voy a llamar al Departamento Internacional para que me informe con precisión −dijo mientras se dirigía hacia la pequeña central telefónica que estaba sobre su escritorio.

− ¿Y estarán a esta hora allí, hoy día de Pascuas?

−Sí, amigo mío. Cumplen tres turnos permanentes de ocho horas diarias las veinticuatro horas del día en los trescientos sesenta y cinco días del año y durante toda la vida mientras la Iglesia exista −precisó antes de tomar el teléfono y marcar.

− ¡Excelente organización la nuestra! −afirmó orgulloso el cardenal Ribera.

− ¡La mía cardenal!… La mía −recordó el viejo dándose con una mano en el pecho mientras con la otra mantenía el auricular cerca del oído en espera de respuesta.

Cuando los prelados hablaban sobre las dos mujeres que tenían bajo custodia al doctor Filardo, Delamadrid y a los jóvenes Elegidos de Dios en la Basílica Santa Maria degli Angeli e dei Martiri y se refirió a que la Bertuccelli era más cruel que Torquemada, se referían al Gran Inquisidor español, tristemente célebre por sus trágicas ejecuciones. El monje dominico, confesor de Isabel La Católica, fue la típica consecuencia de la endiablada sociedad española de su época. El despiadado inquisidor entorpeció todo el florecimiento intelectual español de toda la segunda mitad del siglo XV. Lo peor, es que nunca se arrepintió de quemar “herejes” o de expulsar vilmente a judíos de todo el territorio peninsular. Se decía que para él no contaba edad. Cualquier persona mayor de doce años, en caso de las niñas, y de catorce, en los varones, eran completamente aptos para la Inquisición y si eran hallados culpables irían a la hoguera como cualquier adulto. ¿Cómo podrían defenderse esas pobres e inocentes criaturas del sadismo de la Inquisición? Para el Santo Oficio bastaba que una persona no comulgara con las ideas de la Iglesia para ser calificada de “hereje”. Pero a los que perseguía con más saña, su gran botín de caza, era a los conversos, las personas que por miedo y para evitar el acoso religioso, se convertían al cristianismo para impedir ser calificados de “herejes”. De todas formas, a quien se le ocurriese ir contra la Inquisición era tildado de sospechoso y sometido a las más indignas torturas antes de ser masacrados. Las matanzas y crueldades en nombre de Dios duraron más de cincuenta años y costó la vida de millares de inocentes. Muchos libros y conocimientos fueron quemados por capricho de los inquisidores. Quién sabe cuántas joyas de la literatura se perdieron en esas grandes hogueras y cuántos nuevos inventos, descubrimientos y proyectos arquitectónicos que hubiesen podido despertar a España, mucho antes que a Italia, en el florecimiento del Renacimiento.

Torquemada se convirtió en el símbolo de la crueldad y fanatismo al servicio de la religión y no murió arrepentido, como se dice, por quemar miles de personas inocentes ni de expulsar judíos, pero sí viejo, paranoico, avariento y miserable.

La efectividad de la organización de inteligencia de la Santa Sede dirigida por Giuseppe Pellegrino, ex arzobispo de Milán y hombre clave del Vaticano, había sido puesta a prueba, aunque en una muy pequeña escala. No había pasado siquiera un minuto cuando el teléfono de su despacho sonó. Era uno de los monjes-agentes del Departamento Internacional que le suministrada la información que había requerido momentos antes.

−Usted estaba cerca de la respuesta correcta, pero no era la exacta −expresó tomando en sus manos la pequeña hoja de papel donde había anotado los datos suministrados por el agente−. La diferencia horaria entre Italia y Venezuela es de seis horas y media debido al horario de verano que entró en vigor el veintinueve de marzo a las cero dos horas y estará vigente hasta el veinticinco de octubre de este mismo año hasta las cero horas. La diferencia con Marruecos, país que no ha adoptado el horario de verano, es de exactamente dos horas hacia atrás −manifestó orgulloso de la información aportada después de leer la pequeña nota, la cual dejó caer suavemente sobre el escritorio.

− ¿Por qué tus efectivos hombres no te mandaron la información por fax? −preguntó punzante y envidioso, denigrando de aquella “efectiva organización”, tal como la llamaba el monseñor.

−No juegues conmigo Ribera, que no estoy para bromas… El dichoso aparato se dañó ayer y no han venido a reponerlo… Tú sabes, la Santa Pascua −expresó excusando la falta de eficiencia demostrada en aquel pequeño detalle.

−Está bien, tranquilízate… Sólo era una broma.

−Volveré a poner La Traviata o prefieres otra música… Otra ópera… −preguntó amable el viejo monseñor mientras se dirigía hacia el equipo de sonido.

−O sea −expresó reflexivo Ribera, volviendo al tema de las horas y obviando la pregunta sobre sus preferencias musicales−, que cuando aquí sean las nueve y media de la noche en el Kukenán serán las tres de la tarde… ¿Estoy en lo cierto? −indagó.

− ¡Correcto!… Ciertamente es así −contestó Pellegrino mientras volvía a levantar sus manos a los acordes de la música de Giuseppe Verdi, el inmortal genio musical italiano que llevaba su mismo nombre.

−Y en Marruecos con relación a nosotros serán las siete y media de la noche… ¡Qué extraño! −reflexionó en voz baja, casi para sus adentros, pero Pellegrino lo escuchó.

− ¿Qué te parece extraño? −inquirió.

−Es una tontería… Una estupidez de mi mente analítica.

−Está bien... Está bien, mi sabio amigo. Eres todo un gran científico −atajó Pellegrino curioso−. Pero me puedes decir qué es extraño.

−Qué todas las horas, al convertirlas en números, o sea 3 de la tarde, 9 y 30 de la noche y 7:30 llevan implícitos el número 3.

− ¿Y eso qué significa?

−No lo sé… Sólo algo extraño… Una coincidencia, quizás...




28

Aunque Filardo no podía escucharlo, José Pedro oyó perfectamente bien todas las indicaciones que el científico le daba a través de la línea telefónica. Pero ahora el grupo tenía otro problema. Estaban metidos en una hondonada y era muy difícil, por más experto que se fuese, ubicar con exactitud desde allí el Tabor para alinear el Cuarzo Sagrado.

El otro grave problema era que no tenían vehículo para buscar lo más rápido posible alguna pequeña colina desde donde hacer la alineación. La Hummer había quedado boca arriba y posiblemente no estaría operativa por todo el aceite y gasolina derramada.

Siquiera valía la pena tratar darle la vuelta porque en ese intento, el cual seguramente resultaría vano, perderían demasiado tiempo. Y tiempo, precisamente, era lo que no tenían. Las camionetas de los Pax estaban igualmente destrozadas. Anochecía muy rápido y deberían apresurarse si querían cumplir con las instrucciones de Filardo.

−Desde aquí no podrás apuntar el cuarzo. Yo tengo una pequeña brújula y sé que Jerusalén y, por lo tanto, el Tabor, está hacia el sur. Lástima que el GPS de la camioneta se destrozó… Con el hubiese sido todo más fácil −manifestó Dark.

− ¿Cómo sabes qué se dañó? −interrogó el joven arqueólogo.

−Cuando me metí a sacarlos lo vi… Está hecho añicos −dijo haciendo un gesto con las manos.

− ¿Entonces qué sugieres?... Tú eres el experto −indagó totalmente desorientado José Pedro.

−Comenzar a caminar hacia donde están los traficantes de armas… Es relativamente cerca de aquí… Allí hay una pequeña colina desde donde podremos intentar la alineación. ¿Qué piensan ustedes? −preguntó dirigiéndose a Simón y a Débora.

−Bien… Creo que es lo más indicado, pero debemos apresurarnos… Queda muy poco tiempo y la distancia no es tan corta como dices −respondió Débora mientras señalaba hacia un punto como si conociese el camino.

−Veo que todos coincidimos en darnos prisa… Entonces comencemos a caminar −sugirió José Pedro acomodándose nuevamente el morral con el Cuarzo de María Magdalena en la espalda.

−Esperen un momento −contuvo Dark−. Primero busquemos las cosas necesarias en la camioneta.

– ¿Cuáles cosas? −indagó curioso el arqueólogo.

−Nuestro salvoconducto, amigo… Nuestro salvoconducto…−expresó mientras iba hacia la Hummer.

Dark apoyó en el suelo la ametralladora que colgaba de su hombro, se echó al piso boca abajo y arrastró hacia el interior del vehículo accidentado. Al par de minutos salió con varias recargas, el bulto lleno de granadas que con el volcamiento había ido a parar al fondo de la camioneta, la subametralladora que dejó tirada José Pedro y su gorra del béisbol.

Otra vez de pie, sacudió el polvo de su ropa, se puso la gorra y recargó la pequeña HK-MP5. Cuando estuvo lista se la lanzó al arqueólogo, quien en excelente reflejo la atrapó en el aire.

−Ese es tu salvoconducto… El mío está aquí −precisó mientras introducía una caserina en la SAW de 5.56 mm. y terciaba entre hombro y espalda el bulto con las granadas. Ahora sí estoy listo −afirmó y comenzó a avanzar hacia el sur.

− ¿Habrá peligro más adelante? −preguntó precavido José Pedro.

Nadie parecía haberlo escuchado. Simón y Dark estaban muy ocupados abriéndose el paso hacia la carretera pavimentada.

−Por ahora no −contestó Débora mirándolo con ternura.

Presentía la inquietud del arqueólogo. El día había sido muy rudo con él, un hombre que muy pocas veces salía del mundo de los libros y las excavaciones y ahora se encontraba inmerso entre persecuciones y tiroteos

Dark volteó a verlos. Era el mayor de todos y la única persona con experiencia en cuestiones de combate. Débora y Simón apenas eran unos jovencitos, al igual que José Pedro. En sus manos tenía la responsabilidad de sus vidas. Estuvo a punto de perderlos una vez y se había prometido que eso no volvería a ocurrir. No se arriesgaría a dejarlos solos ni por un instante, siquiera para salvar su propio pellejo.

− ¿Qué hora es? −preguntó José Pedro dándole alcance a Dark, quien era el único del grupo que llevaba reloj.

−Las dieciocho y cuarenta y cinco −contestó sin dejar de perder el paso después de consultar su cronógrafo estilo militar−. Lo siento, las seis y cuarenta y cinco −corrigió enseguida al ver la cara de asombro que puso el arqueólogo.

−Disculpa Dark, podrías también decirme ¿qué hora podría ser en este momento en Venezuela? −interrogó dubitativo.

−Estamos en el paralelo sur, latitud 13 grados 3 segundos y 66 grados al oeste −comezó diciendo en broma pero con su cara muy seria mientras el arqueólogo lo observaba perplejo. Pronto dejo asomar una de sus pocas sonrisas y expresó: – No… No sé, José Pedro. Estaba bromeando, pero creo que deben ser algo así como la una y media o dos de la tarde.

−Son las dos y quince exactamente. Hay que apurar el paso −precisó Débora, quien ayudada por la mano de Simón fue la última en subir el desnivel que finalmente le haría posar sus pies sobre la carretera pavimentada.

−Desde este momento es mejor caminar en silencio y estar alerta −advirtió Dark−. No creo que esos hombres se dieron por vencidos así nada más… Seguramente mandaron a otros y en estos momentos podrían estar buscándonos. Aquí estamos al descubierto, por eso les ruego que hagan el menor ruido posible… Cero conversaciones, ¿de acuerdo? −advirtió a todos llevándose el índice a la nariz.

La noche ya había teñido con su manto aquel desolado y árido paisaje.

Semejante a espejismos, mortecinas luces de aldeas berebere surgían y se escondían en la distancia según el desnivel de la vía. Los cuatro viajeros caminaban en silencio en pos de un sueño.

Sólo dos de ellos, Débora y Simón, sabían cosas que, por ahora, no les estaban permitidas revelar. No obstante, su sola presencia les daba fuerza espiritual para seguir.

Dark, ya conocía sus poderes, y aunque para José Pedro era su primera experiencia divina, creía de todo corazón en ellos y en la anunciación de un mundo mejor, menos materialista, mercenario y rapaz. Estaba convencido de que el hombre se había convertido en el depredador más fiero y sanguinario del planeta y que de seguir así el mundo y todo lo que estaba dentro de el se aniquilaría a sí mismo. Que iba camino a una irremediable catástrofe y que, a toda costa, debía detener su furiosa carrera hacia la autodestrucción.

− ¡Allí!... ¡Allí esta Sirius! −exclamó en sofocos José Pedro.

− ¡Shuuuu! −susurró Dark mientras también miraba al cielo.

− ¿Estamos cerca de la colina? −indagó en baja voz el joven arqueólogo.

−Si, falta muy poco. Pero ten cerrada la boca porque creo haber visto sombras en la oscuridad. ¿Y tú Simón?... ¿Percibes algo Débora? −preguntó el veterano ex combatiente mientras les hacia señas a todos de echarse al suelo.

−Son seis a tú izquierda −precisó Simón−. Todos están armados.

−Otros cuatro vienen de frente a nosotros, pero no nos han visto −apuntó Débora−. Los seis que señaló Simón sí y se están comunicando por radio con el otro grupo.

− ¿Qué haremos? −interrogó alarmado José Pedro.

−Nos internaremos hacia allá −manifestó indicando un montículo rocoso−. Esta vez no nos separaremos. Tú te quedas al lado de Simón –ordenó dirigiéndose a José Pedro– Yo cuidaré de Débora −precisó mientras caminaba hacia el sitio señalado.




29

En Santa Maria degli Angeli e dei Martiri los interrogatorios habían comenzado nuevamente. La Bertuccelli ahora estaba más furiosa que nunca. El doctor Filardo seguía inconsciente tirado en el suelo. Delamadrid temió por un momento que hubiese muerto, pero de pronto un fuerte ronquido del viejo científico le hizo borrar esa idea de la mente. El pobre se la pasaba metido en su laboratorio casi sin dormir aunque si con mucho de comer, y el agotamiento debido a largas semanas de continuo trabajo se evidenciaba en las grandes ojeras que siempre le acompañaban, por lo que aprovechó la golpiza para darse un descanso y dormir un poco. Los jóvenes Elegidos parecían estatuas. Seguían sin moverse y con los ojos girando dentro de sus orbitas. Aunque ahora eran más intermitentes. Parecían recibir señales y órdenes de un sitio muy recóndito. Siquiera se notaba un mohín en sus rostros. No movían otra parte del cuerpo que no fuesen los ojos, no obstante se les apreciaba alerta. La jovencita Irene, que vestía un amplió pantalón color azul cielo y una franelilla blanca bastante escotada, dejó repentinamente de rotar los ojos y los fijó en el monumental órgano tubular que estaba en la capilla de San Bruno, en un lateral de la fastuosa basílica, que pese a las amortiguadas luces ella podía ver perfectamente bien.

−Ahora si estoy furiosa. Arruinaron mi traje nuevo… ¡La pagarán con su sangre! −explotó la profesora Bertuccelli, quien en un ademán muy típico italiano se mordió la pulpa interior de su dedo índice para indicar lo molesta y rabiosa que estaba−. Tráiganme acá al imbécil que lo hizo −expresó señalado con el mismo dedo derecho que se había mordido a Hans Müller y dirigiéndose a Delamadrid advirtió−: Descanse un poco profesor y vaya pensando bien lo que me va a decir porque después que termine con el alemán le tocará a usted −concluyó mientras dos fornidos Dei Pax llevaban al rubio filólogo ante su presencia.

Debido a los desplazamientos que hizo en el interior de la basílica minutos antes, Delamadrid había quedado con sus pies sobre la inscripción que señalaba Stellae Polaris, mientras que frente a sus narices y a corta distancia podía observar una placa de mármol blanco que estaba adherida a una pared lateral recubierta en inconfundible traventino rojo, en cuyo interior se leía claramente LA MERIDIANA DI S. MARIA DEGLI ANGELI.

Esa Stellae Polaris o Estrella Polar donde causalmente habían quedado posados los pies del arqueólogo, estaba debajo del crucero de la suntuosa edificación religiosa y formaba parte del Reloj Solar de la basílica, el cual fue construido sobre la base exacta del diseño original de Miguel Ángel por solicitud del Papa Clemente XI e inaugurado el 6 de octubre de 1702. Con dicho reloj se pretendía demostrar la exactitud del Calendario Gregoriano y determinar la fecha de la Santa Pascua a través de los movimientos del Sol y la Luna. Y en esa precisa fecha estaban ahora. En Domingo de Resurrección, el día más importante de la cristiandad, porque sin la Resurrección el catolicismo se vendría abajo por no tener otra bases de sustentación donde asentar la fe.

Dos Pax mantenían firme a Hans mientras la iracunda Susanna volvía a encajar en sus dedos la reluciente manopla con las cuatro mortales puntas de acero dirigidas a la cara del recién llegado.

−Hace rato dijiste que trabajabas para ellos. ¿Quiénes son ellos? ¿A quién te referías? −preguntó haciendo el contenido ademán de tirarle el primer revés con la punzante arma.

−Espere un momento −atajó Hans con educación−. No hace falta que se destroce sus dedos. Le diré todo lo que quiera saber, pero guarde esa cosa, por amor a Dios −solicitó muy dispuesto a hablar.

−Entonces empieza −respondió la hermosa mujer bajando la mano en que tenía puesto el siniestro aparato−. ¿Quiénes son ellos? −repitió más calmada, con voz grave, mirando directamente los ojos de Hans.

−Los Elegidos de Dios…Los seres cuya existencia la Iglesia niega con obcecada terquedad −respondió sincero.

Una rotunda carcajada resonó por toda la basílica. Los tres Elegidos, pese a la revelación de Hans seguían imperturbables, igual que siempre.

−Si vas empezar igual que el imbécil de Filardo, te dejaré peor que él… No más bromas disgrazziato e fetende nazi −maldijo en italiano− ¡Habla!… ¿Ellos te pagan?... ¿Quién son ellos en verdad? −preguntó con un gesto de asco señalando a los tres Elegidos.

− ¡Mujer de poca fe!... ¡Ellos son los Elegidos de Dios!… Los ángeles del milenio… Los Nion o Niños Luz o como quieras llamarlos… Entend… −un bestial revés con la manopla no le dejó concluir la frase.

El rostro de Hans comenzó a sangrar, aunque permanecía firme y con mirada retadora ante la Bertuccelli, quien pese a su sadismo y la furia que destilaba por los ojos, seguía viéndose hermosa. Nerviosa y confundida ante la respuesta dada por el joven filólogo alemán, comenzó a acariciarse con los dientes su carnoso labio inferior. Había tanta tensión en aquellas neurasténicas caricias, que un rocío de sangre brotó de su piel.

De pronto, como espectros salidos de las catacumbas que silenciosas serpentean con su ancestral olor a muerte el subsuelo de la milenaria Roma, unas extrañas figuras fueron materializándose delante y detrás de los Pax y los atenazaron fuertemente. Desprevenidos y sin esperárselo siquiera en su imaginación más virulenta, aquellos rudos hombres, curtidos en el salvajismo más despiadado, se aterraron al sentir el gélido frío de las manos que los sujetaban. Las caras de aquellas criaturas no eran de ninguna forma fantasmagóricas. Su piel color cal grisácea húmeda y el borde palpebral de sus ojos carente de pestañas de un límpido blanco, más bien transmitían un sufrimiento remoto y lacerante. En sus ojos estaba escrita toda la historia de la crueldad humana. Eran rostros plañideros, pero también ungidos de esperanza. De una larga esperanza que no murió con ellos, sino que siguió viviendo a través de los siglos en una sola palabra, la más corta pero también la más grande, hermosa e inmensa que humanidad y universo entero hayan podido escuchar nunca: fe. Jamás una sola palabra ha ganado tantas batallas y conquistado tan enormes y extensos continentes. Jamás una sola palabra ha estado tantas veces y por tanto tiempo en el corazón de las personas sin apartarse de ellos un solo instante. Jamás árbol alguno ha echado tan grandes y hermosos frutos. O raíz ha llegado tan profundo y penetrado océanos, ríos y surcado montañas hasta llegar al infinito. En los rostros de aquellos seres estaba escrito todo eso y mucho, pero muchísimo más.

La bella y sádica Bertuccelli, que instantes antes se vanagloriaba de tener el poder y todo el control en sus manos, ahora estaba aterrada. Temblaba como la hoja de una higuera a punto de desprenderse por la fuerza del viento.

– ¿Quiénes son ustedes?... ¿De qué infierno salieron? −preguntaba desvariada y fuera de si.

Sus ojos parecían querérsele salir de las órbitas. La ruda mujer se había convertido en un mansa y asustada gatita.

Marcella, en cambio, luchaba por desembarazarse de las heladas tenazas, pero sus intentos eran vanos. Sudaba y su hermoso rostro blanco, inmaculado como una perla, había tomado un aspecto tétrico. Hacía frenéticos esfuerzos por liberarse. La pintura rojo carmesí de sus sensuales labios se los había estrujado tantas veces sobre sus desnudos hombros, que ahora semejaban los de un payaso. Su cuerpo se humedeció tanto, que gotas de sudor impregnadas con el rouge de sus labios rodaban sobre su descotada franelilla blanca. De la ruda y amenazante mujer que llegó a la basílica metralleta en manos, no había quedado ni el recuerdo.

En el mismo instante que comenzaron a materializarse las figuras, los tres jóvenes Elegidos corrieron a socorrer al doctor Filardo, quien seguía inconsciente boca abajo en el suelo. Los dos varones le dieron vuelta y posando rodilla en tierra comenzaron a prestarle los primeros auxilios. Irene se arrodilló junto a su cabeza, la tomó con ambas manos y la mantuvo ligeramente elevada mientras el más espigado de los Elegidos comenzaba a secarle la sangre del rostro con un pañuelo.

−Va a estar bien… Pronto recuperará el sentido −dijo el joven Elegido al profesor Delamadrid, quien se había acercado a fin de ayudar.

− ¿Qué sucedió? … ¿Qué son esas cosas? −preguntó todavía bastante asombrado pero sin olvidar su nato oficio de investigador de cosas ocultas y extrañas.

−Mártires… Ellos viven aquí con todos nosotros −respondió con dulce naturalidad la muchacha alzando ligeramente la cabeza para clavar sus expresivos ojos en la imponente estampa del arqueólogo que estaba parada junto a ella.

−Con ustedes tres querrás decir −buscó aclarar Delamadrid.

−No, con todos nosotros… Somos muchos y vivimos aquí −reveló Irene como si lo que había dicho fuese lo más normal del mundo.

− ¿Muchos?... ¿Aquí?... ¿Dónde? −interrogó atropellándose con sus propias palabras y confusión.

−Abajo… Él sabe −expresó señalando a Filardo, quien comenzaba a mover la cabeza en evidente muestra de que estaba despertando.

Mientras los Elegidos y Delamadrid atendían a Filardo, el rubio profesor Müller estaba ocupado en recoger todas las armas de los Pax y de las perversas mujeres.

Susanna Bertuccelli, pese a haber estudiado y trabajado gran parte de su vida con momias y desentrañando tumbas en muchos remotos lugares del mundo, se había desmayado en brazos de una de aquellas figuras que, a pesar de que estaba inerte, no la soltaba. Ahora semejaba un descompuesto maniquí abandonado en el aparador de una vidriera.

− ¡Gracias, hijos! −expresó con afecto el doctor Filardo al volver en sí y ver a su alrededor a los tres Elegidos y las largas piernas de Delamadrid−. Tú qué haces allí parado −refunfuñó dirigiéndose al arqueólogo−. Debemos apurarnos… ¿Qué hora es? −preguntó mientras se incorporaba ayudado por los Elegidos.

−Creo que cerca de las nueve −contestó mientras también se aprestó a ayudarlo a parase.

−Profesor… Mí querido profesor, quiero saber la hora exacta −recriminó retornando a su acostumbrado mal genio.

− ¡Un cuarto para las nueve! −exclamó después de consultar su reloj pulsera−. ¡Qué rápido pasa el tiempo! −sentenció mientras veía acercarse a Hans.

−Entonces debemos darnos prisa… La hora está por llegar… ¿Mientras estuve dormido José Pedro volvió a llamar? −preguntó preocupado.

−No… Hiciste bien en quedarte en el suelo… Las cosas por aquí arriba estuvieron feas −dijo en son de broma Delamadrid−. Gracias a Dios que vino Hans a echarnos una manito, pero también quedó entrampado −contó y luego, como vio que Filardo no se extrañó ante la presencia del filólogo, discernió −: Sabías lo de Hans. No es así viejo zorro.

− ¡Claro!... Trabaja conmigo y los Elegidos… Se los iba a proponer como nuevo miembro del grupo en la próxima reunión del Omne verum.

−Entonces metí la pata… Estuve con él y le revelé algunas cosas que no debía −confesó arrepentido por la conversación que sostuvieron en el bar del hotel Tiberio.

−No metiste nada y tampoco soltaste nada importante −lo disculpó Filardo a fin de sacarlo del bochorno.

− ¿Y cómo lo sabes si no estabas allí? −preguntó confundido.

−El me llamó después que saliste del hotel para encontrarte conmigo.

−Entonces era un peine… Me estaban probando…

−Algo parecido, pero probando tú fidelidad jamás. Sabemos bien que eres hombre de fiar. Quería saber hasta que punto podrías manejar la bebida…

− ¿Y qué tal?... Porque hubo un momento que ya no sabía de mí.

−Saliste bien. Dijiste cosas confusas y otras que ya se sabían en el mundo donde nos movemos. No hay quejas −expresó Filardo tratando de sonreír, pero el dolor que le causaba el hematoma de la boca se lo impidió.

−Necesitamos cuerdas para atar a estos rufianes. Pronto los Mártires se irán −advirtió con preocupación Hans acercándosele−. Debemos movernos con rapidez −urgió con los ojos apuntados a Filardo en espera de una rápida respuesta de la ágil y analítica mente del científico.

− ¿Dónde vamos a conseguir cuerdas en una Iglesia? −preguntó Delamadrid levantándose de hombros.

− ¡Allí! … Esas servirán y hay muchas −comunicó señalando los cordeles divisorios que los encargados de seguridad de la basílica colocan para separar las áreas cuyo paso está restringido a turistas y visitantes ajenos a la instalación religiosa.

Hans corrió a buscarlos. Lanzó al suelo los tubos que los sostenían y comenzó a desenredarlos. Pronto recabó una buena cantidad de cuerda para amarrarlos a todos y se dirigió otra vez hacia donde las apariciones sostenían inmóviles a aquellos sujetos mal encarados que se encargaban del trabajo sucio de la Iglesia.

− ¿Y cómo los amarro ahora? −preguntó confuso a Los Elegidos al ver que los espectros aún los tenían fuertemente agarrados, unos por detrás y otros contra su pecho, de frente y mirándoles sus aterradas caras.

−Dales la vuelta y enlázalos juntos a los Mártires. Cuando los vayas teniendo seguros ellos irán desapareciendo −explicó el más joven de los dos varones, quien momentos antes le había dicho a Delamadrid llamarse Uriel y el alto Salatiel.

−El asunto se dará aquí −precisó el doctor Filardo poniéndose exactamente debajo del pequeño agujero del reloj solar que había en la pared de la basílica −y será a las nueve y media en punto…

Se había puesto debajo del gnomon, el agujero por el cual la luz solar pasa y cae en un punto variable medido por una línea de bronce de cerca cuarenta y cinco metros de largo trazada sobre el suelo de la basílica. La llegada de las estaciones era representada por las figuras zodiacales incrustadas en mármol y dispuestas en el suelo a lo largo de la línea. En un extremo se encontraba el signo de Cáncer, que representa el solsticio de verano, y en el otro lado el de Capricornio, que simboliza el solsticio de invierno.

Además de la línea del sol, también tenía agujeros en el techo para marcar el paso de las estrellas. Dentro de la oscuridad interior de la basílica, las estrellas Polaris, Arcturus y Sirius, eran visibles a través de esos agujeros, incluso en el mediodía brillante.

La construcción y colocación de dichos instrumentos no se debió a un capricho del Papa Clemente XI, a principios del siglo XVIII, como se dijo, sino a las revelaciones de unos papiros que reposan en la Santa Sede. Por tal motivo el Papa encargó al astrónomo y matemático Francesco Bianchini que construyese esa línea meridiana, una especie de reloj de sol, dentro de la basílica. Terminado en 1702, el objetivo principal del reloj era comprobar la exactitud de la reforma del Calendario Gregoriano y lograr una herramienta perfecta que predijese con exactitud matemática la Pascua, o sea la Semana Santa. Se eligió para la construcción de la basílica Las Termas de Diocleciano porque, al igual que otros baños de la Roma antigua, las Termas estaban orientadas hacia el sur y podía recibir sin ningún problema la exposición al sol. El mismo sur hacia donde se dirigían José Pedro, Dark y los dos Elegidos de Dios en Marruecos para alinear el Cuarzo Sagrado a fin de lograr el llamado Triángulo Divino, el de la Santísima Trinidad.

Otro de los motivos por los que se escogieron las Termas obedeció a la altura de sus muros, los cuales estaban sólidamente asentados a través de los siglos en el terreno, asegurando de esa forma que los instrumentos de observación colocados pudiesen ser perfectamente calibrados, lo que permitiría medir con total precisión los progresos del sol durante todo el año. También hubo otro motivo, banal y vanidoso. El Papa escogió el lugar de las Termas de Diocleciano para edificar la basílica porque quería dejar postrado allí un símbolo imperecedero de la victoria del calendario cristiano sobre el calendario pagano anterior.

− ¿Cuánto falta? −preguntó otra vez Filardo.

−Exactamente veintitrés minutos y algunos segundos para las nueve y media −contestó esta vez muy preciso Delamadrid.

−Avísenle a los otros que ya pueden subir −solictó el científico a los tres Elegidos, quienes desde que recobró la conciencia no se apartaban de su lado.

− ¡Corran, que esperan!... Vayan a avisarles a los otros. Tenemos poco tiempo −urgió nervioso Delamadrid al ver que los muchachos no se movían.

−Quédate tranquilo… Ya lo están haciendo −lo calmó el malogrado Filardo, a quien los abultados hematomas habían desfigurado parte de su rostro.

Delamadrid volteó de nuevo hacia los muchachos y vio como Uriel, Irene y Salatiel hacían girar intermitentemente sus ojos. Tal como lo estuvieron haciendo desde que los Pax, la Bertuccelli y Marcella Buti irrumpieron en la basílica. Era su forma de comunicarse. Un modo muy avanzado de telepatía a través de la cual podían sostener largas conversaciones y hasta “hablar” y despertar a los muertos. Eran los predestinados a conducir la humanidad hacia una Tierra Nueva sin odio, maldad o guerras, donde la convivencia humana tendría sólidos e indestructibles cimientos basados en el amor en todas sus espirituales y virtuosas formas.

− ¿Qué hacemos con este bulto? −preguntó Hans señalando a los facinerosos que había amarrado y tirado boca abajo en el frió piso.

−Déjalos ahí… No molestarán −indicó Delamadrid caminado hacia donde se había ubicado el doctor Filardo.

De pronto, niños y jóvenes de diferentes edades y razas comenzaron a salir de todos los recovecos de la gran basílica y caminaron en silencio hasta la abertura del reloj solar, donde estaba el grupo reunido. Los había blancos, negros, asiáticos e indios. Niñas que todavía estaban en edades infantiles y hermosas jovencitas como Irene. Muchachos apuestos y fuertes como Simón y rubias como Débora. Aunque eran todos y todas muy diferentes unos de otros, en todos ellos había un denominador común: la paz que reflejaban en sus miradas y un tenue fulgor, casi imperceptible, que emitían cuando caminaban por sitios oscuros. De ahí, además de la cruz lumínica descubierta en sus cromosomas X, provenía la denominación de Niños Luz, definición que luego el doctor Filardo abrevió con la palabra Nion, por ser más práctica para sus anotaciones científicas.

Pero esa era sólo una forma primaria de diferenciarlos de los niños comunes, porque aunque vestían, jugaban y se comportaban como niños y jóvenes cualquiera, entre ellos no existía distinción alguna, solo eran Elegidos. Los Elegidos de Dios anunciados a través de milenios en citas bíblicas, papiros y escritos milenarios provenientes de los cuatro puntos cardinales del mundo y en todas las leguas antiguas existentes. Además, todos ellos, sin excepción, tenían en su costado derecho el profético tatuaje que los identificaba como Elegidos de Dios, portadores del Ichthys, el pez, cuyo significado es Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Salvador y en su interior la inscripción en arameo que decía Con la marca del pez en su cuerpo nacerán Los Elegidos de Dios y de su parte posterior penderá una cola.

En cuestión de segundos cientos de Elegidos, salidos de los rincones más insólitos de la monumental edificación religiosa, se dirigían en silencio hacia donde estaba el doctor Filardo y el resto del grupo. Una áurea que se desprendía desde lo alto del techo de la basílica donde los hermosos frescos allí pintados parecían cobrar vida, iluminaba sus espaldas mientras caminaban hacia la nave central.


30

Después de alejar del peligro a Santiago, el hermoso caballo alado y su sagrado jinete regresaron a toda velocidad desde el infinito.

Abajo, Las Carrozas de la Oscuridad se habían reagrupado y ahora iban por Juan Diego y Luis Rafael, cuyos cuerpos se estremecían como diminutas pajas al soplo del viento. Seguían arrodillados y con los ojos cerrados.

Era tanto el temblor de sus manos, que a Juan Diego se le cayó dos veces la Biblia al suelo. Le intranquilizaban el olor a azufre y los aullidos diabólicos, los cuales con cada segundo que pasaba se escuchaban más cerca. Aunque no había calor, sino nubes de muerte tan negras como el miedo, comenzó a transpirar copiosamente. Los latidos de su corazón eran tan sonoros y fuertes que se confundían con el rechinar de los dientes de Luis Rafael. Estaba desesperado y aterrorizado a la vez, igual que su amigo.

De pronto se dejó llevar por la tentación de mirar hacia arriba. Su instinto de conservación era más fuerte que la advertencia de Santiago. Quería cerciorarse cuán cerca estaban los seres vestidos de terror. Se tapó los ojos con una de las manos y miró entre la rendija de sus dedos. Espantado los volvió a cerrar. Aferró la Biblia con ambas manos, la puso como escudo frente a su rostro y volvió a buscar la página que no pudo hallar momentos antes.

Al fin, las líneas que con tanta angustia necesitaba para su consuelo y protección, se presentaron como luz divina ante sus ojos. Era el Salmo 91. Marcó la página con la estampita de la Virgen de Coromoto y dándole un codazo a Luis Rafael para que repitiese junto a él, comenzó a leerlo en voz alta, auque el infernal pandemonium que hacían las carrozas amortiguaban su plegaria.

−El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo las sombras del Omnipotente. Diré yo al Señor: Esperanza mía y castillo mío. Mi Dios, en quien confiaré. Él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora −leyó con fervor salpicado de espanto.

De tanto en tanto Luis Rafael recibía un codazo para que levantara la voz porque sus palabras casi no se escuchaban.

−Con sus plumas te cubrirá y debajo de sus alas estarás seguro. Escudo y adarga es su verdad.

Juan Diego no había terminado de leer la frase, cuando en un arrebato Santiago, jineteando el celestial caballo alado, pasó como saeta al lado de la carroza de muerte que estaba más próxima a ellos y de certeros sablazos cortó las cabezas de las bestias que la tiraban. Los pestilentes engendros del demonio lanzaron terroríficos alaridos mientras las nubes negras donde cabalgaban reabsorbían sus cuerpos mutilados para regresarlos al infierno del que habían salido.

La lucha continuó en todo su sangriento fragor. Juan Diego no cesaba de leer el alentador Salmo, cuyas palabras parecían extraídas de la propia batalla que estaba aconteciendo en las alturas.

−No temerás el terror nocturno ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya. Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra, más a ti no llegará −continuó con Luis Rafael ahora más animado, sacando de lo hondo de su pecho y corazón una voz nítida, enérgica y plena de fe.

Las bestias y sus carrozas parecían triplicarse, pero Santiago y su alado caballo semejaban miles en uno por su velocidad y eficacia. Los roñosos y torpes seres del mal estaban confundidos. Iban cayendo uno por uno mientras regresaban a ser pastos de las llamas infernales donde purgarían por los siglos de los siglos todos sus pecados y maldad.

−Ciertamente con tus ojos mirarás y verás la recompensa de los impíos. Porque has puesto al Señor, que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación, no te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada. Pues a sus ángeles mandará cerca de ti, que te guarden en todo tu camino.

Juan Diego no había terminado de decir a sus ángeles mandará, cuando Santiago pasó en vuelo fugaz sobre sus cabezas. Instintivamente los dos hombres dirigieron la vista al cielo y vieron el vertiginoso paso de su ángel amigo, quien los observaba con una sonrisa en los labios. Alentados por su valor, permanecieron orando arrodillados sobre las punzantes rocas volcánicas.

−En las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra. Sobre el león y el áspid pisarás, hollarás al cachorro del león y al dragón −siguieron con más vigor mientras le devolvían la sonrisa a Santiago.

La batalla estaba por concluir. Cabezas pestilentes que de momento parecían descolgarse de las nubes para caer en la inmensa sabana que había a más de dos mil metros montaña abajo y perderse entre su extensa vegetación, despavoridas corrían de regreso a sus diabólicas madrigueras del inframundo. Semejaban horribles bolas de excremento mientras se introducían en un hueco que emanaba lava y polvo. Casi todas las bestias y sus monturas de ultratumba fueron abatidas por Santiago y su caballo alado. La derrota del maligno había sido consumada. Algunas de Las Carrozas de la Oscuridad, iban en desbocadas hacia la oscuridad que las había parido.

−Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré, le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. Me invocará y yo le responderé. Con él estaré yo en la angustia. Lo libraré y le glorificaré. Lo saciaré de larga vida y le mostraré mi salvación −concluían dichosos Juan Diego y Luis Rafael la lectura del Salmo 91 creyendo que todo había terminado y que al fin estaban a salvo.

Los dos se pusieron de pie.

Mientras Juan Diego cerraba la Biblia y volvía a colocar como señal la estampita de la Virgen de Coromoto en la página que momentos antes abrió, una diabólica carcajada estremeció los cimientos del universo. El caballo con alas de ángel relinchó e irguió en sus dos patas traseras. Santiago levantó la espada del Espíritu Santo, el de la verdad y de la justicia, y comenzó a buscar con sus ojos la procedencia de aquel horrible eco.

Sabía que al derrotar a sus pestilentes lacayos había despertado la ira del Rey de los Infiernos, al Satanás de la morada del mal, al Lucifer de los cuernos teñidos de muerte, quien subía de las moradas del averno para tomar venganza de su propia mano maldita.

El valiente Santiago, el Elegido de Dios para conducir a la humanidad hacia la Tierra Nueva, donde la paz, el amor, la compresión y el perdón serán los cimientos espirituales de los nuevos hombres, no se inmutó.

Sabía que la batalla contra el maligno sería difícil y mortal, pero el entregaría, por amor a Dios y por salvación de los hombres de buena fe, todo su coraje y astucia divina para vencerlo y regresarlo al inframundo donde pertenecía.



31

El grupo de Pax pasó muy cerca del montículo donde se atrincheraron Dark y los otros. Siquiera osaron respirar cuando los bandoleros marchaban despacio y muy callados a escasos centímetros de ellos. Milagrosamente siguieron de largo sin haberlos visto.

Algunos llevaban pistolas de alta potencia, otros metralletas de corto alcance, pero muy letales. Fueron segundos interminables. Dark tenía en la mira a los de las metralletas. De haber sido descubiertos serían los primeros que recibirían las mortales 5.56 mm. José Pedro estaba más pendiente de proteger el Cuarzo Sagrado que del arma que tenía en las manos. Siquiera la apuntaba a nadie. Dark posó ligeramente el índice en uno de sus ojos y le indicó hacia adelante, por donde circulaban los desalmados asesinos. El joven arqueólogo entendió la señal y dirigió el cañón del arma hacia ellos.

El croar de una rana peregrina alertó a los dos últimos Pax. Suspicaces retrocedieron y comenzaron a buscar entre los arbustos cercanos la procedencia del extraño sonido. Casi a los pies de uno de ellos la rana volvió a croar y de un largo salto se alejó del lugar. Bajando el arma que tenía a tiro, el más alto y robusto de los Pax con un movimiento de cabeza le indicó a su compañero de seguir adelante. Poco a pocos todos los mercenarios se fueron adentrando en la oscuridad hasta que sus sombras se desvanecieron.

Débora y Simón fueron los primeros en moverse de su guarida. Después lo hizo Dark y por último José Pedro. Sin pronunciar palabra, el ex veterano de Afganistán apuntó con su mano hacia el sur y comenzó a avanzar. Callados, los demás lo siguieron.

José Pedro volvió a abrocharse la cintura delantera de la mochila, la cual había aflojado a fin de tener más elasticidad de movimientos en caso de algún percance, y siguió al grupo. Del apuro dejó la metralleta recostada de un montículo. Dark se dio cuenta y con un gestó le indicó que volviese por ella. El arqueólogo regresó casi de puntillas, recogió el arma y se reunió con sus compañeros.

La noche había sido su aliada. Aunque su seguridad también dependió de Débora y Simón, porque de existir peligro, lo habrían manifestado. Por eso Dark no hizo ningún disparo cuando los dos hombres retrocedieron al escuchar la rana.

De los otros cuatro no supieron nada. Quizás el Pax que comandaba la operación los envió a cuidar algunos de los flancos contrarios por si algunos de ellos se les escapaban. Pero las cosas ocurrieron de diferente manera. Sus cálculos operativos fallaron y los viajeros comandados por Dark estaban a salvo.

El veterano ex capitán de asalto sacó al pequeño grupo de la carretera asfaltada y lo condujo por un camino lleno de arbustos y piedras. Era un poco pesado, pero seguro. Así evitarían ser rastreados, tal como ocurrió cuando marchaban a campo traviesa.

Todos iban callados y con una sólo idea en sus cerebros. Alinear el cuarzo a la hora indicada sin importar consecuencias o peligros, aunque tratarían de evitarlos. En el infinito cielo Sirius brillaba más que nunca.

Según una antigua leyenda, aquella estrella que ahora José Pedro, Dark, Simón y Débora tenían ante sus ojos, fue elegida en los primeros siglos por una tribu africana conocida como Los Hombres Estrellas de Dogon como símbolo de su festival religioso, el cual celebraban cuando Sirius completaba su rotación sobre Sirius, El cachorro, su estrella hija, acontecimiento estelar que para ellos sucedía cada sesenta años. La rotación, según los aborígenes, aumentaba las esperanzas de vida de los miembros de la tribu en más de quince años. Pero eso no tendría la más mínima importancia si la estrella fuese conocida por todos en la antigüedad, pero no era así. Era totalmente desconocida. ¿Cómo supieron los aborígenes de aquella tribu perdida en el corazón de África sobre la existencia de Sirius y su Cachorro si en esa remota época no existían telescopios ni otros métodos de observación más que los ojos?

Un verdadero misterio, porque Sirius fue descubierta por mera casualidad en 1862 mientras se probaba los alcances de un telescopio y no fue sino hasta el siglo XX que se pudo calcular el tiempo de rotación sobre su Cachorro en cincuenta y cuatro punto seis años. Otras mediciones más recientes dicen que su rotación dura cincuenta años cero nueve. ¿Quién tendrá razón? Eso poca importancia tiene. Lo realmente asombroso sería saber ¿Cómo calcularon su periodo casi exacto de rotación la tribu africana? ¿Cuál de todas las mediciones será la exacta: la de los ancestrales aborígenes o las actuales? Leyendas afirman que los antepasados de los Dogon llegaron a la Tierra provenientes de la estrella Sirius. ¿Podría ser esto posible? ¿Con cuál lógica humana se negaría?

− ¡Allí!… Allí hay una colina bastante elevada. Vayamos allá −exhortó José Pedro señalando un sitio que no debía tener más de trescientos metros de altitud.

−Si te parece adecuada iremos −aprobó Dark y dirigiéndose a Débora preguntó−: ¿Lo crees seguro?

−Por ahora sí −contestó confiada−. Sólo algunas cabras andan por los matorrales cercanos, pero nada más –recalcó inequívoca.

− ¿Y tú Simón?

−Estoy de acuerdo con Débora. Subamos. La hora se acerca.

Para Dark las palabras de los dos Elegidos era aval más que suficiente para remontar la colina, aunque su instinto de cazador y guerrero lo hacían estar alerta. Nunca bajaba la guardia. Comenzaron a subir en fila india con él al frente seguido por Débora y Simón. José Pedro se quedó en la retaguardia porque era la otra persona del grupo que tenía un arma.

Les tomó pocos minutos estar en la cima. Dark comenzó a orientarse con la brújula para establecer exactamente el sur. Simón y Débora se sentaron en el suelo muy callados y se pusieron a mirar el cielo. Tenían a Sirius a un costado de la bóveda celeste. Esa noche estaba tan inmaculada que parecía una perla perdida en el cielo de aquel remoto paraje del Gran Atlas. La miraban con devoción.

Con una rodilla en tierra, José Pedro hurgaba en el fondo del morral para sacar el cuarzo, el cual había envuelto en un grueso paño para protegerlo de golpes y raspaduras. Mientras lo hacia se percató de la placida y devota forma como los dos jóvenes dirigían sus ojos al cielo. Él hizo lo mismo. Se quedó unos instantes admirando a Sirius, luego se hizo la señal de la cruz y volvió a sus labores.

Ni un ruido en los alrededores. Sólo grillos y algunas ranas, pero nada más. Con el hermoso cuarzo en sus manos José Pedro volvió a leer Sólo a la luz de Sirius podrán leer lo no leído.

La inscripción del Cuarzo de María Magdalena se refería a la estrella Sirio o Sirius, que es el nombre de la estrella Alfa Canis Majors, la más brillante del cielo nocturno vista desde la Tierra. Está situada en la constelación del hemisferio celeste Sur Canis Majors, El Can Mayor, y es una estrella blanca del tipo espectral y su color va desde el azul hasta el verde amarillento. Sirius, llamada también estrella perro por la constelación a la que pertenece, en el Egipto de los faraones era utilizada para medir y saber con exactitud la temporada de inundaciones del Nilo.

−Lo tengo… El sur es hacia allá –dijo el veterano guerrero, quien estaba parado de espaldas en la punta de la colina y señalando un punto en la oscuridad− y el Tabor también debe estar ahí −afirmó con precisión.

− ¿Qué extraño? –contestó José Pedro.

−Porqué dices que es extraño −preguntó todavía de espaldas al grupo y con la brújula sobre la palma de su mano.

−La luz de Sirius también apunta hacia donde indicaste.

−Es la voluntad de Dios −expresó con su dulce y angelical voz Débora.

−La hora… Necesito la hora precisa −requirió inquieto José Pedro.

−Son las siete y…

−Vienen personas hacia arriba −interrumpió Simón con un leve susurro al oído de Dark cuando estaba por decir la hora −y son hombres muy malos.

Tras la advertencia del Elegido, el ex combatiente de Afganistán puso a punto su arma y les pidió que se echasen al suelo, boca abajo. Luego indicó la posición que debían tomar cada uno de ellos. Tenerlos a todos juntos en forma de racimo hubiese sido blanco fácil en aquel pequeño espacio de la cima de la colina. Lo mejor era dispersarlos y eso hizo. De esa forma también confundirían a sus atacantes haciéndoles creer que eran más de los que creían. Además, jamás se imaginarían que Débora y Simón eran Elegidos y no usaban ningún tipo de armas y que cuando utilizan su cuerpo o puños para defenderse jamás herían de gravedad a sus contrincantes. Tampoco podrían sospechar que José Pedro, aunque tenía una ametralladora en las manos, no sabía disparar.

− ¿Por qué lado vienen? − preguntó Dark.

−Son cuatro y suben en cono… Por separado −señaló Débora suave, como si estuviese hablando para sus adentros.

−No dispares hasta que yo te lo pida. Trataré de controlar la situación yo solo −le pidió el veterano ex capitán a José Pedro luego de arrastrase hasta su posición.

Al escuchar la confirmación del arqueólogo regresó donde estaba y apuntó su arma hacia la oscuridad.



32

Santa María degli Angeli e dei Martiri parecía un monasterio inmerso en oración profunda y sagrada. En el más absoluto silencio seguían llegando Elegidos de remotos lugares de la misma basílica, la cual había sido creada para fungir de iglesia y convento al mismo tiempo.

Los blancos rizos de la abundante cabellera del doctor Filardo parecían rulos plateados de querubines. Su grasiento rostro blanco, pese a los moretones, brillaba al vaivén de la lumbre de los cirios pascuales de todos los tamaños y grosores alineados a lo largo de la amplia basílica. El espigado Delamadrid permanecía a su lado, muy callado. Del otro Hans, quien de cuando en cuando se acomodaba sus dorados y pequeñas gafas circulares. Algo parecía molestarle en la visión. De momento se los quitó y limpió con un arrugado pañuelo que llevaba en uno de los bolsillos. Irene, Uriel y Salatiel estaban junto a ellos. El silencio era sepulcral. Todas las miradas apuntaban hacia el hueco del reloj solar.

– ¿Qué hora es? −preguntó suave Filardo a un Delamadrid que estaba extasiado viendo a todas esas personas, en su gran mayoría niños, de ambos sexos y diferentes edades, crear un semicírculo alrededor de ellos a medida que iban arribando.

−Las nueve y cuarto… Faltan quince minutos y… −contestó acercándose al oído de Filardo, pero un sordo chirrido no lo dejó concluir.

La puerta principal de la basílica de pronto se abrió de par en par y una inmensa sombra se proyectó sobre el pasillo central. Los cientos de niños y jóvenes Elegidos, así como los profesores, voltearon mientras veían acercarse una tenebrosa figura humana entre las sombras. A medida que avanzaba se iba haciendo cada vez más pequeña y menos tétrica. En ninguno de los rostros presentes había un dejo de alarma. Parecían saber quién era y su presencia no revestía temor alguno. Al estar un poco más cerca, las facciones de aquel ser de semblante alargado y blanco, como su brillante pelo negro lleno de vida y corpulento cuerpo, comenzaba a tomar forma.

−Llegas tarde −reprendió el doctor Filardo rompiendo el silencio.

− ¡Al fin llegué! −contestó el recién llegado con una complaciente sonrisa en los labios.

Ahora podía verse en toda su verdadera magnitud. Su apretada sotana negra lo hacía inconfundible entre todos los sacerdotes conocidos por Filardo. Era fray Benítez, la “mano derecha” del cardenal Francisco de Ribera y Mondariz, primado de Pontevedra, Arosa y Vigo, quien había viaja desde España para estar junto a todos ellos ese día tan especial y único para la humanidad. El fraile conocía desde hace tiempo a Aristócrates Filardo y sus estudios, los cuales compartía, tanto desde el punto de vista científico como espiritual. Creía con fe ciega en los descubrimientos de José Pedro, Delamadrid y Divor Klaus y sabía que una revelación estaba por ocurrir para bien del mundo. Tenía más de dos años trabajando con la Cofradía del Omne verum, con cuyos métodos comulgaba, no así con los de la Iglesia que el tanto amaba pero que lamentablemente había torcido el rumbo de la cristiandad. A la Cofradía le filtraba información de relevante importancia. Más que todo de los pasos y abusos del nuevo Inquisidor del Milenio, el cardenal Francisco Ribera y Mondariz, cuyos métodos disuasivos, manejo de bandas de mercenarios y delincuentes, como los Dei Pax, y torturas psicológicas eran ampliamente conocidas en sectores muy altos de la Iglesia.



Los cuatro desconocidos que iban tras el pellejo de Dark y su grupo remontaron sin fatiga la pequeña colina. Al llegar se consiguieron con una mayúscula sorpresa. En la cima no había nadie. Volvieron a hacer un rápido reconocimiento con la vista y nada. Los hombres por los que iban parecían haber desaparecido. Sin embargo estaba allí.

Como era virtualmente imposible escapar de las tenazas de sus acechadores porque subían el cerro en forma de cono, Dark recubrió a sus amigos con pequeñas ramas y restrojos secos. El camuflaje era perfecto y la noche otra vez su aliada. Hasta Sirius estaba de su parte porque el brillo de la estrella iluminaba hacia el sur, hacia Jerusalén y el Tabor, y no hacia donde estaban ellos.

Después de asegurarse de que todos estaban bien disimulados, el veterano guerrero se echó al suelo. Se acomodó la gorra de béisbol con la visera hacia atrás y con ambas manos se tiró algunas pajas y rastrojos sobre piernas y espalda, tomó la 5.56 mm que había apoyado en el suelo y la apunto hacia donde el ruido de pisadas era más fuertes.

El primero en asomarse fue un flaco desgarbado, de larga y sucia barba. Luego otros dos barbudos de mediana estatura, tan sucios y harapientos como el primero. Por último lo hizo un gordo alto y bastante obeso, también de barba y con un turbante musulmán sobre la cabeza. Todos llevaban en sus manos una mortífera AK47 con cargador cuervo de chivo, el rifle de asalto ruso de cuarenta disparos considerado una de las armas más letales del mundo. Aunque estaban acostumbrados a la oscuridad, al primer paso de sus ojos no vieron a nadie. Quedaron sorprendidos. No había nadie en la cima de la colina. “¡Qué extraño!”, sin duda se habrían dicho, ya que los estuvieron rastreando con unos potentes prismáticos de visión nocturna desde que iniciaron el ascenso.

Un ligero movimiento reflejo de la pierna de José Pedro, a quien se le había metido una araña por dentro de la bota del pantalón, los alertó. Los cuatro levantaron sus armas con la intención de disparar al montículo que se movía, pero más rápido fue Dark, quien los enfrió a todos en un instante.

Los muy imbéciles rufianes se habían apiñado unos con otros al llegar a la cima. Ese fue su error mortal. Ahora ya no podrían corregirlo porque el veterano ex capitán de asalto de Afganistán los mandó a todos a pudrirse en el infierno. Sólo uno de ellos logró accionar su AK al aire mientras caía hacia atrás mortalmente herido. Los otros tres siquiera hicieron un disparo con su 7. 62 mm.

−Disculpa, Dark −afirmó el joven arqueólogo mientras se levantaba del suelo sacudiendo frenéticamente una de sus piernas y con las manos batía el pantalón para que el arácnido saliese de donde se había metido−. No pude evitarlo −aseguró al momento que bajo la suela de sus zapatos convertía en tortilla al importuno e inofensivo bicho.

Débora y Simón también dejaron su posición y corrieron hacia donde cayeron abatidos los bandidos de montaña. Buscaban socorrerle si aún estaban con vida. Débora examinó al primero y nada. Estaba bien muerto. Simón hacía lo mismo con los otros. Al chequear al último, Débora se percató que aún respiraba. Era el flacuchento de larga y apestosa barba. No debía pasar de los treinta años, pero parecía tener sesenta debido a la gran cantidad de arrugas en su curtido y descuidado rostro. Su pulso era débil, pero aún estaba con vida.

− ¡Simón! −apremió la joven Elegida−. Crees que podamos hacer algo −preguntó al tenerlo cerca.

Simón se inclinó junto al moribundo y tomó una de sus manos.

−Creo que no –manifestó su compañero mientras le chequeaba el pulso–. Se está apagando.

Al percibir manos sobre su cuerpo el hombre abrió los ojos y trató de mover los labios. Buscaba decir algo. Con sus dos manos Débora le levantó la cabeza del suelo. Simón seguía con sus dedos en alicate sobre la vena del pulso, el cual era cada vez más lento. El hombre se iba y no había nada que hacer. No tenían con qué auxiliarlo y los Elegidos sólo pueden curarse a ellos mismos.

Dark terminó de hacer una pequeña inspección y fue a reunirse con ellos. De pie, al lado de los Elegidos, José Pedro curioso examinaba sus movimientos. Trataba de entender porqué lo hacían. Porqué querían salvar a aquel hombre que de haber tenido oportunidad los hubiesen asesinado a sangre fría y sin ningún remordimiento.

El moribundo pronunció unas palabras en árabe, pero Débora no logró entenderlas. Acercó su oído a la boca sangrante del barbudo por si volvía a hablar. Así se quedó hasta que repitió lo mismo que había dicho segundos antes. Luego, en un acto de piadosa misericordia, la joven Elegida marcó con la propia sangre del bandolero una cruz en su frente.

−Serás juzgado entre los muertos y en nombre de Dios yo te absuelvo −pronunció mientras le hacia el signo de la cruz y el hombre se dejaba ir en paz.

− ¿Le entendiste?… ¿Qué dijo? −preguntó curioso José Pedro, quien había dejado tirada su arma cerca de donde aplastó a la araña.

− Me arrepiento… ¡Qué Dios perdone mis pecados! −dijo en bereber−. Lo absolví porque había verdadera expiación en sus palabras de moribundo.

−La hora está por llegar. Vuelve a sacar el cuarzo −informó Dark.

− ¿Qué hora es? −preguntó todavía ensimismado José Pedro.

−Siete y veinte en punto –respondió el veterano guerrero acomodándose otra vez la gorra con la visera hacia delante y colgándose la ametralladora del hombro.



Monseñor Pellegrino y el cardenal Ribera seguían enfrascados en estériles discusiones. Ambos prelados era viejos zorros y duros competidores. Pese a que su trato parecía amigable, no eran para nada amigos. Cuando estaban uno frente al otro mantenían una discreta hipocresía, pero en realidad se odiaban. Pellegrino sabía que Ribera hacía todos los trabajo sucios y rudos a fin de ganar simpatías entre la alta jerarquía eclesiástica para que cuando él muriese quedarse a cargo de los Servicios Secretos Vaticanos. Sabía que en lo más profundo y hasta en sueños le deseaba la muerte para tener bajo su mando la SSV, siglas con las cuales eran conocida entre sus miembro la agencia de espionaje de la Santa Sede. Lo que no sabía Ribera era que Pellegrino estaba al tanto de sus intrigas y aspiraciones y que hace un par de años, exactamente cuando cumplió los setenta, había elegido su sucesor en caso de que falleciese repentinamente. Las autoridades del Vaticano habían aprobado la elección y, lo más importante, tenía el beneplácito de Sumo Pontífice. Tampoco Ribera sabía que Pellegrino manejaba informes en los cuales se le involucraba en una conspiración para envenenarlo durante una cena dada por la curia Toscana en el Palazzo Pitti de Florencia, a la cual ambos habían sido invitados. En aquella oportunidad un Dei Pax que formaba parte de la conspiración resultó muerto por la custodia de Pellegrino. De aquella muerte no se habló nada. Siquiera una nota salió publicada en los periódicos italianos. Tampoco hubo investigación policial. El monseñor y los agentes del SSV se encargaron de silenciarlo todo. Tan fue así, que ni los asistentes a la cena, entre quienes se encontraban autoridades gubernamentales locales y empresarios de la zona, se enteraron del suceso.

−Faltan apenas diez minutos y tu “hombre de confianza” no ha vuelto a llamar… ¿Qué está pasando con tu organización Ribera? −preguntó con socarrona mala intención Pellegrino mientras se pasaba distraídamente la mano por su pelada cabeza.

−No lo sé… Es raro. Fray Benítez nunca me ha fallado.

−Siempre hay una primera vez cardenal… ¡Siempre! −respondió incisivo el sagaz monseñor.

−Estoy totalmente de acuerdo contigo. Por cierto, qué ocurrió con tus infalibles mujeres. Hace tiempo que no te veo recibir una llamada de ellas −precisó también en tono áspero y picante−. Te he visto remarcar cien veces el celular que llevas en la mano pero nada que te contestan.

− ¡Bah!... Asunto de las líneas… Mala recepción y nada más… Llamaré directamente a la central de la basílica y verás.

− ¡Hágalo!… Puede ser una solución −contestó Ribera con una sardónica risita.

Pellegrino tomó el teléfono de la pequeña centralilla de su oficina y marcó el código de una extensión interna.

−Déme el numero de Santa Maria degli Angeli −solicitó descortésmente, sin siquiera saludar y pronunciar el consabido “por favor”.

−Dígamelo que lo marcaré desde el mío −expresó Ribera con su celular en la mano a fin de pulsar los números a medida que se los indicase.

−Un momento… Repítalos lentamente −pidió Pellegrino a la centralista−. 488.0812 –pronunció pausado para que Ribera tuviese oportunidad de marcarlos−. No, el fax no lo necesito −señaló y trancó.

−Tampoco contesta nadie… En la basílica no toman el teléfono refirió el cardenal−. A lo mejor las damas se fueron de compras… ¿Por qué no pones otra vez La Traviata? −sentenció a fin de exasperar a Pellegrino y vengarse de la afrenta que recibió cuando el viejo monseñor se refirió a fray Benítez en forma punzante.


33

Juan Diego abrazó con fuerza la Biblia y miró al cielo en busca del origen del eco diabólico. Luis Rafael, instintivamente y con el rostro pincelado de desaliento, cayó de rodillas.

En el lomo del caballo alado Santiago galopaba entre las nubes. Estaba a la espera. Había ubicado el lugar de donde surgía la diabólica risa. Provenía de un hueco negro más negro que las tinieblas, las cuales se iban agrandando y esparciendo por todo el infinito. El angelical caballo, que parecía estar dotado de razón y discernimiento, también lo había encontrado.

A medida que los segundos pasaban la estridente risa se iba escuchando cada vez más cerca y aquel pequeño hueco, hasta hace poco insignificante, se transformaba en morada diabólica.

Juan Diego volvió a abrir la Biblia. Pasaba las páginas del libro sagrado disparadamente, sin saber qué leer o dónde encontrar lo que debería leer. El devoto Místico, que siempre supo enfrentar las situaciones más desastrosas con decisión y temple, estaba desconcertado ante el diabólico espectro con cara de hombre-bestia que comenzaba a materializarse en el oscuro cielo teñido de cenizas.

− ¡Levántate, oh Señor, en tu ira! Álzate contra la furia de mis angustiadores y despierta en favor mío el juicio que mandaste −logró leer a duras penas mientras el cielo ahora se teñía de un rojo incandescente moteado de negro.

Esta vez Luis Rafael siquiera abrió la boca. Sus labios temblaban de tal manera que parecía estar orando para sus adentros, sin embargo no era así. El pánico lo había dominado.

−Me paré sobre la arena del mar y vi subir del mar una bestia que tenía siete cabezas y diez cuernos y en sus cuernos diez diademas y sobre sus cabezas un nombre blasfemo −manifestó con etérea voz Santiago mientras levantaba su brazo izquierdo enseñando el poder de su espada.

Después de la invocación del joven Elegido de Dios con alas de ángel y vestido con la reluciente armadura del Espíritu Santo, una carroza construida con burbujeantes cerebros humanos surgió de lo más negro del universo.

Avanzaba lenta sobre un turbulento río de lava mientras a su paso salpicaba afiladas flechas de fuego. Cabezas humanas desgarradas de dolor e ira y reptiles repugnantes iban cayendo del carruaje diabólico mientras rodaba sobre la incandescente materia. Arrastrada por seis grandes y monstruosos vampiros con aspectos de hienas que reían de dolor y placer con cada latigazo del demonio, la carroza parecía tener vida propia.

Al ser arriadas al compás del coro mortal que entonaban horribles y diminutas criaturas que Satán tenía posadas sobre su cabeza, las bestias transformaban sus risas en espantosos chillidos cadavéricos. El maligno parecía entrar en éxtasis cuando fustigaba a los monstruos con su largo látigo de fuego. La punta del cordel satánico terminaba en afilados siete lazos de los que pendían pequeños tridentes. En perversa procesión, un inmundo ejército diabólico seguía la carroza del Príncipe de las Tinieblas.

−Y la bestia que vi era semejante a un leopardo, y sus pies como de oso y su boca como boca de león: Y el dragón le dio su poder y su trono y grande autoridad −recitaba Santiago mientras con su espada apuntada al cuerpo del maligno cabalgaba hacia la batalla.

El corazón de Satanás se traslucía entre su piel de roja lava incandescente. Era grande y amorfo como su maldad. A medida que Santiago y su caballo alado se le acercaban, le latía con furia y su sonido semejaba a un tambor de cuero cimbrado en el odio y la perversión.

−Vi una de sus cabezas como herida de muerte, pero su herida mortal fue sanada y se maravilló toda la tierra en pos de la bestia y adoraron al dragón que había dado autoridad a la bestia −vaticinó Santiago luego que de certero sablazo cortó la cabeza de Satán y esta volvió a renacer de su cuerpo.

Su risa fue aún más endemoniada después de recibir el primer golpe. A cientos de metros de distancia se podía oler su pestilente aliento salpicado de mugre y azufre ensangrentado mientras abría la boca en expresión de ira y de dolor. Santiago lo tenía a raya y evitaba que avanzara hacia el profundo barranco donde estaba La Vera Cruz, La Cruz de la Crucifixión de Cristo.

−Y adoraron a la bestia todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo. Si alguno tiene oído que oiga −sentenció mientras de otro certero golpe la cabeza del demonio volvió a rodar cerca de la ruedas del carruaje.

Y otra vez su cabeza renació de entre su diabólico y deforme cuerpo.

− ¡Maldigo a tú Dios y te maldigo a ti! −exclamó la bestia−. Serás mío en el infinito y juntos dormiremos en las eternas llamas −manifestó fingiendo una voz tierna, como de querubín inmaculado.

−Si alguno lleva en cautividad, va en cautividad. Si alguno mata a espada a espada debe ser muerto. Aquí está la paciencia y la fe de los santos −afirmó Santiago mientras pasaba otra vez en el lomo de su blanco caballo, que ahora había desplegado alas de ángel para ser más veloz y darle muerte a la bestia y regresarla al averno de donde había surgido.

− ¡Padre!... ¡Padre!... ¿Por qué me has abandonado? −suplicó el venido de las tinieblas poniendo voz de Cordero.

−Pelearán contra el Cordero y el Cordero los vencerá, porque él es el Señor de señores y Rey de los reyes y los que están con el son llamados y elegidos y fieles y yo entre ellos porque tengo la espada del Espíritu Santo −respondió el joven Elegido sin caer en la trampa que le había tendido Satán.

Santiago y el angelical caballo tenían desconcertado al demonio, quien no lograba adivinar de dónde y cuándo lo atacarían. Sólo al tenerlo encima de su endemoniada figura se percataba de los movimientos del ángel, pero ya era tarde y su cabeza volvía a rodar a los pies de sus huestes diabólicas. Seis veces ya la había cortado Santiago y esta había vuelto a renacer. Sólo faltaba una, para que el maligno cayese derrotado bajo su espada, porque siete veces, como nombres malignos tiene, debía ser cortada su cabeza para que no volviese a aparecer hasta los próximos mil años.

−Después vi otra bestia que subía de la tierra y tenía dos cuernos semejantes a los del cordero, pero hablaba como dragón… −sentenció Santiago mirando fijamente a Lucifer en sus demoníacos ojos, quien también tenía la vista fija con sus pupilas rojas sedientas de muerte en aquel ángel blanco y delgado.

−Yo soy el mundo y la vida soy yo… Soy la reencarnación del mal. No hay bien sin el mal y yo soy el mal… La Cruz del Destino será mía −decretó Satán con voz de ultratumba y despidiendo de su boca llamas de azufre.

−Y todos adoraron a la bestia, cuya herida mortal fue sanada y ordenó que a todos se les pusiese una marca en la mano derecha o en la frente. Pero yo acabaré con el 666. Por seis veces he cortado su cabeza y sólo falta una para regresarla al pestilente infierno de donde salió −afirmó cuando volvió a pasar con su caballo alado sobre la inmunda figura para asestarle el séptimo y último sablazo a la cabeza.

Esta vez pasó tan cerca, que el pútrido aliento del diablo lo aturdió por instantes, cosa que aprovechó el maligno para esquivarlo y herirlo con su mortal y envenenado tenedor diabólico.

Al sentir las filosas puntas del tridente entrar en su cuerpo, Santiago se reclinó sobre el lomo de su angelical caballo, quien relinchó de dolor como si la herida hubiese penetrado también el suyo.

Sangraba profusamente por el costado derecho. La herida parecía ser grave. Si el Tridente Maldito había tocado algún órgano vital sería su fin. Su irremediable muerte, porque los Elegidos de Dios nombrados Venerados del Milenio, únicamente morían bajo la mano del demonio. No perecería como cualquier otro mortal o Elegido, sino que su cuerpo poco a poco comenzaría a desintegrarse y convertirse en un polvo muy fino, tanto que todo podía caber en el puño de una mano.

− ¡Polvo eres y en polvo te convertirás! gruño ahora henchido de placer diabólico Lucifer, el Rey de los Abismos y la Maldad.

En el rictus de Santiago estaba escrito todo el inmenso dolor que debía sentir. La sangre había traspasado su reluciente armadura y lenta se colaba por la pequeña rendija que une el peto con la parte de la espalda. Como pudo, el joven ángel elevó su rostro al cielo y dejó perder por instantes su mirada en el espacio. El Diablo observaba y reía a los acordes de los terroríficos relinchos de las bestias que halaban su carroza. Todos los súbditos de Satán golpeaban fuertemente con sus pies aquellas nubes de ébano y sangre convertidas en tan sólidas como el acero. Las fuerzas del mal parecían haberse adueñado del universo. El infinito retumbaba.

El devoto Juan Diego no cesaba de orar y Luis Rafael de temblar. Cuando se creyó que todo había sido consumado. Que el mal había triunfado sobre el bien, se escucharon truenos en el extenso universo. Pero otro tipo de truenos, muy diferentes a los que se oían cuando Satán subió de los infiernos. No se percibía maldad ni nada endiablado en aquel ruido. Más bien se apreciaba dócil y obediente.

Pronto cientos de caballos revestidos de piedra comenzaron a surcar el espacio y como dardos de vida y justicia divina se abalanzaron con furia sobre el maligno y sus huestes. Una estrella dejaba caer sus lágrimas del cielo y una lluvia de meteoritos incandescentes fustigó las bestias y sus demonios. Eran Las Lágrimas de San Lorenzo que se habían desprendido de Las Perseidas para ir en ayuda de Santiago y su ángel alado.

Al dirigir su mirada hacia aquel diluvio estelar, a las bestias infernales y seres del inframundo comenzaron a estallarle los ojos como si fuesen quebradizos bombillos calientes.

−Fiel Verbo hagámoslo por el Padre… Por el Dios Padre Todopoderoso, Señor del cielo, la tierra y todo el universo −le pidió pausado el valiente Santiago a su montura mientras con el escudo se cubría la herida causada por el Rey del Infierno.

El Elegido de Dios había revelado el nombre de su caballo alado, cosa que le era permitida sólo cuando fuese herido por el maligno. Verbo pronto alzó vuelo hacia el infinito. Lucifer lanzó una sórdida risa llena de pavor al ver como desde la constelación de Perseo enviaban otra lluvia mortal sobre su ejército diabólico.

Voló Verbo hasta la nube más lejana. Luego, con ímpetu y velocidad de saeta inició en picada su regreso fulminante sobre El Maligno, quien todavía no había salido de su estupor. Santiago blandió la espada del Espíritu Santo, la de la verdad y la justicia, y la apuntó hacia el corazón latente de odio de Satán. De su filosa punta una reluciente y diminuta estrella indicaba el camino y el objetivo. Esta vez no fallaría.

Luis Rafael estaba inmerso en el terror que le producían sus propios pensamientos. Sus miedos ancestrales. El mal se había librado de sus cadenas y prisión abismal y había desatado la furia de su instinto criminal sobre la tierra. No entendía lo que estaba pasando. En cambio, Juan Diego seguía devotamente leyendo cánticos y salmos de la Biblia. Su pequeña y gallarda figura se veía engrandecida. Su piel color bronce bruñido relucía aún más y en su rostro no se palpaba miedo, sino una gran fe revestida de misericordia inmortal.

Mientras Santiago descendía en picada sobre la grupa de Verbo con la espada del Espíritu Santo dirigida hacia Satán, una dulce música con acordes de violines, trompetas, arpas, flautas y clarinetes, comenzaron a escucharse en arco iris celestial. El cielo había abierto sus puertas y los ángeles entonaban su música.

Al sentirse acosado por todos los flancos, Satán asió fuertemente en su mano el tridente maldito, el cual estaba alimentado con todo el odio, engaño, maldad y crímenes de la humanidad, desplegó sus pestilente alas de murciélago y voló hacia Santiago para enfrentarlo en mortal lucha cuerpo a cuerpo.

−Por Dios, por El Redentor de los cielos y la tierra yo te devolveré a los abismos del infierno −sentenció Santiago cuando lo vio volar hacia él.

Con el Tenedor del Diablo apuntado al corazón de Santiago y de Verbo al mismo tiempo, Satán voló hacia la batalla. Iba tan veloz que semejaba una repugnante bola de fuego surcando el aire. El impacto era inminente y se produciría de un momento a otro.

Los acordes de violines, arpas y flautas ahora eran más fuertes y su tono celestial daba confianza y coraje a Santiago y a Verbo. De pronto devino el impacto. De la boca de Verbo salió una filosa lanza azul incandescente que perforó el corazón de Satán mientras que la diestra espada de Santiago hacía rodar su monstruosa cabeza hacia los abismos de donde había salido. Su ejército diabólico fue reabsorbido en instantes en un mar de lava que semejaba tierra movediza. La batalla había concluido. El bien, como siempre sucede, había triunfado otra vez sobre el mal.

El valiente Santiago, el Elegido de Dios para conducir a la humanidad hacia la Tierra Nueva, y su dócil y aguerrido Verbo, elevaron sus ojos al cielo y dieron gracias al Señor por concederles la victoria.

Todo comenzó a clarear de nuevo. Las nubes negras teñidas de sangre, volvieron a tomar su color blanco grisáceo. El cielo retornó a ser azul y el sol que se había ocultado volvió a resplandecer con mayor gloria.

Sanado totalmente de su herida por gracia divina, Santiago se dirigió a galope lento hacia Juan Diego y Luis Rafael, quienes ya no oraban ni temblaban. De pie sobre el rocoso suelo miraban agradecidos como su salvador se iba acercando a ellos con angelical sonrisa.

Al vencer a Satanás, la lesión causada por el Tridente Maldito se curó milagrosamente. Había ocasionado un pronunciado desgarrón de piel, pero nada grave y mucho menos mortal. De haber sido así, en segundos su cuerpo angélico se habría convertido en polvo y volado al viento.

Muy cerca de Juan Diego y Luis Rafael una brillante y violeta luz se proyectó desde el fondo del precipicio donde había caído Divor Klaus. Un silencio divino invadió el Kukenán y en instantes violines, arpas y flautas comenzaron a interpretar El Aleluya en el ahora límpido cielo.

Todos, incluso Santiago, miraron hacia la luz que resplandecía desde el voladero. Primero vieron asomar una mano que trepaba desde lo profundo del barranco. Después parte de un sombrero. A los pocos segundos el rostro radiante de Divor Klaus, totalmente sano, sin un rasguño.

El Elegido de Dios sabía que eso ocurriría si derrotaba al Rey de los Infiernos. Avanzó a trote lento hacia donde estaba y le tendió una mano para ayudarlo a terminar de salir del hueco. El arqueólogo llevaba en sus manos un pergamino no más grande que una simple hoja de papel enrollado. Le dio las gracias a Santiago y fue corriendo hacia el montículo donde había dejado su morral. Con desespero hurgó dentro. Buscaba algo, pero no lo conseguía. De pronto lo tenía en sus manos. Era el pequeño teléfono celular. Le dio a una tecla, el aparato se iluminó y su vista se dirigió hacia donde indicaba la hora. Y vio. Tres de la tarde en punto.



En Roma, en el interior de la basílica Santa María degli Angeli e dei Martiri, el reloj de Delamadrid marcaba las nueve y treinta de la noche. En ese preciso instante una poderosa luz se coló por la abertura del reloj solar y los iluminó a todos. El inmenso órgano que estaba en la nave central comenzó a tocar sólo, sin que mano humana lo operase, El Aleluya.

De las ochenta columnas romanas de mármol rojo que adornaban el templo comenzaron a desprenderse figuras de ángeles, arcángeles, querubines y serafines. Las esculturas de ángeles empotradas en las paredes de la iglesia tomaron vida y empezaron a volar en torno a los cientos de Elegidos de Dios allí reunidos dejando escapar a su paso un luminoso halo protector en torno a ellos. También de los inmensos cuadros de la basílica se descolgaron y tomaron vida los ángeles y querubines allí pintados.

− ¡El triángulo se ha completado! −exclamó lleno de satisfacción Filardo mientras estrechaba contra su cuerpo la delgada figura de Delamadrid, que de sus ojos dejaba descorrer grandes lágrimas de regocijo.

Hans se abrazó con fray Benítez, quien también tenía el rostro bañado en lágrimas. La dicha los invadía a todos.

Los vitrales de la iglesia relumbraban y parecían moverse a los acordes del órgano que estaba en la capilla de San Bruno. El retablo con La Aparición de la Virgen María a San Bruno se iluminó y el pequeño Niño Jesús pintado en su cuadro parecía sonreír.

Momentos antes de que se produjese la alineación y el Triángulo Divino proyectase su línea imaginaria en todo el universo, Hans, por sugerencia del doctor Filardo, dejó caer una navaja muy cerca de donde estaban amarradas Susanna Bertuccelli y Marcella Buti. La intención era dejarlas ir, pero no quería liberarlas en forma directa. Lo mismo hizo donde estaban amarrados los Dei Pax. La primera en darse cuenta de que el filoso objeto estaba tirado en el suelo fue la Bertuccelli. Con uno de sus pies fue arrimando la navaja hacia ella y ayudada por Marcella logró cortar las ligaduras que le ataban. Creyendo que no estaban siendo observadas, presuras huyeron hacia el vestíbulo circular de la entrada dejando abandonados a sus compinches. Delamadrid y Hans veían todo de reojo y estaban complacidos por la fuga.

Los Pax fueron más torpes. Lograron zafarse de sus ligaduras sólo a segundos de que se produjese la alineación y revelase el cambio divino en el interior de la basílica. Los tomó tan de sorpresa, que los que estaban por alcanzar la salida regresaron fascinados por el fenómeno. Los últimos en desatarse se pusieron de pie y con los rostros bañados en llanto caminaron hacia donde estaban Filardo y los demás. Habían decidido quedarse sin siquiera cruzar una palabra o mirada entre ellos. Un pequeño milagro había acontecido en la hora anunciada.

A los lejos se escuchó la estruendosa vibración de un fuerte terremoto que anunciaba que Divor Klaus había hallado La Vera Cruz. Todos, sin excepción, se postraron de rodillas y comenzaron a orar en silencio. En la Basílica Santa Maria degli Angeli e dei Martiri, siquiera una pluma se movió ni el candil de los cirios bambolearon.


En la solitaria colina cercana al Gran Atlas, en Marruecos, Débora, Simón y Dark, quien todavía tenía colgada la ametralladora del hombro, se habían acomodado alrededor del Cuarzo de María Magdalena que José Pedro había colocado sobre su mochila y lo tenía alineado hacia el Tabor, en Jerusalén, donde también iluminaba la estrella Sirius.

De pronto, a la misma hora y simultáneamente con lo que ocurría en Roma y el Kukenán, el cuarzo comenzó a brillar. La esplendida piedra sagrada emitía paradisíacos destellos color violeta. El ex capitán de asalto consultó el reloj. Eran exactamente las siete y media de la noche.

− ¡Mira! −exclamó Débora al ver que una inscripción se materializaba en el interior de todas y cada una de las aristas de la Piedra Sagrada.

José Pedro puso una rodilla en tierra y comenzó a leer sin mover ni tomar el cuarzo en sus manos. Únicamente movía la cabeza en dirección de las letras, todas escritas en arameo.

−Los 3 hablarán por Cristo, el Omnipotente, el Señor de los cielos y la tierra, el Redentor, el Omnipresente, el que estuvo, está y estará cuando todos los elegidos hayan nacido y multiplicado 3 veces 3 en el tiempo del día 3 −leyó guiado por el reflejo de Sirius.

Al terminar de leer la profecía un rayo que surgió del centro de Sirius tomó el rastro indicador de la luz del cuarzo. Estupefactos, todos lo siguieron con sus ojos hasta que en la lejanía donde mansamente fue a reposar, un gran relámpago encendió parte de la bóveda celeste.

− ¡Qué raro! −expresó extrañado el joven arqueólogo−. En la profecía el número tres está escrito en forma de número y no en letra o caligrafía aramea.

–Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches –expresó con dulzura angelical Débora.

–Ese es un versículo del Evangelio de Mateo… Yo lo recuerdo – manifestó sobresaltado José Pedro–. ¿Significa algo en este momento? –interrogó.

–La reina del Sur se levantará en el juicio contra esta generación y la condenará –agregó Débora citando otra frase recogida en el mismo Evangelio de San Mateo y dicha por Jesús cuando un día de reposo descansaba junto a sus discípulos en un sembradío de olivos.



En las oficinas del Servicio Secreto Vaticano reinaba el estupor y la confusión. Todos los noticieros del mundo anunciaban que a las nueve y treinta en punto de la noche del Domingo de Resurrección, el Vaticano había sido parcialmente destruido por un fuerte terremoto que tuvo su epicentro en los apenas 0.44 kilómetros cuadrados de las fronteras del Estado Pontificio. Ni una onda, de acuerdo a los expertos en asuntos sismológicos, había salido de la latitud y longitud de su perímetro. Su ensordecedor ruido se escuchó en toda la Ciudad Eterna, pero siquiera el más leve movimiento se percibió sobre calles, paredes o edificaciones romanas.

Sólo la Basílica de San Pedro, la plaza y las columnatas no habían sufrido daño alguno. En un primer informe las pérdidas habían sido cuantificadas como multimillonarias, ya que muchas obras de arte consideradas paganas por haber sido realizadas por manos de pintores y escultores ateos a través de los siglos y guardadas en los Museos Vaticanos, habían sido destruidas. No así otras importantes obras ejecutadas por las manos maestras de artistas considerados cristianos.

Las noticias también indicaban que aunque los daños materiales eran cuantiosos, sólo hubo dos víctimas que lamentar. Dos mujeres que a esa hora paseaban entre las grandes columnatas que circundan la Plaza San Pedro. El informe señalaba que murieron aplastadas al caerle encima la pesada escultura de granito de San Onofrio y que de las doscientas ochenta y cinco columnas con esculturas de santos que coronan toda la plaza, sólo esa se había derrumbado. “Quedaron abrazadas una de la otra bajo los escombros. Una de las manos de las mujeres, la cual todavía no ha sido identificada, señalaba con su índice hacia el sur. Se cree que eran dos jóvenes arqueólogas romanas”, afirmaba un reportero italiano durante un escueto boletín televisivo que transmitía para la RAI, en vivo y directo, desde el Vaticano.

Pellegrino y el cardenal Ribera tenían sintonizada el mismo canal televisivo. Mudos y temblorosos escuchaban las noticias.

− ¡Dios está castigando todos tus pecados y los de la Iglesia! −espetó con asco y rabia el cardenal Ribera a Pellegrino.

− ¡Serán tus torturas y asesinatos, maldito criminal! −contestó el anciano monseñor llevándose una mano al pecho aquejado de un fuerte dolor intercostal.


−Los papiros decían la verdad, estaban en lo cierto. Encontré La Vera Cruz pocos segundos antes de que una fuerza poderosa me devolviese de las profundidades y fue precisamente a las tres de la tarde −explicó pleno de regocijo Divor Klaus.

−La hora que expiró Jesús en el Gólgota −contestó el joven Elegido.

−Así es Ángel Santiago −confirmó Divor despojándose de su sombrero.

− ¿Y cómo sabes su nombre? −indagó sorprendido Luis Rafael, quien ya había recuperado la calma y el color de su rostro.

−Aquí está la profecía de La Vera Cruz −anunció el arqueólogo mostrando el papiro con el que había subido, obviando adrede la pregunta de Luis Rafael–. Tú sabías que la Cruz estaba aquí −afirmó dirigiéndose a Juan Diego−. Por eso no querías que bajara, ¿no es así?

−No podía revelarle a un desconocido un secreto que fue guardado por nuestros ancestros durante milenios. Los antepasados decían que vendría alguien y la encontraría, pero no hablaron de una profecía −respondió El Místico con honestidad.

−Yo tampoco te podía revelar mi secreto porque estaba escrito que no debía hacerlo −expresó el joven arqueólogo refiriéndose a su terquedad de querer bajar al precipicio pese a sus advertencias.

Divor Klaus había ido al Kukenán a buscar La Vera Cruz porque en los papiros envueltos en la lanza de Longino que encontró en el Monte Tabor, se aseveraba que fue llevada allí por los esenios en el año 33 d.C.

Años antes de comenzar sus prédicas Jesús estuvo mucho tiempo con los esenios, una casta de judíos muy mística y espiritual, asentada a orillas y colinas adyacentes al Mar Muerto, donde se hallan las famosas cuevas del Qumram. Jesús era su discípulo predilecto.

La fraternidad de los esenios, compuesta por hombres y mujeres santos, se consideraban guardianes de las Divinas Enseñanzas. Poseían un gran número de manuscritos antiguos, muchos de los cuales provenían del inicio de los tiempos. Algunos de sus miembros pasaban años descifrando códigos de papiros que después traducían a otras lenguas a fin de perpetuar y preservar su avanzado conocimiento espiritual.

A través de otros escritos el arqueólogo descubrió que la mayor parte de los llamados años perdidos de Jesús, que fueron de los doce a los veintiséis años, estuvo con los esenios, aprendiendo y estudiando sobre la vida ascética. Ellos fueron sus maestros y guías espirituales, de quienes también adoptó su vestimenta de lino blanco con la que siempre predicó por toda Palestina.

Santa Ana, José y María, Juan el Bautista, Juan el Evangelista, así como la gran mayoría de seres místicos a quienes se les atribuye la fundación de lo que tiempo después se conoció como cristianismo, fueron esenios.

El lugar donde estuvieron asentados fue en épocas remotas refugio del Rey David y en sus cuevas escondieron fragmentos de los Libros del Génesis, algunas de las citas más antiguas de los Diez Mandamientos, el Deuteremonio, Salmos, algunos Evangelios posteriormente atribuidos a discípulos de Jesús, pero que en realidad fueron escritos por ellos en papiros hechos, en su mayoría, con piel de cabra.

A través de la lectura de los pergaminos Divor Klaus se enteró que una madrugada, al tercer día después de la muerte de Cristo, o sea el mismo Día de la Resurrección, un grupo de esenios, conformado por 33 de sus más fuertes hombres, salieron hacia el Monte del Calvario, que quedaba exactamente a 33 kilómetros de donde ellos tenían sus asentamientos a orillas del Mar Muerto, a buscar La Vera Cruz, La Cruz de La Crucifixión, y la llevaron hasta una cueva cercana al Qumram. Allí fue ungida con oleos perfumados y recubierta con fino lino blanco. La cueva fue tapada y custodiada durante las veinticuatro horas del día.

Durante un día de ese mismo año de la muerte y Resurrección de Jesús, los esenios vieron una gran estrella que surcaba los cielos con dirección a la tierra y decidieron llevar La Vera Cruz en el sitio donde cayese aquella bola de fulgurante luz violeta. Así programaron un largo viaje.

Desde el Mar Muerto salió una gran caravana compuesta por 3.333 piezas, entre hombres, bestias y carretas para iniciar la búsqueda del sitio donde había caído la estrella. La caravana la integraban los hombres más fuertes, místicos y jóvenes, escogidos entre los más aptos esenios. Entre ellos iban también mujeres y niños que habían sido educados desde temprana edad en las enseñanzas ascéticas. Todo el pueblo esenio que se quedó en las márgenes del Mar Muerto, se encomendó en devota y continua oración hasta que los viajeros regresasen con buenas nuevas del largo y peligroso viaje.

En los escritos hallados por Divor Klaus se aseguraba que los integrantes de la caravana emplearon 33 años en encontrar el sitio donde había caído la estrella. Recorrieron desiertos y países extraños y desconocidos preguntando y tomando notas sobre la estrella perdida. Muchos de ellos fueron dejando sus vidas en el camino a manos de salteadores y asesinos.

Casi al final de los 33 años, de tanto buscar e indagar llegaron a lo que es hoy el continente americano y después a lo que luego sería Venezuela. Cómo hicieron para pasar el océano, nadie lo sabe porque ningún escrito lo relata. Al llegar a La Gran Sabana los pocos que quedaban, que apenas eran 333 de todos los que partieron, fueron recibidos con júbilo por los aborígenes locales, los ancestros de toda la etnia pemón, entre ellos los de Juan Diego y Luis Rafael, y conducidos a lo alto del Kukenán, donde les dijeron que había impactado aquella gran estrella color violeta venida del cielo.

Guiados por los pemones, todos los 333 esenios que quedaban de la gran expedición, subieron al tepuy y en el precipicio donde había caído Divor Klaus, vieron lo mismo que los ojos del joven arqueólogo, un gran y deslumbrante cuarzo color violeta, tan grande como un estadio de fútbol, que emitía destellos divinos. Era la estrella perdida. Bajaron hasta allí y en ese lugar sagrado depositaron La Vera Cruz. Encomendaron su custodia a los amigables pemones con la advertencia de no decirle a nadie dónde estaba la cruz que ellos habían llevado desde las remotas tierras de Jesucristo.

A fin de resguardar el santo lugar, los pemones inventaron la historia de que el Kukenán estaba maldito y que quien osase remontar su cima luego se suicidaría. En esos mismos días comenzaron a llamarla La Montaña de los Suicidios. De esa forma, al divulgar la tenebrosa leyenda en toda la extensa y soberbia Gran Sabana, evitaron durante milenios que La Vera Cruz fuese profanada.

Desde aquel entonces la Cruz Sagrada estuvo protegida siempre, hasta que Divor Klaus descubrió el misterio de dónde estaba y quiénes la habían llevado desde la antigua Palestina hasta tan lejos.

Mientras reponían fuerzas para emprender el largo viaje de regreso y notificar a su pueblo que la misión sagrada había sido cumplida, los 333 esenios sobrevivientes de la larga expedición, se quedaron entre los pemones enseñándoles doctrinas de paz y amor. Durante el tiempo que permanecieron entre ellos su número se fue reproduciendo y multiplicando porque sus mujeres fueron alumbrando nuevos críos, todos puros porque nunca se mezclaron con los aborígenes, ni los pemones intentaron mezclarse por creerlos dioses venidos del inmenso universo. Cuando su número se multiplicó de tal forma que de 333 se convirtieron en 3333, emprendieron regreso.

Con la ayuda de los pemones ya habían construido todo lo que necesitarían para el viaje. Antes de partir les dijeron que el día signado por el destino y escrito en los cielos, un hombre, el mismo día en que se celebraba la Resurrección de Cristo, sería enviado allí para encontrar La Vera Cruz y que únicamente lograría su misión si verdaderamente su fe era maciza como roca y que el hallazgo sólo podría hacerse a las 3 de la tarde de un Domingo de Resurrección.

Los 3333 refortalecidos y aprovisionados esenios, vestidos con sus impecables batas de lino blanco, emprendieron el largo viaje de regreso. Con ellos se llevaron un pequeño pedazo de aquel inmenso cuarzo color violeta de La Estrella Perdida. Fue el mismo que mucho antes de morir María Magdalena, acompañada algunos de sus más fieles y santos seguidores, escondió en Las Cascadas del Ouzoud para que en el tiempo previsto por Dios pudiese realizarle la alineación y con ella El Triángulo Divino.

Otros 33 años les costó el retorno a los esenios y esta vez únicamente 33 de todos los que habían partido llegaron con vida y contaron la historia, la cual se fue transmitiendo de generación en generación durante todo el tiempo que perduró su casta asentada en las márgenes del Mar Muerto y el resto de Jordania.

−Vi un cielo nuevo y una Tierra Nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más… −sentenció Santiago extasiado mientras acariciaba la crin de Verbo−. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron. Y me dijo, yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida −concluyó proféticamente mientras con angelical sonrisa miraba a los dos pemones.

−Ahora sí terminó todo, ¿verdad? −preguntó Luis Rafael, quien no cabía de contento al ver que La Gran Sabana había recobrado su brillo y resplandecía de vida bajo el radiante sol.

−Si… El maligno se ha ido a dormir por otros mil años −contestó el joven ángel.

−Lee lo que has traído de abajo, de la cruz –propuso Juan Diego mientras acariciaba el lomo de Verbo, quien dócil se dejó tocar por aquel devoto pemón de piel cobriza.

Divor Klaus miró a Santiago y éste le dio su aprobación moviendo la cabeza. El arqueólogo desplegó el pequeño trozo de piel de cabra tan fino como una hoja de papel donde estaba escrita la Sagrada Profecía de La Vera Cruz y a la luz del sol sus ojos se posaron sobre aquellas extrañas letras.

−Su texto es corto, pero fácil de comprender −afirmó sosteniendo con delicadeza santa el papiro para que no se le fuese a destruir entre las manos, y leyó−: Regresaré a la tierra en el 33, el preciso día en que todos los 3 del tiempo estén perfectamente alineados en el universo.

− ¿Y sabes qué quiere decir eso? −preguntó Luis Rafael curioso.

−Creo que sí −aseveró Divor Klaus−, pero eso no debe preocuparte. Lo que si debe intranquilizar a la humanidad es la otra profecía.

− ¿Cuál? −preguntó Juan Diego mientras Santiago daba una suave palmada en la grupa de Verbo.

Enseguida el hermoso caballo alado con mirada de santo acató la orden y comenzó a volar hacia el infinito y claro cielo. Su tiempo en la tierra había terminado y su misión cumplida.

−El de la peste... Una especie de virus que se transmitirá a través del dinero y acabará con más de un tercio de la humanidad −afirmó con seguridad mientras el joven pemón abría sus ojos de par en par.

− ¿Qué es eso de virus?... ¿Cuándo vendrá la peste? −preguntó alarmado Luis Rafael creyendo que después de la pesadilla que acababa de vivir pronto tendría que pasar por otra terrible experiencia.

−El virus es una plaga muy mortal. Una forma de castigo que nace de la propia naturaleza a la cual los hombres han maltratado despiadadamente a través de los siglos −explicó ante el sobresaltado pemón−. No sé cuando ocurrirá, pero pienso que mucho antes del día de todos los 3 −agregó sincero.

Divor Klaus no había podido descifrar en tan corto tiempo todo el contenido de la profecía. Aunque esa parte, en especial, la tenía bastante clara. Le faltaba encajar unos símbolos que no entendía, aunque sabía que pertenecían al arameo antiguo, el que se hablaba en los tiempos de los profetas y de Jesucristo. El temerario arqueólogo miró a Santiago en busca de ayuda, pero el Elegido de Dios le hizo señas de no poder ayudarlo encogiéndose de alas y hombros.

−No comprendo −afirmó confuso el más joven de los pemones.

−Se los explicaré con palabras sencillas −expresó Divor Klaus buscando en su mente la forma más elemental de decirlo−. Va a ser una enfermedad que mutará de los árboles debido al excremento, la pupú, de algunos pájaros que anidan en los bosques de donde se saca la madera para fabricar el dinero −manifestó mientras Juan Diego y Luis Rafael seguían sus palabras con la boca abierta−. Es un líquido que le da un color verdoso al papel moneda. Será transmitido de mano en mano a través de los billetes y se esparcirá por el mundo causando millones de muertes en apenas pocos días.

− ¡Ahhh!... ¡Ahora si entendí! −exclamó Luis Rafael embobado.

−Debo irme −interrumpió Santiago a quien el Espíritu Santo lo había despojado delicadamente, tal como se la había puesto, de armadura, escudo y espada después de la batalla, aunque no de sus alas.

– ¿Por qué no te quedas con nosotros? −solicitó con humildad Juan Diego.

−No puedo −aseveró lacónico, pero con paz celestial en su rostro al sentirlos seguros y por no haber sufrido daños ni heridas durante los embates del maligno.

Santiago les dio la espalda y comenzó a caminar hacia la saliente de un risco. Subió hasta lo más alto de uno que tenía el pico encorvado y desde allí contempló la hermosa sabana que tenía abajo.

A los pocos segundos volteó para ver nuevamente a sus compañeros de aventura. Los tres hombres lo miraban con santa admiración y agradecimiento.

−Amen a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ustedes mismos y los problemas del mundo desaparecerán… ¡Nunca olviden estas palabras! −recomendó con etérea sonrisa.

Contempló por otro instante sus rostros iluminados de fe y sincera esperanza, giró el cuerpo hacía la inmensa sabana y posó sus ojos sobre aquel paraíso pincelado de verde y ocre.

− ¿Cuándo nos volveremos a ver?… ¿Dónde nos encontraremos? −gritó con desespero Divor Klaus al verlo dispuesto a partir.

− ¡En La Ventana de Agua! −exclamó desplegando sus anchas alas blancas.

− ¿En La Ventana de Agua? −repitió extrañado Divor mientras lo veía desprender vuelo hacia el corazón de La Gran Sabana.







TRILOGÍA EL PAPIRO
La aventura comienza en...
El papiro
Primera novela de la trilogía El Papiro
El Papiro 

Sinopsis
Ante el temor de estar en presencia de un Anticristo, monjes de una antigua Misión Capuchina inician la despiadada persecución de un joven predicador que hacía milagros en los barrios donde enseñaba los evangelios. La Santa Sede aprueba la acción porque cree que descubrirá el misterio de un fragmento de Los Papiros del Mar Muerto donde se revelan oscuros secretos. Desde el Vaticano envían a un Justiciero de Dios, una especie de sicario de la Iglesia perteneciente a una antigua secta Templaria con el propósito de asesinar al predicador, quien al ser capturado descubren que de su cóccix pende un largo rabo y en su tetilla izquierda se desdibuja un extraño tatuaje escrito en arameo, la misma lengua que hablaba Jesucristo. Enigmas, romances y muertes. Cardenales, obispos y grandes jerarcas de la Iglesia ligados a sectores de la Mafia, se ven involucrados en un macabro plan donde hasta las sombras tiemblan.

Continúa en...
La estrella perdida
Segunda novela de la trilogía El Papiro


La estrella perdida

Sinopsis
Un grupo de arqueólogos descubren en unos viejos papiros el misterio de La Vera Cruz, la cruz de la crucifixión de Cristo, que se hallaba perdida desde su muerte. Los escritos revelaban que los esenios, hermandad de la que formaba parte Jesucristo, la habían llevado y escondido en la cima del enigmático Kukenán, el llamado Tepuy de los Muertos, en La Gran Sabana, al sur de Venezuela. Divor Klaus, un avezado antropólogo y aventurero, parte a buscarla porque los rollos revelaban que se materializaría a las tres de la tarde del Domingo de Resurrección de ese año. La Santa Sede, apoyada por los Dei Pax, un grupo de sicarios al servicio de la Iglesia, va tras su pista, pero se topa con un místico secreto: el nacimiento en la tierra de los Nion, una especie de niños ángeles con poderes celestiales y guardianes de ancestrales misterios divinos. Intrigas y confabulaciones se apoderan del Vaticano y sus más altos prelados, hasta que el día señalado acontece la alineación del Triángulo Divino, suceso que devela nuevas y tenebrosas profecías para la humanidad.

Y finaliza en...
La ventana de agua
Tercera novela de la trilogía El Papiro

La ventana de agua

Sinopsis
Científicos unen esfuerzos para encontrar el antídoto de un letal virus anunciado en La Profecía de la Vera Cruz, el cual diezmaría en pocos días a más de tres tercios de la humanidad. Para lograrlo deben desentrañar el misterio de La ventana de agua, descrita en la misma profecía. Auxiliados por los Niños Luz o Elegidos de Dios sobre la tierra, una especie de ángeles asexuados de nuestros tiempos, comienzan un duro peregrinar en la búsqueda de impenetrables pistas que lo conducirán hacia la enigmática Ventana, la cual encierra el secreto y la curación del mortal virus, clasificado por los científicos como el S1H3, la peor peste jamás sufrida por la humanidad. El virus muta a los árboles a través del excremento de algunos pájaros que anidan en los bosques donde extraen la madera y el tinte que se utiliza para fabricar y darle el color verde al dólar y otros papel moneda. La peste se transmitirá de mano en mano a través de los billetes y se esparcirá por el mundo causando millones de muertes en apenas pocos días. La Santa Sede, auxiliados por los Dei Pax, busca a toda costa de apoderarse del papiro donde está escrita la mortal profecía y otras de igual importancia y trascendencia ya que sospechan que La Ventana de Agua revelará el misterio de La Santísima Trinidad. Persecuciones, torturas y muertes signarán el enigmático final.

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Novelas
El Papiro
Primera novela de la trilogía El Papiro

La estrella perdida
Segunda novela
de la trilogía El Papiro

La ventana de agua
Tercera novela
de la trilogía El Papiro

La Conexión

Url, el señor de las montañas

Diario íntimo de un desesperado

Atrapen al sueño

Poemarios
Acordes de vida

Hojas de abril

Caricias al tiempo

Homenaje al infinito

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